Subjetividad y cultura

“…ya no creo en mi neurótica…” (Trauma, historia y verdad).

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Juan Vives R.

Este trabajo continúa ciertas ideas vertidas en una comunicación anterior (Vives, 2003) donde se hacía referencia a la importancia de la seducción sexual durante la infancia y la ulterior tendencia a negar, soslayar o edulcorar un hecho que, lamentablemente, pertenece a la realidad cotidiana. En la presente ocasión espero establecer la necesidad de formular la existencia de una tensión permanente entre la llamada Teoría de la Seducción y del Trauma sexual, anclados en la verdad histórica, y los conceptos de realidad psíquica, fantasía sexual y complejo de Edipo.

Recordemos que la Teoría de la Seducción estuvo basada en su origen en la idea de que un trauma sexual era la causa desencadenante de las psiconeurosis, tanto la histérica (en la forma de un trauma vivido pasivamente), como de la obsesiva (en la forma de un evento sexual infantil en la que el sujeto ha participado activamente, pero como una suerte de identificación con el agresor resultante de una seducción sexual previa sufrida pasivamente), teoría que significó un considerable avance a finales del siglo XIX cuando se consideraba que las psiconeurosis eran el producto de factores degenerativos o estigmas hereditarios, frecuentemente sifilíticos.

Mucho se ha insistido sobre la circunstancia de que la Teoría de la Seducción infantil pudo ser dejada un tanto de lado -y se ha convertido en una cita obligada aquella famosa carta del 21 de septiembre de 1897 donde Freud le escribe a Fliess: “ya no creo en mis neuróticos”- en virtud de que, al mismo tiempo y como contrapartida, estaba descubriendo el espacio del mundo interno y la importancia de la fantasía en sus pacientes neuróticos. Este descubrimiento, a su vez, dio origen a sus fundamentales investigaciones sobre la sexualidad infantil y abrió el horizonte para visualizar la importancia del mundo del deseo. Desde entonces es frecuente que mundo interno y mundo externo se traten en forma disyuntiva: el uno o el otro.

Por otra parte, y con el fin de sustentar las consideraciones que siguen, partiremos de una definición de Trauma como de un evento cuya importancia está relativizada por la fortaleza o debilidad del Yo; dicho en otras palabras, se considera que un evento -tanto del mundo externo como del mundo interno- deviene traumático cuando la cantidad del estímulo rebasa la capacidad elaborativa del Yo. Además, es importante distinguir entre lo que en el imaginario popular se considera un trauma, frecuentemente único, y lo que ocurre con mayor frecuencia, es decir, que los traumas suelen ser eventos o sucesos quizás no tan intensos pero que actúan por acumulación.

En nuestra disciplina, no puede soslayarse el hecho de que los traumas suelen pertenecer al orden de lo sexual, por lo que ha existido un largo debate en relación al Trauma sexual como originándose en el mundo externo, en cuyo caso solemos hablar de abuso sexual, seducción, violación, estupro, pedofilia, etc., o de Trauma sexual como originándose en el mundo interno, que es cuando hablamos de instintos sexuales disruptivos, deseos, fantasías inconscientes, representaciones, así como del fenómeno de la resignificación.

Por otra parte, sabemos que el elemento decisivo para determinar cuándo un estímulo -interno o externo- deviene en traumático depende, no tanto de la intensidad del mismo como de la significación que el sujeto le otorga. De ahí que ciertos deseos -como los edípicos- puedan devenir traumáticos, independientemente de que la cantidad de energía implicada sea perfectamente manejable por la instancia yoica.

De manera paralela, el concepto de realidad, tan utilizado en psicoanálisis, también habrá de ser tamizado adecuadamente, y establecer una distinción entre los estímulos provenientes del mundo externo, por ejemplo, una estimulación sexual ejercida por un adulto sobre un niño o niña, situación calificada de abuso y constitutiva de un trauma sexual -en este caso, hablamos de un evento originado en la realidad externa u objetiva- ; mientras que cuando los estímulos emergen desde el interior del propio sujeto, por ejemplo, la tendencia e insistencia de las pulsiones sexuales a expresarse y gratificarse, ya sea en forma autoerótica o con un objeto adecuado del mundo circundante, entonces hablamos de la realidad interna o realidad psíquica. La distinción es importante con el fin de establecer los dos tiempos del trauma sexual, el papel de la represión y la trascendencia de la realidad objetiva como disparador de una resignificación en el territorio de la realidad psíquica, lo que otorga un lugar central al mecanismo de la resignificación -el multicitado Nachträglich freudiano- que promueve que un evento pueda resultar traumático y patogénico en el recuerdo.

Debemos a Oliner (2000) la puesta en claro de que el potencial efecto nocivo del los traumas acaecidos desde el mundo externo deben su eficacia a la forma como son procesados y elaborados por el psiquismo, por lo que puede ocurrir, como el propio Freud observó en su momento, que sucedieran cierto tipo de seducciones sexuales que no repercutieran en problemas psicológicos de tipo neurótico. Para esta autora es importante entender que la sexualidad de una persona depende de factores biológicos subyacentes, pero que su representación psíquica habitualmente está determinada por elementos muy lejanos a lo biológico, ya que las fantasías inconscientes en las que se plasman sus representaciones están condicionadas tanto por sus instintos, como por las experiencias de épocas muy tempranas del desarrollo, así como por la resignificación que experimentan en virtud de eventos posteriores -el a posteriori freudiano (Nachträglich)- lo que hace que la sexualidad tenga un significado personal e intransferible para cada persona. La forma como se procesa un estímulo de carácter sexual y la culpa a él ligada, hace que en psicoanálisis cada vez se tome más en cuenta la participación emocional y, por tanto, la responsabilidad en la coparticipación en los eventos de tipo traumático sexual.

Desde un punto de mira un tanto distinto, esta autora nos viene a confirmar que es la evocación de un recuerdo, su despertar en el mundo interno, lo que puede resultar altamente patogénico y la causa del inicio de esa huida de la realidad que es la neurosis.

El estudio sobre las histéricas, pacientes a las que debemos muchos de los primeros atisbos y descubrimientos de la disciplina psicoanalítica, pudo así evolucionar desde una concepción basada en un evento situado en la realidad externa, desde una verdad perteneciente al mundo objetivo que tomaba la forma de una agresión sexual, de un trauma externo, hacia una interiorización paulatina del punto de mira, ya que la atención prestada a la dinámica del mundo interno pudo descubrir la importancia de los instintos sexuales, las fantasías construidas desde el imperio de sus necesidades de satisfacción, y el poder patógeno contenido en la necesidad de su represión. De esta forma pudo advertirse la importancia del mundo psíquico, pero sin dejar de lado el hecho de que éste se construye en contacto con la realidad externa. De la misma manera podemos advertir que el trauma sexual está necesitado tanto del estímulo proveniente del mundo externo -ya Freud hablaba de la madre como la primera seductora sexual por el sólo hecho de ser la encargada de la limpieza de su bebé- como de su representación en el mundo interno del psiquismo.

Únicamente teniendo en cuenta la combinación y entretejido de la realidad histórica con la forma como el mundo interno construye la realidad psíquica puede llevarnos a advertir el absurdo de cualquier forma de exclusión de uno a favor del otro. No existe realidad histórica sin su representación psíquica de la misma manera que no puede haber ningún tipo de representación que no se deba a una cualidad sensorial, interna o externa, propioceptiva o exteroceptiva, pero siempre exterior al funcionamiento del aparato mismo. El poder del aparato de pensar estriba en su capacidad para construir y entender el mundo que nos circunda, también en su capacidad casi infinita de fabulación y de engaño, dado que cualquier representación se estructura desde la muy particular apetencia de nuestros afectos íntimos.

Es así como el concepto de verdad, tan caro a los filósofos y sobre el que se ha vertido tanta tinta, pierde su dimensión de faro rector del entendimiento humano para comenzar a ser comprendido desde la dinámica del deseo. No hay más verdad que la del mundo interno. Lo demás es ilusión y expresión proyectada de nuestras más íntimas apetencias.

Como podemos ver, es gracias a esta tensión entre el mundo interno y el externo, entre la realidad histórica u objetiva y el mundo de la realidad psíquica, como podemos entender al aparato psíquico como un espacio virtual, mental, que funciona basado en representaciones construidas desde el sustentáculo de huellas mnémicas que se organizan como memorias; pero como una forma especial de memoria fluyente a la manera del río de Heráclito, dado que son memorias que, por una parte, están sujetas a un proceso continuo de re-escritura y, por la otra, deben ser transcritas a distintos códigos para poder pasar y transitar de una a otra de las diversas instancias de las que el psiquismo está compuesto.

El cemento con el que dichas representaciones están enlazadas es aquello que Freud denominó como libido, una forma de energía derivada de los instintos sexuales caracterizada por su capacidad de ligadura, por su forma vincular de comportamiento.

De esta manera, entendemos que la verdad es algo que se construye entre el objeto de la realidad externa y la dinámica del más íntimo de los elementos del mundo interno: el deseo -siempre bajo el comando de las fuerzas instintivas. Entendemos así que la pulsión venga a constituirse en un concepto límite que nos remite a la forma como el objeto modula y tamiza esa energía que nos propulsa en pos de la gratificación -lo que Freud denominó como instinto (o pulsión, como se prefiera)- gracias a lo cual, estos instintos que aparecen desde las profundidades del Ello en su forma más primigenia y brutal, pueden ser tamizados y elaborados en función de la acción metabólica del objeto externo. Al mismo tiempo, podemos advertir como la representación del objeto interno está determinada, hasta sus últimas consecuencias, por la presencia y  función de las pulsiones, libidinales o agresivas, con las que se ha catectizado dicha representación del objeto en el mundo interno, característica que, por cierto, va mudando con cada nueva resignificación que experimenta el sujeto gracias a una serie de experiencias con el afuera y con el adentro de sí mismo.

Por lo tanto, entendemos que Freud haya tenido que abandonar un trabajo tan seminal como el Proyecto de una psicología para neurólogos (Freud, 1895), en un olvidado cajón de su escritorio, dado que ese espacio al que primero denominó aparato del lenguaje y luego aparato psíquico no existe en un espacio concreto del Sistema Nervioso Central, ni es posible circunscribirlo a aquellos dos términos que Freud apuntaba en el primer párrafo de aquel trabajo: las neuronas y la inercia de la energía. El aparato mental, por el contrario, es la construcción de una dimensión distinta del espacio neurológico por la sencilla razón de que ha sido interconstruido por al menos dos-tres personas, de ahí la centralidad del concepto triangular del llamado complejo nuclear o complejo de Edipo que, más allá de su significación como integrador de todo el desarrollo pre-genital, implica una estructura básica sin la cual no es posible entender ese espacio virtual llamado aparato mental. Lejos de tener una localización anatómica concreta y puntual, como querían los neurólogos del siglo XIX, el aparato psíquico -como ya había sido intuido por Freud en su trabajo sobre La afasia (1891)- es una construcción dinámica, funcional, que implica el conjunto de la actividad de un sistema que se está instituyendo constantemente, y que se construye entre un bebé empujado por las fuerzas madurativas constitucionales que trae desde sus engramas genéticos y una cultura representada por una pareja parental y ejercida por la figura de la madre.

Así como no existe el bebé sin su madre, tampoco es posible pensar el concepto de trauma sólo desde la realidad externa. Así como no existe la posibilidad de que se construya una representación en el mundo interno sin un estímulo que la haya empujado a brotar, tampoco puede ser pensado un mundo allá afuera sin un aparato que lo organice y le dé sentido. No hay objetos externos sin pulsiones que los conformen, y no podemos hablar de la vida instintiva del sujeto sin un objeto que la organice.

Lejos de los puntos de vista polares y excluyentes que nos jalonean desde distintas formas de entender el psicoanálisis, la posibilidad de un pensamiento inclusivo e integrador puede salvar muchas de las distancias -y de las estériles polémicas- que se dan en el seno de nuestra vida académica.

Síntesis

A partir de la multicitada carta del 21 de septiembre de 1887, llamada del equinoccio, en la que Freud asume haberse equivocado al creer que las historias que le contaban sus pacientes histéricas provenían de un trauma sexual -una seducción- anclado en una verdad histórica, el psicoanálisis descubre la trascendencia de la fantasía, su poder patogénico y los efectos estructurantes sobre el psiquismo de la actividad fabuladora de los seres humanos. De un énfasis en el afuera pasa al estudio del mundo interno. De una creencia en el trauma como algo perpetrado por el mundo externo, pasa al concepto de trauma psíquico, y de un concepto de verdad basado en la pretensión de corroboración objetiva de los datos, pasa a un concepto que habrá de revolucionar al naciente psicoanálisis: el concepto de verdad psíquica.

BIBLIOGRAFÍA

Freud, S. (1891): La afasia, trad. de Ramón Alcalde, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1973

Freud, S. (1895): Proyecto de una psicología para neurólogos, en: Obras completas, trad. de Luis López-Ballesteros, Biblioteca Nueva, 3ª ed., Madrid, Vol. I: 209-276

Freud, S. (1897): Carta N° 69 (Los orígenes del psicoanálisis), en: Obras completas, trad. de José López-Ballesteros, Biblioteca Nueva, 3ª ed., Madrid, Vol. III: 3578-3580

Halberstadt-Freud, H.C. (1996): Studies on Hysteria One Hundred Years On: A Century of Psicoanálisis, Int.J.Psycho-Anal., 77(5): 983-996

Oliner, M.M. (2000): The Unsolved Puzzle of Trauma, Psychoanalytic Quarterly, LXIX (1): 41-61

Vives, J. (2003): Trauma sexual, memoria corporal, trabajo leído en Sesión Plenaria durante el XLIII Congreso Nacional de Psicoanálisis de la A.P.M.: “Cuerpo y Psicoanálisis”, Veracruz, Ver., diciembre del 2003.

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