Subjetividad y cultura

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Prólogo del libro de Gisela Untoiglich y Liora Stavchansky: Infancias: entre espectros y trastornos. Intervenciones en la clínica con niños

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Juan Carlos Volnovich

 

Dos mujeres. Dos psicoanalistas latinoamericanas. El libro que tiene usted en sus manos es un libro escrito por dos mujeres atravesadas por el psicoanálisis; dos mujeres apasionadas por la infancia pero no por una infancia así, en general, sino por una infancia situada. El libro que tiene usted en sus manos es un libro enteramente original: no es frecuente encontrarnos con textos firmados por autoras de países periféricos que compartan la misma longitud de onda.

Pero no es solo la infancia situada a partir del psicoanálisis lo que le da coherencia a esta obra que no es un reading –no son trabajos agrupados, compilados, los que arman el volumen– sino que se trata de una obra organizada como piezas de un rompecabezas que sostiene su estructura en una columna vertebral sólida y consistente. Esa estructura es el marco teórico referencial que suscriben; es ahí donde se percibe la afinidad, la lógica de este canon literario: voces de las autoras que a veces se superponen y, otras, conservan un estilo propio y singular.

Así, el libro de Gisela y Liora viene a inscribirse en una larga tradición psicoanalítica que une a la Argentina con México y que, sin embargo, nunca –hasta ahora– ha fructificado en textos como éste.
Las relaciones del psicoanálisis mexicano con el psicoanálisis argentino se remontan a la década del 40 del siglo pasado y fueron inauguradas por Ángel Garma y por Santiago Ramírez. También por José Luis González, José y Estela Remus, Avelino González, Gustavo Quevedo y tantos más. Después de todo, no debemos olvidar que la Asociación Psicoanalítica Argentina patrocinó el Grupo de Estudios Mexicano que fue aceptado por la Asociación Psicoanalítica Internacional en 1955 durante el XIX Congreso Internacional de Psicoanálisis efectuado en Ginebra y que finalmente la Asociación Psicoanalítica Mexicana fue reconocida como Asociación Componente de la IPA en 1957 durante el XX Congreso celebrado en París.

En esa primera etapa no fueron pocos los psicoanalistas mexicanos que se analizaron en Buenos Aires –se capacitaron en la APA– para, después, regresar a México y “hacer escuela” allí.

No obstante, esa etapa inicial de intercambio tuvo más de colonialismo cultural que de alianza fraterna. Sólo la aventura en la que participaron Frida Zmud y Gustavo Quevedo puso de manifiesto la audacia, la pujanza y la temeridad del psicoanálisis latinoamericano que acompañaba, por entonces, toda una ofensiva cultural innovadora y a la vanguardia de lo más progresista de la época.

Frida Zmud, argentina, y Gustavo Quevedo, mexicano, habían sido compañeros en los Seminarios del Instituto de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina y se reencontraron en los finales de la década del 50 cuando Frida emigró a México.

La intervención psicoanalítica de ambos en el Convento Benedictino de Cuernavaca fue noticia que recorrió el mundo. Y no era para menos: monjes benedictinos en análisis era, ya, un acontecimiento pero ¡una psicoanalista, mujer y judía! en el Convento… rozaba el escándalo. Juan Alberto Litmanovich, también argentino que reside en México, lo describe muy bien en Un monasterio en psicoanálisis. Las operaciones psicoanalíticas al interior del monasterio Benedictino de Ahuacatitlán, Cuernavaca (1961-1967).

Juan Alberto lo describe muy bien pero es por demás significativo que Frida Zmud y Gustavo Quevedo no hayan publicado juntos nada acerca de esa experiencia. Por eso decía que, hasta donde yo sé, el libro de Gisela y Liora es la primera obra psicoanalítica firmada por una mexicana y una argentina
La segunda etapa de las relaciones psicoanalíticas entre México y la Argentina están marcadas por la política. El golpe militar de 1976 empujó al exilio a un número significativo de psicoanalistas argentinos. Pero este exilio había comenzado antes del golpe militar a raíz de la persecución de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) y México fue uno de los destinos privilegiados para los psicoanalistas que huían de la dictadura. La comunidad psicoanalítica mexicana fue muy generosa con los argentinos; solidaria y respetuosa. Pero esta vez la acogida, la hospitalidad no quedó reducida a la APM sino que incluyó, también, al Círculo Psicoanalítico Mexicano dirigido en aquel entonces por Armando Suarez; a la Facultad de la Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); al posgrado de Psicología en la Universidad de Querétaro y a otras instituciones más.

Marie Langer, Horacio Scornik, Ignacio Maldonado, Diego y Gilou García Reinoso, Miguel Matrajt, Fany Blank de Cereijido, Jaime Winkler, Rubén Musicante, Juan Criscaut. Graciela Rahman, Lidia Fernández, Diana Rozensfaig, Nora Gramajo, Jorge Saretta, Carlos Schenkerman, Silvia Bleichmar, Marta Sánchez, Nestor Braunstein, Frida Saal, Marcelo Pasternac, Miguel Sosa, Estela Maldonado, Hélyda Peretti, Beatriz Aguad, Alberto Sladogna. Marta Reghi, Marta Saslavsky, René DiPardo, Diana Rubli, Cristina Botinelli, tod*s ell*s y much*s más encontraron en México un refugio inmejorable y un lugar confortable dónde seguir desarrollando sus prácticas.

Gisela y Liora se inscriben en esa venerable tradición como un eslabón más de la cadena pero, además, con esta obra, Liora y Gisela inauguran una tercera etapa en las relaciones psicoanalíticas de la Argentina y México. Solo que ésta vez le imprimen a ese vínculo, a ese intercambio, un carácter mucho más fraterno, más entre pares, libre de cualquier residuo colonialista. “Infancias” es un texto escrito entre-dos; “Infancias” no está formado –conformado– por textos que existían previamente; “Infancias” surgió de ese encuentro.

El libro respira respeto por la infancia. Introducirse en el libro es respirar respeto por las niñas y los niños, es una invitación a reflexionar sobre los residuos adaptacionistas del psicoanálisis, sobre como detrás de esa insistente retórica de clínica “rebelde”, la implicación del psicoanálisis no se aleja de reproducir esa preocupación biopolitiquera.

Antes decía que este es un libro escrito por dos mujeres apasionadas por la infancia, pero no por una infancia así, en general, sino por una infancia situada.

Y esto es así porque nuestr*s niñ*s son nuestra historia. Cada generación se apropia de la historia al advenir a ella y encarna los mitos de las que la preceden. Nuestr*s niñ*s como historia nuestra son testigos-testimonio de un proyecto genocida, de una empresa de exterminio, y en cada síntoma, en el más banal de los síntomas del menos neurótico de nuestr*s niñ*s, hablan el espanto y la tragedia que amenaza repetirse a cada paso. Nuestr*s niñ*s y nosotr*s, en el más aséptico análisis individual, estamos marcados por los mismos horrores.

Psicoanalizar a un niño o a una niña es una empresa fascinante, desconcertante y difícil: es, fundamentalmente, exponerse al desafío del sufrimiento y al dolor del síntoma. Síntoma en el que se lee la escritura de la Historia. De ahí, que el síntoma es –desde un principio y al mismo tiempo– individual y social. De ahí, que descubrir lo que el enigma ofrece a la comprensión impide la razón que oculta, justamente, aquel espacio que el síntoma intenta abrir.

Y ese espacio del síntoma, ese lugar del análisis de niñ*s es, también, escenario de una historia social que impone su presencia y torna estéril cualquier intento por silenciarla. Aunque la complejidad, que es propia de nuestro quehacer de analistas, nos enseñe que no todo silencio es cómplice ni todo sufrimiento constructivo.

Individual y social. Un espectro recorre Europa. Un niño juega en su consola a matar zombis. Los zombis aparecen por doquier, se reproducen, lo acechan, lo amenazan. Más los mata, más zombis aparecen. Son muertos vivos y es imposible acabar con ellos. El niño mira Walking dead en la pantalla antes o después que en la misma pantalla aparezca la noticia de infinidad de refugiados sirios intentando entrar en Europa y otra infinidad de africanos que se ahogan en el Mediterráneo. “El espectro tendría esta textura, algo que no tiene existencia, pero si una presencia, tan presente, aún más estruendosa que cuando el cuerpo tenía sustancia extensa”.

Dice Liora; ¿qué otra cosa, sino espectros, los desaparecidos de Ayotzinapa y los 30,000 en la Argentina?

Una infancia situada supone aceptar que los tiempos han cambiado. Fue hace mucho tiempo atrás cuando Freud postuló al superyó ligado a la autoridad del padre, al poder del gran Otro, del Otro mayúsculo. Hoy en día, las cosas ya no son así y tal vez solo el mercado reúne las condiciones para ocupar el lugar vacante que el gran Otro tuvo en la modernidad; pero aun así, eso está por verse. Más bien parecería que los nuevos tipos de dominación remitieran a una tiranía sin tirano donde triunfa el levantamiento de las prohibiciones para dar paso a la pura impetuosidad de los apetitos. Más bien parecería que el capitalismo hubiera descubierto –y lo estuviera imponiendo– una manera barata y eficaz de asegurar su expansión. Ya no intenta controlar, someter, sujetar, reprimir, amenazar a los ciudadanos para que obedezcan a las instituciones dominantes. Ahora, simplemente destruye, disuelve las instituciones, de modo tal que las nuevas generaciones, las niñas y los niños, por ejemplo, quedan sueltos, caen blandos, precarios, móviles, livianos, bien dispuestos para ser arrastrados por la catarata del mercado, por los flujos comerciales, por los psicofármacos; listos para circular a toda prisa, para ser consumidos a toda prisa y, más aún, para ser descartados de prisa.

Sí. La cultura actual tiende a producir sujetos flotantes, libres de toda atadura simbólica. Por eso, el desafío que se abre a las puertas del psicoanálisis, adquiere un valor definitivo porque lo que se juega allí es, justamente, la posibilidad de sostener un espacio de resistencia al desmantelamiento simbólico; una invitación a resistir el arrasamiento subjetivo; una oposición significativa al vértigo indetenible que imponen los flujos consumistas. Si bien la presencia del Mercado tiende siempre a deslizar al niñ* a la posición de cliente y, al o la analista, a la posición de prestador de un servicio, el trato que en el análisis se inaugura tiende a ser enteramente diferente a cualquier otro. Es un acuerdo de palabra; es un contrato anacrónico si se quiere: corresponde a una época donde la palabra valía tanto o más que cualquier papel firmado.

Así, hoy en día, el psicoanálisis cumple con el delicado trabajo de invitar a un sueño, de ilusionar otro universo, de proponer un juego –sacrilegio, acontecimiento– que, desde el seno mismo del torrente mercantil, a la velocidad que los flujos imponen, pueda construir una isla, un mínimo dispositivo simbólico, un acuerdo tan sólido como flexible para, desde allí y con esos recursos, hacerle frente al dolor y al sufrimiento que la adaptación al sistema no sólo no ha logrado atenuar, sino que aporta como plus, como malestar en la cultura. Hoy en día, el espacio de la clínica debería estar al servicio de la imaginación, de la denuncia de la naturalización del consumo; al servicio de reforzar la esperanza de poder transitar este mundo con valor crítico y poder transformador. En última instancia, a sostener la transferencia. Pero no sólo la transferencia del analizand* y la transferencia recíproca del analista, sino la transferencia, siempre asimétrica, de ambos con el psicoanálisis. La transferencia con ese psicoanálisis que no tiene precio. Porque la dignidad del psicoanálisis se basa en que su potencia es irreductible al precio.

La dignidad del psicoanálisis, esa parte pequeñita que hace alusión más que evidencia, no encaja en el flujo comercial, no le es funcional al Mercado.

Así, la transferencia con el psicoanálisis se presenta como esa tabla salvadora, tabla flotadora que, en parte, resiste al torrente devastador y, de esa manera, autoriza a cada uno, a cada una, a defender su lugar, a registrar y usar los propios recursos, a apropiarse de su talento. Si hasta ahora la clínica estaba allí para incitar a la emancipación respecto del Otro (los dioses, los amos, el poder del superyó), ahora debería aportar al proyecto de ligar al sujeto descolgado, al sujeto “neoliberal”, tan libre de ataduras como expuesto a la crueldad que supone la dominación económica y social de los mejor adaptados. Esto es así no sólo para quienes se analizan sino, también, para el o la analista. Porque el caso es que los flujos capitalistas arrastran y atraviesan todo el dispositivo y, en la actualidad, el o la analista concurre a la cita tan frágil y precari* como sus pacientes. Ahora, sin Freud y sin Lacan, suelt*s y descolgad*s, somos l*s mismos analistas quienes corremos el riesgo de dejarnos tentar por el dogma de la AMP o por la burocracia de la IPA para atenuar el dolor por la ausencia del Padre; somos los mismos analistas los que, libres y huérfanos, quedamos expuestos a las delicias de la democracia del vale todo y del vale todo por igual. Nosotr*s, también, clientes potenciales, libres de elegir entre las ofertas del mercado. Individuos flotantes, abiertos a todas las presiones consumistas.

Esto no es nuevo. Remitir al sujeto a su propio deseo ha sido desde siempre, anhelo del psicoanálisis y es probable que ese acto fuera en alto grado subversivo en los regímenes en los que el sujeto estaba simbólicamente sometido al Otro. Pero, en nuestras democracias de Mercado, donde todo reposa al fin de cuentas en el individualismo más condensado, ese criterio corre fácilmente el riesgo de transformarse en una iniciativa reaccionaria, al servicio de la adaptación sumisa al sistema. Ese gesto psicoanalítico de remitir al sujeto a su deseo plantea hoy un serio problema político, puesto que lo que está en juego es la supervivencia y el destino de la especie.

“Infancias” es una fuente inagotable de ideas originales que invitan a jugar con otras ideas novedosas. “El acontecimiento siempre está por-venir, pero a condición que alguien apueste por su posibilidad de producción”. dice Gisela como invitando a jugar. Se trata, entonces, de jugar y de apostar. El acontecimiento está en la lectura.

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