Subjetividad y cultura

Imagen: pixabay.com

Sobre la presidencia de Trump

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Miguel Matrajt y Mario Campuzano

 

El 20 de enero pasado asumió la presidencia de los Estados Unidos el más controvertido de sus mandatarios recientes: Donald Trump, un rico empresario en el campo de los bienes raíces. Desde la campaña electoral exhibió su posición de ultraderecha y, ya en el poder, busca un bizarro maridaje entre los más radicales principios del liberalismo globalizante y medidas proteccionistas acompañadas de la acentuación de su discurso racista y acciones contra ciertos sectores de migrantes, especialmente contra los mexicanos y los islámicos.

Hace cuatro años, analizando los programas electorales y los resultados de la reelección presidencial de Obama, escribíamos que el Partido Republicano estaba sacrificando extensos universos de votantes (las minorías de todo tipo, los ancianos, los enfermos que no podían pagar sus tratamientos, los estudiantes que no podían acceder a escuelas privadas, el arte, la ciencia y la cultura apoyados por el estado, etc.) en aras de consolidarse ante una masa que, fiel a los principios conservadores de hace un siglo, consideraba que los impuestos deben emplearse solamente en cuatro terrenos: la burocracia federal y estatal; las fuerzas armadas; el sistema de impartición de justicia y la política exterior. Los demás gastos debían ser sufragados en forma individual, y era responsabilidad de cada persona tomar las previsiones para afrontarlos. Conjeturábamos entonces que ese partido estaba dispuesto a perder esa elección porque sus analistas creían que la sociedad norteamericana se encaminaba en esa dirección liberal conservadora. Lo que pasó durante el año 2016 parece darnos la razón, de manera que algunos analistas políticos consideran que Trump ganó las elecciones porque Hillary y los demócratas no lograron plantear opciones atractivas para los electores.

El Trump que asume la primera magistratura no tiene un discurso y una actitud más conciliadores que los que demostró a lo largo de las campañas para las elecciones primarias y la presidencia. Lo central de su propuesta tiene alarmantes semejanzas con el Mein Kampf de Hitler: hacer a América grande otra vez. Para tal fin postula cuatro condiciones y objetivos: recuperar las utilidades de los granjeros y los puestos de trabajo en los cuales los norteamericanos compiten con países extranjeros y con los inmigrantes ilegales; disminuir las importaciones (de hortalizas, de frutas, de partes industriales y de artículos completamente fabricados en el extranjero), aunque éstas fuesen manufacturadas por empresas norteamericanas en otros países; apoyar a las empresas radicadas en su país y realizar una “limpieza étnica” en favor de los WASPS (White Anglosaxon Protestant).

Los mensajes que lo llevan a ambos triunfos tienen como destinatarios a los sectores más racistas, los más tradicionales, así como a los desempleados y a los trabajadores y granjeros de más bajos ingresos. La distribución del voto demuestra que no se equivocó, porque despierta en ellos una gran confianza. Una ciega e irracional confianza. Paradójico, aunque no infrecuente, esa utopía futurista está afincada en el regreso al pasado, esencialmente a los cincuentas y los sesentas, o sea, las dos décadas previas a la instalación del neoliberalismo. ¿Por qué motivo las contradicciones intrínsecas de esas propuestas no se hacen evidentes? Porque ese escotoma es propio de una sociedad que no lee periódicos ni revistas especializadas, que tiene muy baja conciencia política y que se “informa” a través de la televisión más elemental. Y estas contradicciones no son pocas ni secundarias. Implican un cambio radical en casi todas las relaciones y acuerdos internacionales, en una guerra comercial cuyo impacto sobre la economía del planeta, EE UU incluido, bien podría ser una crisis mundial de incalculables e inmanejables consecuencias y alejaría a sus votantes aún más de la satisfacción de sus legítimas necesidades. Implican también la debacle de la coexistencia pacífica dentro de EE UU, coexistencia que llevó varias décadas conseguir.

No es de extrañar que a cinco semanas de haber asumido la presidencia, Trump se encuentre con una caída de su popularidad que no tiene parangón en la historia norteamericana, una movilización en su contra de enormes sectores de la población, la reacción adversa y explícita de muchos países y la lucha abierta dentro de su círculo íntimo. No tranquiliza a nadie el hecho que el presidente incurra en constantes contradicciones tanto en sus informes como en sus acciones. Esto lleva a una situación de incertidumbre entre propios y ajenos donde, ni aún los más osados en el terreno de las conjeturas, pueden sostener alguna por mucho tiempo.

Un análisis detallado de la situación de Trump y de los EE UU escapa a los límites de nuestro espacio y de los conocimientos de los autores. Sin embargo, nos hemos permitido formular algunos interrogantes. Ante un panorama como el sintetizado, que asusta e indigna a todo nuestro planeta, surgen infinidad de preguntas. Las hemos agrupado en dos conjuntos de incógnitas:

¿Es Trump o un loco o un narcisista desbocado, como lo afirma una enorme masa de seres humanos dentro y fuera de sus fronteras?

La primera afirmación es dudosa, aunque ha sido abonada por las opiniones algunos expertos en trastornos mentales, de la segunda no hay duda, pero consideramos que esa perspectiva psicopatológica no ayuda a una compresión suficiente del problema que es, fundamentalmente, político y económico. El magnate, que también trabajó en la televisión norteamericana, tiene una clara conciencia del manejo de la imagen y busca proyectar una de gran autosuficiencia, de quien no teme a nadie ni a nada para lograr sus objetivos, despreciando la opinión de los demás, incluso de sus asesores. Y esta forma, que a muchos nos parece primitiva, descarnada y poco racional, ha tenido un fuerte impacto en los sectores de la sociedad norteamericana que lo admiran. Trump se presenta como un hombre fuerte, temerario, dispuesto a todo, ostentándose como capaz de concretar en sus medidas un concepto muy extendido entre sus connacionales: el fin justifica los medios. En cinco semanas se ha peleado con muchos, dentro y fuera de sus fronteras. Y lo que es más llamativo, sus peleas más estridentes han sido con mansos aliados incondicionales (como el primer ministro australiano) y con sectores de poder que nadie había osado jamás provocar. Si bien su popularidad ha caído como la de ningún otro presidente, sigue habiendo un número peligrosamente alto de sujetos que siguen confiando en él como el mesías de los más pobres y los más patriotas. Si pudiese dar un auto golpe, a la manera de Fujimori, cuatro de cada diez norteamericanos lo apoyarían, incluso violentamente.

Naomi Klein, la escritora y activista canadiense bien conocida por su libro La doctrina del shock, el auge del capitalismo del desastre (2007) ha escrito recientemente un contundente artículo periodístico centrado en el significado económico-político del ascenso de Trump a la presidencia al cual nos adherimos. Ahí señala a los colaboradores cercanos de Trump como altos ejecutivos de empresas depredadoras —banqueros promotores de hipotecas chatarra, empresarios de alimentos chatarra o de aquellas que afectan al medio ambiente— que se encuentran en riesgo por los movimientos sociales opositores, en el caso de Exxon por los movimientos contra el cambio climático.

Por eso en su análisis destaca y concluye:

Seamos claros: esta no es una transición pacífica del poder, es una toma empresarial del poder. Los intereses que desde hace mucho le han pagado a ambos partidos para que acaten sus órdenes se cansaron de jugar el juego. Al parecer todas esas cenas con políticos, todo ese adular y esos chantajes legales insultaban su sensación de ser poseedores de un derecho divino.

Así que ahora quitaron al intermediario e hicieron lo que todo mandamás hace cuando quiere que algo se realice bien: lo lleva a cabo él mismo: Exxon para la Secretaría de Estado, Hardee’s para la Secretaría del Trabajo, General Dynamics para la Secretaría de la Defensa. Y los tipos de Goldman básicamente para el resto. Tras décadas de privatizar a cachos el Estado, decidieron ir por el gobierno. La última frontera del neoliberalismo. Por eso Trump y sus nominados se ríen de las débiles objeciones a los conflictos de interés: todo es un conflicto de intereses, ese es el punto.

…La razón por la cual cayó su máscara y ahora presenciamos un mandato presidencial sin disfraces, no es porque las empresas se sintieron todopoderosas, es porque les entró el pánico… (Naomi Klein. “Los compinches de Trump”. La Jornada, México, sábado 25 de febrero de 2017, pág. 22).

Y ese pánico por perder sus ganancias en riesgo lleva al mundo a un espectáculo inesperado: conocer en vivo y en directo la forma descarnada de operar de los empresarios neoliberales.

La segunda pregunta tiene que ver con la correlación de fuerzas entre intereses diferentes y la hemos formulado así:

¿Podrá Trump imponer sus medidas a los poderosísimos grupos de poder a los que abiertamente está desafiando? ¿O éstos serán capaces de acotarlo, o incluso destituirlo, como a Nixon?

La salida (o la amenaza de hacerlo) de numerosos acuerdos y tratados internacionales aísla a los EE UU de espacios donde otrora señoreaba. La imposición de aranceles a la importación, supuestamente para crear un mayor mercado de empleo, enfrenta a Trump con diversos intereses: a) casi todos los países con los que tiene un gran intercambio comercial (quizás con la única excepción de Canadá); b) muchas empresas norteamericanas que fabrican parte o todas sus mercaderías fuera de las fronteras; c) las empresas exportadoras, que temen represalias del extranjero, o simplemente, que los compradores elijan mercados más seguros. La guerra declarada a los medios masivos de difusión que tiene implicaciones negativas a mediano plazo, particularmente por las elecciones legislativas y de algunos gobernadores a finales de 2018.

El apoyo recibido por la mitad del electorado no se basa en coincidencias ideológicas ni en cultura política, sino en la creencia que su presidente solucionará los problemas que prometió arreglar. Caso contrario perderá ese apoyo, y se lo hará perder a las manadas de políticos norteamericanos que están en plena carrera política. Los republicanos ortodoxos no ven con buenos ojos ninguna forma de proteccionismo; por el contrario están abiertamente en contra de cualquier erogación presupuestaria (como el muro o el incremento de gastos de defensa) que no se compense con una disminución de gastos. No es sorprendente, aunque fuese una práctica habitual del Congreso, que el paquete de medidas más importante enviado a los legisladores, se empiece a discutir hasta finales de este año o los primeros meses de 2018. Esto es, que se corre el riesgo de que su aprobación llegue tarde para incidir en las elecciones legislativas. Last but not least, poderosos sectores de la sociedad civil (universidades, iglesias, científicos, artistas, jueces, etc.) han asumido posiciones de lucha que no existían desde Nixon. Podemos suponer, sin mucho miedo a equivocarnos, que la oposición más importante, la que proviene de sus correligionarios encumbrados y de las grandes empresas, se da en lo oscurito, evitando cualquier confrontación pública que pueda manchar su prestigio.

¿Logrará Trump convencerlos ya que no se trata solamente de principios, sino, fundamentalmente, de intereses individuales, empresariales y de sector? ¿O estará imaginando ensayar una salida dictatorial, o, cuando menos, un terrorismo de estado como el que tan caro le costara a Nixon? Los próximos meses nos darán una primera respuesta, que leeremos en la retractación (en los hechos, aunque continúen presentes en su twitter) de las medidas “trumpianas”, en un enfrentamiento abierto y feroz con una parte importante de su partido y del gran empresariado, o con un bonapartista conjunto de medidas de fuerza que lo instalen en un presidencialismo vertical y autoritario, desconocido en la política interior norteamericana de las últimas décadas.

Ciudad de México, marzo 3 de 2017.

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