Subjetividad y cultura

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Toxicomanía y exclusión. La “locura” en la sociedad actual

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Lic. Mariamne Crippa Méndez[1]

Dr. Ricardo García Valdez[2]

Dr. Jorge Luis Arellanez Hernández[3]

 

Resumen

Este trabajo enfatiza el deslizamiento operado en la producción de subjetividad contemporánea, desde la lógica del deseo y los avatares de este -estudiados por Freud- hasta el empuje que la lógica del Mercado imprime al sujeto actual, orientándolo hacia su desbordamiento, ante la falla de la ley paterna, dándose lugar a un sujeto que -manipulado en su goce- se instala imaginariamente en la recuperación de su completud como camino a la felicidad. La toxicomanía toma ahí un lugar importante, en tanto señala una forma de exclusión y al mismo tiempo una identidad, que convoca a su análisis desde un punto de vista psicoanalítico, entre otros, como base para generar una potencia transformadora del malestar mediante la promoción de la liberación de la palabra hablada.

Palabras Clave: toxicomanía, consumo de drogas, locura, subjetividad.

Abstract

This article emphasizes the slide operated in the production of contemporary subjectivity, from the logic of desire and its avatars –as studied by Freud– to the drive that the logic of Markets imprints on the subject of this time. This leads him to a loss of control due to the failure of the paternal law; in this way arises a subject who –manipulated in his jouissance– gets imaginarily installed in the recovery of his completeness as a way towards happiness.

Therefore, drug addiction takes a very important place, as it signals to a type of exclusion and at the same time an identity, which calls for an analysis from a psychoanalytic point of view, as a base to generate a transforming power for the discontent through the promotion of the release of the spoken word.

Keywords: addiction, drug abuse, madness, subjectivity.

“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos,
Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”
(Saramago, 1998, p.373)

Introducción

Considerando que “el loco es aquél cuyo discurso no puede circular como el de los otros: […] su palabra es considerada como nula y sin valor, no conteniendo ni verdad ni importancia” (Foucault, 2006, p.6), la situación actual del toxicómano parece ser equiparable a la de ese “loco” del que habla Foucault, pues es a quien en la lógica médica y jurídico-legal se silencia y cuya palabra es desvalorizada, centrando la atención en las sustancias que se consumen y no en la persona que las consume; es decir, el discurso hegemónico pone énfasis en el objeto droga excluyendo al sujeto de su acto (Le Poulichet, 2012). En relación con lo anterior, Sandor Rado (1933) precisa que, el objeto droga no es en sí el que pone en marcha el proceso adictivo o toxicómano, a menos que este detone un impulso para utilizarlo; esto es, que las toxicomanías son enfermedades psíquicamente predeterminadas, pero artificialmente inducidas, lo que lleva a tener presente que desde esta perspectiva el énfasis parte del sujeto y no del objeto droga.
No obstante, más allá de que busquemos comprender el fenómeno de la toxicomanía en términos psicoanalíticos, reconocemos que la búsqueda de la droga es reforzada por el efecto que estas sustancias tienen en el sujeto, estableciendo así un “vínculo” químico; un mecanismo reforzante de alivio de la angustia subyacente o producción de gratificación narcisista (Rado, 1926).

De tal manera, reconocemos el importante papel que estos efectos químicos tienen sobre el cuerpo; lo propiamente psicológico tiene que ver con la configuración de la situación previa que lleva al sujeto a requerir de los efectos de las sustancias adictivas. En síntesis, la etiología queda situada a nivel de lo psíquico, y la vía de acción a nivel biológico, el cual es el punto de partida del estudio psicoanalítico: la consideración de que lo que hace al toxicómano no es la sustancia, sino el impulso a utilizarla (Rado, 1933).

Partiendo de estas premisas nos parece posible entender las toxicomanías como una de las tantas formas de locura de la contemporaneidad, muy a pesar de que el uso de sustancias psicoactivas –conocidas comúnmente como drogas– data de tiempos inmemorables.

En el contexto social actual, el toxicómano –llamado comúnmente “adicto”– genera la misma reacción de rechazo que hasta hace algunos años provocaba el “loco” (Calabrese, 2012); de tal suerte, nuestra propuesta es analizar si esta atribución obedece a la fragmentación del lazo social y la marginación (exclusión), como una de las consecuencias del discurso social actual que facilita el terreno psíquico para la instalación de la toxicomanía en los sujetos; es decir, de la adicción al consumo de sustancias psicoactivas (drogas). Para dar cuenta de esto, hemos tomado algunos fragmentos discursivos de un sujeto autodenominado como “adicto inactivo”, quien a través de su discurso nos ofreció una serie de elementos que han permitido develar tanto la construcción de sí mismo como de lo social, con relación al origen y desarrollo de su “toxicomanía”.

La experiencia relatada se llevó a cabo a través de un trabajo de investigación más amplio, en el que tres “adictos inactivos” se entrevistaron a profundidad y compartieron su experiencia de vida en relación a la toxicomanía. Así, el contenido del presente texto pretende entretejer el discurso social y el individual a través de un caso (Paul Walker[4]), para entender la concatenación entre ambos actores con la toxicomanía. En este sentido, estamos utilizando la subjetividad como herramienta mediadora para comprender esta relación dialéctica y aproximarnos al conocimiento de ambos polos.

El consumo de drogas ¿problema o práctica estigmatizada?

Foucault, de acuerdo con lo que señala Leticia Flores (2010), quiso demostrar que la locura estaba íntimamente vinculada con los procesos histórico-sociales, y que los especialistas surgen a partir de la necesidad de velar por el orden y control de la sociedad. Desde esta perspectiva, la concepción que ha predominado sobre el consumo de las drogas y de la adicción, constituyen un indicador del tipo de sociedad y de conciencia donde esto acontece (Touzé, 1995). De allí que uno de los primeros pasos en este manuscrito sea analizar, de forma general, la transformación del significado social tanto de las sustancias psicoactivas, como de las prácticas de consumo.

Buffill (2010) asegura que prácticamente todas las sociedades conocidas han hecho uso de drogas desde tiempos remotos para influir en el estado de ánimo, las emociones y la conciencia. El origen del consumo data desde el inicio de la civilización y durante todo su desarrollo cultural. Registros antiquísimos atestiguan que estas no eran utilizadas con el único fin de intoxicación, sino como una búsqueda de experiencias sensitivas y alteraciones de la conciencia, con fines religiosos, chamánicos, adivinatorios, por motivos sociales e incluso médicos (Lora y Calderón, 2010; Martí, 2010; Ralet, 2010; Touzé, 1995).
Se han encontrado una serie de vestigios plasmados en pinturas rupestres de algunos pueblos nómadas de hace más de 20 000 años, que ofrecen imágenes las cuales permiten suponer que fueron hechas por personas que presentaban alteraciones en su sistema nervioso central, muy probablemente al encontrarse bajo los efectos de algunas sustancias psicoactivas (Buffill, 2010).

Incluso en las culturas heleno-cristianas encontramos relación con las sustancias psicoactivas; para ellos, el vino fue considerado sagrado –el espíritu de Dionisos, la sangre de Cristo, un arte milenario de vida–. De esto, aún quedan huellas en el ritual de la comunión, en donde el sacerdote consagra el vino (Ralet, 2000).

Asimismo, existen registros sobre el uso de opio por parte de las escuelas médicas de la Grecia Clásica; mientras que en la Roma antigua se le atribuía un valor especial al opio, debido a su importancia en la eutanasia y en el tratamiento del dolor (Touzé, 1995). En las culturas orientales, los registros más antiguos del consumo de alcohol datan de hace 5 000 años, en Mesopotamia y el antiguo Egipto, quienes utilizaban las sustancias de manera similar a los romanos; y los hindúes, que desde hace más de 3 000 años utilizaban cannabis para rituales religiosos. Por otra parte, se sabe que el budismo tenía una alta estima hacia los efectos de cáñamo en las técnicas de meditación, y que en la península indostánica se conocen diversas preparaciones del mismo desde el siglo XV a.C. (Buffill, 2000; Touzé, 1995).

En Norteamérica, desde hace miles de años los chamanes de las sociedades tradicionales –como los indios americanos– utilizaban sustancias psicotrópicas; por su parte, en América Central, los registros acerca del uso de la hoja de coca datan del siglo III a.C., esto se conoce debido a estatuillas encontradas en Ecuador y Perú, donde aparecen rostros con signos de intoxicación. Igualmente la casta sacerdotal Inca la usó en ceremonias religiosas y de adivinación. Es por esto que en las montañas andinas la hoja de coca es considerada un don sagrado de “Pacha Mama”, la “Tierra Madre” (Buffill , 2000; Touzé, 1995, Ralet, 2000).

Sin embargo, fue hasta finales del siglo XIX y como resultado de un proceso histórico iniciado a mediados del mismo, que comienza la cruzada prohibicionista debida a tres hechos principales: el empuje del sentimiento puritano en defensa de los valores “tradicionales” de los colonizadores –opuesto a cualquier clase de asociación entre el consumo de sustancias y el mandato divino–; la ola de “opiomanía” desatada a raíz del comercio entre Gran Bretaña y China, la cual tuvo como resultado que el Emperador decidiera poner fin a la situación prohibiendo su venta en todo el territorio, con lo cual la Reina Victoria declaró las “Guerras del opio”; y por último, a finales de siglo, el auge de la experimentación con sustancias psicotrópicas y la concurrencia de inmigración china para trabajar las vías férreas en Estados Unidos, lo cual originó que los sindicatos norteamericanos, debido a la existencia de sentimientos racistas, lanzaran una campaña asociando a los inmigrantes chinos con el opio y el crimen. Este proceso desembocó en que la legislación e ideología prohibicionistas de Estados Unidos, específicas de un momento histórico, traspasara los límites del país y se extendieran prácticamente a todo el mundo (González, 2010; Ralet, 2010).

Este breve recorrido histórico acerca del consumo de drogas, permite entender que es una práctica social que ha estado presente desde la existencia de la humanidad misma, y que fue hasta la década de 1960 que se empezó a catalogar como un problema de salud pública, momento en el que se comienza a excluir, discriminar y marginar a las personas que usan drogas, sobre todo las de carácter ilícito.

Desde entonces, el hecho de consumir drogas irrumpe en lo social como una práctica desviante y desviada, que hay que detener a través de la prohibición, a través del castigo. Se trata de una reacción ante lo diferente, una necesidad social de reafirmarse negativamente en la alteridad: “soy normal porque no soy loco/delincuente/adicto”. Desde esta perspectiva la persona que llega a tener una adicción, es decir, el toxicómano, es visto más que como un enfermo incapaz de sanar porque la droga lo limita, porque la droga lo inhabilita, así, se convierte en una persona que no le sirve a la sociedad, en un enfermo fácilmente prescindible para el sistema social (Calaberese, 2012).

El “problema de la droga” si bien está relacionado con los efectos que estas sustancias tienen en los sujetos, también está en relación con la concepción social que se tiene de ellas (Del Moral y Fernández, 1998). De tal suerte, podemos equiparar la situación de la adicción –y los “adictos”– con la de la locura –y el “loco”–, ya que no siempre fueron motivo de exclusión y encierro sino que eran consideradas parte del orden social (Foucault, 2006).

En ese sentido, la toxicomanía, como señala Sylvie Le Poulichet (2012), sirve de soporte a la transmisión de otros mensajes: ideológicos, morales, políticos, etcétera; ello ocurre en la medida en que la figura del tóxico solicita un imaginario social particular: parece ofrecer un espejo a las imágenes sociales de la intoxicación.
Es por esto que al intentar abordar el “problema de las drogas” proponemos tomar en cuenta ¿qué es lo que representan estas sustancias en la sociedad?; es decir, ¿cuáles son las imágenes, representaciones y creencias culturales que socialmente definen a los sujetos catalogados como “toxicómanos”?; dado que –socialmente– nociones como droga, juventud, desviación, delincuencia y enfermedad se asocian indiscriminadamente (González, 1987; Ralet, 2010; Touzé, 1995). Además, debemos cuestionarnos hasta qué punto los mecanismos sociales e institucionales que la sociedad pone en marcha para controlar dicho fenómeno contribuyen a la mitificación y estigmatización de los consumidores.

En este contexto, parece esencial reflexionar si el consumo de drogas en realidad representa un problema significativo para la población, o qué tanto el sistema social ve como un problema a quienes consumen drogas por tener una práctica social que irrumpe y contradice las normas sociales. Estadísticamente hablando, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito ha estimado que cerca de 27 millones de personas en el mundo tienen un consumo de drogas “problemático” (ONUDD, 2013); particularmente en México, la Encuesta Nacional de Adicciones indica que 550 mil personas entre 12 y 65 presentan “dependencia” a alguna droga de carácter ilícito (SSA, INP, INSP, 2011), esto significa que pueden ser considerados como “toxicómanos”. Tomando en cuenta esta información, cabe preguntarse si –dadas estas cifras– en realidad el consumo de drogas representa un “problema de salud”. Es aquí donde añadimos que la construcción social no sólo influye en la concepción de las drogas, sino que también tiene consecuencias en la constitución del sujeto.

Al pensar en los manuscritos[5] en los que Freud (1916-1917/1992) desarrolla lo que llamó series complementarias –que incluyen factores genéticos, la historia del sujeto, relaciones interpersonales, el desarrollo de la sociedad, etc.–, no nos parece absurdo pensar que actualmente el problema del consumo de sustancias psicoactivas está íntimamente vinculado con las determinantes biológicas, psicológicas y sociales, incluyendo las de carácter socioeconómico y cultural del contexto en el que se desenvuelve el sujeto, ya que encuadra la relación que la persona establece con la droga, el tipo de droga y la forma de uso en un escenario determinado. Así, de acuerdo con Ignacio Lewkowicz (1999), sólo en las condiciones actuales cualquier relación obstinada de un sujeto con algún objeto de su cultura es leída bajo el lente instituido de la adicción, de la toxicomanía; lo cual, nos orilla a preguntarnos sobre la actualidad de los aspectos socioculturales y su influencia en la subjetividad.

Asimismo, nos parece interesante resaltar que el discurso médico al mismo tiempo que busca soluciones rápidas, inmediatas, simplistas y reduccioncitas para las irrupciones de la locura mediante el uso de fármacos, también castiga a quienes consumen drogas clasificadas como ilegales mediante el encierro en instituciones “curativas”, lo cual genera desaprobación social y, en consecuencia, condena a los sujetos a la exclusión tanto en lo público como en lo privado (Castel, 2004).

Podemos observar cómo, muchas veces concebidos como delincuentes y/o portadores de enfermedad, las respuestas sociales se preocupan por la curación o encarcelamiento de estos sujetos, así como de los “locos”. Sin embargo, como constatamos anteriormente, el consumo de sustancias lejos de ser algo ajeno a nuestra sociedad, sólo puede comprenderse analizando los mecanismos de producción y distribución de bienes, y la acumulación de capital propios de las sociedades industriales avanzadas (González, 1987).

Toxicomanía: una “locura” contemporánea

Los sujetos, como objetos de investigación complejos, estamos sobre-determinados por componentes bio-psico-sociales; en consecuencia es indudable que la enfermedad psíquica no puede ser aislada o ajena a esta triada. Sin embargo, a lo largo de la historia no se ha visto así, ha cambiado la forma en que se diagnostica y se trata la locura, y también la forma en que se enferma y se vive la misma.

Por lo anterior, consideramos que es de fundamental importancia para nosotros, los profesionales del campo psíquico, conocer las condiciones sociales a las que se enfrentan –y nos enfrentamos– los sujetos actualmente, es decir, debemos conocer las características de la sociedad actual.

Para ello, retomamos el término discurso social de Marc Angenot (2012), el cual es definido como una red práctica de significados que no solo influye, sino que interviene en la constitución misma de las formas de subjetividad, y esta última funge como motor del crecimiento y funcionamiento psíquico y vincular (Bleichmar, 2002; Lewkowicz, 1999; Rojas y Sternbach, 1997). En este sentido, hemos considerado importante utilizar el concepto de subjetividad, para ayudarnos a entender el sentido entre lo social y lo psíquico, lo cual se inscribe en los modos históricos de producción de sujetos, y se trata de la forma particular en la que un ser humano, como sujeto –a la vez individual y social– articula, percibe, interpreta, comprende y significa la realidad en su conjunto, incluido él mismo (Bleichmar, 2006).

Una vez aclarado lo anterior, podemos comenzar a hablar sobre el discurso social actual; este está dominado por el modelo capitalista en su vertiente neoliberal y globalizada, mismo que, a pesar de tener ciertas variantes, es hegemónico a nivel mundial. Cabe precisar que en lo subsecuente al hablar del mercado nos estamos refiriendo justamente a esto.

Ahora bien, si entendemos que la subjetividad es producto de un entrecruzamiento de determinaciones colectivas sociales, económicas, tecnológicas, “massmediáticas”, etc. (Guattari y Rolnik, 2006), se puede asegurar que todas las relaciones humanas son permeadas por el dinero, el cual funge como articulador de los aspectos mencionados con los aspectos psíquicos, al ser medio y objeto de la satisfacción de necesidades y deseos, y la obtención de placer. Esto implica someterse al dominio del mercado capitalista desarrollado –neoliberal y globalizado– que es calculador, duro y preciso. De esta manera el mercado se posiciona como organizador social y, a la vez, como lógica libidinal (Guinsberg, 2001; Rojas y Sternbach, 1997).

Estos cambios a nivel macropolítico y macrosocial, producen o alteran las subjetividades, ya que estas constituyen la materia prima de toda y cualquier otra producción (Guattari y Rolnik, 2006), porque el mercado necesita, antes que nada, consumidores para sus productos.

Así, el modelo capitalista puede imponer sus imperativos mediante una alienación que parte de la dominación sociopolítica y sus cambios económicos y culturales, aprovechando la angustia psíquica (Rado, 1933) como una característica de los sujetos castrados, en falta.

Por otra parte, es bien sabido que este modelo va ganando terreno, mientras va invistiendo sus postulados con apariencia de orden natural –darwinismo social– cuyo progreso está basado en la lucha social y la competencia por alcanzar los máximos beneficios que este ofrece sólo a quienes puedan costearlo; lo cual tiene como consecuencia, entre otras cosas, la fractura del tejido social, es decir, el sacrificio del otro en favor de uno mismo (Barone, 2001; Guinsberg, 2001).

Esta ruptura marca los límites entre quiénes tienen acceso a los bienes que ofrece el mercado y quienes no lo tienen; de tal forma, los más favorecidos –en capital económico, cultural, social y simbólico– quedan dentro y los demás quedan fuera, es decir, son excluidos.

Tomando en cuenta lo anterior, la forma particular en que se vive el capitalismo en nuestro país, México, es una reinterpretación de la hegemonía global; de forma que, si concebimos la exclusión –económica, social, cultural y simbólica– como violencia simbólica generalizada, la ejecución de prácticas gore[6] es algo lógico y legítimo dentro del desarrollo de nuestra sociedad; prácticas que los denominados sujetos endriagos[7] deben llevar a cabo para obtener los beneficios del Mercado (Valencia, 2010). Por lo tanto, nuestra realidad es incomprensible sin considerar la violencia y el consumo como fenómenos vertebrales.

Así, el “capitalismo gore” (Valencia, 2010) es una expresión de la dimensión descontrolada y contradictoria del proyecto neoliberal y la globalización, fundados en lógicas predatorias que vivimos en un país que se encuentra en las periferias –reales y simbólicas– del primer mundo.

Por otra parte, como sabemos, sólo se es “sujeto” por estar sometido a múltiples determinaciones relativas al discurso social (Rojas y Sternberg, 1997); por estar avasallado y sostenido por un Gran sujeto[8]. Este en la modernidad era representado por diversas figuras –Dios, el Rey, el Pueblo, el Estado, etc.– las cuales en la actualidad han perdido terreno y credibilidad. En ese sentido, los sujetos contemporáneos nos enfrentamos a una encrucijada estructural: el fenómeno de desimbolización[9]; esto implica una falla en la función paterna, o en términos de Lacan, la forclusión del Nombre del Padre (Dufour, 2003). Esta falla implica, entre otras cosas, que actualmente no se cuenta con las “herramientas” simbólicas necesarias para enfrentarse a las vicisitudes de la vida psíquica y las frustraciones del mundo, este hecho hace comprensible por qué en la actualidad existe una tendencia a la intolerancia al dolor y la frustración (Rado, 1933). Cabe destacar que en absoluto significa que no haya simbolización, más bien nos referimos a que no existe una ficción que ayude a sustentar la articulación simbólica entre distintas situaciones, es decir, que dé sentido. Cabe aclarar que se trata de una tendencia, no de una generalización indiscriminada.

Es por ello que la actualidad entraña un acrecentamiento de la incertidumbre, ya que los seres humanos no tenemos ante quién presentar una demanda, formular una pregunta o hacer una objeción; precisamente a esto hacemos referencia al decir que el mercado aprovecha la condición humana de ser sujetos en falta, sujetos del deseo. Esta le resulta muy conveniente al nuevo capitalismo, que apunta a ese núcleo de la humanidad: la dependencia simbólica del hombre (Dufour, 2003; Valencia, 2010).

Este lugar articulador y portador de sentidos ha quedado vacante para que el Mercado –con mayúsculas porque se ha instalado como nuevo Gran sujeto– se aposte en lo económico y simbólico como un desarrollo del patriarcado, el Padre canonizado en Tótem y Tabú, omnipresente, todopoderoso, ideal.

Nos parece esencial aclarar que esta ausencia de enunciador colectivo único y creíble, que genera dificultades inéditas en el acceso a la condición simbólica, afecta a todos pero en particular a los jóvenes, quienes siendo los más susceptibles a estos cambios culturales, asimilan masivamente las normas y valores consumistas que lo promueven como lógica pulsional (Dufour, 2003). No obstante, esto contrasta radicalmente con la vida precaria y de pobreza –en la que vive la mayor parte de nuestro país– que les impide participar plenamente en estas actividades. Ante esta contradicción surgen sentimientos de frustración y de exclusión, además de actos violentos y delictivos. Todo esto debido a la transvaloración de las estimaciones ante la demanda hiper-consumista, en una cadena de frustraciones que constituye la trama de la realidad social en México (Valencia, 2010).

De esta manera la exclusión en la sociedad actual ya no es únicamente la segregación del loco, el delincuente, el adicto, el enfermo mental, etc., sino que existe una exclusión un tanto más simbólica relacionada con la frustración que genera el Mercado a los sujetos que, por cuestiones de capital, no tienen acceso a sus “kits identitarios” (Dufour, 2003). Nos referimos a identidades “prefabricadas” que ofrecen a los sujetos otra manera de paliar la angustia psíquica que conlleva la pregunta “¿quién soy?”; tal es el caso de la toxicomanía que, como portadora de ciertas representaciones sociales, brinda a los sujetos pautas para autofundarse; y la droga puede representar un elemento para acceder a esta identidad.

Se trata de una revolución cultural que fluctúa entre hiperconsumo y frustración, esto se debe a lo siguiente: la globalización acorta las distancias en muchos sentidos, no obstante, en ella no puede existir la salvación de la minoría y cada quien debe ver por sí mismo; de esta manera se resalta la incapacidad del neoliberalismo para generar pertenencia, colectividad y sentido creíble del futuro, es decir, carece de proyectos de integración social, lo cual produce crisis de existencia y de significados (Guinsberg, 2001). Esto, aunado a la ausencia de grandes ejes e instituciones, tiene como consecuencia una sociedad que, por ser brutalmente desigualitaria e injusta, también es hiperindividualista (Valencia, 2010).

Es decir, el capitalismo desarrollado del siglo XXI se ha librado de los límites, no sólo de las regiones del mundo, sino también de las relaciones entre sujetos y de las regiones psíquicas donde se constituyen las identidades. La distancia con respecto a los Grandes sujetos se ha hecho distancia entre uno mismo y uno mismo, el sujeto contemporáneo se caracteriza por su autonomía y libertad, se vuelve un sujeto autorreferencial, sostenido únicamente por sí mismo; se trata de un sujeto histerológico[10], en conflicto con su “autofundación” (Dufour, 2003).

Dado entonces que la promesa del Mercado es la de ofertar un objeto capaz de proporcionar la satisfacción integral –sólo eso tiene, la promesa– será la frustración la que funja como motor del capitalismo (Lewkowicz, 1999; Valencia, 2010). Así, es evidente que un nuevo sujeto debe devenir a raíz de los modelos identificatorios vigentes proporcionados por el Mercado, para el cual “tener” se convierte en el soporte del “ser”; por ende, la posición subjetiva que se constituye es la de consumidor, la cual implica esperar todo del objeto y nada del sujeto (Lewkowicz, 1999; Rojas y Sternbach, 1997), quien está tramado en el instante, sin relación con la ley ni con la alteridad, buscando la plenitud y la completud.

Estos ideales sociales propuestos como acceso a la felicidad implican consumir a partir del consumo de la propia vida; y los que quedan fuera –económicamente hablando– están excluidos del modelo y sufren violencia simbólica al no tener acceso a las ofertas del Mercado para paliar su incompletud ontológica.

Bajo el yugo de un Gran sujeto –el Mercado– que es el epítome de la desigualdad y la frustración, la situación de precariedad económica desde el soporte subjetivo de consumidor no sólo engendra privaciones materiales, sino sufrimiento moral, vergüenza y autodesprecio (Lewkowicz, 1999; Valencia, 2010), ya que el sujeto histerológico requiere “prótesis” para remediar la falta –simbólica– que es convertida en vacío –real– debido a la dificultad de acceso a la simbolización que mencionamos anteriormente y que, además, es más fácil de enfrentar. Por lo tanto, el “adicto” es factible en tanto el soporte subjetivo esté; posición en la cual el sujeto se pierde en el objeto a cambio de que le brinde una identidad –“soy adicto”– la cual se constituye a través de la realización y la interrupción del consumo; es decir, al borde de lo socialmente permitido, con tal de no quedar excluido del lazo social del consumo. Esta posición subjetiva es denominada adictiva (Lewkowicz, 1999).

Breve ilustración de una toxicomanía

A Sigmund Freud le debemos muchas cosas en el campo psíquico, sin embargo, darle voz a la palabra de las histéricas es una de las principales, es decir, el hecho de privilegiar la clínica de la escucha. Posteriormente, este hecho inauguró la posibilidad de extenderlo a grupos que tampoco eran escuchados –los niños, los psicóticos, los adictos, etcétera–.

Además, gracias a Freud podemos ubicar al delirio, el sueño, los síntomas, los actos, entre otros, más bien como un intento de comunicar algo, es decir, plenos de sentido.

En el caso de las adicciones, desde el punto de vista psicoanalítico, se coloca al sujeto en el foco de atención, y no a la sustancia; esto nos permite aproximarnos a entender sus conflictos, fantasías y defensas, e intentar comprender el sentido que tiene su toxicomanía.

Por otra parte, a través de los párrafos anteriores buscamos comprender el universo de la adicción desde otro lugar, es decir, su devenir histórico, considerando los procesos de institucionalización, la realidad social y la trama subjetiva que están en este complejo juego. Abriendo la posibilidad de considerar que los sujetos estamos inmersos en un discurso social que es esencialmente excluyente, una exclusión naturalizada y, por lo tanto, invisibilizada.

Sin el objetivo de hacer un análisis muy profundo, presentamos a continuación ciertos fragmentos de discurso que ilustran algunas de las situaciones descritas anteriormente. A través del testimonio de un joven que creció en un panorama muy similar al relatado, podemos elucidar –tal vez de forma muy sutil– la influencia del discurso social en la vida del sujeto, su constitución psíquica y su posicionamiento ante este. Asimismo, nos resalta las concordancias que existen entre los imperativos del discurso hegemónico y la toxicomanía. Para esto, haremos también una serie de precisiones sobre las particularidades de su historia personal.

Siguiendo esta lógica, hablaremos sobre Paul Walker (descrito anteriormente), un joven cuya historia de vida, debido a que ya había pasado por un proceso de rehabilitación, ha sido interpretada por él y muchas de sus experiencias, resignificadas.

Él manifiesta haber aceptado participar en la investigación “Porque… yo estoy muy entregado a la comunidad y pues… lo que sea por la comunidad…” [sic]. El día de la primera entrevista llega un poco desaliñado, su ropa parece descuidada y manchada, hace muchas preguntas con respecto al beneficio que la investigación le brindará a la comunidad y expresa que entre menos entrevistas, mejor. Durante la última entrevista, al solicitarle un pseudónimo se nota muy angustiado e insiste en que se use su nombre real. Sin embargo, optamos por utilizar Paul Walker (famoso actor estadounidense cuyas características coinciden con el modelo hegemónico de masculinidad) debido a que en una ocasión él declara que le gustaría ser y tener todo lo que él tiene en sus películas (Fast and Furious).

Además, expresa mucha gratitud y declara que las entrevistas le ayudaron a aclarar algunas cosas y lo hicieron retomar ciertos temas para continuar su tratamiento de rehabilitación.

Al pedirle que relate su adicción expresa que se remonta mucho antes de que comenzara a consumir drogas, en su infancia temprana “Sí, este… pues mi adicción yo digo que empieza, así como adicción no lo veo tanto, sino como que los traumas psicológicos yo los empiezo a percibir, a ver, a notar desde ¿qué será? La edad como de tres años, ehh…” [sic]. Debido a que su padre biológico dejó a su madre al enterarse del embarazo, ella en repetidas ocasiones le menciona que durante el embarazo estuvo en depresión y, aunado a esto, su madre empezó a salir con quien actualmente es su padrastro.

Él es originario de un pequeño municipio, pero al salir del kínder su familia se mudó a una ciudad cercana, posteriormente pasaron un año en Estados Unidos y al regresar expresa haber sufrido bullying –aunque más bien parece abandono parental–, de lo cual sus padres nunca estuvieron enterados “Me acuerdo que, que cuando mi mamá me iba a dejar a la primaria, a mí me dolía mucho, este… dejarla, o sea, que ella se fuera y me dejara ahí en la primaria. Hubo veces que recuerdo que me sentía yo, me sentía yo así bien sólo, con un sentimiento… muy fuerte de llorar. Ni ponía atención en las clases y cosas…” [sic]. Empezó a tener problemas de “conducta”, razón por lo cual en 2º de primaria lo diagnostican con trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) y comienzan a medicarlo.

Estando en Estados Unidos, lo cambiaron de escuela en dos ocasiones, y convivió mucho con una familia de su barrio, él observaba a los adolescentes y deseaba ser como ellos, tanto físicamente como en las cosas que tenían –coches, forma de vestir, novias, drogas, etcétera–. Señala “Pero Stevie, o sea como lo recuerdo con el pelo largo, así como Justin Bieber antes, con aretes y, este, con aretes y perforaciones […] los recuerdo, los así güeros, y los dos tienen, tenían los ojos azules y…yo siempre quise ser, siempre quise ser en ese entonces como Stevie; cómo se vestía, tenía amigos que lo iban a buscar en camionetas y luego no llegaba hasta en dos o tres días, y fumaba enfrente de su mamá y de su abuela, y creo que fumaba por ahí cerquilla marihuana” [sic].

Durante toda su primaria y secundaria se mudaron en repetidas ocasiones, oscilando siempre entre el municipio antes mencionado, otro municipio colindante y una ciudad aledaña. Él sufría todos estos cambios, y manifiesta haber sentido que su voz estaba “secuestrada” al no ser tomado en cuenta. También habla de muchos sentimientos de soledad, ya que en la ciudad y el municipio del que es oriundo se encontraban primos con quienes él convivía, se acostumbraba a no estar sólo y justo cuando empezaba a adaptarse y sentirse bien, volvían a mudarse “Después cuando mi mamá, o no sé mi papá… salí yo del kínder y nos vamos a vivir a X (una ciudad del estado de Veracruz, México) […]no me gustaba, porque yo extrañaba mucho a mi primos y jugar, y allá yo estaba solo, pues estaba… y no conocía a nadie” [sic].

Entre 5º y 6º de primaria probó el alcohol, y al entrar a la secundaria empezó a experimentar con marihuana. Su consumo incrementa debido a ciertos eventos vitales: otras mudanzas y alteraciones en la dinámica familiar –sus padres comenzaron a pelear, su padrastro viajaba mucho y su mamá se quedaba sola–.
Por otro lado, Paul manifiesta que estando en la secundaria él quería que lo anexaran “yo… el objetivo de anexarme era salir del anexo e ir a decirle a mis amigos que estuve anexado. Ir como a que contarles la experiencia” [sic].

Aunado a lo anterior, mientras cursaba la secundaria en el municipio contiguo, se percató de la relación que su padre biológico tenía con sus otros hijos, esto acrecentó su sentimiento de ser rechazado. Al final de la secundaria su madre lo había cambiado a una telesecundaria en el municipio donde vivían, pero Paul Walker ya estaba involucrado en negocios ilícitos, robaba a sus familiares y se desaparecía durante días de su casa para consumir drogas, principalmente marihuana aunque también consumía cocaína. Además, él utilizaba Nextel –esto es importante, ya que en este Estado durante esa época, el Nextel era conocido por ser utilizado por el crimen organizado– y motocicleta, con lo cual sentía que parecía uno de los integrantes de estos grupos delictivos, a pesar de no haber formado parte de ellos.

Por otra parte, el evento que él señala como determinante en su adicción, fue alrededor de los 16 años, estando en la preparatoria, cuando se enteró que su madre le fue infiel a su padrastro con un amigo suyo que era sólo un par de años mayor que él. Señala “Yo quería internarme así (truena los dedos), pero de ¡Ya!. Yo ya no quería estar ni un minuto más, ni un día más en mi casa […] Por la situación que estaba pasando con mi mamá, o sea, yo no podía ver a mi mamá […] ehh… yo… este… como con un odio grande hacia mi mamá. Así como que la mirada de traición, todo eso […] Yo estaba muy enojado, y yo quería, o sea, matarla a golpes. Pero nada más le di una cachetada y me salí, me salí corriendo y me salí, me acuerdo que agarré a moto y… y por mero me mato en la moto”[sic].

Esa no es la única ocasión en la que expresa el deseo de que su madre muera, también lo expresa al hablar sobre cómo él, durante su infancia, prefería estar en casa de sus abuelos, donde podría convivir con sus tíos a quienes considera como sus hermanos, y además le ponían atención y límites. Y, en caso de la muerte de su mamá, el habría tenido que quedarse allí.

En contraste, al hablar de su padrastro el indica “Y con mi papá, si me pongo a hablar de mi papá yo estoy, sí muy agradecido, y para mi es más… me gana más el sentimiento con mi papá que con mi mamá. Cuando hablo mucho de mi mamá y contacto el sentimiento, termino con mucho, con el nudo en la garganta, con el coraje encima ¿no? […] Pues sí, de mi padrastro hablo y lloro, estoy muy agradecido con él, estoy muy… me siento bendecido por tenerlo, a pesar de todo, ahora si, lo culero y lo malagradecido que fui con él, lo mala onda que fui pues hasta ahorita está conmigo apoyándome y todo eso” [sic].

Esta forma de relacionarse con sus familiares cercanos ha sido crucial en su manera de relacionarse en demás situaciones sociales. Con respecto a sus amigos y relaciones con otros hombres, fluctúan entre la competencia y necesidad de demostrar su superioridad –con sus “iguales”– y la admiración y sumisión –con figuras paternas–. Retomando los aportes de Sandor Rado (1933) existe, en los toxicómanos, una “demanda instintiva femenina”, debida a la alta estima que el hombre tiene del falo se da una transformación y esta se trasmuta el masoquismo en pasividad.

Por otro lado, sobre sus relaciones con las mujeres, en general se trata de vínculos utilitarios, manipulativos y dependientes, equiparables a su relación con la droga –la cual fue muy ambivalente y simbiótica– pero también con su madre. Retomando parte de la historia de vida de Paul Walker, podemos relacionar su toxicomanía con perturbaciones en el desarrollo psicosexual ocasionados por frustraciones reales de gratificaciones –especialmente orales–. Estableciéndose así un punto de fijación que predispone al sujeto al “orgasmo alimentario” como rival de la genitalidad; de forma que las drogas son la vía de acceso de estos sujetos al origen (Rado, 1933).

Es decir, resalta la importancia etiológica de la zona oral, el masoquismo, la pasividad y la estrecha relación con la homosexualidad.

Por otra parte, expresa que en su familia hay antecedentes de enfermedad mental (esquizofrenia) y adicciones por parte de sus tíos, con quienes convivió durante toda su infancia e incluso se identifica con algunos de ellos. En específico con un tío de su familia materna “Bueno ahorita me acuerdo de un tío, hermano de mi mamá, se llama… se llamaba Alejandro, le decíamos El Negro Panamá, bien loco él, con problemas también […] recuerdo, él, moreno, medio alto, flaco, ehh […] él siempre fue zafado, incluso ya cuando yo empecé a… a verme en problemas con la escuela y cosas así, mi familia me decía que yo era como que su, su, este… su, cómo se llama… o sea, que yo era igual que él, que yo era igual que Panamá, o sea, las mismas actitudes y cosas así de hiperactivo y todo. Ehh… mi tío Panamá murió creo que a los cuarenta y tantos, de SIDA. Tuvo… mi tío Panamá fue alcohólico, también me enteré de que fue consumidor de cocaína” [sic]; y con uno de sus hermanastros “El otro (hijo de su padrastro), Demetrio, tiene un problema. No, no sé si es déficit de atención, no sé qué onda, pero pues él usa anteojos de botellas y…así. La neta no es por ser ca-culero pero lo veo así como, está muy, está feo. Está feo, él es muy flaco, ehh, de lentes de botella […] es el que digo que está, así como que feíllo, o sea no feo, no es por ser mala onda, pero bueno…no da un buen aspecto así…físico. Ese no, no está casado. De hecho, a él, había pasado por problemas de alcoholismo él y mi papá una vez lo intentó ayudar y fue que lo, me tocó ver que íbamos a buscarlo a la cantina, sobre todo en su quincena, y…la quincena…ya me imagino, pobre […] Como que al igual me cayó el veinte de por qué él consumía alcohol, o consume. Pues por sus problema, su problema físico, y ya…como es la cultura en México me imagino que lo han de ver, la sociedad, en la escuela, o sea la sociedad lo ha de haber rechazado” [sic].

En este sentido, podemos notar que se trata de un Yo sumamente herido, él en repetidas ocasiones se describe como inseguro, inconforme con su apariencia y dependiente del reconocimiento de algunas personas que él considera autoridades –hombres mayores con características similares a las de su padrastro– además se identifica con personas a quienes él considera poco dignas. Es un sujeto que, expresamente, no se siente deseado, ni querido.

Sandor Rado (1926, 1933) plantea la existencia de una depresión inicial, que sensibiliza al sujeto para el efecto placentero de las drogas, y una depresión tensa en los sujetos toxicómanos. Esta última implica un alto grado de intolerancia al dolor y la frustración que conlleva a la concentración del interés psíquico en la necesidad de alivio artificial.

Si consideramos que el Yo del sujeto –en este caso, Paul Walker– duramente apabullado, no siempre fue así, sino que existió en algún momento un bebé omnipotente, lleno de autoestima –narcisismo primario, en términos freudianos– cuya megalomanía desapareció bajo la presión de las experiencias el estado perdido se convierte en el ideal, el sujeto vive en busca del retorno al estado narcisista original que lo atormenta con autorreproches. En esta situación acontece lo que Rado (1933) denomina “orgasmo farmacogénico”, une efecto placentero ocasionado por el propio Yo que recupera su gigante omnipotencia, su narcisismo originario. De esta manera, el Yo está haciendo un cambio del “régimen realista” por el “régimen farmacotímico” al cual se entrega por completo, perdiendo interés en los objetos. Hemos aquí los componentes compulsivo y onanístico de la toxicomanía.

Todo esto adquiere sentido si pensamos en la larga trayectoria de heridas narcisistas que caracterizan la vida de Paul Walker, llena de sentimientos de invisibilidad, de rechazo, de no ser reconocido por el otro; además, de ideales que se ha establecido con base en su experiencia de vida en Estados Unidos –en específico la situación económica y apariencia física– y los medios de comunicación (de ahí su pseudónimo), los cuales no puede alcanzar y le generan sufrimiento, vergüenza y autodesprecio. Tantas heridas narcisistas durante toda su vida le hacen insoportable enfrentarse a la castración, denegándola a través del consumo de drogas (Le Poulichet, 2012).

Por otro lado, el hecho de no haber sido reconocido por el otro lo orilla a la autofundación, y está más bien sumergido en una melancolía que, sin embargo, es denegada debido a su falta de herramientas psíquicas para enfrentarse al duelo.

La etiqueta “soy adicto” tiene un peso, pero también una identidad y lazos sociales a través del consumo, una identidad que además implica cierto poder, que lo acercaba a la omnipotencia de alterar el mundo sin intervenir en él (Lewkowicz, 2009).

Es interesante resaltar que su padre biológico y su familia paterna, paliaban su ausencia mediante el dinero; el cual Paul gastó en drogas, fiestas y productos, en un lapso menor a una semana. Asimismo, él asegura que su madre siempre se preocupó más porque no le faltara nada económica y materialmente hablando, que por prestarle atención o pasar tiempo con él.

Para un sujeto que, en ausencia de límites claros y en una realidad totalmente inestable –ante la falta de un Gran Otro tanto en lo social como en lo familiar– la droga era el objeto ideal para cumplir el papel de prótesis ontológica y alcanzar la plenitud deseada (Dufour, 2003). Su relación con el tóxico pone en evidencia un “más allá del principio del placer”, en el cual las experiencias cercanas a la muerte son las que lo hacen saberse sujeto.

Esta paradoja de la autodestrucción en las toxicomanías también es aclarada por los aportes de Rado (1933), quien indica que el efecto placentero que proporcionan las drogas tiene un costo, se debe pagar por este orgasmo farmacotímico dañándose a sí mismo, destruyéndose. Cabe resaltar que esto no es consciente, es decir, el sujeto no lo hace con la intención de dañarse, al contrario, la exaltación del narcisismo da al sujeto una sensación de invulnerabilidad e indestructibilidad. No obstante, en la privación de la droga el Yo queda desprotegido de su masoquismo que lo invade.

Al narrar uno de sus delirios estando intoxicado expresa “llegué a tener como que… lo que sí llegué a tener era como que yo me asustaba mucho. No sé si llegó, n-no, no supe identificar una alucinación. Pero por ejemplo, cuando era la de la policía o cosas así, o que me perseguían así como que… no sé, creo que delirios de persecución, pero con la policía y con mis papás” [sic], aquí podemos ver que ante la imposibilidad de renunciar a la madre utiliza defensas primitivas – algunas mencionadas anteriormente: proyección, introyección, idealización, control omnipotente del objeto – y parece estar en una posición de ansiedad predominantemente persecutoria relacionada con sus fuertes impulsos destructivos vueltos contra él mismo.

De ahí su idealización del padre omnipotente y todopoderoso pero también temido; y la madre que no lo reconoce como sujeto y de la cual, a pesar de la fuerte ambivalencia de sentimientos, no se puede desprender.

Conclusión

Como se puede analizar, no estamos pensando en la exclusión de la locura como tal, sino en la exclusión que hace enloquecer. En una sociedad donde se vive un individualismo extremo, los sujetos quedan a la intemperie, sumergidos en una total incertidumbre, por lo cual los “calmantes” de los que Freud habla, se vuelven aún más indispensables. Asimismo, proponemos concebir las drogas como un objeto para “propiciar la locura” en una realidad que –a través de lo narrado anteriormente– podría pensarse como “surrealista”.
Es justo ahí, donde la sociedad duele, que está la esencia de lo social (Adorno, 1996) donde se encuentran los “porqués” de la toxicomanía como una locura legítima.

Parece casi evidente que el Malestar en la cultura analizado por Freud en 1930 dista mucho del panorama en el que nos posicionamos actualmente, entonces podemos preguntar ¿se trata de un nuevo malestar en la cultura o una nueva forma de enfrentarse y vivir este malestar? Tal vez la respuesta más sensata sea: ambos.

En suma, puede decirse que desde la perspectiva que deseamos plantear, el adicto contemporáneo, es decir, el toxicómano, propicia su propia “locura” en respuesta a los imperativos del Mercado –consumo, inmediatez, individualismo, etc.– por lo cual estos sujetos pueden considerarse como hiperadaptados a la época; de tal forma que se evita experimentar esa conexión con su deseo que los pone en falta y los enfrenta a la castración, una herida narcisista intolerable ante el panorama establecido por el discurso social.


[1] Universidad Veracruzana, Estudiante de la Maestría en Psicología, Correo electrónico: psic.mariamnecrippa@gmail.com

[2] Universidad Veracruzana, Investigador de Tiempo Completo, Correo electrónico: rigarcia@uv.mx

[3] Universidad Veracruzana, Investigador de Tiempo Completo, Correo electrónico: jarellanez@uv.mx

[4] Muchacho de 18 años quien después de haber concluido su tratamiento de rehabilitación en una comunidad terapéutica en la cual estuvo internado 13 meses, cambió su residencia de un municipio aledaño a la capital del Estado (ubicado en el sureste de México), en donde actualmente reside y está cursando la preparatoria. Fue ingresado a la comunidad a los 16 años como una alternativa a un anexo –estilo A.A– o vivir en la calle. Desde su salida lleva un año “limpio”, es decir, sin consumir ningún tipo de sustancia psicoactiva.

[5] Cfr. Freud, S. Conferencias de introducción al psicoanálisis. Parte III. 22ª Conferencia: Algunas perspectivas sobre el desarrollo y la regresión. Etiología. En: S. Freud. Obras completas. Vol. 16. Véase asimismo Conferencia 23.

[6] Se refiere al ejercicio sistemático y repetido de la violencia más explícita para producir capital (Valencia, 2010).

[7] “Individuos que se circunscriben en una subjetividad capitalística, pasada por el filtro de las condiciones globalmente precarizadas, con agenciamiento subjetivo de prácticas ultraviolentas que incorporan de forma limítrofe y autorreferencial” (Valencia, 2010, p. 93).

[8] En el sentido de Los Grandes Relatos de la modernidad, planteados por Jean-François Lyotard (1986).

[9] La palabra designa una consecuencia del pragmatismo, el utilitarismo y el “realismo” contemporáneos que conlleva a sujetos difusos con dificultades de acceso a lo simbólico (Dufour, 2003).

[10] El término “histerología” deriva de la raíz griega hysteros, “posterior”, y significa que lo que es posterior va en realidad adelante. El sujeto contemporáneo, obligado a “sé tú mismo” postula algo que aún no es para poner en marcha la acción en el curso de la cual debe producirse como sujeto (Dufour, 2003).


Referencias

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