Subjetividad y cultura

Fundamentalismos: más preguntas que respuestas

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Miguel Matrajt

Este texto es un ensayo. O sea que no se basa en un estudio de campo sino está compuesto por muy discutibles especulaciones preñadas de ideología. Por otro lado debo confesar que mis conocimientos acerca de las religiones son vergonzosamente pobres. Seguramente Úrsula Hauser, entrañable amiga y compañera de trabajo en la revista, tendrá mucho que corregirme y enseñarme a partir de sus serias intervenciones en Gaza.  Procuraré compensar todos estos males con el auténtico respeto que profeso hacia los creyentes. Creo que es un campo tan amplio y complejo que aún una aproximación sociopsicológica, como la que emprenderemos, es epistemológicamente insuficiente.

El término “fundamentalismo” no es antiguo ni específico del Islam. Fue acuñado por un grupo de obispos católicos norteamericanos a principios del siglo XX. Se refería a llevar a la práctica, sin concesiones ni distorsiones, los “fundamentos” de la religión.  Desde hace unas décadas se asocia –sin razón- con los fanatismos religiosos de algunas corrientes musulmanas, como si no existieran fundamentalismos en otras religiones, grupos políticos, profesionales, etc. Dado que el origen de este texto es la centralidad mediática que ocuparon dos eventos –las acciones del Ejército Islámico (EI) y el ataque a Charlie Hebdo- mi análisis se dirigirá predominante pero no exclusivamente a los fundamentalismos musulmanes violentos. Me apresuro a aclarar que el objeto de estudio señalado no significa que considero a estos fanatismos más peligrosos y condenables que otros, sino que son los que impactaron más en la actualidad.

Empecemos por el concepto de religión, ya que ésta es el caldo de cultivo y la legitimación ético-ideológica de los fundamentalismos. Un hallazgo arqueológico en Europa, de hace más de tres décadas, describe un entierro primitivo acompañado de objetos específicos colocados siguiendo una lógica. Este descubrimiento corresponde a un evento ocurrido hace cuarenta mil años. Los paleontólogos afirman que, sin lugar a dudas, el significado de estos restos denota que nuestros ancestros de esa época ya creían en una vida ultraterrena. Esta concepción –esta utopía- de una vida más allá de la muerte, por supuesto una vida mejor, a la que se puede acceder a través de determinadas prácticas, se remonta a por lo menos cuarenta mil años y es la base –el fundamento-  universal de todas las religiones conocidas. Los estudios de los antropólogos nos revelan que no han conocido ningún grupo humano, ni pasado ni actual, ni con una organización tribal correspondiente a la Edad de Piedra ni conformados como una civilización desarrollada, que carezca de ideas y prácticas religiosas. En otros términos, el miedo a la muerte, la convicción de una vida ultraterrena que la trascienda, y un conjunto de actos para lograrlo, parecen inmanentes a la historia de la Humanidad. No descalifica esta afirmación el hecho de que en todos los registros históricos (unos pocos miles de años para acá) encontramos pensadores – muy modestamente se incluye el autor de estas líneas-  que reflexionaron acerca de esas creencias y se opusieran a creerlas. Creo conveniente, a los efectos de este escrito, plantear una diferencia operacional entre “agnóstico” (el que no sabe y por consiguiente no toma partido) de “ateo” (que, como todo el mundo, tampoco sabe, pero no cree), como yo. Veamos algunos de estos fundamentos de las religiones.

Los conocimientos religiosos –las afirmaciones- se constituyen a partir de las creencias, esto es certezas que no se adquieren por investigación ni se demuestran siguiendo un método. Los teólogos –los eruditos en temas religiosos- afirman que la creencia en uno o más dioses es un acto de fe, y esta última es definida como una verdad revelada. En otras palabras, la fe, las creencias, son convicciones que surgen en el sujeto –por “revelación”- y se mantienen en él como una verdad absoluta e indiscutible, aunque desafíen la lógica, el sentido común, la evidencia directa o la investigación científica. Las jerarquías religiosas –como cualquier otra estructura de poder- suelen violar su propia legalidad, en función de conveniencias o circunstancias geopolíticas. Por ejemplo, en Europa, cuando terminan las guerras de religión y comienzan las guerras entre naciones con fuerte poder centralizado –mitad del siglo XVII a mitad del XVIII- los dos tratados de Westfalia, que ponen fin a largas guerras, reafirman la norma que los pueblos deben tener la religión de sus soberanos. ¿Qué fundamentos básicos de la religión se violan cuando la fe deviene obediencia y la práctica religiosa deja de ser un acto de conciencia para convertirse en acto de apariencia?

Alguien podrá suponer que estamos sugiriendo que la religiosidad es propia de ignorantes, o, en los que evidentemente no lo son, constituye un desliz de su inteligencia. Una tal afirmación –que no planteamos ni pensamos- estaría en abierta contradicción con la evidencia: casi todos los grandes pensadores y científicos que admiramos (Platón, Spinoza, Einstein, etc.) fueron creyentes. Pero ellos, como la inmensa mayoría de los demás creyentes, no fueron fundamentalistas, ni, menos aún, violentos. Si bien muchos credos impulsaron, en ocasiones encabezaron y frecuentemente  legitimaron, a lo largo de los siglos, infinidad de genocidios y crímenes de lesa humanidad, incluso guerras de religión, la gran mayoría de los practicantes asocian religiosidad con armonía, con paz, con moralidad y con formas justas y respetuosas de vida cotidiana.

Hay un corte de clase: las monstruosidades predominan en las clases altas y las jerarquías más elevadas, en tanto la caridad y la búsqueda de armonía son más frecuentes  en los sectores y los líderes más pobres. Los defensores de las religiones exhiben el renunciamiento a los privilegios y la acción benéfica desarrollada por los sacerdotes y religiosos de menores rangos, mientras que los detractores delatan sin concesiones la cínica disociación entre discursos y prácticas tan habitual en los estamentos superiores. Omitir uno de los dos términos de la ecuación no sólo sería una postura injusta sino también una flagrante contradicción con nuestra forma dialéctica de análisis. Por otro lado debe destacarse que sacerdote y líderes religiosos de muy distintos credos estuvieron presentes y activos en muchas luchas transformadoras de la Humanidad: contra la esclavitud, contra el racismo, por la independencia de las colonias, etc.

Religión y fundamentalismo no son sinónimos sino, frecuentemente, conceptos antagónicos. Los fanáticos musulmanes violentos son unos pocos, un porcentaje infinitesimal en relación con los cientos de millones de personas que profesan el Islam. A lo largo de la Historia, la Humanidad se caracterizó por el invento y la comisión de todo tipo de atrocidades. Esta realización macabra no es exclusiva de ninguna etnia, ningún país, ninguna religión, ningún siglo, pero muchas religiones han ocupado, desgraciadamente, un espacio hegemónico en esta sucesión de crímenes de lesa humanidad. Para tal fin contaron, como veremos más adelante, con la coartada de su servicialidad religiosa. Obviamente es el caso de los fanáticos.

Las creencias devienen en las certidumbres más centrales e importantes de toda la cosmovisión de un individuo. Aunque tienen aspectos inconscientes, las creencias anidan en el yo consciente, pudiendo llegar a ser egosintónicas. Tal el caso de los fundamentalistas de cualquier religión.

Los creyentes de muchas religiones padecen, más abiertamente los cristianos, el traspié de la duda. Incluso en esas religiones hay, con alguna frecuencia, una mayor permisividad para expresarla y convertirla en tema de reflexión teológica y de discusión respetuosa. Ejemplo de ello es toda la cinematografía de Bergman.  Evidentemente todos los fundamentalismos esgrimen una creencia monolítica, sin grietas ni fisuras, sin dudas ni titubeos –cruelmente sancionados- plenamente incorporada al ser como el meridiano más central de la existencia.

¿Cómo se organizan las creencias para estructurar religiones, con un cuerpo coherente de cánones y un conjunto armónico de rituales? ¿Cómo elige una persona cuál discurso de un “enviado de dios” o un dudoso documento son las prescripciones fieles de una divinidad? Siguiendo el mismo criterio rector que para la conformación de la fe. La creencia que un dios se expresa a través de sus ángeles y profetas, o a través de la “iluminación” de un vidente, hace que las escrituras y enseñanzas transmitidas por alguno/s de éstos tengan valor de verdad absoluta e indiscutible, ubicadas en el mismo plano que la creencia en uno o varios dioses. Un dios –o varios, en las religiones politeístas- es un creador que no fue creado, eterno e inmortal, cuyos designios obedecen a una lógica y una noción de justicia a las que el humano no tiene acceso pero que debe obedecer sin cuestionar.

Las religiones se institucionalizan, creando establecimientos muy verticales, piramidales, que nada tienen ni pretenden tener de democráticos, que se entrecruzan e interpenetran con otros sectores de poder. El ejemplo más acabado es la religión católica. En ellos la obediencia ciega y la conducta acrítica son valores, son virtudes incuestionables. A lo largo de los siglos el catolicismo ha construido una organización piramidal muy funcional, con gran acumulación de poder y riquezas, y con una autoridad central que tiene, desde mediados del siglo XIX, el atributo de la infalibilidad.

Las jerarquías religiosas suelen hacer muy buenas migas con el capital y las instituciones militares. Viejo chiste en Sudamérica, que cuando un cura, un militar y un terrateniente –habitualmente miembros de la misma familia- se ponen de acuerdo, nada bueno le espera al pueblo. La religión musulmana no tiene, salvo en países como Irán, una organización comparable. En todo caso, los fundamentalistas violentos se mueven en grupos minúsculos y hacen caso omiso a los estamentos altos de su propia religión.

¿En qué consisten los rituales? Son acciones mayormente destinadas a conseguir un favor divino (una gracia), obtener un perdón o facilitar el tránsito al paraíso del alma de un difunto. Al igual que las supersticiones, son actos que, supuestamente, ponen al creyente en relación con su dios y constituyen una reafirmación de su fe. No importa que no exista una relación lógica, ni siquiera ingenuamente evidente, entre el ritual y el objetivo que se persigue. Hay algo que trasciende ambas cosas: la fe.

Hay y hubo personas que propusieron una comprensión de los rituales y las prohibiciones, señalando que, como dicta el sentido común, obedecieron a la expectativa de transmitir, en su época, normas higiénicas y morales que mejorasen la vida cotidiana. Pero los teólogos respectivos han condenado terminantemente estas explicaciones. Ellos subrayan que los rituales son formas de purificación del alma y de servicio a dios. Los rituales son muy variados, extremadamente variados, pero tienen en común tres cosas: a) la idea de uno o más seres superiores, eternos e inmortales, con un poder omnipotente, que crearon el universo –practicantes y oficiantes religiosos incluidos-; b) las concepciones acerca de la muerte del cuerpo y la “inmortalidad del alma”; y c) la certeza que la naturaleza terrible o maravillosa de esa vida después de la muerte depende del comportamiento que se lleve a cabo para adorar y/u obedecer a ese ser superior. Los rituales se basan en los fundamentos de su religión, y como éstos, son incuestionables. Se incorporan al sujeto a nivel de su Ideal del Yo, y su cumplimiento produce un profundo alivio por obedecer al dios, por obtener su gracia y su perdón. Requieren de un mecanismo inconsciente: la ecuación simbólica. Éste consiste en la confusión entre el símbolo y la cosa simbolizada. Por ejemplo, la confusión entre el dios y su representación.

 

Las lecturas.

Frecuentemente los textos y demás discursos religiosos están impregnados con metáforas y ambigüedades. Esta situación facilita las lecturas -término de moda para denotar las interpretaciones libres y subjetivas- de las doctrinas sagradas. Es así como se forman nuevas religiones a partir de la escisión de alguna, o, más frecuentemente, se constituyen parcialidades o corrientes dentro de una religión, como ha ocurrido, con mayor frecuencia, en las religiones judía, cristiana y musulmana. Esta eventualidad surge de la interpretación –autoconsiderada como la única correcta- de los textos y enseñanzas de profetas e iluminados, encargados de conducir a sus seguidores a la “única religión verdadera” y a la salvación eterna.

Los fundamentalistas de cualquier credo, como todos los demás seguidores de alguna corriente interna, están convencidos de pertenecer a su religión, como los miembros de las otras parcialidades, pero de poseer la verdad de la lectura y el derecho de atacar a los que no comparten su interpretación y/o su religión. En el Islam existe una ley, la sharia, que obliga a la conversión o pena de muerte a todo aquél que pertenezca a otra religión o exprese otra lectura.   Este “derecho” de atacar es vivenciado como una obligación conferida por su dios, y, por ende, santificada por el mismo. Ejemplos de estas lecturas dispares de sus respectivos textos sagrados han sido las guerras entre católicos y protestantes y los odios y enfrentamientos entre chiitas y sunitas. Los fundamentalistas actuales no hacen sino retomar y actualizar esta forma de pensamiento. Haría falta un experto en el Corán –que yo ni siquiera he leído más que fragmentariamente- para explicar el camino que siguen los fundamentalistas islámicos para obtener de su libro sagrado la interpretación que justifica sus actos terroristas. Y otros expertos para dilucidar los caminos de los fundamentalistas de otras religiones.

 

El servicio al dios/dioses.

En todas las religiones, pero en forma más descollante en las monoteístas, el “servicio” al dios es uno de los valores más centrales y destacados. Una prueba de ello es que los oficiantes, monjes, etc. gozan de un lugar privilegiado, no sólo entre sus correligionarios sino también en sus comunidades laicas.

Pregunta básica:¿si el dios posee los atributos y poderes que la religión postula, por qué se deben consagrar tantas personas, tantos esfuerzos y tanto dinero a su servicio?. Pensadores iluminados pero prudentes, como Voltaire, contesta que “Dios no lo necesita, somos nosotros quienes lo necesitamos”. Ese servicio a su dios puede adquirir muchas modalidades, según la religión, la jerarquía de quien lo practica, el país, el momento histórico, las características culturales del entorno, etc.

Pero hay dos vertientes, muy difundidas, que quisiera analizar: a) se privilegia el sufrimiento, tanto en la escala de valores explícita de cada religión como en su historia, real y/o mítica; b) ese servicio incluye matar o morir. Tomemos la primera. En casi todas las religiones, incluyendo a las que desde el etnocentrismo se denominan primitivas, los rituales masivos incluyen ayunos, abstinencias, celibatos, castigos corporales (mutilaciones, flagelaciones, silicios, disciplinas), renunciamientos, etc. Dicho en otras palabras, el placer suele asociarse con pecado, y el sufrimiento, la abnegación, el sacrificio y la autocensura como las virtudes teologales más elevadas.

El servicio a dios va desde los sacerdotes y monjes que lo expresan como actividad filantrópica destinada a las personas más necesitadas, o sea como servicio social (pobres, enfermos, desvalidos, discapacitados, niños de la calle, etc.), pasa por las prácticas de clausura (monjas/monjes que se marginan y recluyen en un convento o monasterio a “servir a dios”) hasta participar en guerras y acciones violentas de toda especie. Pero en ese conjunto “histórico”, habitualmente mítico, de héroes, santos, mártires y guerreros, son los mártires los más admirados y los exhibidos como figuras de identificación. El emperador Adriano solicitó a sus allegados un estudio acerca de judíos y cristianos, que se dejaban matar antes que permitir la intrusión de ídolos y rituales romanos en sus prácticas religiosas. Sus estudiosos mostraron igual estupefacción, añadiendo su incomprensión, porque los practicantes de esas religiones no quisieran incrementar la protección divina incluyendo “otros dioses” al lado de los suyos, y ni siquiera aceptasen fingir para protegerse de la persecución. Efectivamente, para la óptica de un romano esos eran actos irracionales, pero para judíos y cristianos cambiar la efímera y adversa vida terrenal por un paraíso eterno configuraba una transacción muy ventajosa. Para los fundamentalistas islámicos el martirio es el servicio a Alá por excelencia, más aún porque ese tipo de acciones aseguran un inmediato acceso al paraíso. Una guerra santa no importa ganarla, sino hacerla, porque significa un servicio a Alá y la garantía del paraíso.

A propósito del ataque a la revista Charlie, hubo muchas manifestaciones, casi todas de condena al atentado. En estos casos participaron musulmanes de todas las latitudes, y portaban un cartel que decía “no en mi nombre”. Aplaudo esa iniciativa, que marca claramente una distinción entre un credo religioso –el Islam- y un ataque terrorista, pero ese mensaje era desechado por los fanáticos y sólo nos llegaba a todos los demás. Para los que lo perpetraron y para los que luego lo festejaron, poco importa la representación de otros humanos, musulmanes incluidos, porque ellos llevaron a cabo su acción en nombre de dios, no de sus correligionarios.

El “servicio a dios” ha sido, desde tiempos inmemoriales, un fabuloso y omnipresente apoyo y justificación ideológica para la comisión de cualquier crimen de lesa humanidad. Para cumplir más cabalmente con el objetivo se hace menester que sus actos no sólo sean llevados a cabo sino también objeto de propaganda. Frecuentemente fue una pancarta cínicamente utilizada. Quizás Atila, el huno que derrotó a Roma, no fue el primero en adjudicarse la representatividad divina, cuando asume ser el “azote de Dios”, pero inaugura oficialmente esa patraña. Los fundamentalistas contemporáneos creen genuinamente en esa servicialidad.

Hay cierto paralelo con la quema de brujas y herejes durante la Edad Media y la Edad Moderna. En esos casos, la hoguera cumplía tres fines: a) la necesaria obediencia a la autoridad, sea civil o religiosa; b) el espectáculo cruel, pantalla de proyecciones; y c) el “servicio” era doble: a dios y a la víctima, ya que al someterla a las llamas de la hoguera la salvaban de las llamas del infierno. Calculan los historiadores que en esos siglos más de un millón de mujeres europeas fueron sometidas a ese suplicio, frecuentemente precedido por la tortura (tormento, como se lo llamaba entonces). ¿Y la Inquisición, la conquista y muchos etcéteras, cuántos muertos suman a la lista? Los fundamentalistas actuales usan el significado de servicio a dios como una armadura ética, sus víctimas simplemente se “buscaron el castigo por sus pecados” y utilizan internet para el espectáculo macabro. El servicio a dios es un fuerte nutriente del narcisismo de quien lo practica. Se imaginan amados por su divinidad, lo que conduce a sentirse amados por sí mismos. Ese narcisismo se incrementa cuanto mayor sea el sacrificio y el sufrimiento.

 

Religión, ideología y cultura

Planteamos, siguiendo las enseñanzas de Marx, dos definiciones operacionales: la cultura es una cosmovisión compartida acerca de sí mismo y del universo que rodea al sujeto y su comunidad, estructura que se va constituyendo a lo largo del tiempo, estructura que incluye hábitos, formas de comunicación, valores, vertientes éticas y estéticas, en tanto la ideología es eso mismo pero creado desde las clases gobernantes y con el objetivo de oscurecer la conciencia e incrementar el sometimiento. Las religiones influyen y son influidas por ambas. Una religión crea y transforma una cultura, y la cultura crea y transforma esas religiones.

Otro viejo chiste decimonónico: “Dios creó al Hombre, y éste le devolvió la cortesía”. Los documentos son muy claros: las prescripciones litúrgicas, la visión del mundo circundante, las prohibiciones y las reglamentaciones de la vida cotidiana son fiel reflejo de las formas de ver el universo en función del espacio y el tiempo en el momento en que fueron sancionadas. Desde un etnocentrismo geográfico y cultural solemos suponer que la vida y las formas de pensar de otras culturas, particularmente las antiguas, son una versión subdesarrollada de las nuestras. La concepción de la estética (lo hermoso y lo feo), de la ética (lo bueno y lo malo), de las relaciones humanas y de la interacción de las personas y las sociedades con el mundo natural, estuvieron siempre muy impregnadas con aspectos religiosos. Es innegable que en ciertas sociedades las normas emanadas de los principios religiosos constituyeron un avance sustancial en favor de la convivencia. Podemos suponer que en ese intercambio dialéctico entre religión y sociedad fue la primera la que prevaleció inicialmente. Podemos suponer que la idea de lo sobrenatural fue la armadura bajo la cual se introdujeron algunas de las normas no escritas así como posteriormente las leyes civiles. El desarrollo cultural y la evolución de las estructuras de poder fueron transformando lenta y paulatinamente la correlación de fuerzas, aunque frecuentemente a través de enfrentamientos armados. La genealogía religiosa es todavía visible, aunque en grado variable, en muchas de nuestras formas de pensar y conducirnos, a pesar de que éstas últimas se hayan alejado sideralmente de sus orígenes. Por ejemplo, no deben quedar muchos judíos que propongan hacer efectivas las penalizaciones escritas en el Talmud, o de japoneses que sigan pensando en la naturaleza divina de su emperador. Pero los fundamentalistas son muy conservadores y su ideal es volver al pasado y/o preservar las costumbres cotidianas prescritas en sus textos sagrados. Ejemplos claros los encontramos, en muchas comunidades musulmanas de la actualidad, en la exageración de las injusticias de género y la condena a la homosexualidad, presentes en aquellas sociedades todavía muy impregnadas de la moral religiosa. Prueba terrible de ello son las lapidaciones de las mujeres que “cayeron en el pecado de la infidelidad matrimonial” o la persecución cruel de los homosexuales, denominados sodomitas, que puede llegar al juicio y ejecución sumarias, incluso en grupos más progresistas, como los palestinos. El sustantivo “sodomita”, utilizado también en el cristianismo medieval y renacentista, no es un capricho semántico, sino una clara alusión a la Biblia: Dios castiga a la pecaminosa Sodoma matando a todos, niños, ancianos y enfermos incluidos. Los perseguidores homofóbicos “imitan” a su deidad, y, de esa forma convierten a los asesinatos de homosexuales en espacio de realización narcisística.

En la actualidad, la sumatoria de comunidad relativamente aislada, más unanimidad musulmana desde siglos, más extrema fidelidad a las escrituras, da lugar a fuertísima opresión en la vida cotidiana así como la aparición de fundamentalismos locales. Pero éstos se caracterizan por manifestarse solamente dentro de su comunidad y no suelen generar agresiones terroristas fuera de ella.

Las religiones occidentales mantuvieron una obstinada animadversión –cuando no la hoguera- contra las ciencias. Esta posición fue flexibilizándose paulatinamente, hasta transformarse en cooperación desde mediados del siglo XX. Los fundamentalistas caen en una flagrante paradoja: desprecian, cuando no atacan, a la ciencia, pero utilizan ampliamente las tecnologías bélicas por ella producidas. Los aportes de muchas religiones al arte son incontrovertibles. La pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la danza y la literatura serían mucho más pobres de no haber recibido los apoyos de las religiones.

 

Crecimiento y decrecimiento de las religiones.

La religión musulmana ha tenido una expansión constante desde su nacimiento. Pero da la impresión que es la única que crece –quizás el budismo, pero en menor medida- en forma sostenida. Su presencia en comunidades cerradas, en las que es el único credo desde hace siglos, donde la práctica religiosa es una obligación, explica parcialmente su continuidad. Pero en los países donde el Islam es minoría, como en Centroeuropa, donde la cultura predominante no favorece las formas musulmanas de vida cotidiana, y no existe presión desde el poder para obedecer, se torna muy llamativo ese crecimiento. Más todavía porque, comparado con las religiones predominantes en cada país, la proporción de creyentes que son practicantes rigurosos es mucho mayor que en el tronco judeo-cristiano. Hay algo en esta religión para la cual los sociólogos no dan una explicación satisfactoria, pero el fenómeno de crecimiento en número de creyentes y la alta proporción de practicantes ortodoxos, aún en los hijos de inmigrantes totalmente asimilados a su nueva nacionalidad, es un interrogante cuya importancia puede ser grande para explicar los fundamentalismos islámicos. ¿Será que su mensaje de vida eterna ultraterrena es más verosímil? No es una religión fácil. Al igual que la judía es muy conceptual y abstracta, carente de representaciones visuales. Los rituales son muy exigentes, y su penetración en la vida cotidiana es contraria a la cultura de libertades individuales de los países a los que llegó por inmigración. Varias investigaciones sociológicas en Italia y España –dos baluartes históricos del catolicismo- revelan que el número de practicantes de ese credo cristiano ha disminuido dramáticamente en las últimas décadas, aunque solo en casos aislados para convertirse al islam.

 

Religión y política.

Señalan los arqueólogos que hasta hace unos seis mil años, en todas las organizaciones humanas, tanto las de cazadores-recolectores como las de los primeros asentamientos fijos, las funciones de oficiante religioso, curador de enfermedades y el poder político confluían en una misma persona. De género masculino, por supuesto. Los médicos y psicólogos somos descendientes de brujos y chamanes. La evolución ha ido separando esas tres funciones, de las cuales, para este escrito, sólo la primera y la tercera nos interesan.

A partir del crecimiento demográfico y la complejización social, la función religiosa y la política se fueron diferenciando, manteniendo siempre, hasta la actualidad, una relación estrecha aunque cambiante. En esa relación, los postulados religiosos fueron, frecuentemente, pantalla para ocultar intereses políticos y económicos. Por ejemplo, la Reforma religiosa de principios del siglo XVI no obedeció sólo ni esencialmente a razones doctrinarias, sino a las correlaciones de poder y de economía continental en aquel siglo. No hay más que ver el paralelo que dividió un norte protestante y un sur católico. En extremo oriente los emperadores tenían características divinas. En la Europa cristiana los reyes eran “ungidos del Señor”. En las colonias españolas los líderes de la independencia fueron juzgados por la Inquisición. Todavía hoy en muchas monarquías europeas (Inglaterra, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia y Noruega) el monarca es el jefe legal de sus respectivas iglesias. Hubo sociedades teocráticas (todavía al día de hoy los rabinos ortodoxos conservan un alto grado de influencia política en Israel, y en Irán el mandatario máximo debe ser un ayatollah elegido por la jerarquía religiosa), sociedades con un maridaje inestable entre estructuras civiles y religiosas, pero la tendencia actual es hacia un estado laico. Siempre, incluso en nuestros días, las religiones y el poder político buscaron manipularse recíprocamente. El intercambio más frecuente es que las religiones den un sustento ideológico a las acciones civiles y militares y estas últimas procuren instrumentos de poder policial y/o militar a las primeras.

Las instituciones religiosas son un poder per se. Como señalábamos en otro párrafo, han tenido siempre una relación estrecha con los grandes empresarios, los generales y los almirantes. No contestan, y frecuentemente los fieles no les cuestionan, por qué Jehová, o Jesús, o Alá o los múltiples dioses orientales, no los protegen de los ataques injustos, de los crímenes de los que los pueblos son víctimas o de los desastres naturales y/o socioeconómicos que los sume en la miseria, en el atraso, en el hambre, la enfermedad y la muerte. Ante la imposibilidad de rehuir al interrogante, los sacerdotes responden con un enigmático “los designios divinos son incomprensibles para la mente humana, hay que tener fe”. Un viejo chiste que se remonta al Renacimiento dice que Dios cabalga al frente de los grandes batallones.

Los fundamentalistas islámicos pueden, ocasionalmente, enfrentar al capital y la fuerza armada, aunque es más importante el espacio que le otorgan los medios que las acciones llevadas a cabo en la realidad. Todos los crímenes son siempre aborrecibles, pero un ataque a periodistas franceses ocupa un lugar mediático más destacado y prolongado que los casi diarios ataques a disidentes musulmanes, a los que adhieren a una interpretación diferente del Corán o incluso a mezquitas, escuelas y mercados en lugares pobres situados en países hegemónicamente islámicos.

En ocasiones los fundamentalistas son manipulados para hacer alguna tarea sucia que resulta inconveniente a los poderosos. Las relaciones entre fundamentalistas y grandes sectores de poder –relaciones frecuentemente invisibles para los primeros- son una parte oscura del mapa geopolítico actual. Recién varios años después de la independencia de la India empezamos a tener pruebas que las terribles matanzas entre hindús y musulmanes fueron fuertemente inducidas o alentadas por el poder colonial inglés. Resulta inexplicable, increíble, que en la actualidad, el Ejército Islámico (EI) haya podido reclutar, entrenar, organizar y armar a varias decenas de miles de combatientes conformando una estructura típicamente militar, sin que ninguno de los servicios de inteligencia de las potencias lo advirtiera, ni que sus respectivos funcionarios fuesen sancionados por semejante omisión. Más todavía porque varios miles de sus combatientes son ciudadanos de los países de Europa central. ¿Dónde fueron entrenados? No es lo mismo capacitar a un grupúsculo en el uso de armas de mano que adiestrar y organizar a grandes contingentes en el uso coordinado de pesados pertrechos bélicos. ¿Cómo escaparon a los ojos de espías, satélites y ultrasofisticados equipos electrónicos como los que poseen las potencias bélicas? ¿Cómo lograron desplazarse hasta el sitio de combate? ¿Dónde, cómo y con qué dinero obtuvieron el armamento? ¿Alguien, incluyendo a sus directivos, puede creer en la factibilidad de imponer un califato bajo su dominio en las zonas conquistadas del norte de Siria e Irak?

Yo divido a las guerras, en función de sus recursos, en tres grandes categorías: las nucleares, las de armamento inteligente y las convencionales. Las dos primeras dependen de tecnología, la tercera de cantidades. Cantidades de soldados, cantidades de armamentos, cantidades de suministros. Aun suponiendo la hipótesis totalmente inverosímil, que los traficantes de armas –usualmente cercanos a los medios militares y de inteligencia de los países poderosos- no hayan informado de la compra inicial de esos gigantescos volúmenes de armas, municiones, vehículos y demás pertrechos de los que el EI hace gala, ¿cómo explicar que, después de tantos meses, no se les haya podido cortar el imprescindible suministro de muchas toneladas diarias?.

La liberación, el pasado 18 de enero, de 275 prisioneros civiles yazidíes  –religión autóctona precristiana, y por ende premusulmana-   por parte del EI, nos da acceso a una información acerca de éste, información totalmente coincidente con la de Amnistía Internacional  y la de muchos otros habitantes de la zona noroccidental de Siria e Irak que huyeron de los yihadistas. El EI es una organización fundamentalista religioso-militar que exhibe un discurso yihadista, pero una conducta (crueldades, robos, violaciones y venta de esclavas) propia de mercenarios inescrupulosos sin ideología propia. Se me dirá que lo grupos terroristas musulmanes son disímiles, y que una comparación entre los terroristas que atacaron a Charlie Hebdo, con Hermandad Musulmana y el EI carece de sentido. Sin embargo, se me hace más verosímil una explicación que integre los presuntos nexos de los fundamentalistas con sectores de poder que los utilizan y utilizan su ideología religiosa para fines que nada tienen que ver con cuestiones doctrinarias ni servicios a Alá.

Hay otras formas de genocidio y crímenes de lesa humanidad que no son perpetrados con armas ni explosivos, que no están asociados a las religiones, que no buscan una legitimación en las sagradas escrituras de ninguna, y, peor aún, no son reconocidos como crímenes. Me refiero a los ataques de ejércitos regulares de los países poderosos, las siderales diferencias socieconómicas en todo el planeta, y las medidas económicas que conducen a la miseria, las hambrunas y las epidemias. Cuatro años antes del levantamiento del ghetto de Varsovia, los alemanes pusieron en marcha un dispositivo de bloqueo de suministros básicos que llevó a la muerte –por falta de recursos y por enfermedades- a ciento cincuenta mil judíos. Si bien los alemanes, en el tiempo récord de doce años, llegaron a la cima en toda la historia de la humanidad en actos de crueldad y en la violación de derechos humanos, no fueron los primeros ni los últimos en aplicar prácticas de exterminio masivo sustentadas en medidas económicas.

El planeta avanza hacia el incremento de las enormes diferencias sociales, de la acumulación económica y política en pocas manos, de una injusta distribución de riquezas que empuja a la miseria y todas sus consecuencias a una masa cada día mayor de seres humanos. ¿Cuántos cientos de miles de personas mueren diariamente como consecuencia de las políticas económicas vigentes?¿No es ésa una forma de genocidio?

Los políticos y militares de potencias agresoras esgrimen, cínicamente, la coartada de “daños colaterales”, con lo que ellos suponen que dan vuelta a la hoja al capítulo de viviendas, escuelas, hospitales, niños, civiles desarmados y demás blancos de sus misiles y bombas. Sólo falta que digan “Dios lo quiso así”. Los empresarios y los responsables de las políticas financieras no acuden a los dioses convencionales, sino al dios-rey de la postmodernidad: EL MERCADO. Es así que, refugiados en las “leyes” del mercado, y con la displicente frialdad que se sustenta en la inescrupulosidad, hacen caso omiso al hecho que, a pesar de los notables avances de la tecnología, actualmente sufren y se mueren cada día más personas por desabasto alimenticio, hambrunas, enfermedades, falta de servicios  sanitarios y educativos, desempleo, etc. Esto alimenta ideológicamente a los terroristas, travistiéndolos en justicieros y a su venganza en acto de justicia. Por si no hubiese quedado claro voy a reiterar: para mí no hay crímenes buenos y crímenes malos, todos son intrínsecamente abominables. Yo no defiendo lo indefendible ni justifico lo condenable.

Los crímenes de lesa humanidad no se miden por cantidades de víctimas, por color de la piel, por diferencias geográficas, étnicas o religiosas Para mí es igualmente condenable el asesinato de un francés que el asesinato de decenas de palestinos por parte del ejército israelí o de cientos de musulmanes matados por una secta que considera que las víctimas no eran buenos seguidores del Islam. Se puede asesinar con una K47, un coche bomba, un misil, una bomba inteligente o una serie de medidas económicas y sociales.  Y, lo que es peor, cada uno de esos crímenes de lesa humanidad da un sustento ideológico a la comisión de otros crímenes igualmente condenables. ¿Alguien aceptaría que Al Quaeda argumentara que los ataques al semanario francés fueron daños colaterales o reglas del mercado? ¡Nadie aceptaríamos tal coartada!, porque es a todas luces inadmisible. Pero casi todo el mundo perdona tales crímenes cuando son “explicados” por altos funcionarios de los países poderosos. “Curiosa” ética ésta en la que lo bueno y lo malo se define por el poder de quien lo enuncia. No menos curiosa es la semántica que de aquélla se desprende: si el ataque contra poblaciones civiles indefensas son perpetrados por aviones o bombas de última generación, los militares responsables son grandes “patriotas”, defensores de la civilización occidental. Pero si la agresión proviene de un fundamentalista se denominan actos terroristas.

A manera de síntesis provisoria, hasta acá hemos descrito e intentado sistematizar las condiciones sociales y religiosas que constituyen la base ideológica del fanatismo religioso violento, no sólo del musulmán. Se funda en la fe, en creencias reveladas, en una observancia estricta de rituales y conductas religiosas, en una lectura muy singular –que insta a la violencia terrenal como expresión de la divina- de los textos y las enseñanzas sagradas, en una obediencia ciega a la jerarquía de su grupo y en la convicción que su crimen es una mezcla de justicia con servicio a su dios. Pero entonces, ¿qué aspectos de la religión devienen en fanatismos y acciones violentas? La enunciación previa, que me convence parcialmente, es rebatible con diversos contraejemplos. Veamos dos. Todos conocemos y hemos conocido muchas personas que responden a este retrato hablado y que nunca han cometido ni cometerán un acto terrorista. En segundo término, si damos crédito a lo que los periódicos franceses describen de los hermanos Kouachi (dos de los atacantes a Charlie Hebdo) no entran sino tangencialmente en el retrato hablado precedente.

Creo que podemos avanzar un poco más si nos aventuramos en los ámbitos del inconsciente. Desde ya descarto como factor central, siguiendo lo descubierto por Hanna Arendt y demostrado por múltiples investigaciones posteriores a ella, repito entonces, descarto a la psicosis o alguna otra forma de psicopatología, como la que padecen los asesinos seriales. Como veremos a continuación, los fundamentalistas tienen convicciones que los alejan de la realidad, pero no creo que este alejamiento sea la causa primigenia de sus acciones.

Conjeturo que hay al menos tres mecanismos psicológicos: el narcisismo, el Ideal del Yo y las identificaciones. El fundamentalista es un “elegido de dios”. Por consiguiente ocupa un lugar de privilegio entre los humanos, así como ocupará un mejor sitio en el paraíso. Este hecho de estar por encima del resto de los humanos y que estará más cerca de Alá que aquéllos, alimenta un narcisismo sin duda patológico. Esta situación de ser heterogéneo en un medio homogéneo, hace que esa diferencia sea una virtud que lo eleva y le eleva su autoestima.

Freud definía la manía como la resultante de una identificación del Yo con su Ideal. Aquí entramos al segundo mecanismo señalado, íntimamente ligado y entrecruzado con el narcisismo: el Ideal del Yo. Las descripciones de los hechos terroristas, así como los mensajes emitidos por ellos mismos (a veces bajo forma de videos subidos a internet), nos permiten suponer una vivencia de manía temporal de carácter místico. Particularmente la observación de esos videos es significativa: no hay en ellos una exaltación psicológica desmesurada, no hay ningún signo de alegría, de omnipotencia, ni siquiera de victoria, los mensajes no se dirigen a un interlocutor cibernético, sino denotan una serena certeza de estar cumpliendo cabalmente una misión, la creencia absoluta de actuar en nombre y al servicio de su dios, y que una eterna recompensa les aguarda en el más allá. Decíamos en otro párrafo que una parte determinante de las creencias y rituales se incorporan al Ideal del Yo de todo practicante. El cumplimiento fiel de la liturgia y las conductas fuera de su templo es una guía superior a la cual el Yo se debe someter. Hay excepciones cuyo análisis debe ser más que interesante, como los hermanos Kouachi, anteriormente citados, cuya práctica religiosa no parecía ser muy estricta, pero para los fundamentalistas musulmanes la observancia cabal de sus preceptos deviene en el meridiano central de su valorativa. No escapará al lector que si ese Superyo le exige matar y/o morir, como la forma suprema de ser un buen creyente, la presión es enorme, y puede devenir en auténtica compulsión.

El tercer mecanismo está constituido por un conjunto de identificaciones. En primer lugar con los héroes y mártires de su propia religión, cuya historia, sin importar cuánto pueda tener de mítica, es asumida como una verdad indiscutible, una más dentro de su horizonte religioso. Este mecanismo se integra y entrecruza con los dos precedentes. El “hay que ser como X” y “si soy como X Dios me querrá más, mi pueblo me admirará más, y yo tendré una gran autoestima”, es una fantasía que juega un rol protagónico, aunque no exclusivo. En segundo lugar, aunque indiscutiblemente menos importante, está la identificación con los atacados por el aparato represor y/o productor de miseria. El fundamentalista se torna en el justiciero, en el vengador manifiesto, que se adelanta a la justicia divina, con lo cual se incrementa la vivencia narcisística y superyoica.

El conjunto de ideas hasta acá expresadas quizás (si los lectores son muy condescendientes conmigo) proponga un enfoque y una sistematización de lo conocido, pero deja sin contestar tres preguntas claves, cuya respuesta es fundamental para dilucidar y prevenir.

1.¿Por qué sólo una ínfima minoría de musulmanes adopta las escrituras y enseñanzas que llevan a la violencia? Haría falta un teólogo del Islam para contestar, desde un punto de vista religioso, a esta pregunta. Pero ni un tal erudito podría abstenerse de leer el Corán y demás escrituras con la neutralidad indispensable, desde una postura que no parta del prejuicio de su propia lectura adversa a priori a esas interpretaciones. Ni aun así podría garantizar que sus argumentos tendrían la capacidad de persuadir a los fundamentalistas para que abandonen la certeza de sus convicciones.

2. ¿Por qué sólo una ínfima proporción de los que las adoptan las llevan a cabo con atentados y asesinatos? Me dirán que no es fácil suicidarse ni correr el riesgo. Pero hasta ahora no parece que a las organizaciones fundamentalistas les hubiera resultado difícil conseguir voluntarios. Prueba de ello es que el EI cuenta con decenas de miles de soldados, muchos reclutados en Europa occidental. Evidentemente se requiere de algo que a los occidentales se nos escapa. Hipotetizo que ese algo tiene que ver con la causa motivadora y con elementos de la subjetividad del atacante.

3. La elección de objetivos. Contrariamente a lo que tradicionalmente han hecho los combatientes minoritarios o más débiles (las luchas contra la esclavitud y la opresión, las guerras anticolonialistas por la independencia, las luchas nacionales contra las dictaduras, etc.) cuyas acciones se dirigieron a incorporar adeptos, los terroristas musulmanes desprecian esos objetivos y parece no importarles que sólo una minoría minúscula del mundo islámico los apoye, mientras una abrumadora mayoría los condene. Este es el terreno más invisible, pero intuyo que es el más rico para esclarecer el problema. Dado que mi única información es la que sale en los periódicos, sólo he visto tres tipos de objetivos. El primero busca grandes consecuencias políticas internacionales. Dos ejemplos: el ataque a las Torres Gemelas y la explosión de la estación de trenes en España.  El segundo está dirigido contra los que ofenden, con escritos o caricaturas, a algo sagrado del Islam, en particular a Mahoma. Desde nuestra óptica occidental parece en extremo desmesurado. Más aun, sospechoso de esconder alguna determinación inconfesable. Pero en tercer lugar, la inmensa mayoría de los ataques se dirigen a otros musulmanes, acusados de sostener una diferente lectura del credo. No parece ser obstáculo el que la lectura de los atacados corresponda a la interpretación prevalente en el mundo islámico. Pero para mí más importante que los blancos perseguidos es la omisión de ataques a los enemigos manifiestos del terrorismo. Me refiero a políticos, empresarios y militares de alta graduación. Jefes de estado, jefes militares, banqueros, industriales y muchos más podrían ser blancos fáciles (y, si así lo deseasen los atacantes, innecesario inmolarse en el ataque) si se utilizasen armas inteligentes de vieja generación, obsoletas para un enfrentamiento militar actual, pero tremendamente eficaces para derribar aviones civiles o helicópteros o destruir autos o casas. De ninguna manera parece hazaña, ni siquiera tarea muy difícil. Los mismos que irresponsablemente vendieron armas al EI para equipar tantos miles de soldados podrían venderles esos letales dispositivos.  Me adelanto a señalar que no estoy sugiriendo acciones, sino preguntándome, como seguramente lo están haciendo todos esos personajes devenidos en objetivos posibles, así como sus sistemas de seguridad, que detiene a los terroristas a siquiera intentarlo. Quizás quien tenga la respuesta hará que todo este escrito resulte inútil.

México DF, enero de 2015

 

 

 

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