Subjetividad y cultura

Polemizando con la concepción general sobre el bullying

Download PDF

                                                                                           Mario Campuzano

COMENTARIO AL LIBRO:

Chagas, Raquel y Vázquez, María del Carmen (2014). Violencia en la escuela. Enfrentando el bullying. Lucova: México.

El tema del acoso escolar, hostigamiento escolar o bullying ha adquirido mucha notoriedad pública aunque todavía no haya suficiente claridad sobre qué es y sobre la manera de enfrentarlo, por ello este libro se vuelve doblemente importante y útil ya que no solamente revisa el conocimiento que existe sobre ese problema sino que polemiza con la visión dominante y propone una comprensión más amplia con una nueva tipología basada en un estudio a profundidad, de corte etnológico pero en modalidad de investigación-acción, llevado a cabo en una institución escolar de educación básica durante cinco años, además incluye propuestas de intervención que buscan resolver los conflictos detectados, es decir, que no son técnicas generales sino parten de la concepción de individualizarlas en relación a los conflictos específicos.

Para realizar este abordaje y discusión las autoras cuentan con un caudal teórico- técnico muy amplio que les permite gran solvencia de comprensión e intervención: tienen un conocimiento profundo de la psicología infantil, particularmente desde la perspectiva psicoanalítica, así como de la pedagogía, además del psicoanálisis grupal y del análisis institucional que incluye la dimensión social, por ello buscan detectar el problema de la violencia en la escuela y comprenderlo desde la participación de todos sus actores institucionales: los niños, sus padres, los maestros, el director, el ambiente sociocultural. Esto, por supuesto, conduce a una visión multirreferencial del problema y de las posibles formas de enfrentarlo.

El comportamiento agresivo de los niños lo contextualizan en la situación del grupo a partir del entramado de los vínculos que se establecen entre ellos y que adquieren una significación singular. Y desde ahí encuentran diferencias con la visión dominante que destaca posiciones de víctima- victimario y trabaja con categorías puras como la de víctima, agresor, espectador y tipo de violencia ejercida y recibida.

Las autoras destacan que el tipo de vínculo entre pares no se limita a la polarización entre víctima y victimarios que es la que más se ha destacado en muchas investigaciones y que ha llevado a acentuar la necesidad de defensa de la víctima. Ellas plantean que además de esa modalidad, que  llaman relación violenta asimétrica, existe la que denominan relación violenta recíproca, que implica la validación de un código agresivo en el modo de relacionarse y, en relación a esta situación, se posicionan ética e ideológicamente en un párrafo contundente: “Lo más grave con relación a la violencia no es salir perdiendo, sino la violencia misma, esa violencia destructiva en la que cada uno se constituye en el enemigo del otro”.

Contemplado así el problema del acoso escolar nos lleva al tema general de la agresión y su manejo social.

La agresión es una de las dos grandes pulsiones identificadas por el psicoanálisis y la que más debates y divisiones ha creado al interior de los profesionales de ese campo. Ambas son manifestaciones psíquicas del trabajo corporal que busca su expresión y descarga en el medio social. Como el medio social no es una entidad pasiva, sino interactiva, busca a su vez establecer un control y canalización de los impulsos y las emociones individuales, para lograr una regulación del comportamiento, tal como Norbert Elías (1977, 1979) lo planteara desde el siglo pasado. Esta regulación es ejercida mediante la coacción social y cada una de estas coacciones se transforma en temores, culpas, ideales y normas en el interior de los hombres coaccionados. Esta interiorización genera las estructuras intrapsíquicas del  Superyo y el Ideal del yo. La producción y reproducción continua de los miedos, culpas, normas e ideales humanos se vuelve, por eso, algo inevitable siempre que los hombres tratan de convivir de una u otra forma, siempre que sus anhelos y sus acciones se interrelacionan, ya sea en la familia, en el trabajo, o en la sociedad más amplia.

El comportamiento humano queda así determinado por el interjuego de dos grandes fuerzas: por un lado, las de la naturaleza, que dan lugar a la presión de las pulsiones individuales, tanto sexuales como agresivas, que buscan su expresión y descarga; y por el otro, una respuesta de coacción social, que genera diversos temores, normas morales e ideales con capacidad de interiorizarse, que buscan la regulación de las pulsiones de los individuos.

En el caso de la escuela investigada, se encontraron algunos casos en los cuales la agresión entre pares se llegó a constituir como una forma de generar identidad, de manera tal que, a pesar de las intensas agresiones que se propinaban entre sí, los niños permanecían ligados como una pandilla en una modalidad de identidad sincrética.

Se encontraron como factores familiares que predisponían al desarrollo de conductas violentas en la escuela los siguientes:

–       El maltrato familiar,

–       La falta de límites en la crianza,

–       Las carencias afectivas tempranas,

–       Las situaciones de pérdida y abandono, y

–       La dificultad para privilegiar la comunicación verbal en el ámbito familiar.

En el polo de los adultos se identificaron como formas frecuentes de maltrato hacia los niños la indiferencia y el desinterés, formas que implican negarles importancia y existencia como seres humanos. Estas modalidades abarcaban tanto a profesores, como a padres y director.

Un dato alentador fue que algunos de los alumnos conflictivos tuvieron capacidad de lograr cambios en su conducta tras ofrecerles un espacio de escucha y atención, acompañado de intervenciones esclarecedoras de los motivos inconscientes de su conducta. Este proceder permitió pasar de la acción a la palabra, logrando efectos simbolizantes, ayudando a desnaturalizar la violencia y permitiéndoles la experiencia valorizante de ser mirados y escuchados por el otro dándoles estatuto de sujetos.

La intervención sobre los familiares no siempre pudo realizarse y cuando se logró no siempre fue capaz de generar cambios positivos, ya fuera por desinterés, irresponsabilidad, psicopatología grave o condiciones de trabajo que limitaban fuertemente el ejercicio parental.

En los maestros esta realidad se volvía una justificación para no actuar: los problemas venían del ámbito familiar, negando la función educadora y humanizante que el maestro puede tener fuera del ámbito familiar en la institución educativa que es, también, un ámbito de estructuración psíquica, de educación de los afectos y de socialización. Cuando se lograron romper estas defensas y el maestro fue capaz de asumir su autoridad adulta e intervenir sobre los niños desde el diálogo y la mediación las cosas cambiaron de forma muy positiva.

Aunque el libro no se propone, como otros, ser un catálogo de técnicas para prevenir e intervenir sobre la violencia escolar, muestra algunas de las diseñadas por las autoras para estos fines, pero tienen la característica de haber sido diseñadas “a la medida”, es decir, como formas de intervenir sobre problemas específicos detectados y esta posición es muy digna de considerarse: en vez de las intervenciones generales “de machote” la propuesta de intervenciones puntuales concebidas y realizadas tras un diagnóstico situacional.

Otras reflexiones que el libro me estimuló  fueron sobre la “agresión no destructiva”, como concepto que permite salir de la visión polarizada de la agresión destructiva y “mala” y el amor positivo y “bueno”. Sabemos que “hay amores que matan”, por ejemplo aquellos altamente sobreprotectores y simbiotizantes que inutilizan a los sujetos y, por otra parte, los límites necesarios de usar en el proceso de crianza de los seres humanos para contener y educar las expresiones de agresión y otras, tienen como fuente energética a la pulsión agresiva “no destructiva”, que también sirve para sostener la voluntad al enfrentar desafíos intelectuales, deportivos, laborales, así como para otras funciones igualmente importantes. De esta manera tenemos la paradoja de que la educación y socialización de la agresión para que no sea destructiva o excesiva en su descarga requiere de medidas, como la puesta de límites, que parten de la misma fuerza pulsional, amén de la neutralización de la destructividad de la pulsión agresiva mediante la ligazón con la pulsión libidinal.

Desde el inicio las autoras plantean la comprensión de la agresión desde el entramado de los vínculos, posición que se mantiene de forma muy coherente a lo largo de todo el libro y otro tema de reflexión que aparece, en consecuencia, es sobre la diferencia de conceptualización y de manejo del tema de la agresión entre aquellos psicoanalistas que se mantienen en una posición exclusivamente pulsional acorde a los postulados originales de Freud y Klein y aquellos otros, contemporáneos, que mantienen el enfoque pulsional pero lo enriquecen con el agregado de la comprensión vincular y, consecuentemente, de su activación y construcción intersubjetiva y social. En ese caso habría que considerar las aportaciones de Hugo Bleichmar (1997) que, desde una visión intersubjetiva y de la complejidad, comprende la agresión en relación a la situación y contexto donde se activa, lo cual nos permite salir de la visión de la agresión como inherentemente patológica o destructiva y verla como tal solamente cuando es inadecuada en relación al medio circundante o al objeto a quien se dirige o al monto de agresión en relación al estímulo. La pulsión es disposición innata a la agresión, y sus formas de expresión así como su activación o desactivación dependen del sentido y representaciones que el estímulo evoca en cada sujeto en función de su historia, educación, influencias culturales e históricas. La agresividad no es mera descarga pulsional al medio ambiente, sino que mediante su uso el sujeto busca reestructurar la representación de sí y del otro por diversas motivaciones que implican siempre el desencadenante de una frustración, y del consecuente sufrimiento.

Bleichmar identifica una serie de motivaciones que van desde usar la agresión para salir de temores y angustias persecutorias, para sentirse fuerte y poderoso en vez de asustado y débil; para salir de las angustias narcisistas de no sentirse valorado; como expresión de celos y rivalidad edípica o fraterna; como forma de lograr la separación del objeto en busca de la autonomía o, de forma no defensiva, por una erotización o narcisización de la agresividad. Esta es la definición fincada en la representación, que es donde se queda Bleichmar, y que resulta útil para el psicoanálisis individual porque en ese dispositivo los otros sólo existen como representación. No es el caso en el psicoanálisis grupal o en intervenciones institucionales o sociales como la del libro que venimos comentando, ya que ahí los otros, cuando menos algunos otros, están en la realidad del vínculo además de la representación interna y lo que se busca cambiar con el uso de la agresividad no es solamente la representación de sí y del otro sino el vínculo real donde se busca modificar la relación adquiriendo ascendiente sobre el otro, cambiando la correlación de fuerzas mediante el uso o amenaza de la agresión. Por eso el enfoque vincular permite obtener una comprensión más amplia de las situaciones y lograr intervenciones más eficaces y adecuadas al contexto de trabajo.

Las cosas pueden quedar más claras con un ejemplo.

En uno de los múltiples episodios de guerra en la Revolución Mexicana que fueron construyendo la leyenda de Pancho Villa, él tenía que enfrentarse a un contingente del ejército federal que le superaba en número de efectivos y poder de fuego. Los ejércitos estaban frente a frente tomando posiciones y Villa desarrolló una estratagema: colocó alrededor de sus soldados una enorme cantidad de sombreros sostenidos en puntales de madera que atemorizaron al ejército federal al suponer un enorme desnivel de fuerzas, por lo que iniciaron la retirada y más tarde los atacó y derrotó. En el ejemplo queda claro que el objetivo último del uso o amenaza de la agresión es modificar no sólo la representación, sino el vínculo real con algún propósito, en este caso de empoderarse y atemorizar a los otros.

Este es el enfoque que claramente sostienen Maricarmen y Raquel en las intervenciones clínicas relatadas, por lo cual hay que felicitarlas. Por ejemplo, en el caso de la pandilla de agresivos no solamente hicieron una intervención clínica sobre ellos, sino que además aconsejaron a los maestros que dispersaran a sus integrantes en los distintos grupos que había del mismo grado. Es decir, se buscó cambiar las representaciones internas pero también se intervino sobre los vínculos reales.

Cierro el comentario destacando el valor del libro, lo estimulante de su lectura y su capacidad de provocar reflexiones, de tal manera que  revisarlo fue una actividad muy placentera.

BIBLIOGRAFÍA

Bleichmar, Hugo (1997). Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Paidós ibérica: Barcelona.

Elías, Norbert. El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas. Tomo I (1977), Tomo II (1979). Fondo de Cultura Económica: México, 1987.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Buscador

Números anteriores

  • No 32 Marzo 2017
  • No 31 Mayo 2016
  • No 30 Marzo 2015
  • Colabora con nosotros

    Subjetividad y Cultura acepta colaboraciones para sus diversas secciones: artículos, notas clínicas, comunicaciones breves, reseñas y comentarios de libros y películas, así como cartas de interés relacionados con el estudio de la subjetividad, la teoría y práctica del psicoanálisis, individual y grupal, en cualquiera de sus variantes y aplicaciones, especialmente si se correlacionan con el ámbito cultural y sociohistórico.



    Conoce los lineamientos dando clic aquí

    contacto@subjetividadycultura.org.mx