Subjetividad y cultura

In Memoriam Eduardo “Tato” Pavlovsky

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Miguel Matrajt

No estoy muy seguro que a Tato le hubiese gustado este in memoriam. O cualquier otro. Como no me gustaría a mí. Tato era un hombre anti solemne e irreverente, a quien no le importaba en absoluto el “qué dirán”, y que, solamente en su profesión de actor, buscaba la aprobación de su audiencia. Efectivamente, era, cuando menos cronológicamente hablando, actor antes que otra cosa. Pero llegó a ser descollante como actor, como dramaturgo, como psicoanalista, como psicodramatista, como amigo, y, por sobre todas las cosas, como hombre de la cultura profundamente implicado en su espacio y su tiempo.

En la dedicatoria a uno de sus muchos y buenos libros, escribe: “A los tres médicos que más influyeron en mi vida: Freud, el Che Guevara y Mimi Langer”. Analizado de esta última, con quien lleva a cabo su análisis didáctico, continúa su carrera psicoanalítica en la APA, hasta que, ya siendo miembro titular, renuncia con todos nosotros, sus compañeros de Plataforma. Por entonces ya era un distinguido e internacionalmente reconocido renovador del psicodrama de Moreno, al que le agrega su sólida formación como terapeuta de grupo y como practicante de la disciplina del inconsciente. Unos años antes empezó a destacar como dramaturgo y como actor de sus propias obras. En ellas señalaba, inclemente, las mentiras y las injusticias de la sociedad en que vivió. En varias de ellas, el protagonista, interpretado por el mismo Tato, juega el rol de un hombre del sistema. En tres de sus más memorables escritos e interpretaciones, hace el papel de un torturador, penetrando hasta la médula en ese tipo de monstruo, que no conoce personalmente, sino a través de la observación y la deducción. Logra comprender en forma precisa e inconfundible a ese bastardo de la crueldad y el fanatismo, y penetra hasta sus entrañas inconscientes. La tarea como dramaturgo y como actor se interpenetra se enriquece mutuamente y se interrrelaciona con dos de sus otros roles: como psicoanalista y como psicodramatista. El psicodrama alcanza, con él, un nivel insospechado, y, me atrevería a afirmar, todavía no superado. Tato nunca fue intelectual de salón, de esos que viven metidos en sus alfombrados espacios y dedicados a buscar prestigio. Muy por el contrario, fue un hombre muy sensible al sufrimiento de sus semejantes. Obviamente, esa sensibilidad la tradujo en múltiples tareas en el terreno de la cultura así como en la militancia política. En todos los caminos que transitó se caracterizó por su honestidad y entrega. Entrega que nunca significó el abandono de una posición crítica, imprescindible para construir el espacio dialéctico que genera la creación.

Lugar común, pero que aún así lo respeto y cito, cuando un hombre grande muere, en su funeral se lo despide con un aplauso. Querido Tato, éste es nuestro aplauso, cuya sinceridad y emoción es el mejor homenaje a una personalidad como la tuya.

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