Subjetividad y cultura

Los “áristos” del psicoanálisis: Freud, Klein, Bion, Winnicot y Lacan.

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Hernán Solís Garza

Introducción.

Ya, desde el título mismo, incluido en ello el áristos griego acentuado, o sea, lo mejor, más el ranking mercadotécnico, es decir, el orden de la clasificación, producto histórico, sin embargo, de nuestro devenir científico; sí, desde ya, surge la divergencia de opiniones. Así, alguna analfabeta freudiana, osaría entronizar a Lacan, encima del non plus ultra, a saber, Don Segismundo; otra persona más, heredero neoliberal postmodernista de la psicología del Yo, expulsaría a la Sra. Klein y, en su lugar erigiría a Miss Anna Freud; una tercera, defensora a ultranza de la psicología del self, eliminaría a Bion y deificaría a Kohut; alguien graduado en la Unidad de Psiquiatría de Monterrey, seleccionaría a Kernberg, ignorando a Winnicott; y, determinadas féminas, estrogenizándose con el libro Mothers of Psychoalysis de Janet Sayers (1991), apostarían, por supuesto después de Freud, sí, se la jugarían cronológicamente con Helene Deutsch, Karen Horney, Anna Freud y Melanie Klein. Total, comentaría socarronamente Homero Garza, eso mismo pasa con las antologías: ni están todos los que son, ni son todos los que están. De acuerdo; por ello, el ranking diacrónico, siempre dinámico y mutable, privilegió en sus tiempos a Ferenczi, Abraham y Hartmann. ¿Dentro de algunos lustros quienes ingresarán?

Ciertas voces -encabezadas por Realisto– protestarían en vena similar, exigiendo una exhaustiva exploración metodológica, cuantitativa y cualitativa, sustentadora de la veracidad subjetiva y objetiva de tan polémico escalafón. La brevedad de esta presentación impide el cumplimiento de esa justificada llamada de atención indagatoria; empero, más adelante, al desglosar selectivamente las aportaciones seminales de los cinco catalogados, daremos cuenta de la vigencia clínica, aún presente, de sus contribuciones, y otras todavía por desarrollar vía las filiaciones de parentesco conceptual, analítico o de supervisión.  Por el momento acotemos cómo el mismo Freud (1925), en su Presentación autobiográfica, auguró su destino en las siguientes líneas: “…he sido el iniciador de muchas cosas y he prodigado numerosas incitaciones de las que algo saldrá en lo futuro. Yo mismo no puedo saber si será mucho o poco. Pero tengo derecho a formular la esperanza de haber abierto el camino a un importante progreso en nuestro conocimiento” (p.66).

 Bien, continúo con él:

Sigmund Freud (1856-1939).

El padre del psicoanálisis se autoanalizó interpretando sus propios sueños, además de la íntima vinculación epistolar y la tránsfero-contratransferencia homosexual con Robert Fliess.

El maestro de Viena definió al psicoanálisis como: a) una teoría acerca del funcionamiento mental inconsciente, b) un método de investigación psíquica y, c) una modalidad terapéutica para solucionar los problemas neuróticos y caracteropáticos. De dicho trípode fundamental nacieron el determinismo psicológico, la cura por medio de la palabra, el desarrollo emocional temprano, la vida instintiva, el análisis de los sueños, la sexualidad infantil, el complejo de Edipo, las teorías telescópica, topográfica y estructural, los factores genéticos y biológicos, las neurociencias, la psicología del yo, las representaciones, el análisis del carácter, los mecanismos defensivos, el self narcisista, las relaciones de objeto, el arte interpretativo, la hermenéutica freudiana, las fantasías primordiales, la metapsicología, las resistencias en el trabajo analítico, la tránsfero-contratransferencia, el proceso psicoanalítico, los papeles sobre técnica, el pensamiento psicótico, las paradigmáticas historias clínicas, los ensayos psicosociales, y sigue un largo etcétera. (Jones, 1953-1957; Alexander, F; Eisenstein, S.; Grotjahn, M. 1966; Laplanche, J.; Pontalis, J.B., 1967; Ellenberger, H., 1970; Roazen, P., 1971; Sulloway, F., 1979; Gay, P., 1985, 1988; Forrester, J., 1990; Grubrich Simitis, I. 1995; Caparros, N., 1996-1999; Rodrigué, E., 1996).

Todo lo anterior se mantiene vigente; como están todavía algunas implementaciones innovadoras para su época, verbi gratia, las terapias dinámicas breves; dígalo si no el caso Katharina, histriónica angustiada de nombre real Aurelia Ohm, que no podía respirar por un ahogo incestuoso, resuelto durante una sesión prolongada, en la cima misma de una montaña alpina o, bien, el director de orquesta Bruno Walter sufriendo en 1904 de un “calambre de conductor” en su brazo, terapia concluida al paso de seis entrevistas o, Stekel, tratado por Freud con una docena de sesiones o, Ferenczi, analizado peripatéticamente sobre las calles de Viena o, el ejemplo de un tartamudo a quien el maestro curó al recomendar a sus familiares no le terminaran sus palabras o, Juanito, (Hebert Graaf), primer caso de supervisión de un análisis infantil y ejemplo prístino de lo ahora conocido como One Person Family Therapy (Szapocznik, et al., 1985) o, la emergencia del compositor Gustavo Mahler (padrino de Juanito por cierto) aquejado de impotencia sexual en 1910 y sanado mediante una intervención de cuatro horas; recuérdese también al estudiante de leyes, que cual Ulises redivivo intentaba evitar el servicio militar activo, con quien Freud fue abiertamente empujador (De la Torre, 1979).

Destacaremos, además, dos pronunciamientos que han redoblado el paso a través de las calendas; el primero ocurre en el caso Dora, donde Freud (1905) advierte: “…Debemos prestar tanta atención a las condiciones humanas y sociales… Por sobre todo, nuestro interés se dirigirá a las relaciones familiares de los enfermos. Y ello no sólo en razón de los antecedentes hereditarios que es preciso investigar, sino de otros vínculos, como luego se verá” (p. 18).

El segundo pronunciamiento queda también en el paradigma grupal y esplende muy al inicio de Psicología de las masas y análisis del yo (1921).  Ahí Freud afirma convencido: “En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social” (p. 67).

Por lo antes anotado, nadie podrá jamás negar -a menos que sea un psicótico- las múltiples aplicaciones derivadas del psicoanálisis: psicoterapias dinámicas a corto, intermedio o largo plazo; enfoque biopsicosocial, medicina psicosomática, terapia infantil; tratamientos de grupo, pareja y familia; psicodrama, sociodrama, análisis del proceso creativo, psicopedagogía, lingüística, comunidad terapéutica, análisis institucional, psicoterapias sexuales, dinámico-conductuales, sistémicas, comunicacionales, y constructivistas.

Sus analizandos más recordados fueron: Stekel, Ferenczi, Hitschmann, Jekels, de Saussure, Lou Andreas-Salomé, Joan Riviere, James y Alix Strachey, Ruth Mack Brunswick, Helene Deutsch, Marie Bonaparte, Teodoro Reik, Heinz Hartmann, Anna Freud, Dorothy Burlingham, Marianne Kris, Kardiner, Lamp de Groot, Wortis, Obendorf, Blumgart y Grinker (Jones, 1953-1957; Roazen, 1971; Solís, 1978; Roudinesco, 1997).

En 1908, Sigmund Freud fundó la Asociación Psicoanalítica Internacional, de la cual nosotros tenemos una franquicia exclusiva, según el bien decir de César Garza Guerrero (1999).

Melanie Klein (1882-1960).

Ella nació en Viena. Fue analizada por Ferenczi en Budapest durante varios años y, tiempo después, por Karl Abraham en Berlin; más tarde Sylvia Payne la trataría en Londres por una severa depresión reactiva ante la muerte de su hijo mayor Hans, quien a los 27 años sucumbió en un accidente de montaña, que para algunos historiadores fue un suicidio indirecto. (Grosskurth, 1986).

Melanie Klein y sus irreverentes analizados, supervisados o discípulos en seminarios, impulsaban corrientes epistemofílicas hasta más allá de la mar océano.  Como candidatos psicoanalíticos estelares podemos nombrar a: Paula Heimann, Clifford Scott, John Rickman, Wilfred Bion, Herbert Rosenfeld, Hanna Segal, Ronald Meltzer, Eva Rosenfeld, Esther Bick, Clare Winnicott, y sigue la cuenta.  Entre sus supervizandos o seguidores distinguidos, anote usted a: Hermine Hug Hellmuth, Karen Horney, Susan Isaaks, Donald Winnicott, John Bowlby, Marion Milner, Joan Riviere, Roger Money-Kyrle, Elliott Jaques y Betty Joseph; agréguese a Emilio Rodrigué, Marie Langer, Arminda Aberastury, Pichon-Riviere, los Baranger, Grinberg, Elizabeth Goode de Garma, Etchegoyen, José Luis Gonzáles y no cese usted de sumar a gente de Monterrey. (Lindon, 1966; González, 1963, 1966, 1968, 1968a; Segal, 1979; Etchegoyen, 1981; Grosskurth, 1986; Solís, 1982, 1989).

Justo es anotar que tanto Karen Horney, como Paula Heimann y Donald Winnicott -entre otros- se fueron distanciando de algunas formulaciones Kleinianas; la primera denunciando lo ideopático sociocultural y los segundos abogando por un intersubjetivismo circular.

Las investigaciones de Melanie Klein (1932, 1937, 1948, 1952a, 1957)  mantienen actualidad clínica en el psicoanálisis clásico y sus aplicaciones son muchas: el análisis de niños, la técnica de juego (iniciada por Hellmuth), las defensas tempranas (o sea, pre-represivas, a saber, negación, escisión, idealización patológica, identificaciones proyectivas e introyectivas, omnipotencia primitiva y ahogo de los afectos); añádase las posiciones esquizo-paranoides y depresiva (continuando ella a Fairbairn, en el examen de la personalidad esquizoide y los instintos buscadores de objetos en el afuera, mismos que introyectados serán constituyentes de las relaciones endopsíquicas de objeto); además, el yo precoz, los precursores superyoicos, las emociones básicas (envidia y gratitud), la asamblea de los objetos internos (parciales y totales), los núcleos psicóticos, la imagen fantasmática de un cuerpo despedazado, el Edipo temprano, la escena primaria de los padres trenzados en un acto sexual sádico, el desarrollo femenino, la envidia al pecho y a la matriz, las culpas paranoides y depresivas, la separación, el duelo normal y patológico, la simbolización, el impulso epistemofílico,  la sublimación creativa y las fructuosas ramificaciones en los diversos enfoques de pareja, familia y grupos en general. No obstante, determinados invidentes dinámicos con la envidia suelta, y la fertilidad trabada, seguido la demeritan injustamente (Solís, 1994, 1994a, 1977a).

Una de las críticas mayormente acerbas dirigidas a Sigmund Freud y a Melanie Klein es la enconada oposición acerca del aristotélico modelo “causa-efecto-fin”, que sospechosamente proponían ambos; dicha linealidad teleológica a ultranza no lo fue tanto, puesto que las series complementarias del maestro vienés (1916-1917) abrían diacrónicamente las posibilidades de un cambio a posteriori  si la buena vida era curadora de verax o, lo contrario, el efecto retardado de traumas vitales con sus re-significaciones funestas frente a eventos externos parecidos, donde mal llovería sobre campo ya inundado.  La sobredeterminación psíquica en sistema cerrado fue a la vez impugnada por la misma Melanie Klein en 1952, cuando planteó la discontinuidad-continuidad del desarrollo humano, con el subsecuente párrafo:

“Elegí el término posición para designar las fases paranoide y depresiva porque estos agrupamientos de angustias y defensas, aunque surjan primeramente en los estadios primitivos, no se restringen a éstos, sino que aparecen y reaparecen durante los primeros años de la infancia y bajo determinadas circunstancias de la vida ulterior”.

Otras más de las diatribas en contra de la Sra. Klein aprehenden sus radicales formulaciones sobre el instinto de muerte, la envidia constitucional, el solipsista reinado endopsíquico de los fantasmas; y su timing, prematuro en demasía de las posiciones.  Sin embargo, “la tripera” lograría trascendencia clínica con sus agallas e innovadoras contribuciones, muy a pesar del antagónico poderío conceptual de Freud y su Antígona hija, quienes representaban el orden establecido. Pasó a la historia, sí (Anderson, R. 1992; Hinshelwood, 1989; Wright, 1985), por el mérito propio de sus iconoclastas aportaciones y a través de un grupo de brillantes féminas e irredentos iluminados, dentro del cual levitaba el más freudiano, kleiniano y condecorado, entre todos aquellos en el mundo bien nacidos.

Wilfred Bion (1897-1979).

Bion sumaba 18 años cabales cuando en incierta calle de Londres recibiera de unas manos, femeninas y adolescentes, la ignominia de una pluma blanca, señal de cobardía por ostentar, él, atuendo de civil, siendo como se era tiempo de guerra. Contando ya 20, él sería triplemente honrado por acciones de valor en campos de batalla, con la cruz de la victoria, la medalla para oficiales con servicio distinguidola legión de honor francesa, con grado de caballero.  Del grupo original constituido por 250 oficiales de combate, tan sólo sobrevivieron tres, Bion entre ellos. Tiempo adelante, en Oxford, mereció la presea  doble blue  y, durante la segunda guerra mundial se le ascendió al rango de Coronel.

Por verdad, debemos comunicar, que uno de los pacientes en el inicio de su práctica clínica fue el dramaturgo Samuel Beckett, quien recibiera el premio Nobel en 1969.

Bion fue primeramente tratado por John Rickman y, en los cuarentas, ya como un candidato añoso, se analizó cinco años con Melanie Klein, graduándose cuando cumplía un medio siglo de edad. La obra de él perdura en Inglaterra a través de Bick, Meltzer, Rosenfeld, Segal y Steiner; se mantiene viva en Francia mediante Andre Green y Didier Anzieu; en América del sur, Grinberg, Langer y Rodrigué y Matta Blanco serían sus epígonos; en Sáo Paulo aún se le rinde culto, y, por lo que corresponde a los Estados Unidos, han enriquecido su pensamiento Searles, Ganzaraín, Grotstein, Meissner y Ogden; aquí en México José Luis González y Antonio Mendizábal, más después estaríamos Dupont, Vives y quien esto escribe.

Es correcto el afirmar que Bion ramificó el pensamiento psicoanalítico ortodoxo hasta los territorios psiquiátrico, grupal, institucional y de relaciones internacionales mediante sus conceptos sobre esquizofrenia, narcisopatías, enfermos limítrofes, partes psicótica y neurótica de la personalidad, alucinación negativa no representada, arrogancia, ataques a los vínculos de conocimiento, amor y odio, identificaciones proyectivas patológicas, capacidad de reverie materno, circularidad contenido-continente, cambio catastrófico, transformaciones, aparato de pensar pensamientos, el análisis de los mitos del Paraíso, Torre de Babel y Edipo; sus ideas  acerca del místico genial y los grupos que lo contengan o no, siendo esto acorde a tres categorías: comensal, simbiótica o parasitaria; los supuestos básicos de dependencia, lucha y fuga, más el de apareamiento, todos ellos con sus formas aberrantes, (Grinberg, L. et al, 1972; Solís, 1997); el grupo de trabajo, los liderazgos y, cual sello especial, su muy encendido cuestionamiento a la esclerosis  institucional que  no pudo, por envidia, contenerlo.  Se iría constituyendo, así, la bipersonalidad analítica del paradigma grupal, donde cuenta lo intrapsíquico en circularidad dinámica con el afuera; mismidad y otredad, con sus simetrías y diferencias (Bion, 1955, 1955a, 1957, 1957a, 1959, 1962, 1977).

Donald Woods Winnicot (1896-1971).

Su primer análisis fue con James Strachey, el segundo lo efectuó Joan Riviere; ellos habían nacido como analistas en el diván vienés de Sigmund Freud.

Winnicott fue supervisando de Melanie Klein y, en un inicio se le consideró kleiniano, empero su devenir institucional lo identificó más como integrante del grupo independiente o intermedio de la Escuela Británica; dentro de dicha membresía destacaban Fairbairn, Balint, Sylvia Payne, Ella Sharpe, John Bowlby y Marjory Brierley.

Entre sus analizandos, supervisandos o continuadores brillan el ex-sacerdote Harry A. Guntrip (analizado antes por Fairbairn), Enid Balint, Masud Khan, Heinz Kohut, Ronald Laing, Christopher Bollas, Robert Rodman, Madeleine Davis y David Wallbridge.

De Winnicott se relata, con un tempo de nostalgia, que sufrió dos frustraciones vitales: una, el perder la oportunidad de representar a Inglaterra en las competencias hípicas de la olimpiada suspendida por la primera guerra mundial; la segunda, existencialmente más dolorosa, el no haber tenido hijos. No extraña entonces que se entrenara en pediatría y, ulteriormente, fuera analista de niños.

 ¿Cuáles serían sus contribuciones cumbres?

“El ojo que ves no es

ojo porque tú lo veas

es ojo porque te ve”

Dicha terceta machadiana, define al Winnicott observador, clínico, interactivo, maternal, sublimador y creativo; de ahí partieron sus ideas trascendentes acerca de la mamá lo suficientemente buena, representante de la realidad material externa, con un adecuado holding (=amparo, sostenimiento); aunado a un apropiado handling (=cuidado o asistencia corporal del infante), integrándose así la mutualidad positiva madre-hijo.  La psicosis sería el negativo de un desarrollo normal. Winnicott insistió, elongando a Lacan, sobre el espejeo organizador del pequeño frente a la mirada estructurante de la madre; agréguese a todo esto un padre razonablemente satisfactorio constituyente del grupo familiar; además, Winnicott nos legó los conceptos de falso y verdadero self, amén del análisis dirigido con enfermos limítrofes, o las psicoterapias en trastornos serios del carácter; laboró también en campos tan importantes como el odio contratransferencial, los temores psicóticos, el enfoque analíticamente informado con  niños y adolescentes, la observación directa de bebés, el juego, incluido el del abatelenguas, los dibujos (él era un consumado dibujante); estudió así el proceso de maduración desde la dependencia a la independencia, gracias a un ambiente facilitador; ahondó sobre la capacidad de estar solo, objetos y fenómenos transicionales, el área de la ilusión, la creatividad, el espacio potencial, y abogó contra todo aquello que fuera obstaculizador de un buen desarrollo (Davis, M.; Wallbridge, W., 1981; Rodman, 1987; Bollas, 1987; Phillips, A. 1988; Khan, 1988; Winnicott, 1958, 1965, 1971, 1971a, 1986, 1987).

Jacques-Marie Lacan (1901-1981).

Tengo de mí por aclarar que el escribir en relación a Freud, Klein, Bion y Winnicot, es transitar por caminos familiares; no siendo así, tratándose de Lacan, y mucho menos con los cientos y cientos de grupos lacanianos postmodernistas, afines a entrenamientos light y ayunos del indispensable fogueo clínico. Mis referencias al lacanismo datan de los años ochentas, en particular el ensayo Los despadrados (1982a) que resulta ser heredad de mi libro Los mexicanos del norte (1971). Desde aquellos azules años cito a Lacan frecuentemente y valoro con el respeto debido sus inquietantes innovaciones; conozco y admiro a un buen número de los analistas lacanianos afiliados a la Asociación Psicoanalítica Mexicana y a los pioneros regiomontanos del lacanismo; he impulsado, con otros colegas, la enseñanza de Lacan en nuestros seminarios, aunque muestro abiertas reservas y cuestiono el radicalismo de hipertrofiadas declaraciones, por ejemplo, el promulgar que el único análisis auténtico es el lacaniano; eso ningún ente bien nacido puede afirmarlo sin forcluir a Freud.

Jacques-Marie fue analizado en los treintas por Rudolph Loewenstein, quien lustros adelante con Hartmann y Kriss entronizaran a la ortopédica psicología del yo estadounidense; su supervisor fue Charles Odier; siendo analizantes suyos -entre muchos otros- Serge Leclaire (primer analista lacaniano de la historia), Didier Anzieu (hijo de Marguerite, o sea, el caso Aimée), Diatkine (a quien robó una traducción Kleiniana), súmese a Perrier, Guattari, Aulagnier y Schneiderman (considerado, éste, en 1973, como el único analista lacaniano en los Estados Unidos); abandonaron el análisis con Lacan gente tan prominente como Laplanche. Pontalis, Smirnoff, Lavie y Widlocher (actual presidente electo de la Asociación Psicoanalítica Internacional); además de ellos, fueron analizandos o supervisandos de Lacan: Jemy Aubry, los Mannoni, Moustapha Safouan y André Green, éste último, aunque formado en la IPA y analizado por Bouvet, también se alejaría de la paranoia galopante de su genial maestro.  La pareja mítica original estuvo integrada por Jacques Lacan y Francoise Dolto, ella analizada por Laforgue.

El círculo intelectual de sus contemporáneos era fuera de serie: Henry Ey, Koyre, Merleau Ponty, Heidegger, Teilhard de Chardin, Althusser, Barthes, Lévi-Strauss, Bataille, Jakobson, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Marcel Duchamp, André Masson, Salvador Dalí y Pablo Picasso, de quien fue médico personal durante la segunda guerra mundial.

¿Y cuáles fueron las aportaciones analíticas primordiales? Bueno, si seguimos una cronología documentada apoyándonos en Élizabeth Roudinesco (1993, 1997), serían las siguientes: sus originales formulaciones acerca de las paranoias de Aimée y las hermanas Papin (1932, 1933)  donde encontramos las influencias de Clérambout, Freud, Marx y Hegel; el estadio del espejo (1936), versión no publicada; la institución familiar y los tres tiempos del Edipo lacaniano (1938), a saber, primero, la madre como quien tiene el falo, en esta fase especular el bebé es el falo, estamos en la dupla madre fálica-narcisismo; segundo, aparece el padre dictando la ley y reemplazando al poder materno; tercero, el falo paterno cae ante su propia ley y se instaura en la cultura; vendrían después para el psicoanálisis los años violentos, bélicos, y no es sino hasta 1949 cuando se edita la segunda versión del seminal ensayo sobre el estadio del espejo, como formador del yo del sujeto (je); plagiado por cierto a Henri Wallon, aunque inspirador de los espejeos kohutianos (1971).  El Góngora del psicoanálisis daría a la luz en 1953 lo que sería su marca de identidad, el s.i.r, compréndanse, los ordenes o registros simbólico, imaginario y real; aunado a su paradigmático estudio heideggeriano “función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”, también conocido como “Discurso de Roma”, donde desfilan el ser en cuanto ser es, la intersubjetividad de Merleau Ponty, el nombre del padre, las estructuras, la simbolización y, en suma, el inconsciente estructurado como un lenguaje; proseguiría Lacan con la cura-tipo (1955) y el retorno a Freud (1955 a, 1957), la significación del falo (1958), la dirección de la cura y los principios de su Poder (1958a), sus cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), los escritos (1966) y, para terminar, brevedad obliga, de 1951 a 1979, los seminarios, fieles testigos del perenne retorno a Freud, para que ese fantasma espejee en Lacan y aprenda, en verdad dirían algunos, sobre psicosis, relaciones de objeto, formaciones del inconsciente, deseos, transferencias, la otredad, el gran Otro, teoría del sujeto, lingüística, significante, significado, sujeto supuesto saber, el pase, la forclusión, metonimia, metáfora, agalma, objeto a, falta, goce, aprés-coup, sesión corta, en fin  (Rifflet-Lemaire, 1970; Vallejo, 1980; Clement, 1981; Chemama, 1995; Lacan, 1938, 1949, 1953, 1953a, 1955, 1955a, 1957, 1958, 1964, 1966, 1970, 1975).

Lacan fundó la Escuela Freudiana de París en 1964 y la clausuró en 1979, arguyendo que él ya no era lacaniano.

Bien, terminemos asentando que sólo el inconsciente, las ideopatías y el tiempo son eternos; nuestra ciencia en formación (Kolteniuk, 1976) aún espera inviernos infinitos y algunas primaveras fructuosas; por ello nos hermanamos con el Lacan de 1970 quien dejara escrito la siguiente enigmática y enverdecida sentencia: “Ya sabemos que para hacer primavera se precisa una segunda golondrina” (p. 9).

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