Subjetividad y cultura

USOS MILITARES DE LA PSICOLOGÍA… “Guerra, persona y destrucción”

Download PDF

Enrique Guinsberg

Peter Watson. Guerra, persona y destrucción. Usos militares de la psiquiatría y la psicología, Editorial Nueva Imagen, México, 1982, 427 p.

Por su vinculación con hechos actuales se transcribe el comentario sobre este libro publicado ¡hace más de veintiún años! en la Sección Especial de la Edición en Español de Le Monde Diplomatique (México, Nº 57, septiembre 1983). La relación con hechos actuales es evidente -las torturas practicadas en Irak y en tantos otros lugares por tropas de Estados Unidos o asesoradas por ellas-, algo que, este libro lo demuestra, tiene claros y contundentes antecedentes y no es obra ni de la casualidad ni de una política iniciada en la llamada “lucha contra el terrorismo”, sino estudiada y desarrollada siempre como lo demuestran nuevos artículos, textos y manuales que ahora se descubren o conocen *.

Día a día la prensa descubre la responsabilidad de los más altos niveles del poder de ese país en prácticas de la tortura, mostrando una vez más la falsedad de la defensa de los derechos humanos que ese país se arroga al acusar a otros de lo mismo que hace, enseña y difunde, y confirmando que, desde ya hace muchas décadas, es la principal nación terrorista del mundo.

La parte final del siguiente comentario también hoy es pertinente ante el sustantivo cambio actual de los psis como parte de un campo intelectual ahora desinteresado de los compromisos sociales y políticos, aunque lo escrito hace 21 años hoy tendría algunas pero no radicales modificaciones.

Ya no son suposiciones ni denuncias sin fundamento: Peter Watson, periodista inglés que se interesó en investigar la aplicación de conocimientos psicológicos y psiquiátricos a fines bélicos, comprueba que en Fort Bragg, centro militar norteamericano que alberga a una de sus fuerzas de ataque táctico nuclear, también existe una sección completa dedicada a operaciones psicológicas: “Había ahí montada -expresa- montañas de informes  (inéditos en su mayoría), que en conjunto mostraban hasta qué punto la psicología, en años recientes, se había adaptado a fines bélicos”. Las investigaciones han alcanzado tal magnitud que calcula que desde la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial hasta el presente, el promedio indica que se acaba un estudio por día.

Los descubrimientos realizados muestran al autor que “durante los últimos veinte años, y sin que nadie en el mundo exterior lo percibiera, los usos militares de la psicología habían alcanzado la mayoría de edad”. No es una conclusión apocalíptica ni carente de base: “ahondando en (literalmente) kilómetros de documentos existentes en Fort Bragg, pude darme cuenta que esas utilizaciones militares ya no estaban confinadas, como yo y muchos otros lo pensábamos, al uso general de amplias teorías de la comunicación, o a la formación de actitudes, o al empleo de conceptos psicológicos sociales que ayudaran a comprender, por ejemplo, en qué formas los soldados se adecuaban al hecho de estar lejos de sus hogares, ya fuera durante combates o maniobras. Todo lo que podía imaginar, desde la psicología de la estructura celular en los movimientos clandestinos hasta el efecto psicológico de las armas; desde la selección de hombres destinados a trabajar detrás de líneas enemigas hasta las formas de inducir a la deserción; desde cómo lograr que los soldados no se acobardaran durante el combate hasta cómo poder evitar que les lavaran el cerebro; desde los tests para seleccionar decoficadores hasta la utilización de fantasmas para acosar a las tribus de pastores, todo había sido investigado con un grado de detalle que excluía cualquier remordimiento, después de extraer de la investigación psicológica relevante, hasta el ultimo uso militar de posible aplicación”.

Todo apoyado en un aparato logístico nada insignificante: Watson señala que en sólo ocho países que visitara constató la presencia de 146 institutos dedicados a esas tareas -130 de los cuales eran de Estados Unidos, cantidad muy expresiva- que constituyen sólo una mínima proporción de los existentes. Hasta qué punto estas investigaciones son tomadas en serio lo demuestra el hecho de que el propio Ministerio de Defensa de Estados Unidos convocó en 1963 a su Primera Conferencia Mundial de Psicología, donde se enfatizaron 28 tareas específicas.

Pero todos estos datos empalidecen, para el autor, en relación a las revelaciones que en 1977 se hicieron sobre las actividades de la CIA en este campo, de donde surge que esa institución autorizó entre 1953 y 1963  la realización de 149 proyectos cuyo fin era controlar, de una forma u otra, la mente del hombre, involucrándose 80 instituciones y 183 investigadores, incluidos muchos Colegios y Universidades independientes, creándose organizaciones especiales como la Sociedad para la Investigación de la Ecología Humana y el Fondo Geshikter para la Investigación Médica, entre otras.

Es cierto que parte de tales trabajos han sido inútiles o ingenuos, pero igualmente cierto es que el costo invertido en estas investigaciones no existiría de no traducirse en elementos utilizables con objetivos que no apuntan precisamente a la liberación de hombres y pueblos. Watson certeramente señala que gran parte de los resultados equivocados o ineficaces parten de la imposibilidad de discusión y confrontación de ideas y experiencias en virtud del secreto militar en que se encuadran, aunque también debería considerar la contribución para ello de un gran poder de financiamiento que, en las primeras etapas de este nuevo campo de investigación, no se preocupa por una mayor selección de temas y métodos.

Algunos de esos errores hoy resultan difícilmente creíbles, como es el caso de la “profunda” investigación realizada entre 1964 y 1969 por una institución tan prestigiada y famosa como es la Rand Corporation, donde se indicaba con base en estudios y entrevistas que la moral de los Vietcongs se hallaba muy cerca del punto crítico, bastando unas semanas de fuerte bombardeo para quebrantarlos y ganar la guerra. Otras veces los  resultados son  producto de informaciones falsas que en todo caso podrían ser utilizadas como propaganda pero nunca ser creídas por los propios investigadores, víctimas de sus propios prejuicios ideológicos: un ejemplo al respecto fue el armado de una campaña donde se indicaba que los vietnamitas eran obligados a integrar el FLN, así como que se encontraban limitados en el terreno sexual, donde sólo los líderes y jefes tenían privilegios.

En otros casos la investigación resulta irrelevante, aunque larga y costosa, por simple falta de sentido común. Es el caso del estudio donde se buscaba la causa de la menor ausencia de la tropa sin aviso en Vietnam que en otras guerras donde participaron fuerzas estadounidenses, cuando la elemental respuesta era que en plena selva no había muchos lugares donde se pudiera ir (situación obviamente diferente al frente europeo de la Segunda Guerra Mundial). Tampoco faltan los casos donde conclusiones equivocadas surgen por sobrecompensar los aspectos psicológicos, marginando los políticos: es lo que ocurre con un estudio realizado con base en la revisión de más de veinte insurrecciones, donde se llega a la conclusión de que el individuo se convierte en guerrillero por razones personales y psicológicas más que políticas. La consecuencia es coherente con la premisa falsa:  se intenta justificar que la lucha contra las insurrecciones debe apoyarse en campañas psicológicas ofensivas.

Permiso para matar

Pero todo lo anterior no debe engañar acerca de otras realidades mucho más serias, peligrosas y efectivas, entre ellas los múltiples aspectos relacionados con temas para-militares, ampliamente utilizados en guerras limitadas y en las llamadas luchas “antisubversivas”, muy conocidas en Latinoamérica en los últimos tiempos. Al respecto merecen destacarse la aplicación en interrogatorios, mecanismos de tortura, privación sensorial[1], el llamado “lavado de cerebros”, control de multitudes, etc. Dentro del campo se promueve el conocimiento de métodos “científicos” para la modificación de sentimientos hacia la guerra y la deshumanización del enemigo, buscándose de esta manera anular las inhibiciones para matar a un adversario del que se enseña que nada vale -de hecho no se lo ve como ser humano- así como justificar todo tipo de crímenes. “De esta manera -concluye el autor- lejos de usar la investigación para evitar las atrocidades que pudieran ocurrir en el futuro, parecería que están siendo estudiadas para aprender más sobre cómo matar y para entrenar gente que lo haga con mayor profesionalismo”. Quedan otras vez confirmadas las hipótesis sobre uso de conocimientos y técnicas psicológicas en la represión existente en las naciones centroamericanas y del Cono Sur.

Los múltiples ejemplos de casos concretos e investigaciones realizadas no dejan de sorprender, pese a que se deducía su existencia. Lo que seguramente sorprende es precisamente la magnitud del conjunto de ellas, que muestra un desarrollo con una implacable vocación para la utilización de la psicología y la psiquiatría con fines destructivos, y no precisamente al servicio de las mejores causas. Un desarrollo donde muchos de los ejemplos de fracasos son imprescindibles para el avance de un camino que, como siempre, nunca es totalmente exitoso en campos de reciente exploración.

Pero más allá de la múltiple información presentada, y quizás precisamente por esto, es imposible evitar ciertos interrogantes acerca de la misma e incluso el autor que tanta eficiencia ha demostrado en su búsqueda. El primero de ellos -y de alguna manera Watson también lo reconoce- es que en esta recopilación seguramente no se encuentra todo sino tampoco lo más importante, que en este caso es casi sinónimo de lo peor. Por ejemplo es evidente que varias veces se señala el uso de conocimientos psicológico-psiquiátricos en interrogatorios y en torturas, pero nunca se muestran expresiones concretas o situaciones demostrativas de estas prácticas, mientras que cualquier profesional que haya trabajado -terapéuticamente o en investigaciones- con víctimas de tales prácticas, o leído algunos de los testimonios de campos de torturas y de concentración -los de Argentina son los más conocidos y divulgados- pueden observar de manera muy clara la presencia de tales técnicas y conocimientos, tan sistematizados y constantes que es imposible la creencia en un factor casual o de descubrimientos empíricos similares en sus practicantes. Al punto que hace largo tiempo se supone de la existencia de manuales y de especialistas en el tema, donde los torturadores locales sólo agregan sus variantes personales.

Sin embargo en el texto que se alude sólo aparece una tenue idea al respecto, pálido reflejo de una realidad que la supera, donde no se oculta la brutalidad de los hechos, pero dentro de parámetros donde no se visualiza la magnitud de la misma.

 Algo similar ocurre en torno a la propaganda psicológica -en muchas ocasiones llega a parecer que el autor casi la identifica con toda la práctica psicológica de tipo bélico- donde nuevamente lo conocido al respecto supera de lejos la relativa simplicidad, y casi primitivez, de lo enumerado. Si se observan los altos niveles de sutilidad y profundidad en la publicidad comercial cotidiana y en las campañas propagandísticas de gobiernos como los del Cono Sur, es evidente que lo que se muestra en este libro se halla bastante lejos de los niveles alcanzados por los servicios dedicados a la utilización de la propaganda psicológica.

Otro hecho poderosamente llamativo es por qué y cómo el autor accedió no solamente a material no siempre público -aunque aclara que mucho de lo consultado se encuentra a disposición de cualquier interesado- sino también pudo mantener entrevistas con responsables de un trabajo que, de hacerse público como iba a hacerse en tanto se trataba de un periodista, tendría repercusiones críticas no precisamente favorables para su secreto y continuidad. Tal vez no haya realmente fundamentos para el interrogante, pero es difícil impedir formularlo.

Sin duda en todo lo anterior interviene el hecho de que Peter Watson no es un profesional del campo psicológico sino un periodista interesado en el problema, pero también incide en ello su marco ideológico liberal que le hace hablar no de revolucionarios sino de “terroristas”, y para quién en toda lucha sólo participan criminales. Ejemplo de lo cual es que refiriéndose a la famosa ofensiva del TET vietnamita expresa que “miles de personas fueron asesinadas por los vietcong y empezaron a ocurrir masacres como la de My Lai”, viendo como similar a un ejército liberador (por otra parte muy cuidadoso de aspectos morales y políticos) y a otro opresor (que realizaba masacres cotidianas y sistemáticas, que no se limitaron a la mencionada.

¿Aprender del enemigo?

De cualquier manera muchos hechos testimonian, y este libro es un ejemplo más, de que un periodista liberal puede ofrecer un material muy valioso para denuncia al servicio de una ideología no precisamente liberal. Y de esto surge de inmediato un interrogante acuciante y desgarrador: ¿cuál es la razón por la que denuncias, descubrimientos e investigaciones de este tipo necesitan esperar a un periodista que no es revolucionario, cuando hay Trabajadores de la Salud Mental que dicen serlo y no se cansan de lanzar andanadas verbales contra los usos manipuladores de sus disciplinas?

La pregunta no es de simple respuesta y de hecho lleva a serios cuestionamientos acerca del que hacer de estos TSM. De una manera lúcida el prologuista del libro apunta a este mismo hecho: “Consideramos que es de importancia ideológica y teórica tratar de explicar por qué esta área de producción profesional es desconocida por los propios profesionales, aún los más politizados e ideologizados, que sin embargo pueden discutir a Laing o Lacan, denigrar a Skinner o defender o ridiculizar a Cooper. Si esta información no se la conoce, o si no se difunde, no es sólo porque se oculte, sino porque no se la busca. Si bien a nivel verbal, los profesionales pueden reconocer la importancia de estas temáticas, en los hechos son otras temáticas profesionales las que aparecen como más relevantes; otros son los campos los que privilegian, incluidos campos de difícil discernimiento en cuanto a su importancia teórica y técnica para los problemas más significativos de nuestras sociedades[2].

Esta visión crítica apunta no solamente a la búsqueda de prácticas como las de este libro, sino también -y en primer lugar- al estudio y búsqueda de actividades congruentes con los intereses de los sectores populares, donde la verborrea “revolucionaria” de los psicólogos y psiquiatras autocalificados de “progresistas” no se plasma en muchas realidades, salvo escasos intentos embrionarios que pocas veces continuaron su marcha[3].

Pero esto último implicaría otro análisis, de alguna manera ya esbozado en trabajos anteriores[4], que deben salir del trabajo psicológico para ubicarse en la posición social de estos profesionales y sus intereses de clase. Posición e interés de los que pocos parecen poder escapar en el terreno objetivo, pese a sus formulaciones en contrario.

Es cierto que parte de ellos -o la mayoría si se quiere- no realizarán tareas como las planteadas en el libro de Watson, y tampoco otras con similares significados en otros campos. Pero también debe señalarse que prácticas semejantes sólo son los extremos manifiestos y brutales de un sentido ideológico que también se manifiesta en formas más sutiles que no siempre son conscientes -o son racionalizadas- para los propios psicólogos y psiquiatras. Caso, entre los múltiples ejemplos posibles, de los sentidos de ciertas terapias, algunas prácticas educativas, etc., aunque aparentemente tengan poco que ver con un marco ideológico de búsqueda de adaptación y de conformismo, pero que sin embargo el mismo se encuentra más allá de las teorizaciones en contrario.

El señalamiento del subtítulo, Aprender del enemigo, obviamente no apunta a realizar tareas tan repudiables como las señaladas y muchas otras, sino a tomar el ejemplo de quienes no vacilan en utilizar sus conocimientos profesionales al servicio de una posición de clase. Aprender, porque todo indica que la mayor parte de los psicólogos y psiquiatras que se consideran ideológicamente miembros del campo popular raramente escapan del mundo de las palabras -o de ciertas prácticas mínimas- para efectivizar en hechos trascendentes una práctica de real colocación de sus conocimientos al servicio de las clases que dicen defender ¨


* Al terminar de escribirse esta presentación se conoce la existencia del libro, aún no leído, de THOMAS, Gordon, Las torturas mentales de la CIA, Ediciones B, Barcelona, 2001, presentado como “una clara denuncia del uso de la psiquiatría en el espionaje y, en concreto, del papel de los expertos de la CIA que en épocas recientes se vieron envueltos en un programa de investigación en el área de la tortura psicológica a través de la aplicación de métodos tan terribles como el lavado de cerebro, las lobotomías, los electroshocks, el control mental, el aislamiento y otros tormentos inhumanos y degradantes […] Nos da a conocer de primera mano un testimonio escalofriante a través de unos protagonistas reales, reputados psiquiatras inmersos en el programa más siniestro jamás creado por un gobierno, sus víctimas y los agentes que lo hicieron posible”.

[1] Sólo como un ejemplo al respecto vale la pena citar que “empleando métodos psicoanalíticos, Myers puede hoy en día predecir quién puede soportar la privación sensorial y quién no” (p. 178).

[2]  RIVAS, Luis I. Práctica teórica, práctica ideológica o la autonegación profesional del inconsciente, p. 15, subrayados míos.

[3] Una reciente y valiosa excepción al respecto es la realizada por profesionales de la salud mental en medio de la represiva situación de Chile, expresada en teoría y práctica relativa al análisis de los efectos de la situación de ese país sobre perseguidos, encarcelados y exiliados que retornan, así como terapéuticamente.

[4] Véanse mis trabajos “La práctica psicoanalítica para sectores populares: aspecto ‘olvidado’ de la relación con el marxismo”, ponencia presentada al Congreso Latinoamericano sobre Psicoanálisis y Contexto Social, realizado en mayo de 1980 en Querétaro, y publicado en el Apéndice del libro Sociedad, salud y enfermedad mental, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México, 1981. También “Subversión y control social en el psicoanálisis latinoamericano”, en el Suplemento Latinoamericano de Le Monde Diplomatique en Español, México, Nº 39, marzo 1982.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Buscador

Números anteriores

  • No 32 Marzo 2017
  • No 31 Mayo 2016
  • No 30 Marzo 2015
  • Colabora con nosotros

    Subjetividad y Cultura acepta colaboraciones para sus diversas secciones: artículos, notas clínicas, comunicaciones breves, reseñas y comentarios de libros y películas, así como cartas de interés relacionados con el estudio de la subjetividad, la teoría y práctica del psicoanálisis, individual y grupal, en cualquiera de sus variantes y aplicaciones, especialmente si se correlacionan con el ámbito cultural y sociohistórico.



    Conoce los lineamientos dando clic aquí

    contacto@subjetividadycultura.org.mx

    Directorio

    Conoce nuestro directorio aquí