Subjetividad y cultura

RESPUESTAS IMPORTANTES PERO PARCIALES… “Freud en las pampas”

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Enrique Guinsberg

Mariano Ben Plotkin. Freud en las pampas. Orígenes y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina (1910-1983), Sudamericana, Buenos Aires, 2003, 345 p.

El interrogante no es nuevo, y así como nos lo planteamos con Marie Langer hace bastantes años en un conocido libro[1], sin poder responderlo integralmente, ahora este autor vuelve sobre el problema: “¿Cuáles son los factores culturales, sociales y políticos presentes en el desarrollo histórico reciente de la Argentina que permitieron -o más bien podríamos decir promovieron- la difusión masiva del psicoanálisis en el país?, y ¿qué hay en el psicoanálisis que lo hizo tan atractivo a la sociedad argentina?. La respuesta a estos interrogantes exige un análisis multidimensional en el cual el desarrollo de la cultura psicoanalítica se convierte de hecho en una ventana a través de la cual se pueden explorar aspectos más amplios de la cultura argentina” (p. 13).

En efecto, es conocido por todos que el psicoanálisis ha tenido y tiene en ese país una práctica y difusión muy alta, de hecho mayor a la de cualquier otro lugar en el mundo, con Buenos Aires como la ciudad de mayor cantidad de analizados del orbe y casi seguramente también de analistas. Pero no sólo esto, ya que según destaca Plotkin, “a lo largo de este libro, la palabra ‘psicoanálisis’ alude no sólo a una teoría psicológica en particular o a una técnica terapéutica sino a todos aquellos discursos y prácticas que derivan su legitimidad de una inspiración freudiana, real o supuesta, generando así lo que podría denominarse un universo ‘psi’, una cultura psicoanalítica […] Utilizaré, por tanto, el concepto ‘cultura psicoanalítica’, en un sentido ampliado que incluye la relación existente entre el desarrollo del psicoanálisis en todas sus formas, entendido éste en sentido lato, y los desarrollos sociales, culturales y políticos de la sociedad.

Tal como luego veremos, el psicoanálisis fue leído y apropiado de modos diversos por una variedad de grupos sociales. El psicoanálisis desbordó, entonces, el dominio puramente terapéutico” (p. 13 y 14, subrayado mío). Lo que cualquiera descubre de inmediato al ver que en Argentina este marco teórico -en sus múltiples variantes de acuerdo a modas e infinidad de “tribus”- está presente en prácticamente todo, desde en comentarios de libros y películas, hasta incluso en el lenguaje cotidiano y político, sin olvidar la muy alta cantidad de psicólogos existente en Argentina[2].

Plotkin emprende su investigación con un muy amplio bagaje bibliográfico y de conocimiento sobre el tema (para el autor de este comentario fue sorprendente encontrar la referencia de un artículo suyo publicado en México en 1979), pero con base en lo ya indicado de no buscar las respuestas en el mundo interno psicoanalítico, sino en las vinculaciones de éste con la conflictiva realidad argentina, es decir en el contexto social, político y cultural de ese país en un recorrido que puede ser polémico pero nunca deja de ser tan apasionante como fundamentado.

Así entiende que algunas de las hipótesis generales que menciona (modernización, secularización, el psicoanálisis como sustituto religioso, etc.) sólo pueden explicar una parte de su objeto de estudio: “De otro modo, ¿cómo explicar entonces que la difusión masiva del psicoanálisis se haya desarrollado a partir de la década del ’30 en Estados Unidos, sólo desde finales de la década del ’60 en Francia y desde finales de la década del ’50 en Argentina? Y ningún movimiento de las mismas proporciones tuvo lugar en Inglaterra, donde se gestaron algunas de las innovaciones teóricas más interesantes y donde Freud pasó sus últimos días […] Además, un abordaje meramente sociológico no puede explicar por qué el psicoanálisis fue desde un principio una disciplina médica absorbida por el establishment psiquiátrico en los Estados Unidos mientras que en Francia desarrolló una orientación lingüística y filosófica” (p. 19). Por eso el autor entiende que “sólo un abordaje histórico puede llegar a responder a estos interrogantes”, así como que “la extensión del psicoanálisis en cada sociedad particular y la manera en que eso ocurre es el resultado de la combinación o, podríamos decir, cruces particulares de factores sociales, culturales, económicos, intelectuales y  políticos, sobre los cuales a su vez actúa al convertirse en herramienta interpretativa. Lo que este libro explora son precisamente esos cruces” (p. 19-20).

Por supuesto es imposible una reseña completa de las diversas partes de un libro bastante extenso, pero sí resaltar que se muestra que el conocimiento del psicoanálisis se inicia en ese país bastante antes de la fundación oficial de la primera institución analítica de América Latina en 1942, sea por parte de algunos sectores médicos, psiquiátricos y filosóficos como, en no despreciable medida, por artísticos afines al movimiento surrealista. De manera crítica en gran medida, pero también aparecen conceptos de tal escuela en publicaciones de las primeras décadas del siglo dirigidas al público masivo, algo por supuesto vinculado a la clásica tendencia de nuestro continente de importar conocimientos europeos, pero también por considerarse al psicoanálisis como expresión de la modernidad y de ver a la sexualidad como una nueva forma “científica” de conocimiento. Pero también aún más vinculado con los cambios sociales y culturales que vivía Buenos Aires, la ciudad latinoamericana más europea, donde Victoria Ocampo, una de sus intelectuales más representativas de la época, ¡ya menciona en su revista Sur a Lacan en 1930!, describiéndolo como “un individuo… inteligente y ambicioso. Lleno de no sé qué energía desaforada que lo devora física y moralmente. Con sueños napoléonicos de poderío” (p. 58). Paradojas de los tiempos: aunque de manera confusa y teóricamente tan débil como contradictoria, en esa década no faltaron psiquiatras del siempre muy stalinista Partido Comunista argentino que vieron al psicoanálisis como una teoría compatible con su ideología, aunque esto no duró mucho tiempo.

De cualquier manera todo ello no es más que algo así como la prehistoria del psicoanálisis argentino, cuyo inicio formal es en 1942 cuando sólo cinco analistas -varios de ellos de origen europeo y todos formados en ese continente- fundan la Asociación Psicoanalítica Argentina, un año después crean la Revista de Psicoanálisis y en 1949 es aceptada por la IPA, y que a partir de ese inicio tiene un crecimiento tan rápido y constante que ni ellos mismos jamás lo imaginaron. Pero los comienzos fueron los clásicos de grupos similares, que Plotkin describe acertadamente, remarcando su separación de la estructura médica tradicional: “Los psicoanalistas pertenecían a una rama de una organización internacional y formaban parte de una estrecha red de relaciones de alcance global. Trabajaban enteramente dentro de una institución analítica que definía una verdadera subcultura: hablaban en su propia jerga y se comportaban de manera semejante. Sus amigos eran en general otros psicoanalistas; pasaban los fines de semana y se iban de vacaciones juntos. Buscaban el sexo y elegían pareja entre ellos mismos; gran parte de sus conversaciones giraban alrededor de la profesión, aun durante el tiempo libre, y miraban el mundo a través del filtro del psicoanálisis. Los conflictos eran explicados en términos de las neurosis de sus oponentes. Un analista comparó a la APA con una sociedad secreta” (p. 90). Algo que se mantuvo por algún tiempo y, aunque con algunas variantes, no ha desaparecido en el mundo entero.

Algunas de las causas que el autor destaca para la gran eclosión psicoanalítica en Argentina se relacionan con las vicisitudes de ese país en todos los campos. Si durante los años iniciales, y hasta la caída del peronismo en 1955, no pueden dejar de verse su ya citado carácter europeo y modernizador -pero también la pertenencia de los analistas a las clases medias[3] y sus posturas ideológico-políticas afines a la ideología de éstas (incluida una no militante actitud no peronista)-, a fines de los 50 y durante los 60 el crecimiento se convierte en espectacular por, sobre todo, los siguientes factores: la modernización que comienza luego de la caída del peronismo, sobre todo la que se produce en el campo cultural en general; a partir de los ’60 conceptos analíticos inundan revistas, diarios y televisión; entre éstos el aporte de la revista Primera Plana y del innovador Centro Cultural Di Tella, de fuerte impacto en las ya altamente dinámicas clases medias intelectuales; el importante desarrollo de las “enfermedades” de tal modernidad, reales o falsas (stress, neurosis, etc.), para las cuales el psicoanálisis era la terapia adecuada; las modificaciones que se producen en la familia y el nuevo rol que comienza a asumir la mujer; la incorporación del psicoanálisis por una cada vez más importante parte de las ciencias sociales; el encuentro con una determinada pero sustantiva parte de la psiquiatría; el importante crecimiento de las clientelas en clases medias y altas; y el surgimiento y también altísimo desarrollo de las carreras universitarias de psicología, la mayoría de ellas dominadas por analistas, pese a que éstos remarcaban el rol subordinado de los psicólogos y sus limitaciones en el plano psicoanalítico clínico, algo por supuesto no respetado.

Todo lo indicado fue también la base del muy conflictivo desarrollo psicoanalítico posterior, aunque con fundamental apoyo en las ya existentes convulsiones políticas, sociales y económicas que se suceden desde la caída del peronismo, pero que se acrecientan con la dictadura militar que derroca al gobierno civil en 1966 y posibilita el origen de fuertes insurrecciones populares, el nacimiento de un sindicalismo antiburocrático y el inicio del importante movimiento guerrillero argentino (en sus vertientes peronista y marxista), y que hace creer en la posibilidad de una salida revolucionaria acorde con las expectativas existentes en nuestro continente a partir del triunfo de la Revolución Cubana.

Hasta ese período el psicoanálisis de la APA fue el clásico, institucional y ortodoxo, con una fundamental postura kleiniana, que todo lo reducía a sus premisas teóricas en un tan crudo como burdo psicologismo. Así, por ejemplo, podía definirse al peronismo como “un sistema paternal, ‘la gran madre alimentadora’ que les daba poder, protección, seguridad y dinero. Al caer se sintieron íntimamente frustrados, resentidos, agresivos, paranoides… Con ellos se está produciendo lo que en las neurosis individuales se llama ‘contaminación’” (p. 126). Puede verse cómo entonces el psicoanálisis y los analistas cumplían, de hecho, una función más allá de la específica, algo que Plotkin destaca agudamente: “En una atmósfera en donde la esfera pública estaba restringida, el psicoanálisis brindaba herramientas para trasladar el análisis de la realidad externa conflictiva hacia el interior de la realidad íntima. Este fenómeno fue percibido también en aquella época. Para la psiquiatra de izquierda Sylvia Bermann, el psicoanálisis era un pobre sustituto de la política. Los argentinos estaban poniendo demasiada ‘angustia y energía creativa’ en el esfuerzo de entenderse a sí mismos, cuando deberían usar esa energía para trabajar en la transformación del país y para sobrellevar la crisis” (p. 133).

La rápida y combativa radicalización del país (el universitario e intelectual en lugares destacados), la asunción del psicoanálisis por las ciencias sociales y su impacto en la creciente militancia de izquierda, etc. hacen que los profundos cambios de fines de los 60 e inicios de los 70 se proyectaran sobre tal marco teórico y sus seguidores, que tomaran caminos muy diferentes a los anteriores, no tanto los integrantes de la elitista APA (muy pocos de ellos lo hicieron), pero sí del ya amplio campo psi (psicólogos, psiquiatras, etc.) con base esencialmente psicoanalítica, que asume posturas antes impensables y sobre lo que ya hay mucho escrito[4].

Luego lo también conocido: una muy alta práctica y cambio en las perspectivas teóricas dentro de ese camino -junto al mantenimiento de las posturas ortodoxas de la institución oficial y los psis que la seguían aunque desde fuera-, el reforzamiento de éstas y la caída de aquellas con la baja de las luchas populares y derrota del proyecto revolucionario que se produce en el gobierno peronista 1973-76 y con la instauración de la dictadura militar 1976-83. Y la nueva “moda”, la lacanista, que surge no casualmente en este último período, tal como fue señalado en el libro antes citado (en nota 4), y que Plotkin remarca con precisión: “Para algunos analistas que alguna vez habían sido miembros de organizaciones radicalizadas, el psicoanálisis lacaniano fue un sustituto de la militancia política más que un complemento de ella” (p. 314). Camino que todavía se mantiene en consonancia con el Zeitgest cultural actual, y que fuera analizado en un artículo de esta misma revista[5].

Todos estos avatares son minuciosamente descritos y comentados en este libro, un texto valioso y de gran importancia que, pese a sus innegables méritos, no cumple acabadamente con dar respuesta a lo que se plantea respecto al por qué del desarrollo del psicoanálisis en Argentina, aunque es un gran avance para ello y material imprescindible para la todavía inconclusa respuesta. Más allá de todo lo que puede discutirse sobre datos, contenido y algunas ausencias del libro[6], todo lo que indica es valioso, como también los vínculos que establece entre el desarrollo del psicoanálisis y las condiciones históricas argentinas, pero hay algo que se siente que falta e impide poder afirmar que se encontró la buscada respuesta. Un algo que tal vez pueda estar cercano a lo escuchado en una conferencia de que, al no tener Argentina historia por ser un país de inmigración sin antecedentes prehispánicos como tienen México y Perú, los argentinos buscan esa historia en sí mismos a nivel individual, y para ello el psicoanálisis les brinda una fundamental herramienta, algo vinculado al transcrito señalamiento de S. Bermann. O como plantean tantos, entre ellos Alfredo Moffat y relacionado con lo anterior, “la expansión del psicoanálisis en Argentina y especialmente en Buenos Aires tiene que ver con la base melancólica del país, que dificulta los duelos e impide abandonar el pasado, porque es una tierra de desterrados. El tango y el psicoanálisis son dos duelos interminables”[7]

Antes de terminar dos breves comentarios respecto a uno anterior sobre este mismo libro[8]. La primera coincidente en el sentido de que la escuela psicoanalítica argentina ha sido muy creativa -tanto en la perspectiva ortodoxa como durante ese breve período contestatario y luego al trabajar sobre las consecuencias de la represión política, etc.-, pese a la marginación y/o desvaloración que durante muchísimo tiempo tuvo desde la mirada de sus colegas europeos. En cuanto a la segunda, Plotkin tiene razón cuando afirma que Marie Langer “reconstruye su pasado” respecto al peronismo luego de su separación de la APA y al convertirse en uno de los motores de la recuperación de otro psicoanálisis, vinculado a la perspectiva revolucionaria de la época: hay varios datos que lo confirman, algunos de ellos planteados en el libro que hicimos juntos (citado en nota 1) y en una nota escrita sobre ella[9], lo que de manera alguna niega el valor de una amiga común en torno a sus creativas posturas anteriores ni las posteriores a su separación de la APA ¨

 


[1] LANGER, Marie, DEL PALACIO, Jaime, GUINSBERG, EnriqueMemoria, historia y diálogo psicoanalítico, Folios, Mexico, 1ª ed. 1981, 2ª, 1983. Hay otras ediciones en Argentina, Inglaterra, Suiza y Brasil

[2]  “En 1995, los graduados de las carreras de psicología en la Argentina eran 38.825, la mayor parte de los cuales ejercía alguna forma de psicoanálisis. Más del 50% de los psicólogos se concentraban en la ciudad de Buenos Aires. En ese año, de acuerdo con una investigación llevada a cabo en la Universidad de Buenos Aires, habían 506 psicólogos por cada 100.000 habitantes de la ciudad; en otras palabras, uno de cada 198 porteños era psicólogo.  Si estas cifras son correctas, la Argentina (y en particular la ciudad de Buenos Aires) tiene más psicólogos que cualquier otro país de América y, probablemente también del mundo, en proporción a su población total” (p. 222). Recién a partir de 1983, cuando termina la dictadura militar, aparecen otras corrientes teóricas de manera más o menos significativa: hasta ese momento el psicoanálisis fue dominante y casi exclusivo.

[3]  Un dato interesante es el peso del mundo judío dentro del campo psi: más allá del conocido chiste que dice que “un psicoanalista es un médico judío que le tiene miedo a la sangre” y de que un alto porcentaje de los analistas clásicos hayan sido de tal origen (Freud entre ellos), lo cierto es que esto se repitió y repite en Argentina. Según Plotkin en 1971 casi la mitad de los miembros de la APA tenían origen judío (p. 111), y algo similar ocurre con los psicólogos que se ubican dentro del campo psi en general y psicoanalítico en particular.  Respecto a esto debe aclararse que el mundo judío argentino, a diferencia de otros, tiene vínculos muy profundos con el país, es parte importante del campo de la cultura en general, y muchos de sus integrantes fueron simpatizantes o militantes de fuerzas progresistas y de izquierda durante los 60 y 70.

[4] Entre ellos mi artículo “El trabajo argentino en salud mental: la práctica entre la teoría y la política”, en el libro Normalidad, conflicto psíquico, control social, Plaza y Valdés / Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México, 1ª ed., 1990.

[5] GUINSBERG, E. “Lo light, lo domesticado y lo bizantino en nuestro mundo psi”, revista Subjetividad y Cultura, México, Nº 14, 2000. Reproducido en mi libro La salud mental en el neoliberalismo, Plaza y Valdés, México, 2001.

[6] En una reciente conversación con Enrique Carpintero, uno de los autores del libro Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los ’60 y ’70 (ver la presentación que se hace en esta misma sección de la revista), éste señala muchos de estos e importantes críticas al texto de Plotkin que seguramente podrán verse en los dos tomos que aparecerán este año.  

[7] MOFFAT, Alfredo. En caso de angustia rompa la tapa. Terapia de crisis, teoría y técnicas, Astralib, Buenos Aires, 2003, p. 26.

[8]  De CARO HOLLANDER, Nancy, en revista Topía, Buenos Aires, Nº 38, 2003, p. 21-22.

[9] GUINSBERG, E. “Recordando brechtianamente a Marie Langer”, revista Subjetividad y Cultura, México, Nº 3, 1994.

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