Subjetividad y cultura

La dificultad de decir. Hablar acerca de esa dificultad

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Annick Kouba

CLÍNICA

 

El dispositivo

   1. Psiquiatría/Justicia

El incremento de  requerimientos y obligaciones judiciales para asumir  tratamientos  terapéuticos  a delincuentes en nuestro sector, Clichy-Montfermeil en Seine Saint Denis[2], producen serios problemas de aceptación, incluyendo francas reticencias por parte de los terapeutas.

Los psiquiatras se quejan de haber sido presionados por esos requerimientos judiciales sin saber muy bien qué hacer. Frecuentemente los pacientes asumen una actitud rechazante, no concurriendo a las citas o haciéndolo sólo  para conseguir el papel para el juez. Los profesionales diagnosticaron pocas psicosis,  insistiendo en que no son casos psiquiátricos.

El sentimiento dominante entre los terapeutas es que se nos pide un mal uso de nuestras competencias, mezclado con la amargura y la impotencia frente a lo que es concebido como un error de  diagnóstico, como una solicitud desplazada. ¿Cuáles son los lazos entre las dos instituciones, la psiquiátrica y la judicial? ¿Qué misión se le quiere adjudicar a la psiquiatría? ¿Qué malentendidos se están deslizando? ¿Qué es lo que la psicoterapia tiene que hacer en el corazón de la punición?

¿Cuál es la demanda que la Justicia le plantea a la psiquiatría? Si la hipótesis subyacente al  requerimiento judicial es que un comportamiento delictivo implica una psicopatología, ello implicaría la intervención de un experto para la toma de decisión. Pero éste no es el caso. A diferencia de las personas hospitalizadas contra su voluntad, los pacientes que nos llegan no han sido valorados por ningún experto, más aún no han sido vistos por ningún psi, ni siquiera en la cárcel. ¿Significaría eso que nosotros  mismos debemos llevar a cabo esa valoración? En tal caso se establecería una confusión entre nuestra función como terapeutas y una función como expertos. De hecho el requerimiento judicial ya ha sido hecho y no tenemos ningún poder para ponerlo en entredicho. ¿O es que la hipótesis subyacente es que en todo delito hay algo de anormal, no sólo en el sentido de trasgresión de las normas sociales sino desde un punto de vista psicopatológico: “Hay que estar loco para transgredir las normas sociales”. La consecuencia sería que todo delincuente requeriría de un tratamiento psiquiátrico o cuando menos de un seguimiento psicopatológico. En otras palabras, todo autor de un delito debería ser curado, esto es readaptado. La psiquiatría quedaría reducida entonces a una función normalizadora. Pero los terapeutas no lo entendemos de esa forma. Por otro lado no todos los delincuentes son enviados a psicoterapia. Esta ambigüedad en la canalización es bien percibida por los “pacientes preventivos” que se lanzan a  gritar alto y fuerte, a veces ya desde los pasillos, que no están locos.

En realidad, ¿qué es lo que un psicólogo o un psicoanalista  deberá distorsionar de su técnica en ese tipo de práctica clínica marcada por la presión judicial? ¿En qué compromisos teóricos o ideológicos va a incurrir allí donde sus exigencias profesionales y su ética corren el riesgo de ser peor utilizadas? Cualquiera sabe que nadie –sea juez, padre de adolescente problemático o deprimido- puede obligar a otro que no desee a someterse a una psicoterapia. Esto condujo a muchos de mis colegas a una posición radical: rehusarse a recibir esos mandatos judiciales, sobre la base de que ningún trabajo psicoterapéutico puede realizarse bajo tal presión. Si no hubiera ninguna demanda por parte del sujeto equivaldría a una invalidación, por principio, de la escena psicoterapéutica y del rol del psicoterapeuta. Algunos colegas procuraron  abrir una posibilidad de implicación en ese espacio de palabra, en la medida de lo posible, desentendiéndose de las presiones. Intentaron, por ejemplo, separar –de manera más o menos verdadera- la obtención del certificado de asistencia para presentar ante el juzgado de las sesiones llevadas o no a cabo, lo que frecuentemente produjo a un comercio mano a mano: “en esta ocasión yo no firmaré el documento”, situación que solía terminar en parálisis.

Lo anterior semeja a un diálogo sin cesar, abortado, entre un juez que pregunta: “¿puede Ud. hacer de ese individuo  un sujeto sometido a las normas?”, a lo cual el psi responde: “¿por qué ha cometido ese delito?”[3]

2. Las presiones no compartidas y el secreto

Si  me he lanzado, un poco ciegamente, a esta aventura, ha sido, sin embargo apoyada sobre ciertos principios de base. El primer obstáculo en estas condiciones es, sin duda, plantear claramente la dificultad. ¿Cómo no tomar en cuenta esa dimensión en la cual el otro que está enfrente no sólo no ha demandado nada –o eventualmente lo ha hecho de facto- sino ni siquiera desea estar allá? Pero este obstáculo no es compartido con el paciente. Me parece importante, de entrada, insistir sobre este punto. Constituye la única posibilidad para poder plantearle mis condiciones para cualquier trabajo. Desembarazarse de la presión uno mismo, para, quizás, permitirle al otro, en tanto sujeto, meterse aunque sea un poco, en la situación. “Ud. se opone a venir. Yo no estoy muy feliz de tener que recibirlo.  Mi trabajo consiste en responder a una demanda de ayuda, aunque ésta sea mínima. ¿Cómo le hacemos? ¿Qué espera de mí? ¿Podemos imaginar que Ud. sacará algún provecho de estas sesiones? ¿Le podrán servir de algo? ¿De qué?”   Y complementaba esos interrogantes señalando que no era mi intención perder el tiempo.

El segundo punto, que yo enfatizaba desde el primer contacto, era que ese espacio de palabra estaba plenamente protegido por el secreto. El único vínculo con el juez era la constancia de la asistencia. En relación al contenido yo le aseguraba que nada saldría de lo hablado en las sesiones, ni siquiera ante una demanda específica.

3. Mi disposición

Ya inmersos en un dispositivo, aún en uno  tan embarazoso como éste, los hechos singulares se instalan, indudablemente, en el centro del escenario. Es evidente que mi curiosidad por la supuesta “canallada” constituye un componente mayor. Pero mi motivación a recibir a estos pacientes  supera la curiosidad. Yo tenía un interés real por ellos, más allá de su delito: ¿Quiénes son? ¿Cómo viven? ¿En qué sueñan? En otras palabras, yo estaba muy bien predispuesta hacia ellos. Y eso no lo podían dejar de percibir. A medida que me  contaban sus experiencias con los jueces, con la policía, con los abogados, en la prisión, yo tenía presente en mi interior la lectura de la prensa, la literatura sobre estos sujetos, las estadísticas de encarcelamiento  de los de piel oscura, la brutalidad de los controles policiales. Eso me predisponía a una buena recepción, al respeto, incluso a la  ingenuidad, finalmente todos factores presentes en el  psicoanálisis. Lo cual, en ese contexto, aparece como una tentativa de romper la caparazón de un discurso destinado a las instancias oficiales.

4. Mi posición

Frente a lo que yo percibía como una distancia sideral en nuestros universos culturales y manejando códigos a priori tan distintos, el único lenguaje común que imaginé era el respeto. Este es, entre ellos, una clave esencial, y por momentos sorprendente, de su concepción de mundo. Me mantenía muy atenta a las tonalidades de los primeros contactos, a la forma en que se los llamaba en la sala de espera, a la manera de presentarme, a  la forma de disculparme ante un retardo. Me daba cuenta que eso los desconcertaba, porque estaban acostumbrados a ser o sentirse maltratados. El mecanismo de defensa esencial  así como el sentimiento más compartido, sobre los cuales construían su identidad, era el de ser maltratados. Quizás es una defensa proyectiva, pero no podemos suponer que todos son paranoicos. En todo caso son proclives a registrar el resentimiento[4] sin caer en la queja. Son víctimas encolerizadas. Esta reivindicación como víctimas  suele producir una reacción de antipatía, incluso a declararlos inaccesibles a la terapia bajo el argumento que carecen de sentimientos de culpabilidad. Considerados por algunos  como delincuentes que no expresan ningún remordimiento ¡sería inadmisible que, siendo culpables, se pongan en el papel de víctimas!.

 

En mi primer sesión con Rachid Meddeb llegué tarde pero le pedí disculpas. El gruñe que yo no parezco darme cuenta que ya perdió dos horas de trabajo y que su próxima cita es  a las  11.15 hs. y tampoco podrá llegar. Le expresé mi auténtico pesar, a lo que respondió “no es grave”.  Al cabo de algunas semanas  termina por sonreír. Deja de sentirse perseguido por mis atrasos  al tomar conciencia que no es contra él ni expresión de desprecio, y que le corresponde a él organizar de otra forma sus citas laborales.

5 ¿Hay quizás algunos elementos singulares de la transferencia que favorezcan los vínculos?

Mi nombre

Ud. tiene consulta con Madame Kouba. La ambigüedad del patronímico -¿es de aquí o es extranjera? – se da tanto para África negra (Congo…) como para el Maghreb (Kouba es un suburbio de Argelia, sede, hace tiempo, del Frente de Liberación contra el colonialismo francés) y se presta a todas las identificaciones-proyecciones. Aún cuando yo no tenga ni el color ni el tipo físico, podría ser que no estuviese tan lejos de ellos, sea por alianza o por vaya a saber que accidente de la Historia.

Mi edad

Sin ser definitorio, pero me inviste indudablemente de una función mas bien “maternal”, por lo que se puede pensar que invoca respeto y favorece la confianza. En todo caso, no tiene nada de común con el joven parlanchín y presuntuoso que reportan las colegas psiquiatras  jóvenes y guapas. De esta forma, cuando una de ellas le recuerda a un paciente que debe apagar su celular durante la consulta – a lo cual él se rehúsa, Business are Business-  la invita directamente a encontrarse por la noche señalando la marca de su auto

6. Elementos   del cuadro psicoterapéutico

El postulado que todo trabajo psicoterapéutico debe tomar al pié de la letra todo lo que el otro dice adquiere acá su máximo valor.

Anne Pascale Glamind es una joven negra muy hermosa. Alta, muy delgada –en el límite con la anorexia- se viste siempre a la “moda negra”, con peinados sofisticados y muy maquillada. Acaba de salir de diez y siete meses de prisión en Inglaterra y otros tres en Francia. Se ha beneficiado de una liberación condicional anticipada porque es madre de una niña de cuatro años. Su vida es una sucesión de prisiones. Fue arrestada en el aeropuerto de Londres con una valija con doble fondo, cargada de polvo. Insiste en decirme que no lo sabía, la interrumpo para asegurarle del secreto absoluto de todo lo que me cuenta. Mi intención es marcar una ruptura, de intentar instaurar un cambio de registro. Ella ha debido enfrentar muchos interlocutores frente a los  cuales había que justificarse y defenderse. Manifiestamente nadie le creía porque ella había sido condenada ¡a cinco años!  Entonces, ¿por qué se apega a una versión tan  ingenua? ¿Será porque necesita, ante sus propios ojos,  decirse inocente? En todo caso le subrayo que  no está frente a alguien que sospeche de sus relatos y que la juzgue en consecuencia. Ella no puede pensarse a sí misma  sino en el papel de víctima. Y es de allí que ambas comenzaremos nuestro trabajo. Al cabo de un año de lo que cada vez se asemeja más a un trabajo psicoterapéutico, aparecen otros elementos constitutivos de esa postura subjetiva, al margen de su posición judicial.

Tomar al pié de la letra no significa quedarse en la superficie. No se trata de adherirse al discurso manifiesto sino de reenviarlo al enunciador como estado de su construcción. Para nada estamos hablando de verdad histórica, menos aún de la versión policial.  La posición específica que puede tener un psicoterapeuta es estar del lado de la verdad subjetiva y trabajar sobre ella. Esta postura es también una condición necesaria para procurar salir de un discurso inicialmente dirigido al otro, a otro sistemáticamente identificado como el enemigo. Las posiciones discursivas iniciales están siempre dentro de “nosotros” y “ellos”, posiciones profundamente conflictuadas, en tanto el otro –nosotros- está del lado del poder. Quizás es así por la forma como se identifica al otro –nosotros- : blanco para las personas de color, económicamente holgado  para los desposeídos, sedentario para los nómades, francés ancestral para los franceses de otro origen. Esa postura, que es la mía, podría, en el horizonte de una utopía, abrir una palabra singular, favorecer la emergencia de un “yo” despegado de “nosotros/ellos” .  Y descubrir que la palabra revelada por ese discurso vale la pena.

De esta forma comenzó mi radar, mis orejas grandes y abiertas. Y cuando los llegué a escuchar, esas figuras –supuestas únicamente como actividad, como accionar pulsional, de preferencia agresivo- constato que ¡hablan!

¿Qué es lo que dicen?

1. “No soy loco”

En la primer entrevista hay un elemento común: todos expresan su incomprensión por estar allí. “No necesito tratamiento, no estoy loco”. La obligación judicial  al tratamiento es vivida como una humillación, una más. Aún cuando sea mejor ver a un psicólogo que a un psiquiatra. Hay una visión estereotipada: no me tomen para nada por loco”.

Inmediatamente viene la demanda: “hágame el papel para el juez”, papel que precise que él/ella es plenamente normal, para que se levante la obligación de venir. Yo respondo que  respeto su percepción pero que carezco de ese poder.

Denis Palet. Está convencido que es un error. Sin concesiones a la duda

Después de varios plantones termina por concurrir a su cita. Denis Palet es un joven grandote de piel muy blanca. Evoca a un adolescente que no puede salir de la ingratitud hacia un cuerpo muy grande para él. Sin embargo mantiene la cabeza muy en alto. Aunque muy imbuido de su persona es muy susceptible. Arrestado a fines de 2005 por incendiar autos y recipientes –los daños y los intereses se elevan a 8,000.00 euros- estuvo tres meses en prisión en Villepinte y se beneficia de seis meses de prórrogas bajo las siguientes condiciones: tener un trabajo, pagar a las víctimas y la obligación de un tratamiento psicológico. No hubo ningún problema en relación con la primer condición. Es electricista, un buen trabajador, su patrón lo ha  tomado nuevamente. Tampoco hubo dificultad con la segunda condición. Su padre, 65 años, que trabaja como lavacoches, y su madre, 65,  empleada en una cantina, lo tuvieron tardíamente. Es su único hijo, pagaron sin reticencias. Pero él no podía aceptar la última condición. La cuestiona vehementemente. Tuvo tiempo para reflexionar en prisión: “las estupideces ya terminaron”. Descubro entonces que lejos de haber pertenecido a los revoltosos de finales del  2005, perpetró los incendios completamente solo, después de haber bebido mucho, y por problemas amorosos. Su novia acababa de decirle que lo abandonaba. Estaba fuera de cuestión consultar un psi, lo transformó en  una cuestión de honor. ¿Qué hacer? Toda la entrevista se dirige a la obtención de una constancia que testifique que no padece de ningún problema psicológico, y por ende no requiere de tratamiento. “A Ud. le van a creer, a mí no”. Yo le respondo, sin hablar del secreto que me limita,  que no soy una experta sino una terapeuta, y por consiguiente no poseo ese poder ante un juzgado. Todo deviene en diálogo de sordos. Refugiándose en su dignidad ofendida, me anuncia que no dirá una palabra más. Nos quedamos allí.

 Rachid Meddeb es mas explícito. “No tengo chance. ¿Por qué me persiguen a mí? El juez estaba de malas ese día. Pero, si es necesario, vendré. Fue condenado a cinco años por ataque a mano armada. Cumplió tres años en la cárcel y seis meses de semi-libertad. Cuando comenzamos, en noviembre de 2006, llevaba un mes de libertad condicional. Su condena terminará en agosto de 2007. Las condiciones para su liberación fueron: Trabajar. Sus recriminaciones concernientes a este punto son grandes. Afortunadamente tiene una familia que lo mantiene. Caso contrario, ¿cómo encontrar un trabajo saliendo de la cárcel? Las excepciones son raras. Un muchacho, que ya había trabajado con él, lo recomienda a su patrón. Este último no le tiene miedo a la prisión, “mientras se porte bien”. La segunda condición es un seguimiento psicológico, mismo que estamos haciendo, aún cuando sé lo que piensa. La tercera es no ver más a sus cuates. No los conozco, me explica, salvo a uno. La cuarta condición es dormir en su casa, o solicitar una autorización. La última es de no portar un arma. Se ríe francamente. No tiene la costumbre de pasearse por la calle con una kalachnikoff en bandolera. Convenimos en vernos regularmente durante el período impuesto por el juez.

 Para Orlando Matera: “es injusto”.

Orlando M., de origen español, es un hombre de treinta años, casado, tres hijos, mezquino, muy nervioso. Como consecuencia de una condena por violencia conyugal, prefirió, aunque con muchas reticencias, un tratamiento psicológico a la cárcel. Llega muy enojado, y se hace de palabras con la secretaria. Muy agresivo, todo le cae mal, mis preguntas, mis silencios. En la segunda entrevista mi cólera también explota: puedo comprender que no quiera estar allí, pero debía haberlo pensado antes, y no tengo ningún motivo para   soportar su mal humor. Nada me obliga y le anuncio que interrumpiremos las sesiones. Sus ojos se nublan a medida que yo hablo y termina por explotar en sollozos. Me explica, entonces, que no soporta la imagen de eso en lo que se ha convertido. Nunca imaginó que le ocurriría una cosa así: el arresto, la humillación de la detención y todo lo que vino después. En tanto es injusto, su esposa lo insulta. Del mismo origen, pero nació y fue  educada en Francia,  no se deja someter. Le exige meticulosamente que cumpla las tareas domésticas. Ella grita, él explota. Insiste que son los dos los culpables de esa historia. Continúa  un diálogo largo y difícil.

2. “No soy loco, ¿pero…?”

En ocasiones la restitución de lo que ha podido evocarse desde la primer entrevista crea un efecto de sorpresa y suscita una motivación par hablar.

Béchir Maraoui es el único que ni siquiera al comienzo se ofusca por estar en el centro de salud: “piensan, quizás, que he sido demasiado violento, no es normal enojarse de esa manera”. Fue arrestado a la salida de una disco en París, y me precisa que es un antro mixto. Ante mi actitud interrogativa me precisa que es “gay y hetero”. Unos tipos, afuera, lo trataron de pederasta  El estaba caliente, que lo traduce como que había bebido en exceso. Se mete a la pelea y reparte golpes violentos Juzgado por tumulto lo condenan a una multa y  seguimiento psicológico. Y, sobre todo,  él había sido excluido de la familia por haber golpeado a su hermano mayor. ¿Qué había pasado? En el momento en que planchaba su ropa, su madre, bromeando, le inquirió si “se sentía como un abogado”. Su hermano, jugueteando, retomó el tema. Terminaron ambos en urgencias de un hospital. Yo pensé que esos tipos del antro hicieron mal en provocarlo, teniendo una tan alta susceptibilidad a flor de piel. En la segunda sesión –después de varias citas perdidas- retomamos su historia, incluyendo su novia y las resistencias de su madre a volver a verlo. Se sorprende que yo me acuerde aunque no tome notas: “entonces, ¡Ud. verdaderamente me escucha!”. Está atrapado en su meticulosidad. En efecto, plancha toda su ropa. En efecto, nadie puede sentarse en su cama. Ni siquiera su novia, que debe quitarse su pantalón y a quien le presta un short recién  lavado y planchado. Actualmente las cosas van mejor, ella puede conservar su pantalón si toma cuidados antes de entrar. Cuando él se lava las manos requiere que cierren la llave, si no debe volver a hacerlo. Cuando acomoda sus prendas lavadas y planchadas tiende los brazos para que no toquen la ropa que lleva puesta. “¿Ud. me tomará por un enfermo…?”.

 3. Del presente al futuro

Hay un obstáculo que surge rápidamente al realizar este trabajo: una misma reticencia: volver sobre los hechos. Pueden tener múltiples razones, incluyendo problemas policiales. Evocar su historia pasada se les hace incongruente, insensato. Ya que están aquí preferirían hablar del presente y del futuro. ¿Será una invitación a hacer un trato?. ¿O el deseo de pasar a otra cosa?. Esgrimen dos tipos de argumentos para justificar sus reservas. Mientras estuvieron en prisión tuvieron todo el tiempo del mundo para pensar, no vale la pena volver sobre el pasado.  Y “en casa no se habla”. Pienso que esa convicción, presentada como un dato cultural, es, ante todo, un dato social. No se habla más en las familias de campesinos de Auvergne que en aquéllas de inmigrantes.

Souleimane Val llega un día de primavera, directamente de la prisión de La Santé. Obtuvo un permiso para venir a nuestro centro de salud para arreglar un tratamiento psicoterapéutico. Previamente había enviado una carta en la cual demandaba instantáneamente una entrevista, seguida de un intercambio de faxes con la prisión. Souleimane V. estaba condenado a 13 años de reclusión criminal por un asesinato cometido cuando contaba con 16 años. Un ajuste de cuentas entre bandas había degenerado en  enfrentamiento. Durante los siete años transcurridos fue trasladado sin cesar  de prisión a prisión, habitualmente por razones disciplinarias. Cuando le inquiero de dónde provenía esa rebeldía irrefrenable me responde que no era para nada un rebelde. “Es sólo una cuestión de principios. Yo le hablo correctamente a la gente, me deben hablar correctamente”. Evoca entonces los acosos, el exceso de celo, el racismo. “Hay muchas cosas  oscuras allá, señora”. Pasó solo, sin tele, sin entretenimientos, sin otra posibilidad que pensar. Quisiera hablar del presente que le asusta. Salir de la prisión a los 24 años, cuando entró a los 16, no es nada fácil. Se siente completamente perdido. A la segunda entrevista llega sudoroso: “Señora, hay muchas luces rojas, es un abuso. Temeroso de llegar tarde, saltó del auto que lo traía y completó el trayecto corriendo. Sonríe ante mi insistencia de retomar su historia. Parece agradarle mi metáfora de las valijas que deben ser abiertas algún día para ver que hay adentro, a fin de  poder retomar el camino con menos peso.

 Rachid M. insiste acerca de la dimensión cultural. Los elementos de su historia, que  me cuenta a lo largo de las sesiones, tienen mucho de eso. “Entre nosotros no se habla mucho, se ha aprendido a vivir sin lamentarse”. La cárcel ha despertado mucho su curiosidad y modificado su forma de pensar. Se ha planteado muchas preguntas y llegado a la conclusión que todo es psicológico. Por ejemplo, no ha podido jamás quedarse quieto cinco minutos. No hay algo en particular que lo haya hecho sufrir durante su encarcelamiento. Al salir, volvió a ser como antes. ¿Cómo comprenderlo? No es que no fuera problema para él fingir. “Ellos esperan vernos exitosos, y no quiero darles el gusto. Había hecho una “pendejada”, y  ya había pagado su condena. ¡Basta! Me presenta entonces su historia en términos psicológicos. “Ud. sabe, señora, la tentación está presente todos los días. Bajo los puentes de la ciudad encontré mis cuates de la escuela sin trabajo, pero se las arreglaban. Por entonces yo era muy débil, mi padre acaba  de morir hacía dos meses. Había trabajado toda su vida sin obtener ninguna recompensa. Todo me daba igual”.

 ¿Qué producen estos seguimientos psicológicos –psicoterapias- sobre la orden judicial?

Denis P. y su rechazo radical a curarse. Algunas semanas después de nuestra primera sesión recibo un llamado telefónico del educador encargado de su seguimiento judicial, quien sentía rechazo a presentar un reporte al juez. Algunos días después Denis P retoma el contacto conmigo y tenemos una segunda entrevista, que se desenvuelve casi idéntica que la primera. No se comporta como un tonto pero parece no entender nada de lo que digo. Prisionero de una negación y objeto de una sobreprotección parental, creo que se beneficiaría mucho de un apoyo psicológico. Pero él estaba atrapado en un combate por lo que consideraba  un error judicial. Lo reenvío con los expertos del tribunal de Bobigny donde podría haber obtenido un lugar en la lista de atención,  pero no lo vuelvo a ver jamás.

 Souleimane V. El juez, teniendo en cuenta su juventud y lo extenso de su condena, consideró que una psicoterapia podría ayudarlo a la readaptación al mundo exterior. Era un espacio de palabra en el que Souleimane apostó. Lo estuve tratando regularmente de junio a septiembre, hasta que desaparece. Gravemente herido por balas, fue hospitalizado durante varios meses y luego ingresado a la prisión, donde solicita el reinicio de nuestras sesiones.

Béchir M. acepta reconocerse como “un poco enfermo” pero  su novia estaba embarazada y desaparece después de anunciarme que las respectivas familias deseaban que ellos se casen. Se muestra muy nervioso frente a una próxima mudanza. Siempre piensa en el peor lado de las cosas, cuando debiera estar feliz. Yo lo había visto tres veces.

 Johny Guiton estuvo numerosas veces en la cárcel, aunque por períodos cortos, debido a reincidencias  y, sobre todo, a pleitos colectivos, pero esta última ocasión por violencia contra su compañera. Los padres de esta última se meten: “a ellos no les gusta la gente nómada, son muy sedentarios. Decidieron meter una demanda”. Se le impide el acceso a la zona donde ella vive con una hija pequeña. Johny viene regularmente a las sesiones: ha cambiado mucho su presentación, ha dejado de beber y evita los pleitos. En la última sesión estaba radiante: acababa de obtener visitas vigiladas para ver a su hija. “Para nosotros, los gitanos, los hijos son todo”.

En ocasiones alguna cosa permite el acercamiento. Una vez franqueada la barrera de reticencia, algunos invierten en este espacio singular, consagrado a ellos solos, sin compromiso,  para  hablar.

Rachid M. El “no tengo suerte” con que inauguró nuestra relación obligada, se revela como el fundamento de su relación con el mundo. Considerado en  la escuela como un chavo bien dotado, no trabaja:”no vale la pena, de cualquier modo no habrá lugar para mí”. Sin embargo terminó su preparatoria. Su principal alegría será la mirada encolerizada de los profesores que le auguraban fracaso. Ignorando “la continuidad de ciertas presiones escolares” entra al mundo del trabajo. Su empleador, a pesar de su corta edad, lo envía a capacitarse en  gestión/animación, y llega a ser el responsable de su equipo. Aunque tiene amigos no se anima a salir. “No voy a permitir que me bateen de los antros  que rechazan a  los árabes, para volver a estar en lo mismo, para terminar siempre en embrollos”. Es el único que no bebe, por consiguiente es el encargado de conducir y de presentarse a los controles de identidad a la mañana temprano. “¿Lo conocen en la policía?” Responde afirmativamente, “me dejan por un rato, pero siempre encontrarán alguna cosa.” La “discriminación racista” se encuentra en todas partas, en la calle, en el tribunal, en la  prisión, en el trabajo. Por ende prefiere quedarse en su casa, hacer trabajo artesanal, jardinería. De hecho es él, después de la muerte de su padre, quién mantiene la casa. Tiene un hermano mayor, Andel, “pero es un pachá, no hace nada, no le piden nada, es el consentido de su madre”. Cuando establezco una relación entre sus sentimientos profundos de discriminación y esa primer experiencia injusta entre su hermano mayor y su madre, se sorprende. “Como si él debiera quedarse siempre en el rol de hermano menor, el perdedor, el que hiciera lo que hiciese por ameritar un primer lugar, jamás lo obtendría”. Al salir sonríe y dice” jamás lo había pensado”.

 Anna Pascale G habla de una vida infeliz. No puede contar con nadie. Al principio lo toleraba, fuera con los amigos, los amores o el trabajo. Pero luego la situación se degradó. Sus amigos la fastidiaron, el padre de su hija rápidamente devino violento, y después de la separación “no piensa sino en hacerme daño”. En el trabajo siente que no la respetan sino la explotan al máximo. Cuando era adolescente quería salir del encierro familiar para “ser libre”, y su hermano mayor la recibió en París. En un comienzo las cosas iban bien, pero rápidamente encontró las mismas presiones, las mismas prohibiciones. Decide entonces  partir por su cuenta, lo que siente como un gran momento de liberación. Descubre la vida, sale de noche, conoce muchachos. Pero rápidamente  las cosas se pudren y es arrestada y encarcelada. Nunca exploramos  su vida familiar, hasta que un día, a mi sugerencia  comienza a relatarla, con gran emoción. Su familia, procedente de Africa central gozaba de una buena posición social. Varios golpes de estado y la instalación de un dictador sanguinario le quitaron sus privilegios. Deseosos de proteger el futuro de sus hijos, los padres deciden emigrar a Francia, donde jamás recuperan un estatus equivalente. Cuando niña, Anna Pascale vivía en una casa grande, rodeada de numerosa servidumbre. A los diez años descubre que debe hacer todo sola, que se debe desenvolver completamente sola. Ese sentimiento de abandono, de soledad, se conserva hasta la actualidad. Sin duda  el mito del paraíso perdido es tenaz, siempre reaparece en Anna-Pascale, condenada eternamente al derrumbe. Llora largamente por el inútil sacrificio de sus padres. Le pesa la vergüenza de no haber estado a la altura de sus actos. Me pregunto “¿por qué asume ella sobre sus espaldas el fracaso de sus padres?” Debajo de su apariencia de víctima aparece la vivencia de haber sido una hija poco querida (¡¿es la única hija?!), que siempre asocia con ser la mala. “Ellos perdieron todo allá, no ganaron nada acá”. ¿Qué es lo que ella sabe? Ignora todo lo referente a la historia de su país. Se la cuento. Simultáneamente las noticias anunciaban esa mañana el asesinato, adentro de su auto,  de un médico perteneciente a una ONG. La violencia, la corrupción y el terror reinaban. Su mirada cambia, me dice que quisiera hablar con sus padres. De víctima de un destino singular deviene víctima de una Historia, compartible con otros. Las interrelaciones subjetivas se transforman.

CRÍTICA

La relación entre dolor y cuidados

No me deja de sorprender que se puedan pensar los cuidados profesionales,  según el caso, como una alternativa liberadora o una condena al  dolor.

En el caso Pierre Rivière[5] 1835-1836, se planteaba la cuestión de si ese crimen atroz[6] fue cometido por un criminal o un loco. De la respuesta dependería el destino de Pierre Rivière[7]. La configuración actual es completamente diferente. Actualmente son los magistrados los que solicitan la consulta a los terapeutas, y  les demandan que tomen a su cargo los cuidados de los criminales que no son locos. Estos últimos, como criminales, deben ser curados, ya no es más  una alternativa, sino una inclusión.

La psicologización de la justicia aparece, desde mediados del siglo XIX, bajo la forma de “circunstancias atenuantes”, que modulan la condena en función de la historia singular del culpable. Se incluye el contexto de la intención,  la historia  y la voluntad del sujeto. Ese movimiento no cesará de crecer, al incluir  la  investigación cada vez más sistemática de todo elemento psicológico que pudiera colaborar a comprender el acto incriminado: el delincuente, ¿tuvo una infancia infeliz?. ¿Sufrió él mismo de injusticias? ¿Sus padres eran alcohólicos?.

El crimen, visto desde una interpretación psicológica, es entonces considerado como el efecto de una disfunción familiar, de un traumatismo infantil, de un fracaso escolar. Esta aproximación deja el énfasis acerca de  la violencia de un delito y su penalización, para abrir paso a la atención de un sufrimiento. Este último, desde cualquier lógica, debe ser tratado. Los jueces se dirigen entonces a los psicoterapeutas para acoger a los delincuentes, para darle forma y contenido a su sufrimiento. Y, por consiguiente, esperan que ello producirá una disminución de la violencia, ya que fue el sufrimiento  la causa de esa violencia. La misma lógica psicologista ha presidido luego la entrada de la víctima en la escena procesal. Se aborda entonces el proceso y la condenación del criminal como la condición para que, la víctima, pueda elaborar el duelo por el perjuicio sufrido. El registro simbólico es concebido como una herida narcisística producida por la agresión. Escuchar de labios del agresor la expresión de culpabilidad, la confesión de remordimientos, de todas formas de arrepentimiento, permitiría a la víctima  superar la prueba.

La historia de ese improbable encuentro  entre psiquiatría/psicología/psicoanálisis[8] con la justicia determina nuestro compromiso actual en esta escena. Para intentar precisar ciertos lineamientos me apoyo en los análisis  de Frédéric Gros[9], quien plantea cuatro meridianos básicos:

1. La penalización como recordatorio de la ley… la atención profesional como refuerzo  de ese  recordatorio.

 En este caso no existe ningún interés por  los efectos del crimen sobre la sociedad ni sobre la víctima. Ninguna preocupación psicológica en relación al autor altera la escena penal. Un crimen fue cometido y  la ley fue transgredida. Esta última debe ser restaurada. Se paga un precio, y la aplicación de la condena “retributiva”, esto es atribuida a la consecuencia justa por un acto ilícito. Sin importar el autor, por un delito semejante será aplicada una pena similar. Es imaginable que dentro de ese universo penal  lo único que cuenta,  lo único en lo que se ejerce la  justicia, es en la más estricta equidad. En este caso la aplicación de lo psi carece de lugar. Por consiguiente ello es visualizado, a través del psicoanálisis, como un desplazamiento  que nos lleva insidiosamente de la Ley a las leyes- con o sin mayúsculas. Que se trate de un abuso personal del lenguaje en algunos psicoanalistas[10], o el mal uso de los conceptos analíticos entre los jueces, se instala una confusión entre la ley penal –la ley común- y la Ley simbólica- la Ley del padre, la prohibición paterna. Para Freud deseo y ley están íntimamente ligados. En el fondo de lo humano, el deseo de muerte. Como fundamento de la sociedad de hermanos, la ley universal de la prohibición del incesto[11]. Retomando la fórmula irónica de Gros. “…cuando un juez afirma que la función primordial de la punición es recordar la Ley, se atribuye  el rol de hacer comprender al delincuente que cuando incendia autos o roba es un poco como si  matara al padre o se acostara con la madre”. De esta forma, todo delincuente se podría entender como un Edipo a la deriva. Desde el punto de vista de la ley simbólica, el crimen significaría un defecto estructural y se inscribiría del lado de la psicosis. Lo que el juez esperaría del psicoanálisis es que éste reinyecte un Edipo estructurante, que reintroduzca  la prohibición. La ley fálica sería llamada a hacer su trabajo en la escena social. Esta derivación  es todavía más tendenciosa que los discursos mediáticos que no cesan de incriminar al fracaso de los padres inmigrados por los delitos de los jóvenes en los suburbios. La prohibición paterna empujaría a esos jóvenes a la delincuencia. Pero esto significa olvidar que ha sido su lugar de padre imaginario/real –obreros explotados y sometidos, soldados de guerras no reconocidas, jubilados destruidos y miserables- el que, frente a sus hijos, lo ha despojado de toda autoridad. Ese discurso jurídico, impregnado de psicoanálisis, nos solicita que pongamos al día los determinismos de un acto que escaparía al mismo autor, con el objetivo de evitar que reincida. La atención profesional y el castigo se reforzarían mutuamente en restituir a la Ley toda su fuerza. En las viñetas anteriores no he mostrado ninguna proclividad a instilar la ley o la culpa, que vienen a ser lo mismo. Por el contrario, me he inclinado a los posibles encuentros entre las trayectorias singulares y la Historia, siendo mi objetivo  restituir algo  a cada una. Es en la tentativa de una inscripción simbólica del sujeto, para salir de lo puramente imaginario,  en donde no existen sino enemigos. Mi intención ha sido reincluir la cultura, esto es lo compartido.

2.  La penalización para proteger al cuerpo social y  enfatizar  sus valores

El delincuente, en tanto enfrenta las reglas comunes, representa un peligro para la comunidad, y por ende debe ser sancionado, y si fuese posible, neutralizado. La prisión se encarga de esta exclusión. Pero hay otra opción: un individuo “peligroso para sí o para los otros”,  si se diagnostica como irresponsable, será internado en psiquiatría. Pero la peligrosidad – y su corolario de exclusión- no está actualmente dentro del dispositivo jurídico-psiquiátrico. Hay dos parámetros que cambian los datos. Ya nadie cree en las virtudes del encierro, reemplazado por la inserción, la permanencia o el retorno a la comunidad. Esto último lleva, a la hora de la sentencia, a componendas en el castigo: liberación condicional, internación en centros semi libres. Y en cuanto a los cuidados profesionales, el acento es puesto en lo ambulatorio. Las concepciones de defensa de lo social han cambiado. Se ha basculado desde la perspectiva de manipular la peligrosidad de un individuo a aquélla de sopesar los riesgos. Ya no se convoca a la justicia para sancionar un delito o para preocuparse por un individuo sino para inscribirla en un programa de regulación de espacios y poblaciones, dentro de los cuales se impone identificar a los grupos de riegos[12]. Los jóvenes de los suburbios, por ejemplo, no son peligrosos por lo que hayan hecho, sino representan un riesgo por lo que son, en tanto pertenecen a una categoría riesgosa o viven en una zona que lo es. Riesgos a los que hay que salirles al paso, hasta el absurdo, con el discurso acerca de la posibilidad de obtener un “riesgo cero”. No se trata más de proteger la sociedad, la cohesión de sus valores, sino de asegurar a cada uno de sus miembros su derecho a la seguridad, transformado en derecho fundamental. El llamado es a la prevención generalizada, y los psis. son convocados a trabajar por ella.

3. El castigo para redimir/readaptar al autor de un crimen o un delito

 Los jueces  no abandonan jamás la idea que a través del ejercicio de sus funciones contribuyen a rehabilitar a los criminales. Entre la culpabilización moral y la readaptación social, la condena, quizás produciendo un hombre nuevo, redimirá al delincuente, de tal forma que esté dispuesto a someterse a las normas y retomar una vida social.

La psiquiatría, que posee desde su inicio el mandato de ejercer “una policía de conductas y la normalización de los sujetos desviados”[13], sería muy bienvenida en el dispositivo. Las psicoterapias se convertirían allí en una herramienta privilegiada para dicha normalización. Además, las terapias cognitivas-conductistas, ubicadas entre pedagogía y tratamiento, están entre las más susceptibles de responder a los requerimientos judiciales. En tal caso la violencia sería concebida como un síntoma más, de la misma forma que los obsesivos compulsivos, la angustia o la fobia, y por consiguiente, susceptible de mejoría. Es poner en ejecución un programa de aprendizaje, de desplazamiento de la pulsión hacia otro objeto, de transformación de un pensamiento, para prevenir el acto  delictivo. Sugerir barreras y cortocircuitos  para evitar un nuevo pasaje al acto. Sin embargo se  me hace difícil imaginar un programa de descondicionamiento al ataque a mano armada o al narcotráfico. Y en cuanto al psicoanálisis, que no se puede prescribir, está muy lejos de una tal utopía rousseauniana.

En el fondo de lo humano siguen reinando también el deseo de  omnipotencia, el odio, la envidia, la agresividad. La cultura y la civilización son conquistas permanentes que todo sujeto debe manejar por su propia cuenta y para bien de la humanidad.

4. El castigo como reparación para la víctima

Desde que la víctima devino, tanto en los discursos mediáticos como en los políticos, una figura indispensable de nuestras sociedades, y, por consiguiente central en los procedimientos judiciales,  la justicia se autoinvistió, desde esta óptica, de una misión reparadora. ¿Qué se nos demandaría entonces, como psicoterapeutas?  ¿Deberíamos inocular al delincuente  un poco de culpa, para apaciguar la conciencia dolorosa de la víctima?. ¿O más fundamentalmente afirmar en voz alta y fuerte –adulto o infante, hombre o mujer- que nadie debe ser objeto de otro?

La puesta en marcha de la figura de víctima, a la cual la psiquiatría ha contribuido de manera importante, tiene un cierto efecto perverso: la victimización del criminal, En los discursos judiciales y mediáticos, los delincuentes, los criminales, devinieron en “víctimas de  la sociedad, víctimas de un  entorno familiar desastroso,  víctimas de ellos mismos, de sus afectos o de sus fantasmas”[14]. Sin contar que el castigo, como respuesta a un primer sufrimiento inflingido, es en sí mismo un sufrimiento. El criminal y la víctima se incorporan a una misma clase, la del malestar. Pertenecemos a una sociedad eminentemente victimizante. Víctimas por todos  lados, cada vez más víctimas, incluyendo los colaterales, y muy pronto un “juez de las víctimas”. ¿Nuestra misión como psicoterapeutas consistiría entonces en albergar un delincuente/víctima?

“Si la justicia busca curar la psicología perturbada del delincuente o consolar la conciencia dolorosa de la víctima, se aventuraría cada vez más en un universo que no es el suyo”[15].

A guisa de conclusión

 Un recorrido analítico, una cierta reapropiación por un sujeto de su propia historia, son caminos aleatorios, tanto para esos pacientes como para cualquier de nosotros. Quizás, en el contexto de este interjuego, la salida sería ofrecer un tiempo de espera, una suspensión en relación a las presiones cotidianas y  a las presiones superyoicas. Favorecer la puesta en marcha del pensamiento y la verbalización tanto del acto delictivo como  de su presencia en la consulta, más que de cualquier otro cuestionamiento de los muchos que lo aprisionan. La primera condición es que el terapeuta se comprometa. Y para comprometerse, valga la repetición, éste debe descomprometerse de la dificultad inicial. A partir de allí, convocar,  dejar surgir la mentira, la cólera, el abatimiento.

Sólo en un espacio de libertad- hay que ser muy sartreano para emplear este término en una situación tan constrictiva- podemos esperar ver que pasa entre dos interlocutores. Nada más, pero tampoco nada menos. Una cuestión de transferencia, de aproximación posible o no. ¿Podría un juez prescribir una medida aceptando que quizás no se puede  esperar nada? ¿O que el resultado fuese totalmente aleatorio? Sería, sin embargo, la base inevitable de un intercambio entre magistrados y terapeutas.

 


[1] Artículo aparecido en Chimères, hiver 2009. Publicado con autorización de la autora. Traducido por Miguel Matrajt

[2] Salvo esta referencia a nuestro establecimiento, los demás nombres –de prisión, de país, etc.- fueron modificados

[3] Garapon, Anoine et al.: Et ce sera justice, Odile Jacob, Paris,2001

[4] Según los propios términos del Tribunal de X

[5] “Yo Pierre Riviere….” Por M. Foucault, Gallimard, Paris. 1972

[6] El parricida, al igual que el regicida, es considerado como el peor de los criminales, en tanto ataca los fundamentos mismos de la sociedad.

[7] Aún cuando la división territorial entre prisión y asilo no tendrá lugar sino hasta dos años después, con la ley de 1838

[8] Que condensaré bajo la forma “psy”

[9] Gros, F.: Les Quatre foyers de sens de la peine,  obra citada, pags. 11 a 138

[10]  Legendre, Pierre: Le crime du caporal. Lortie, Fayard, Paris, 1989

[11] Tótem y Tabú, la lectura propuesta por F. Chaumon, Chimères No. 35

[12] Los dispositivos de seguridad, M. Foucoult, 1975

[13] Retomando una formula de M. Foucault

[14] Gros, F. obra citada, pag. 105

[15] Garapon, A.: obra citada, pág. 268

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