Subjetividad y cultura

Un caso de reacción terapéutica negativa*

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Simone Hazan[1]

 

Introducción

Cuando llega un paciente a un tratamiento psicoanalítico, existe cierta probabilidad de que no llegue al término del proceso. Algunos pacientes no pasan de las entrevistas preliminares, otros sólo acuden a tratamiento durante unas semanas; otros todavía nos dejan en el camino en otro momento por cuestiones económicas o de trabajo, o por algún otro motivo personal.  Pero es indudable que el hecho de que un paciente abandone el proceso analítico en un momento dado es rara vez casual; al contrario, se inscribe como un elemento de dicho proceso, y casi siempre se puede entender psicodinámicamente en relación con los otros elementos del vínculo analítico entre paciente y analista. Desde el inicio del tratamiento se establece entre un analista dado y su paciente un campo transferencial-contratransferencial muy particular (Baranger y Baranger, 1961-62), que en gran parte determina lo que sucederá después.

Entre aquellos pacientes que abandonan el tratamiento antes de su terminación, algunos preparan su salida, dándose la oportunidad de despedirse del analista. Otros lo hacen abruptamente, evitando cualquier posibilidad de elaboración, tanto para el analista como para ellos mismos. Para éste último, tal abandono puede resultar sorpresivo y hasta traumático, especialmente si existía un buen vínculo con el paciente y sentían que le estaban ayudando.

En 1923, Freud identificó un nuevo tipo de obstáculo en el tratamiento de pacientes, al que calificó como más poderoso que los habituales. Llamó a esta nueva dificultad del análisis reacción terapéutica negativa:

Hay personas que se comportan de manera extrañísima en el trabajo analítico. Si uno les da esperanzas y les muestra contento por la marcha del tratamiento, parecen insatisfechas y por regla general su estado empeora. (Freud, 1923, pág. 50)

Freud estudió la reacción terapéutica negativa principalmente en tres trabajos: El yo y el ello, citado más arriba, El problema económico del masoquismo, publicado un año después (Freud, 1924), y El malestar en la cultura (Freud, 1930). En dichos escritos, el autor explica ese sorprendente fenómeno por el hecho de que el paciente tiene sentimientos inconscientes de culpa, o, como Freud prefirió decirlo para evitar hablar de sentimientos inconscientes, una necesidad de castigo. Esta necesidad se debe a un superyó sádico y con vínculos íntimos con el ello y la pulsión de muerte. Es muy importante resaltar que la reacción terapéutica negativa sucede cuando el paciente ya tuvo una mejoría; lo que ocurre después es que este progreso no es tolerado y provoca una necesidad de castigo que hace que el paciente empeore en un segundo tiempo. Freud destacó lo difícil que es lograr que el paciente reconozca lo que le sucede, justamente porque su sentimiento de culpa es mudo, lo cual le hace sentirse enfermo y no culpable.

En una compilación sobre el masoquismo, Jacques André (2000) resalta lo indisociable de la teoría con la clínica, y el hecho de que el enigma del masoquismo se presenta en los consultorios bajo la forma de la reacción terapéutica negativa: “¿Qué quiere el que no quiere curarse, no quiere cambiar, el que se aferra a su neurosis como el perro a su dueño?” (Págs. 1-2, traducción mía.)

En este trabajo, presentaré para su discusión el caso clínico de una paciente que abandonó abruptamente su tratamiento conmigo después de aproximadamente un año, y posteriormente volvió por un año más, tras el cual dejó definitivamente la terapia. La historia de esta paciente que llamaré Delfina había sido marcada por graves traumas, y tanto por este factor como por su edad, no era un caso fácil de tratar. No obstante, progresó considerablemente durante las dos fases de su tratamiento conmigo, y ésta es la razón por la cual me parece que el caso puede caber en la categoría de reacción terapéutica negativa. Con su relato, será claro que existían otros elementos del proceso que también favorecían a su terminación prematura.

Empezaré por narrar la llegada de Delfina a mi consultorio, así como su historia personal. Posteriormente relataré las dos fases del proceso terapéutico, cada una de las cuales duró aproximadamente un año. Al final discutiré el material presentado, confrontándolo con aspectos teóricos de la segunda tópica freudiana, en particular los conceptos de reacción terapéutica negativa, compulsión a la repetición y masoquismo.

1. Historia de Delfina

Delfina tenía 58 años cuando me llamó por primera vez en un mes de noviembre, referida por su psiquiatra. Se había resistido a acudir a mi consulta durante mucho tiempo, en parte porque el psiquiatra le había advertido que tendría que estar en terapia toda su vida y que esa sentencia la enojaba mucho. Era una mujer anticonformista, culta e inteligente, con un gran sentido del humor y una buena dosis de histrionismo. Sus talentos artísticos y literarios contrastaban con su poca capacidad de insight y de simbolización cuando se trataba de su propia vida psíquica[2]. En nuestra primera cita, lloró sin parar; me contó que era alcohólica y que había logrado dejar de beber gracias al programa de Alcohólicos Anónimos. En ese momento de su vida, necesitaba una operación en la que le quitarían la vesícula. La paciente se mostraba muy nerviosa, expresando que no quería que el cirujano la “rajara”, sino que ella prefería la operación por láser, que ella llamaba de los tres hoyitos.

Delfina había estado en dos tratamientos psicoterapéuticos; el primero, de aproximadamente diez años, fue con una terapeuta que le ayudó mucho pero a la que terminó dejando porque ya estaba tratando en paralelo a una de sus mejores amigas y, sobre todo, a la que fue amante del amor de su vida. La segunda terapia había sido de grupo, con tiempo limitado, y había durado dos años; Delfina comentó que aunque le gustó, no sabía si le había servido o no.

Delfina había crecido en un ambiente caótico a la vez que extravagante. Su madre nació de un embarazo que tuvo la abuela después de enviudar, y por el cual la corrieron del rancho en el que vivía. La paciente describe a su madre como una señora sin instrucción pero muy inteligente, de una gran belleza y dominante. A pesar de carecer de un nivel económico alto, era muy generosa y nunca faltaba comida en la casa. Insistió mucho en que sus hijos estudiaran y quiso que se volvieran personas importantes. También era, como lo dice la misma paciente, “narcisista”, y como tal, no le interesaba que su hija se desarrollara como un ser independiente, sino sólo como una prolongación de ella. Solía tener muchos amantes, y con dos o tres de ellos tuvo a sus hijos: dos hijos varones con un primer esposo, dos hijos varones con el segundo, y Delfina en medio. Mi paciente me explicó que su madre se casaba para que sus hijos no fueran bastardos como ella. Pero contrariamente a sus hermanos, Delfina ignora quién es su verdadero padre; en efecto, si bien la madre estaba casada cuando ella nació, un día le confesó a Delfina que no tenía forma de saber quién era su padre biológico. Como fuera, de pequeña Delfina creyó que el padre de sus dos hermanos pequeños, quien le había dado su apellido, también era su padre, aunque por otro lado le parecía un hombre mediocre y codo. Finalmente, cuando Delfina tenía siete años el esposo de su madre se fue de la casa. Este abandono la hundió en una depresión profunda y su rendimiento escolar bajó al punto de que pasó de ser una alumna destacada a volverse, como ella lo expresa, una de “las burras del salón”.

Otros recuerdos muy oscuros me fueron relatados por Delfina desde nuestro segundo encuentro. Se trataba de abusos sexuales, unos desde muy pequeña, con un primo que la obligaba a hacerle sexo oral debajo de la mesa del comedor; la paciente refiere no haber sentido placer y cree que accedía para ser aceptada. Otro incidente ocurrió algunos años después: Delfina cuenta que dormía en la cama de su madre junto con un amante de ésta. Ese hombre se puso a acariciarla, lo cual le causó placer; en el momento en que la madre iba a regresar a la cama,  el amante dijo: “Hágase para allá, niña cochina.” Este episodio es extremadamente doloroso para Delfina, quien al contármelo agregó que a partir de allí se hizo “cochina” y ya no le importó su cuerpo.

El episodio más traumático en la vida de Delfina, que la marcaría para siempre, ocurrió cuando tenía aproximadamente 14 años. En aquel entonces, su madre se había vuelto a juntar con  un hombre más joven y muy pasivo que, a decir de Delfina, nunca representó una figura paterna para ella. Un día Delfina tuvo ganas de comer pollo rostizado; la madre accedió a su deseo y los tres salieron a comprarlo. De repente, en la calle apareció un amante decepcionado de la madre, que le disparó varias veces con una pistola y después se suicidó. Al asistir a la escena, Delfina quiso defender a su madre, tomó el arma del hombre y le empezó a pegar en la cabeza. Tardó varios años en entender que ella no había sido quién mató al amante.

La madre se quedó paralítica de por vida, y después de los disparos pasó más de un año en el  hospital. Durante ese período Delfina vivió en casa de su hermano mayor, mientras que el benjamín de la familia se quedó con el segundo hermano. Esta porción de la adolescencia, en gran parte olvidada, es probablemente la época más oscura de su historia; al hablar de ella, a Delfina le angustiaba no poder recordar qué había pasado con el hermano que seguía directamente de ella:

“Es lo que te quiero decir, que no me acuerdo. No puedo acordarme dónde estuvo él. Él también sufrió mucho. No porque yo vengo a terapia quiere decir que yo haya sufrido más. Mi hermano mayor dice que estuvo con él, pero no, porque yo estaba sola en la recámara. Era la época en que me daban dinero, ya te lo conté, ¿no? Lo echaba en ese cajón, pues ¿qué me iba a comprar? ¿Un dulce, un vestido? Nada tenía sentido”.

Los años que siguieron del regreso a casa de la madre fueron muy duros, pues Delfina tuvo que ser su principal cuidadora junto con una prima que vivía con ellas. Las tres dormían en la misma habitación, y las dos jóvenes habían aprendido a mover a la madre con las sábanas. En la noche se amarraban un hilo, que la madre jalaba cuando necesitaba cambiar de posición.

No obstante estas circunstancias difíciles, Delfina logró un buen desempeño académico y profesional, aunque mucho menor del que sus capacidades habrían permitido. Se movía en un ambiente artístico en el que todos usaban drogas, en particular cocaína. Ella empezó a hacerlo también desde los 25 años; consumía principalmente alcohol, a razón de una botella por día, y lo siguió haciendo hasta la edad de 50 años. Durante ese cuarto de siglo, su vida fue extremadamente caótica; los efectos de alcohol la llevaban a cometer actuaciones públicas que comprometían su imagen profesional, y sus vínculos amorosos ponían en peligro su vida, pues llegó hasta a relacionarse con un asesino. Ella describe esa época con las palabras que siguen: “Me hice prostituta, me acostaba con todos, no me importaba”.

Entre todas las relaciones de pareja que tuvo Delfina de joven, resalta una que fue muy  importante, con un hombre de letras que ella amaba y tenía en una estima tan grande que hubiera dado su vida por él. Formaban una pareja feliz hasta que él, dejándose llevar por el espíritu de los años 60 y 70, quiso que la relación se volviera libre y tomó una amante. Delfina no soportó la situación y lo dejó; posteriormente se volvieron a juntar y ella le devolvió el favor acostándose con otro hombre. Él los encontró juntos en la cama, y se fue para no regresar nunca. Delfina expresa que no sabía que su pareja era un talibán, pues ese hombre pensaba que podía tener relaciones con otra mujer sin que ella tuviera el derecho de hacer lo mismo.

Delfina tuvo otras relaciones después de ésta pero nunca volvió a amar como lo había hecho con el amor de su vida; refería que después de un tiempo, el deseo sexual por su pareja se desvanecía. Hay que destacar que por otra parte, sus vínculos de amistad eran duraderos y profundos.

A los 35 años, tuvo una depresión que ella relaciona con un cambio de horario en su trabajo: en esa época, Delfina tuvo un gran logro profesional al volverse la única responsable de un proyecto que había sido muy deseado por ella pero que la cansó mucho. El horario correspondiente a esta actividad era nocturno, y le pesaba mucho a Delfina quedarse sola al terminar, tener que recoger sus cosas e irse.

Cuando llegó a terapia conmigo, Delfina llevaba más de ocho años sin consumir alcohol y el psiquiatra había suspendido su medicamento antidepresivo, aunque le seguía prescribiendo un ansiolítico. Pero ella se sentía con pocas esperanzas en la vida; a pesar de que aún no cumplía los 59, ya anunciaba que sus 60 años estaban próximos, y entonces no tenía sentido mejorar. No le interesaba tener una  pareja, y le parecía ridícula y hasta obscena la idea de enamorarse a esa edad. Su familia la decepcionaba, su madre había fallecido unos años atrás, así como varios amigos y uno de sus hermanos, al que había querido muchísimo y con el cual se identificaba. El año anterior a su llegada a mi consultorio, Delfina se había caído y lastimado un brazo; la reacción de uno de sus hermanos y de su cuñada la había desilusionado, pues nunca se molestaron en apoyarla. En las sesiones lloraba casi continuamente, y una de las veces me reprochó amargamente el no prepararla para la terminación de las sesiones, lo cual ella vivía como irse abierta.

2. Primera fase del proceso

La terapia empezó formalmente en enero, después de que Delfina se hubo recuperado de su cirugía. Era una paciente puntual y muy cariñosa, que entre lágrimas se reía a menudo. Conmigo se mostraba seductora y siempre pendiente de mis reacciones. Tenía el don de adivinar mis ideas sobre política y religión, y a veces no me aguantaba la risa al escuchar sus ocurrencias. Pronto le tuve cariño, aunque también pasé muchas de las sesiones en una gran angustia porque me era muy difícil seguir el hilo de sus asociaciones y darles un sentido.

Poco a poco, Delfina pudo poner algo de orden en la maraña de sus sentimientos; empezó a identificar algunos de sus afectos y a darse cuenta de que su terapia le servía. Tomó decisiones y estableció nuevos límites respecto a su familia. En una ocasión, realizó un viaje al extranjero con algunas amigas, y a su regreso observé que estaba llena de vida.

Trabajamos sobre los sentimientos de culpa y vergüenza que le habían generado los abusos sexuales, así como sobre la culpa enorme con la que cargaba por estar convencida de haber causado la parálisis de su madre. La idea de que si no hubiera pedido pollo rostizado ese día, nada habría pasado, era insoportable y parecía imposible de elaborar. Una consecuencia de ello era que si bien Delfina reconocía las cosas buenas que su madre le había dado, le costaba mucho trabajo reconocer las malas y el gran enojo que le tenía. Este enojo velado se solía expresar transferencialmente en el vínculo con su psiquiatra, pero conmigo siempre insistía en que no estaba enojada, lo cual me llevó a decirle que uno no se puede enojar con las madres porque se quedan paralíticas. A raíz del relato que me hizo Delfina de su depresión a los 35 años, pudimos entender cómo ella se deprimía a la hora de tener fuertes responsabilidades, como la que le fue impuesta prematuramente a los 15 años cuando cuidó a su madre paralítica.

Paralelamente a la buena relación que Delfina y yo llevábamos, corrían, como es natural, otros sentimientos más complicados de entender. El que mi lengua materna no fuera el español era el motivo manifiesto para que Delfina pensara que no la podía entender, y frecuentemente me explicaba las expresiones que usaba o alguna situación cultural específica de México; en esos momentos parecía transformarse en una maestra de escuela frente a su alumna. De la misma manera, parecía que a veces mi discurso le era incomprensible y en una de las primeras sesiones usó una alusión transferencial al mencionar a su abuela, a la cual no entendía porque hablaba en metáforas. Me contó en varias ocasiones que ella había aprendido el francés en la escuela, y que contrariamente al inglés, este idioma no servía para nada.

Además de comportarse como mi maestra de español, en momentos me daba la impresión de que Delfina me veía como una hija; a veces me ofrecía un dulce, un día me llevó un café y en dos o tres ocasiones me regaló ropa.

Durante las últimas semanas del año, Delfina se sintió nuevamente deprimida, cansada del análisis; en una ocasión, me contó que había estado a punto de dejar de venir porque se había imaginado que uno de sus hermanos, quien la apoyaba económicamente, ya no le quería dar dinero. En diciembre tomé como siempre dos semanas de vacaciones, durante las cuales Delfina tenía el plan de viajar a una ciudad de provincia con unas amigas. El primer día que nos íbamos a ver en enero, me llamó para avisarme que se había lastimado el hombro al caerse durante el viaje; me especificó que se trataba del mismo brazo que la vez anterior, cuando se había caído un año antes de llegar conmigo. Delfina me avisó que no llegaría a su sesión ese día y que pensaba no venir durante tres meses, pues tendría que pagar a un fisioterapeuta y además, con un solo brazo no podría manejar hasta aquí. Hablamos un par de veces por teléfono y le traté de decir que su caída no era ajena a la terapia. Ella quedó de volverme a llamar “para hablar y hacer cuentas”.

3. Segunda fase

Pasaron algunos meses sin que volviera a tener noticias de Delfina; yo la extrañaba y me acordé de ella el día que cumplió los temidos 60 años. Finalmente, poco tiempo antes de mis vacaciones de verano, me llamó e hizo cita conmigo. Se oía muy deprimida.

El día que vino, me trajo un regalo: era un suéter con un cuello de tortuga amplio, que me había comprado en un viaje. Comentó que sólo yo podía usar este tipo de suéter que no calienta mucho, porque yo no era friolenta. Me contó cómo los últimos tiempos antes de su caída, no soportaba venir a mi consultorio, ya no quería hablar de su infancia y su adolescencia. Se había enfurecido al oírme decir en el teléfono que su caída tenía algo que ver con nuestro proceso. No obstante, se declaraba sin resentimiento hacia mí, y muy enojada con su psiquiatra. Por otro lado, había olvidado muchos aspectos de la terapia, en particular si le había ayudado; pero pensaba que quería regresar, y quedó de volverme a llamar después de mis vacaciones para retomar el tratamiento.

Cuando Delfina regresó, pudo hablar de la depresión que había tenido en los últimos meses y que la había inhabilitado para pensar. En las primeras sesiones, reconoció que al venir conmigo había modificado la imagen que tenía de su madre:

Me he dado cuenta de que la imagen que tenía de mi mamá no era real, y esa imagen ha cambiado. Yo tengo muchos recuerdos con mi mamá, porque ella fue tanto mi papá como mi mamá. Ella era una campesina, que llegó a la ciudad a los ocho años. Era muy inteligente, y quiso para nosotros que tuviéramos otra cosa, no tanto dinero sino que quiso que fuéramos importantes. Quiso que fuéramos conocidos. Esto es un salto cualitativo muy grande. Eso yo no lo veía antes. Y creo que estoy menos enojada con ella que antes. Esto es lo que logré contigo…

Delfina decía que por más que intentaba buscar, no encontraba en sí misma ningún enojo o resentimiento hacia mi persona. Pero de otras maneras, lograba expresar que el estar en mi consultorio no era nada placentero, como lo muestra esta descripción de una visita a su dentista:

me hizo muchas cosas, me dolió muchísimo. Fue una tortura, con martillazos y taladrazos. [Se queda en silencio unos minutos] ¡Simone, perdóname! ¡El otro día le comenté a mi psiquiatra que venir contigo era peor que ir al dentista!

Al inicio de la presentación del caso, mencioné que la paciente tenía poca capacidad de simbolización; esto se manifestaba particularmente en la escasez de sueños que lograba recordar. En esta segunda fase de su tratamiento, era frecuente que llegara anunciando que había soñado, pero sin poder recordar nada. A continuación expongo uno de los pocos sueños que me trajo:

En mi sueño, mi mamá vive todavía, y estoy en su casa. Llegaron visitas, y estoy en la cocina preparando el té. No encuentro el recipiente para hervir el agua. Me siento muy presionada, tengo que buscar las tazas, las cucharas, los platos. En algún momento salgo a donde están las visitas, y cuando regreso ya no está el fregadero, sino que en su lugar hay un lavadero. Pero están los trastes. Y no está la olla con el agua. En su lugar, pusieron a hervir jabón. Al ver ese jabón hirviendo, siento una angustia terrible, y entonces grito para llamar a mi hermano M., y grito tan fuerte que me despierto. En todo el sueño, lo que predomina es la angustia, y la presión que sentía al tener que atender a los invitados.

En la sesión que siguió de ésta, Delfina me contó que se había vuelto a caer, y que su madrina de Alcohólicos Anónimos había intentado levantarla agarrándole la mano equivocada, la del brazo lastimado. Le dije:

Fíjate cómo todo habla de lo mismo; has estado tratando de decidir si regresas conmigo, la madrina te levanta con la mano equivocada, y es como si a la hora en que intentamos ayudarte, no supieras si lo aceptas por nosotros o por ti misma, y no supieras si te ayudamos bien o mal.

En los meses que siguieron, Delfina aprendió a enojarse más con las personas que la rodeaban y a ponerles límites. Conmigo empezó a expresar sus sentimientos con más libertad, y un día que no le pedí que pasara inmediatamente después de que se fuera el paciente anterior, me confesó  haber creído que la había olvidado. En mayo tuvimos que cancelar algunas sesiones por viajes o congresos míos. Delfina se declaró confundida con tantos cambios y la percibí enojada conmigo, aunque ella lo negó; ese día se suscitó una confusión a nivel del dinero que me tenía que pagar, y llegué a creer que le estaba cobrando demás, aunque esta situación se aclaró en la siguiente sesión.

A finales del mes, se empezó a deteriorar considerablemente el estado de salud del que había sido la pareja de la madre desde la adolescencia de Delfina. Ese señor seguía viviendo en el departamento de la madre, que en realidad era la herencia de mi paciente, y era cuidado por toda la familia.

A principios de junio, Delfina se empezó a quejar de dolores en los dientes. Usaba un aparato que le sujetaba la mandíbula en las noches porque su ansiedad le hacía apretar los dientes, pero parecía que esto ya no era suficiente. Después de mencionarme su dolor en dos sesiones, llegó a la tercera furiosa conmigo; me acusaba de no decirle qué hacer y de quedarme viéndola. Yo debía hacer algo, pues era su doctora. Agregó que la pareja de su madre se encontraba en el hospital, pero ella no había ido a visitarlo.

Después de admitir que probablemente no me había mostrado lo suficientemente empática, comenté que la furia y el reclamo de Delfina tenían que ver con el haberse ocupado de su madre desde la adolescencia. Finalmente, dos semanas después Delfina me llamó para avisarme que iba al médico, pues se había diagnosticado que sus dolores provenían de una neuralgia. Se repitió la historia: Delfina declaró que no podría asistir a sus sesiones por un tiempo, y luego regresó después de unas semanas para contarme lo enojada que se había sentido, y avisarme que la pareja de su madre había fallecido. Esa vez sólo nos vimos un par de veces, en las que concluimos que ella no se quería curar. Finalmente, dejó un mensaje en mi contestadora para avisarme que ya no quería venir a terapia.

4. Discusión

Delfina es una mujer que sufrió desde pequeña unas heridas narcisistas importantes, como el constituir una prolongación narcisista de su madre y carecer de una figura paterna estable. Estas heridas se reavivan a través de sus vínculos posteriores, como sucedió conmigo cuando Delfina llegó con la perspectiva de ser rajada y dejada abierta al término de las sesiones.

Su sexualidad temprana fue marcada por abusos que inscribieron en ella dos mensajes: según el primero, el sexo servía para que uno se sintiera aceptado; el segundo mezclaba el placer con dolor, vergüenza y culpa. Ambos establecían en la sexualidad de Delfina una tendencia masoquista que más tarde la llevaría a relacionarse con hombres que le harían daño y a no saber defenderse en sus vínculos en general. Es claro que estos componentes de las relaciones objetales de la paciente fueron favorecidos por su fragilidad narcisista. Así, sus vínculos importantes, incluyendo las relaciones terapéuticas, se terminaron por abandonos y traiciones así como había ocurrido con el que ella creía era su padre.

Otra consecuencia de los traumas tempranos de Delfina es el uso de la disociación, un mecanismo de defensa muy común entre los que han sufrido vivencias traumáticas (McWilliams, 1994). Este mecanismo se puede observar en la descripción que hace Delfina del uso de su cuerpo, que a raíz de los abusos no le importa más, como si su cuerpo sexuado fuera una entidad separada de su mente. Asimismo, la paciente se disocia de sus vínculos cuando la persona involucrada la decepciona; es lo que ocurrió conmigo y con su terapeuta anterior cuando dejó de recordar que la habíamos ayudado.

En la adolescencia, época en que se reactualiza el conflicto edípico (Blos, 1979), una escena que empieza como un simple cumplimiento de deseo para Delfina se termina en tragedia; en su mente, el haber querido pollo lleva a un asesinato casi logrado de su madre. Lo que dice la paciente al expresarse sobre el año que pasó en casa de su hermano mayor a raíz de la hospitalización de la madre muestra muy bien su gran depresión en aquella época, así como el sentimiento de culpa que le dejarían aquellos acontecimientos. La culpa edípica que le había ocasionado el abuso sexual por parte de un amante de la madre se ve magnificada por este grave trauma; una coincidencia temporal provoca la equiparación en el inconsciente del deseo de pollo con los deseos de rivalizar con la madre. Por consiguiente, la balacera, que parece ser la consecuencia de la petición de Delfina, aparece como un nuevo triunfo edípico, esta vez irreparable e imposible de elaborar. Hay que agregar que otro triunfo edípico (o más bien, como diría Kancyper (2004), fraterno) se agrega a éste, y es el de haberse deshecho del hermano que le sigue y del que no puede recordar dónde vivió a raíz de la hospitalización de la madre: el haberlo olvidado y abandonado le provoca tanto malestar a la paciente que siente la necesidad de decir que no porque ella viene a terapia significa que haya sufrido más.

Junto con estos sentimientos de culpa que permanecerán por años en el psiquismo de Delfina sin que siquiera se percate de su existencia, existe una ira inmensa e igualmente velada hacia la madre que le dio esta vida sin padre y con hombres que la maltrataron. Esta ira se incrementa cuando Delfina es separada de su madre durante un año, para después volverse su cuidadora y despertar de noche para moverla en su cama, a una edad en que todavía le hace falta ser cuidada por los adultos.

Todos estos eventos de la adolescencia de Delfina serán resignificados a sus 35 años, cuando su logro tan anhelado en el trabajo le causará una gran depresión a causa de su doble vínculo con los acontecimientos: por un lado, el obtener el proyecto es vivido como un triunfo edípico que en el inconsciente de Delfina significa balacear a su madre; y por el otro, tanta responsabilidad y el trabajo de nocturno la transportan a esas noches de soledad y cansancio en que tenía que ocuparse de la madre, carga prematura que hace que ahora no puede con ningún paquete.

Cuando llega a terapia conmigo, Delfina me transfiere las características de una madre de la que hay que desconfiar y que no la puede cuidar: piensa que nuestros lenguajes son incompatibles, ella me tiene que explicar y cuidar en vez de entregarse a mis cuidados. A pesar de que ella misma inviste las sesiones con su capacidad amorosa, su creatividad y su sentido del humor, lo que describí más arriba como su parte masoquista y sus mecanismos disociativos le impiden darse cuenta de lo lúdico y disfrutable de las sesiones terapéuticas. Ella sólo percibe el aspecto doloroso de su terapia, que compara con las visitas al dentista.

Por otro lado, Delfina está mejorando, ya puede nombrar sus afectos, su analista la describe como llena de vida. Pronto cumplirá los 60 años, contrariamente a muchos de sus amigos alcohólicos que ya fallecieron. Así como a los 35 años cayó en depresión por un logro laboral, ahora también empieza a deprimirse. Ya no soporta el análisis, y llegan las vacaciones de diciembre. A pesar de que no es la primera vez que tenemos una separación por vacaciones, ahora sucede algo nuevo: mi paciente se cae, como para demostrar que no estoy para levantarla. Claramente, se trata de una repetición de la caída que tuvo lugar antes de que nos conociéramos, y su significado es que al igual que su hermano, su cuñada y muchos años atrás, su madre, no estuve presente para cuidarla. Así, se conjugan dos factores en esa escenificación: por un lado, la compulsión a la repetición que efectúa su trabajo silencioso (Freud, 1920) en cada vínculo significativo de Delfina, reproduciendo situaciones en las que la paciente es descuidada o traicionada. Por otro lado, el superyó sádico que prohíbe los vínculos placenteros y los logros en la vida de Delfina. Es de notar que el cuerpo es frecuentemente utilizado en estas escenificaciones, de la misma manera que lo fue en la historia de la paciente.

No hay mucho más que decir acerca de la segunda fase del proceso; allí se intensificó la transferencia materna con una figura que no era capaz de contener sus angustias y su dolor, y también se mostró más implacable la compulsión a la repetición que destruía los vínculos de apego de la paciente. Hay que tomar en cuenta que el fin de la relación terapéutica coincidió con el deceso de la pareja de la madre, como si Delfina ya no tuviera la fuerza de lidiar con una pérdida más en su vida.

También es importante destacar que en esta etapa del proceso, Delfina mostró que había adquirido una nueva capacidad de simbolización, en particular a través del sueño angustioso en el que se encuentra agobiada por responsabilidades que corresponden a la madre, y pide auxilio a su hermano. Es de notar que el hermano al que acude es el que le falló después de su primera caída. Pero si bien sigue apareciendo una figura que no responde a las necesidades de la paciente o que la levanta con la mano equivocada, por lo menos aparece una representación onírica de ello.

Quiero agregar que los reclamos de mi paciente en esta segunda fase no me dejan a mí sin sentimientos de culpa, porque es verdad que sucedió en una época en que estaba agobiada de trabajo y en que ella pudo percibirme como menos atenta a su dolor. También pienso que durante todo el tiempo que la estuve tratando, no logré ver con toda claridad lo que la distancia me permite ver ahora.

Finalmente, el que ambas fases del proceso duraran un año nos hace preguntarnos acerca del significado inconsciente que tiene este lapso de tiempo para la paciente. Un año es el tiempo que su madre se quedó en el hospital, y corresponde a un tiempo de soledad y sufrimiento. También podemos conjeturar que a Delfina le pasó algo significativo al año de edad, algún trauma del que probablemente nunca sabremos nada; ¿de qué manera se cayó a la edad en que los infantes aprenden a caminar?

Conclusión

Hemos analizado un caso clínico en el que se verifican las hipótesis de Freud acerca de la reacción terapéutica negativa. Se pudo constatar que en esta paciente, un superyó sádico le impide disfrutar de la vida y la obliga a retroceder ante los logros. Al mismo tiempo observamos cómo la pulsión de muerte, representada por la compulsión a la repetición, se conjuga con este superyó para escenificar una y otra vez los eventos más traumáticos de la historia de la paciente. De esta manera, el fenómeno de la reacción terapéutica negativa se inscribe como eslabón de una sucesión de eventos en la vida de la paciente, cada uno de los cuales resignifica los anteriores. Por otra parte, pudimos constatar en esta historia la presencia de ingredientes que no habían sido destacados por Freud, en particular el dolor casi permanente que acompañó el proceso terapéutico y una relación estrecha entre el masoquismo moral de la paciente y sus profundas heridas narcisistas. Esto último confirma lo conjeturado por André (2000), así como lo que ilustra el artículo de Jeammet, a saber cómo ante una problemática temprana de tipo narcisista, el sujeto recurre al masoquismo como el único medio del que dispone para “dominar una amenaza identitaria y de disolución del yo […], por el  recurso siempre posible al dolor” (pág. 66, traducción mía). Se trata de un peligroso juego de fort-da (Freud, 1920) que ya no es simbólico, justamente porque no se juega con juguetes sino con la vida propia. En otras palabras, habiendo elegido la vía del dolor, única forma de tener algo de control sobre los acontecimientos, ante una mejora o un vínculo con un objeto que representara una posibilidad de cambio, Delfina sentía su yo amenazado y percibía las transformaciones psíquicas como dolorosas y peligrosas. Lo paradójico y desconcertante para el analista es justamente esto, que su paciente rechace y hasta encuentre doloroso lo que la podría sacar de la situación en la cual está hundida.

Agradecimiento

Agradezco a Delfina por su confianza, en particular al haberme compartido momentos importantes de su vida, y posteriormente revisado y aprobado este texto para su publicación.

 

BIBLIOGRAFÍA 

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  9. KANCYPER, Luis (2004), El Complejo Fraterno. Buenos Aires, Lumen, 1ra reimpresión.
  10. McWILLIAMS, Nancy (1994), Psychoanalytic Diagnosis. Nueva York, The Guilford Press.

* Trabajo presentado bajo una versión anterior en el XXVIII Congreso Anual de la Asociación Regiomontana de Psicoanálisis, A.C., titulado Problemas de la práctica psicoanalítica; Monterrey, N.L., 3 de marzo de 2012.

[1] Psicoanalista titular, Asociación Psicoanalítica Mexicana; simhazan@gmail.com.

[2] Agradezco a Jacques Angelergues por sus valiosas aportaciones a la comprensión de este caso, en particular la observación de que la paciente  era capaz de entender el simbolismo en el arte o la literatura, mas no en su propio psiquismo.

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