Subjetividad y cultura

Una visita al narcoméxico actual

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Mario Campuzano

Más de veinte años sin volver a México, sin estar de nuevo en el país, sin saludar a tantos parientes y amigos que no han podido viajar al extranjero o que pueden hacerlo en períodos muy espaciados, cuando menos de acuerdo a mis deseos… ¿cómo será el encuentro con las nuevas realidades?, esas que hasta ahora sólo conozco por las noticias en los medios o los relatos telefónicos de las gentes cercanas. Lo bueno es que mi primo Adán me va a esperar en el aeropuerto, eso me da seguridad… rara sensación la de requerir la seguridad de un lazarillo en mi propio país, pero que ha cambiado tanto.

Aterrizaje perfecto y pasajeros ansiosos de recoger sus maletas y salir del aeropuerto, como también me sucede a mí. Encuentro a Adán y nos damos un fuerte y cálido abrazo, con el cariño y la cercanía de hermanos que siempre hemos tenido. Percibo una buena cantidad de policías y hasta algunos militares, que antes no aparecían en estos sitios. Me ayuda con las maletas y me lleva al estacionamiento donde abordamos su automóvil para saludar a una prima común que vive en esta ciudad. En el camino me actualiza de la situación de mamá, ya muy anciana, del resto de la familia y la de él, que tuvo que estar fuera de mi pueblo casi un año por la cantidad de secuestros, extorsiones y asesinatos que había. Secuestros y asesinatos en mi pueblo, antes tan tranquilo, cuya paz solo era interrumpida por el escándalo de algunos jóvenes bulliciosos. También ha tenido que recortar su negocio, ya no puede tener vendedores que vayan a otras plazas desde que a uno de ellos lo secuestraron y le robaron el vehículo y la mercancía, sin embargo, dice, ahora las cosas están más tranquilas, aunque no del todo, y él se ha logrado adaptar a esa situación de incertidumbre. Claro, toma antidepresivos desde hace varios años, aquellos en que los problemas de seguridad se agravaron.

Con la prima igual, grandes abrazos, mucho afecto y una dura realidad: el estado que antes fuera uno de los más pacíficos de la República ahora está dominado por la violencia, con una tasa de asesinados y desaparecidos impresionante, y una crueldad y violencia difícil de concebir en seres humanos. La población de la ciudad ha desarrollado, por las redes sociales, sistemas de información sobre las zonas de riesgo del momento, ya sea por el enfrentamiento entre grupos de narcos o por las intervenciones de las fuerzas armadas estatales, ni a cuál irle, a todos hay que sacarles la vuelta. También las familias han establecido sistemas semejantes de advertencia, más limitados en su membresía. Le mostró el agrupamiento familiar ubicado en alguna de las redes sociales comunicándose con una de sus hermanas, que radica en una ciudad fronteriza a varias horas de distancia. Ella le relató que días antes había estado en una cena tempranera con unos amigos y se había desatado una intensa balacera en las cercanías, de manera que tuvo que pasar la noche ahí ante la imposibilidad de regresar a su casa. Las demás hermanas habían decidido, por la misma razón, interrumpir la reunión dominical que solían tener.

La charla pasó de los temas familiares a los laborales, la prima manifestó —con tristeza pero con determinación— que, de acuerdo con su esposo, habían decidido cerrar la empresa familiar por las dificultades que tenían para su operación y la constante preocupación de que fueran a secuestrar al marido para pedir rescate, otro también sostenido con antidepresivos ante la difícil situación circundante. Los planes eran vender empresa y casa para irse a vivir a una casa más pequeña ahora que los hijos ya no vivían con ellos y quizá hasta irse a otro lugar, pero ¿dónde?, ¿dónde podía haber seguridad estable dentro del país? y ¿cómo renunciar a la red de familiares y amigos de toda la vida? Nuevamente abrazos, lágrimas de despedida y otra vez a abordar el automóvil para ir al pueblo.

Me llamó la atención que Adán no tomara la ruta que recordaba más directa para salir a la carretera. Al preguntarle me respondió que era para evadir el mayor número posible de los retenes policiales y militares.

Un par de horas después llegábamos al pueblo, lo encontré tranquilo, sin muchos cambios y con pocas construcciones nuevas, salvo dos funerarias que antes no existían.

Por fin llegamos a la casa de mamá, dónde ella me esperaba ansiosamente junto con otros familiares. A ella sí la encontré diferente: más delgada, más anciana, con menos energía, aunque con la fuerza de carácter de siempre.

Pasé un par de semanas feliz de poder estar de nuevo en la casa familiar, procuré estar mucho tiempo con mamá pero también pude estar con amigos y la familia de Adán. Eso sí, en las charlas abundaban las historias de terror, lamentablemente no de ficción como las que nos contaban en la infancia. Los temas eran reiterativos: a quién habían secuestrado, a quién habían asesinado, de quiénes se sospechaba tenían relaciones con el narcotráfico. Me impresionó una de las historias sobre una vecinita que estudiaba secundaria y se descubrió había sido involucrada en el reparto de paquetes de droga por un sujeto que frecuentaba la escuela y se había ganado la confianza de las jóvenes; los padres habían establecido ya el sistema de acompañar a la chica a la escuela cuando la costumbre, de siempre, era ir solos, como fui yo, como fueron mis hermanos. Esa chica se salvó, pero una compañera, la que la había inducido, había desaparecido y los padres no habían logrado localizarla, a pesar de que recurrieron a la medida extrema de contratar un auto con altavoces, de los que se usan para propaganda comercial, para que recorriera la población solicitando información sobre el caso. ¿Qué sería de ella?, me quedó la incómoda convicción de que era una víctima más de la trata de personas y quizá de otro feminicidio, ¡pobre chica!, ¡pobres padres!

Un día sentí el peligro directamente: una amiga de la infancia me invitó a cenar a un restorán en las afueras del pueblo, estuvimos encantadas charlando de los tiempos idos y de nuestras vidas actuales, tan entretenidas que no nos dimos cuenta del paso del tiempo y nos pescó la noche, al regresar encontramos de pronto un retén con hombres encapuchados que portaban armas largas y revisaban a los automóviles y a sus ocupantes ¿quiénes eran: policías, militares, delincuentes? No traían ninguna ropa o distintivo que los identificara, ahí sentí lo que es el miedo, podrían desaparecernos sin problema alguno y sin que nadie supiera del suceso, no sabía si ser mujeres jugaba a favor o en contra en esa ominosa posibilidad. La espera fue breve, pero la sentí eterna, mi amiga estaba pálida, aterrada como yo. Se acercaron alumbrándonos con una lámpara de mano y nos indicaron seguir adelante. Respiramos, pero nos invadió el silencio, no podíamos hablar con la boca seca y la cabeza aturdida.

Pero el tiempo de mi estancia se acabó. Tenía que regresar a la ciudad de México para de ahí volar a casa. Regresé con emociones encontradas: feliz de volver a estar con gentes tan queridas, y disfrutar de los olores y sabores de la comida regional de la infancia; de volver a estar en esa casa donde pasé mis primeros años y parte de la juventud. Esa parte seguía igual, maravillosa, pero, lo demás ¿qué había pasado al país donde en lugar de disminuir la pobreza se había incrementado y estaba asolado por la delincuencia y los abusos interminables de las autoridades?, ¿dónde quedó mi país?…

P. D.  Ha pasado tiempo y Adán se encuentra nuevamente en zozobra por el incremento de secuestros, extorsiones y asesinatos, pero con una variante: se dice que ahora están juntando dinero por esos medios para financiar la campaña política del candidato de un partido.

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