Subjetividad y cultura

Las interrogantes de la sexualidad en el cine

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La vida de Ádele: una apertura circular y deliciosamente envolvente…

                                                            Enrique Hernández García Rebollo[1]

 

¿Qué es el Amor?, ¿qué cosa es ser un ser sexuado?, ¿en qué consiste tener una identidad?, ¿qué significa ese extraño y doloroso tránsito que va de la adolescencia a la adultez?, ¿qué relaciones hay entre la sexualidad pasional y el amor incondicional? Todas estas preguntas… no tienen respuesta. O al menos no una respuesta….

La vida de Ádele (Dir. Abdellatif Kechiche, 2013) narra la larga historia de una breve, adolescente vida: Ádele, una hermosa joven francesa,  quien comienza a experimentar su sexualidad tanto con hombres con mujeres, se topará con un par de vivencias extraordinariamente dolorosas que dejarán una huella imborrable en su precioso rostro. Un rasgo que de entrada señalo aquí acerca de este encantador personaje femenino: su deliciosa boca, constantemente semi-abierta, ¿qué significa: inocencia infantil, perplejidad adulta, insaciable curiosidad por el mundo, por los cuerpos y las diversas presencias que la rodean? Si la adolescencia está marcada por ese carácter que subraya la etimología de la palabra misma (adolecer = carecer de), Ádele parece habitar un mundo de interrogantes que la sumergirán en un par de experiencias donde se pondrán en entredicho conceptos tan importantes como el binomio amor-amistad, así como la constitución misma de una identidad. Todo esto y más, definitivamente, es lo que puede significar, pienso yo, esa hermosa boca constantemente semi-abierta: una permanente y circular apertura a probar el mundo que la rodea sin prejuicios, una pérdida gradual de la inocencia que implica el experimentar cómo tus propias amigas te enjuician por ser lesbiana, en fin, una especie de desilusión lentamente dosificada al constatar que la identidad de un@ mism@ está coartada siempre por la de los otros que nos rodean en una sociedad.

La película tiene un tono fotográfico de corte exquisitamente intimista, que casi penetra estéticamente esos cuerpos a los que se acerca intentando descifrar qué hay detrás de los poros de la piel, esas micro aperturas que cubren toda nuestra superficie corporal, qué pasa dentro de las reacciones cardiovasculares que se manifiestan en un sonrojo, de las complejas emociones que hay cuando se mezclan líquidos y sales en fluidos corporales tan diversos como el moco, las lágrimas y el fluido vaginal que… de hecho, investigando un poco al respecto, encuentro que no tiene un nombre específico.

Ádele me parece ser una metáfora muy seductora de temas contemporáneos que, habitualmente,  nos sitúan en un momento histórico en donde las lecturas de prácticamente cualquier tema se despliegan al infinito mundo de las conexiones internaúticas, jalonadas por fuerzas gravitacionales en donde la banalidad superficial predomina en aras de una democracia opinológica y simple de las mayorías deslustradas: Facebook, Twitter, You Tube.  Extraño  gesto de participación inmersiva en la red, donde se interpela de formas inmediatistas a grandes audiencias de espectadores interactivos (y el oxímoron no es una paradoja, ya que hoy la “interactividad” es mucho más de índole reactiva, que de participación autónoma, con posicionamientos críticos: predominan los sujetos que esperan algo para reaccionar ante ello[2]). He aquí que el filme en cuestión, me parece, disloca un poco una serie de ideas preconcebidas acerca de temas muy importantes y que, además, están mutando muy substancialmente en nuestros días, como la identidad, el amor, la amistad, la sexualidad y otras más. 

 

Breve ensayo de  “interpenetración” fílmica con tintes psicoanalíticos.

Un producto esencialmente visual, como es el cine, tiene necesariamente una serie de lógicas dentro de su constitución que atañen a la conformación de aspectos semióticos primordiales, como es el caso del tipo de fotografía, los colores usados predominantemente, el tipo de iluminación y los escenarios en donde se desdobla la historia. En esta perspectiva, como decía arriba, el filme es de un corte plenamente intimista, logrando momentos cuya empatía tan cercana producen reacciones interesantes en los espectadores que, en esta película, sí que  incluso sobre-reaccionan en varios momentos de la historia.

Una escena clave, sin lugar a dudas, es aquella en donde la pareja de lesbianas tiene sexo en una secuencia muuuy larga, con un uso del sonido en donde los jadeos resultan tan cercanos a nuestros oídos, como casi sensibles a nuestra epidermis. Asistimos aquí a un fenómeno realmente estético, en el sentido etimológico de la palabra:  algo que conmociona nuestras sentidos al grado de que nuestra posición un tanto “natural” de espectador, regida por un estado de super-percepción cognitiva, contrasta con nuestra condición de espectador pasivo, con niveles corporales cuasi anestesiados: un estado de submotricidad (supercepción visual, un estado similar pero libidinalmente inverso, en términos psicoanalíticos,  de la “experiencia” onírica tal como Metz la ha analizado profundamente[3]). Hay aquí toda una economía libidinal del comportamiento “espectatorial” del auditorio cinematográfico, misma que prácticamente nunca es considerada (ni muchísimo menos, comprendida) por la mayoría de críticos de cine.

El caso es que en películas como ésta, con altos grados de interpelación estética, es decir de conmoción emocional, muchas personas reaccionan de maneras, literalmente hablando, muy viscerales: risas contenidas que se descontrolan pero se “contagian” con las de l@s otr@s, tosidos guturales emitidos con un desdén cuidadoso que parece transmitir una idea de “buenos modales cinematográficos”, parloteos que muestran, cual síntomas evanescentes, cómo la contención de nuestro aparato psíquico ha sido desbordada en su condición meramente perceptiva, donde la atención parece sobrecargarse de extrañas formas eróticas que, de acuerdo a la sensibilidad de cada quien, pueden acá alcanzar, de acuerdo a ciertas lecturas muy progresistas en un sentido (feministas, lesbianas, queer…), pero profundamente reaccionarias en niveles más profundos de la experiencia humana, dimensiones porno.

Hay en nuestro mundo contemporáneo una serie de contradicciones “lógicas” que se han llevado al extremo, gracias al predominio de un racionalismo extremo que, de tan rígido, acaba siendo absurdo muchas de las veces. Al respecto, me han llamado mucho la atención las reacciones de la autora de la novela gráfica en la cual se basó la película, Julie Maroh. El título original de la novela gráfica es Le bleu est un couleur chaude (El azul es un color cálido). Es interesante que Maroh diga que, como artista, respeta pero también difiere acerca de la adaptación  realizada en la película, pero como lesbiana, le pareció de mal gusto. He aquí sus propias palabras al respecto:

Me parece que eso es lo que faltaba en el plató: lesbianas. Desconozco las fuentes de información del director y las actrices (que son hetero, por lo que yo sé) y a mí nunca se me consultó. Quizás había alguien imitando de forma rara las posibles posturas con las manos o enseñándoles algo de pornografía de supuestas lesbianas (por desgracia, es muy difícil de encontrar de verdad). Porque, salvo en algunas secuencias, esto fue lo que me pareció: un escaparate brutal y quirúrgico, exuberante y frío de supuesto sexo entre lesbianas, que se convirtió en porno y me hizo sentir mal de inmediato. Sobre todo cuando, en medio del cine, todo el mundo estaba riéndose nerviosamente. Los heteronormativos se reían porque no la entendían y encontraban la escena ridícula. Los gays se reían porque no era en absoluto convincente y la encontraban ridícula. Y entre las únicas personas que no se oía reír estaban posiblemente los tíos demasiado ocupados pegándose un festín visual con la encarnación de sus fantasías en la pantalla.[4]

Quiero señalar aquí algo que sé muy bien que será considerado como políticamente incorrecto, para nuestros tiempos tan “tolerantes”, tan “incluyentes” y supuestamente tan “cosmopolitas” (léase “multiculturales”, esa extraña forma tanto del derecho oficial como de las políticas públicas que apuntan a las buenas costumbres posmo): los gays, los queer, los “bi” y….  los heterosexuales (que cada vez parecemos más relegados al ámbito de lo aburrido, de lo “normal”, e incluso aquí de los que “no entienden” algo así) tenemos sensibilidades muy diferentes. Acá pongo sólo como ejemplo una de las reacciones en donde, de variadas formas, podemos ver cómo siempre hay personas que se erigen como autoridades en determinado tema, y desde ahí “normativizan” sobre lo bueno y lo malo, por ejemplo.

Me parecen claras las palabras, y más las ideas implícitas de Jaroh para ejemplificar esto de que, conforme se convierten en portavoces de un movimiento, en este caso del lesbianismo, se escuchan varias veces muy autoritari@s. Jaroh dice que, literalmente, a ella no se le consultó (como autoridad que es dentro del lesbianismo, puedo inferir). Me pareció muy interesante el hecho de observar cómo a Jaroh misma le llamó mucho la atención esto de las reacciones del público, que pasaremos más abajo a analizar desde nuestra propia perspectiva, una más entre varias.

Finalmente, algo que pienso es que Jaroh desde su lesbianismo, yo desde mi psicoanálisis, ambos no nos salimos del pathos  que como humanos nos caracteriza dentro de un periodo histórico determinado. Creo que, además de posicionarnos ya sea como lesbianas, psicoanalistas, sexólogos, etc., algo importante sería tomar este contexto histórico contemporáneo, denominado por algunos autores como posmodernidad, con todo lo controversial y polémico que esto pueda resultar. Una característica que yo al menos veo dentro de estos tiempos que habitamos, es esta tendencia a una hiperestimulación de las emociones, rasgo que considero muy importante a la hora de pensar las subjetividades contemporáneas. Al respecto, pongo un par de ejemplos de las reacciones que yo mismo observé entre el auditorio cuando vi la película, intentando pensar lo que pueden significar en estratos profundos a nivel psicológico, sin intentar, como Jaroh, posicionarme como una autoridad al respecto, sino simplemente invitando a pensar esas escenas que, insisto, a mí como hetero, además de resultarme “un festín visual” (como despotrica Jaroh contra los tíos como yo), me parecieron de una sublime hermosura estética, más que “correctos” o “incorrectos”. Sólo insisto una vez más aquí en la forma extremadamente normativista de Jaroh al hablar de las escenas altamente sexuales.

En estas escenas traídas a colación más arriba, mucho del público gay reacciona precisamente con este tipo de risitas incontenibles, muy infantiles por cierto[5]. El público hetero, por ejemplo, es más común que reaccione con los  clásicos tosiditos guturales, una otra forma de incomodidad libidinal. Varias chicas adolescentes que pude observar en la sala reaccionaban muy similar al público gay: con risas y comentarios un tanto ruidosos sumados a un par de exabruptos motrices.  Por supuesto, y aquí me corrijo políticamente, no estoy diciendo que tod@s los gays, bi, queer, heteros u erotómanos seamos iguales, algo que olvidan constante y sistemáticamente varias de las corrientes más duras y predominantes del discurso feminista tanto académico, así como, ni se diga, del activismo político.

Simplemente l@s invito aquí a  pensar una serie de singularidades que ocurren dentro de las salas cinematográficas y que interpelan nuestras sensibilidades de maneras interesantes, mismas que, insisto aquí, no son tomadas en cuenta ni por críticos de cine que simplemente no comprenden la compleja teoría psicoanalítica, ni por personas que, más que intentar comprender un fenómeno singular que es humano, libidinal, estético y muchas cosas más además de lo político, caen en la actitud inmediatista de politizarlo y ya sea descalificarlo o bien querer enmarcarlo en sus teorías ad hoc, justo como la hace la Jaroh.

Regresando a la película y las reacciones (muuuy “reaccionarias” las más de las veces) que produce en los espectadores una película como La vida de Ádele, igual pasa con las escenas que implican un alto grado de dolor mental: las saladas y mocosas lágrimas de Ádele pueden producir risas en gran parte de los espectadores, incluso me pareció percibir comentarios en tono burlón en esta escena, por parte de lo que a mí me pareció un hetero de mi edad, o sea “mi igual” en todo caso, en un par de escenas que a mí en lo particular me parecieron muy sublimes.  Por ejemplo,  también está la escena en donde Ádele le dice al chico, su novio, que no puede estar más con él, noticia que produce el llanto de él, gesto que a su vez provocó una expresión de “ternura” en un par de chicas adolescentes que estaban a mi lado (la expresión también un tanto gutural, con entonación tierna como cuando se le habla a un  bebé o a un cachorro, hoy en día bastante equiparables por cierto: “mmmmmmmhhhh… qué liindoooo…”).

Ejemplos los hay muchos, me limito a señalar aquí un par que tengo frescos en mi memoria, pero los invito a constatar esto cuando vean de nuevo alguna película que toque un poco las fibras más sensibles de nuestra personalidad. He aquí un problema que yo considero muy significativo: la mayor parte de las películas llamadas “comerciales”, más que invitarnos a desarrollar una sensibilidad mediante la producción de efectos de extrañamiento[6], parecen estar retroalimentando una sensibilidad que ellos mismos han creado para públicos mayoritarios: las buenas costumbres nunca mueren, el Manual de Carreño se ha actualizado hoy en día mediante mil y una formas mercadológicas eficaces, algo que se puede ver muy claramente en los  mil y un consejos que se nos recetan  diariamente en Facebook, por ejemplo.

Un ejemplo más, aunque en este caso no tanto de extrañamiento sino de la forma de entender aspectos como lo racional hoy en día como algo “cerrado”, que es capaz de “explicar” todo fenómeno no sólo físico sino humano:  la escena donde la maestra les dice a sus alumnos en su clase: “espero que ya hayan superado la infancia”. Este tipo de ideas muestran, me parece, algunos de los signos de los excesos de la Razón Académica, que tiende a cuadricular la realidad de formas cerradas en fenómenos cuya singularidad es a todas luces irreductible a esquemas de interpretación “científica”. Esto igual lo vemos respecto de la forma en que Ádele experimenta la literatura, pero no es capaz de comprender por ejemplo las ideas de Sartre al respecto.  Ádele no entiende de conceptos rígidos de filosofía, de esas extrañas formas en que La Razón acaba supeditando a la emoción, siempre de acuerdo a cada subjetividad: ella vive singularidades intensas, no razona conceptos profundos. Es por eso que le encanta experimentar la literatura, pero se decepciona profundamente cuando escucha las reducciones  explicativas que hacen los expertos, Los Maestros, sobre las obras que ella vive cuando las lee. Siendo yo un doctorante actualmente, e incluso con aspiraciones de realizar una carrera académica posteriormente, concuerdo plenamente con Ádele: los reduccionismos objetivistas, lo mismo vengan del feminismo que del psicoanálisis o de otras “disciplinas científicas”, no agotan los fenómenos que estudian, y mucho menos aún dentro del universo de las ciencias sociales y las humanidades. Tanto el psicoanálisis, como el feminismo, la biología y la filosofía política aportan, todos, elementos diversos para una comprensión más plena de este tipo de fenómenos, algo que por cierto cuando uno va envejeciendo y “casándose” con unos cuantos autores-corrientes-teorías, va olvidando y haciéndose profundamente reaccionario.  Y esto va lo mismo para los movimientos identitarios más radicales (valga la redundancia), muchos de ellos profundamente intolerantes con los otros, con los “normales”, hoy en día considerados, como ya decía, tan aburridos en nuestra supuesta grisácea normalidad.  Algunos de los defensores y activistas de estos movimientos, es decir personas con historias-ideas-subjetividades singulares,  tienen profundas actitudes reaccionarias, inflexibles y totalitarias hacia cualquier tipo de cuestionamiento crítico de sus propios postulados. Tal vez avancemos mucho cuando seamos capaces de incluir en nuestros propios análisis factores tales como nuestra propia estructura de personalidad (nuestros mecanismos de defensa cotidianos, nuestros tipos de ansiedad predominante, etc.) en la manera en cómo construimos argumentos “racionales” y “objetivos”. Simplificando un poco, considero que en las ciencias sociales y en las humanidades, logramos acercarnos mucho más a una postura objetiva cuando incluimos precisamente nuestra propia subjetividad y las formas en cómo esto, inevitablemente, deformará nuestra precepción e interpretación de lo que estudiamos. Algo que en algunas esferas de la Psicología Social sí se incluye bajo el concepto de implicación.[7]

Regresando al filme en cuestión, y para ejemplificar un poco las ideas que acabo de mencionar, los queer dirán que, evidentemente, Ádele es queer,  las lesbianas afirmarán con mucha enjundia que NOOO,  Ádele es lesbiana, claramente lesbiana; los hetero probablemente digan que no, que sólo está confundida, es una mujer muy dulce en el fondo,  y podrían argumentar a su favor que desea un hijo en lo más profundo de su Ser, de su Verdad más verdadera;  l@s bisexuales dirán que tod@s l@s anteriores están muy equivocad@s, que Ádele es claramente Bi. Aquí la Autoridad, ya lo sabemos, son personas como Jaroh, a ellas habrá que consultarlas para zanjar la controvertida cuestión (de hecho, seguramente se manifestarán en uno u otro momento). Los seres humanos no podemos desanclarnos  tan fácilmente de las identidades, por más que se desee pero, sería más interesante preguntarse, creo yo: ¿qué hay “detrás” de un deseo sexual, qué “en el fondo” de una manifestación política, qué en las superficies de un beso y en los inquietantes intersticios de dos vaginas frotándose con tanta fruición como en la escena aludida anteriormente?

Considero interesante retomar un poco las críticas que ha recibido este filme por parte de ciertos sectores duros del feminismo o, en el caso de Jaroh, del lesbianismo, tan autoritarios como Mussolinni a la hora de ver (y más aún súper-percibir) encuadres de los culos femeninos, como en esta película podemos ver claramente desde las primeras escenas, donde hay una recurrencia visual en las hermosas nalgas de Ádele: ella se ajusta el pantalón al empezar a caminar, resaltando sus perfectos glúteos muy enfáticamente.  En este producto visual, de extraordinaria factura estética, la perfecta redondez de las nalgas de Ádele, subrayada desde los inicios de la película y recurrente en un par de escenas más, es algo que, de acuerdo a mi propia lectura, le da una extraña pero sublime circularidad a la historia. Si pensamos este tipo de actitud fílmica desde el psicoanálisis, por ejemplo, seguramente podríamos reducir teóricamente “esto” a una interpretación meltzeriana en donde la geografía del cuerpo materno provea de múltiples conceptos  para que encajen y comprueben la teoría[8] (justo como el pantalón de Ádele se amolda a su bello cuerpo); así como también, me parece, una crítica desde el feminismo puede reprobar este acercamiento cuasi “pornográfico” (que yo, insisto, percibo intimista) al encuadre de foto del hermoso cuerpo de Ádele[9]. Las lecturas tanto feminista así como lésbica de corte radical toman una postura indignada al respecto, moralista en el fondo, sofisticada argumentativamente en la superficie, que dice algo así como: a la mujer, literalmente, no se la debe tomar por el culo jamás… Creo que este tipo de posturas, muy políticamente “correctas” hoy en día,  caen mucho más en la emisión de juicios deontológicos simplificadores, que en siquiera un intento honesto de comprensión de una singularidad tan deliciosamente desconcertante como La vida de Ádele.

Desde mi muy particular e, insisto, muy políticamente incorrecto punto de vista, la película toca temas “posmo” desde una mirada que, para muchos, no “politizaría” bien el tema de los bi, los queer, las lesbianas y un largo blá blá blá…. Acá es importante hacer una aclaración: no estoy intentando descalificar aquí las posturas políticas ni epistemológicas de fondo de estos movimientos, sino que me limito a señalar ciertos excesos de este tipo de lecturas de una película como La vida de Ádele en nuestro mundo contemporáneo. De hecho, siempre, desde que era un estudiante universitario, me declaraba abiertamente feminista, y hoy en día asumo esa misma postura, sólo que hoy matizo mucho más en este tipo de cuestiones cuando percibo, un tanto gongorianamente, excesos excesivos. Algo que, bien elaborado, puede ser un buen recurso estético, cierto, pero no una lectura integral, ni en lo político ni, mucho menos, en lo epistemológico.

Otro tema que me parece muy interesante acá: la presencia de los niños es, de igual forma, de una belleza sublime que, a mí por lo menos, me ha causado uno de esos momentos singulares en donde siento el deseo, muy profundo,  de tener un hijo (lo digo de forma muy sincera, pese a poder ser catalogado de “ridículo”, como Jaroh tal vez lo pensaría). Las tomas cercanas de los niños, me parece que conmueven mucho de igual manera que aquellas relacionadas con aspectos más directamente sexuales. Los niños, al igual que la esfera sexual, siempre se cargan en nuestra vida adulta de mucho de lo que fue nuestra propia infancia, idea ésta que se le ha cuestionado de maneras muy tontas al psicoanálisis, por ejemplo.  Pero bueno, este tipo de declaraciones, para much@s  serían muy intimistas y poco politizantes, en un contexto en donde se intenta dar “lectura” a algo, aquí sólo lo menciono al pasar, para no herir ningún tipo de sensibilidad. Sólo intento ser honesto tanto intelectualmente como emocionalmente, y abrir una experiencia que a mí, con mi historia, mi tipo de personalidad y en este momento de mi vida, me “movió” esta película.

La vida de Ádele, me parece, refleja de formas magistrales muchos de los problemas y paradojas de nuestro mundo contemporáneo en temas como la sexualidad, las relaciones de pareja, el amor y la producción y crianza de los niños, temas todos muy sensibles y cuyos tratamientos, cuando son inteligentes y polémicos, como creo que es el caso aquí en cuestión, siempre mueven, conmueven y pueden irritar a much@s por su originalidad, por la extraña posibilidad de marcar aperturas estéticas sublimes ahí donde much@s esperan, con mucha ansiedad  y malestar muchas veces, soluciones cerradas en la esfera de lo político. Por mi parte, yo simplemente sí que me dejé envolver estéticamente ante esa apertura de la boca de tan singular y entrañable personaje: Ádele.

Bibliografía 

Deveraux, George. De la ansiedad al método en las ciencias del comportamiento, Ed. Siglo XXI, México, 1977.

Meltzer, Donald. Claustrum, Ed. Spatia, Buenos Aires, 1994.

Metz, Christian. El significante imaginario.  Psicoanálisis y cine. Ed. Paidós, Barcelona, 2001.

Zízek, Slavov. El acoso de las fantasías, Ed. Siglo XXI, México, 1999.

Webgrafia

“Faltaban lesbianas en el plató”: contra las escenas de sexo de ‘El azul es un color cálido’. Revista electrónica Cinemania. 03-06-2013  [  Consultado en julio de 2014, disponible en:  http://cinemania.es/noticias-de-cine/faltaban-lesbianas-en-el-plato-contra-las-escenas-de-sexo-de-el-azul-es-un-color-calido     ]


[1] Doctorante en Ciencias Sociales por la UAM Xochimilco, kykoatl@yahoo.com.mx

[2] Al respecto, Zízek ya ha desarrollado un concepto que ilustra esto muy claramente: la interpasividad. Véase su libro El acoso de las fantasías. Ed. Siglo XXI, México, 1999.

[3] Metz, Christian. El significante imaginario. Psicoanálisis y cine. Ed. Paidós, Barcelona, 2001.

[4] Las negritas son mías, subrayando algunas de las frases que me parecen claramente reaccionarias. El texto está extraído de una entrevista hecha a Jaroh por un periodista, mismo que se puede ver en la siguiente página web:

http://cinemania.es/noticias-de-cine/faltaban-lesbianas-en-el-plato-contra-las-escenas-de-sexo-de-el-azul-es-un-color-calido        [Consultado en julio de 2014]

[5] Aclaro: desde la óptica psicoanalítica el adjetivo “infantil” no es peyorativo, algo que casi siempre se malinterpreta. De hecho, en clínica, una de las cosas que toma más tiempo aprender dentro del oficio clínico, es esto de evitar este tipo de palabras, que para los del gremio analítico no son peyorativas a la hora de interpretar algo. Pasa lo mismo cuando intentamos hablar ante públicos no formados dentro del psicoanálisis clínico. Es uno de esos pequeños detalles que hay que tomar en cuenta para no caer en lo llamado políticamente incorrecto, como intento mostrar acá desde diversas facetas. “Infantil” aquí hace alusión a toda una psicodinamia compleja, que es la de la infancia y sus mil y un vicisitudes evolutivas.

[6] El famoso  Verfremdungseffekt, que en alemán significa algo así como “efecto de distanciamiento”, o bien “efecto de extrañamiento”, que consiste precisamente en producir en el espectador una especie de dislocamiento tanto cognitivo como emocional que lo mueva un poco de su particular condición, intentando con esto el que se genere una mirada más crítica respecto de lo que uno está observando. Dicho fenómeno fue ampliamente trabajado por el gran dramaturgo Bertolt Brecht. En él también era muy claro una tendencia a desplegar el fenómeno de lo político en sus obras.

[7] El trabajo clásico en este sentido es el del francés George Deveraux: De la ansiedad al método en las ciencias del comportamiento. Ed. Siglo XXI, México, 1977.

[8] Al respecto, ver: Meltzer, Donald. Claustrum, Ed. Spatia, Buenos Aires, 1994

[9] Es una de las “críticas” (yo diría que “reacciones”) más recurrentes que he escuchado y leído al respecto, desde posicionamientos feministas que reprueban esto con mucho coraje e, incluso, con muestras de  un malestar profundo, como intenté ilustrar con el caso de Jaroh.

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