Subjetividad y cultura

“Las huellas de la memoria II.” Un arca de Noé de la ética

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Miguel Matrajt

Enrique Carpintero y Alejandro Vainer, Las huellas de la memoria II. Psicoanálisis y salud mental en la Argentina de los ’60 y ’70, tomo II: 1970-1983, Topía Editorial, Buenos Aires, 2005, 445. pp.

El libro que nos ocupa es una crónica del movimiento psi  argentino, particularmente centrado en los finales de los sesentas y la década de los setentas. ¿Por qué una historia de un sector profesional puede tener actualidad? Más aún, ¿por qué un movimiento profesional de otro país puede tener interés para los colegas de otras latitudes y de otra generación? La respuesta es muy clara: en ese país y en esa época se dieron dos fenómenos absolutamente nuevos, que no tienen réplica ni parecido con lo acontecido antes ni después  con los profesionales psis  de ninguna otra parte del mundo. Nos referimos, en  primer lugar, a una forma profunda y radical de cuestionar las teorías,  los métodos y particularmente la servicialidad social de las disciplinas vigentes, hasta el punto de producir las dos únicas renuncias colectivas a la internacional psicoanalítica (IPA) por razones estrictamente ideológicas en el más de un siglo de historia de las instituciones de esta disciplina. Insistimos: hubo muchas renuncias y exclusiones en el itinerario de las sociedades psicoanalíticas, pero todas ellas obedecieron a peleas personales y cuestiones de intereses, jamás a un planteo ideológico-político puro.

En segundo lugar porque la implicación de los psis argentinos en esos cuestionamientos los (nos) llevó a integrarse con otros profesionales del campo de la salud y la cultura y participar en forma plena en las luchas ideológicas, gremiales y políticas. Testimonio irrefutable de ese compromiso es la escalofriante lista de decenas de psiquiatras, psicoanalistas, psicólogos y estudiantes que fueron asesinados por las dos últimas dictaduras. Ni siquiera el gremio de periodistas sufrió una represión de esa magnitud. ¿El libro es, entonces, un homenaje a los desaparecidos? ¿O una exaltación de las luchas? Sin duda es ambas cosas, pero su objetivo fundamental es la resistencia a una de las secuelas más terribles tanto de la represión argentina como de los cambios culturales introducidos por la postmodernidad: la “amnesia histórica”, la negación de una lucha que, indiscutiblemente, tuvo un contenido ideológico y político, pero que significó, también, un rescate de la dignidad profesional y el sentido de la ética. Imposible decirlo con más lucidez que el prólogo de Gilou García Reinoso, algunos de cuyos párrafos trascribimos.:

…luchas por un mundo que queríamos más justo…¿Empresa suicida? ¿Destinada al fracaso?…Pero uno puede preferir el riesgo de la derrota a la seguridad de la permanencia (p. 9).

Pienso que el trabajo que este libro atestigua puede ayudar a ello: recuperar la memoria y aprender de la experiencia, incluso de las derrotas.”…Se trata de pensar el grado de libertad o de servidumbre que nos habitan” …Los autores…recuperan…el esfuerzo múltiple por reubicar la tarea específica de este campo, privilegiando el nivel socio-político sobre el psicopatológico o por lo menos no censurando la articulación de los dos… El que busca es el que reconoce una pérdida; el proceso de investigación será un trabajo de reconocimiento y tramitación de un duelo (p. 10).

Está claro que el texto se dirige a las nuevas generaciones…Es importante para las nuevas generaciones recuperar sus orígenes, construir su genealogía, importante antídoto contra el dogmatismo, recuperar las marcas de sus antecesores. Este es su patrimonio, a menudo censurado…Los autores interrogan hoy para entender el pasado, pero también interrogan al pasado para poder entender mejor el presente…constituyendo un conjunto de elementos que servirán a una práctica de anticipación, constituir entonces una memoria activa, una memoria abierta.”…Es un proyecto de orden ético…(para) contribuir  a disminuir sus efectos (del pasado); cooperar a de-construir las operaciones de silencio y renegación que dejaron marcas inconscientes en cada uno… (p. 11).

El libro convoca a un cambio en la posición subjetiva…Hubo en lo público una política del olvido…que fundamentalmente tendió a conseguir un olvido de la política en el escenario global el discurso del orden -…decretó el “fin de la Historia”- e intentó desaparecer las desapariciones…El poder tiene sus tretas, impone sus esquemas a menudo desde dentro del ciudadano…que se hace portavoz del orden del sacrificio (p. 12).

El orden social impuesto por la dictadura se prolonga hoy, encubierto. Más necesario que nunca es rescatar la noción de verdad como búsqueda -no como verdad ya ahí- impulsando a las transformaciones que harían otro mundo posible  (p. 14).

Coincido plenamente con los comentarios de la compañera y amiga Gilou. Para mí el objetivo central del libro es el rescate de la memoria, y los destinatarios centrales son las nuevas generaciones. En ese sentido considero que la obra cumple plenamente con sus propósitos y que para cooperar con la consecución de los mismos nuestra tarea -nuestro deber- es difundirla y discutirla. Ese movimiento, como tal, está terminado y corresponde a otra etapa de la Historia. Pero tanto en Argentina como en cualquier parte del mundo alguna vez (re)surgirán inquietudes parecidas: qué hacer con nuestros conocimientos, al servicio de qué sector social los ponemos, cuáles son las distorsiones teóricas que la infiltración ideológica subrepticia introdujo en nuestras conceptualizaciones, cuál es nuestra función social como denunciantes de la injusticia, cuando, como decía Unamuno, callar es mentir. En esos momentos este texto adquirirá todavía una dimensión mayor.

Lo señalado en párrafos anteriores puntualiza lo central del texto, al punto  que podríamos haber terminado allí sin ningún añadido. Pero tanto los autores del libro como los lectores de nuestra revista no aceptarían un comentario circunscrito a elogios. Por consiguiente, esbozaremos algunas críticas. En primer lugar los autores no analizan su implicación en los hechos que describen, a pesar de haber sido y seguir siendo testigos y actores de la Historia, e, inevitablemente, deben abordarla desde una posición valorativa y desde un compromiso profesional. Consecuencia inevitable el libro elude un necesario análisis en profundidad de las contradicciones internas existentes en  los sectores progresistas, y menos aún intenta siquiera señalar las acciones contrarrevolucionarias llevadas a cabo por personas, por grupos e incluso por orientaciones teóricas.

En segundo lugar la Historia no es abordada desde una teoría de esta disciplina, sino como mera secuencia de hechos sin plantearse desde que perspectiva se hizo la selección, o,  a veces con interpretaciones muy superficiales de lo que se describe. Por supuesto los autores no se asumen como historiadores, sino como cronistas. En tercer lugar hay una desmedida -e inadvertida- acentuación en el psicoanálisis -el autor de estas líneas prefiere hablar de los psicoanálisis- lo que empobrece una explicación tanto de las correlaciones de fuerza reales determinantes de la hegemonía de una u otra teoría y/o práctica como del concepto y las políticas de salud mental.

Quisiera terminar mi comentario con unas frases del epílogo que cierra la obra:

  …la esperanza es una de las formas de la memoria, pues nos recuerda nuestros logros y fracasos, nuestros límites y posibilidades, nuestros sueños y realidades, nuestros deseos y fantasías. Cuando se acepta la posibilidad de olvidar, deviene no sólo la repetición sino el acto de resignar valores que hacen a nuestra condición humana. Recordar no es una actividad que nos lleve meramente al recuerdo fáctico, sino al recuerdo de las razones por las cuales esos valores forman parte de nuestra cultura. En este sentido la vida se significa en el ser humano al ligarse a algún proyecto que lo temporalice como pasado a superar y futuro a realizar. Esta necesidad de creer, propia de los seres humanos, solamente puede sostenerse en una esperanza (p. 395)

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