Subjetividad y cultura

Espectros de Freud al final del milenio

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Miguel Ángel Zarco

¿Qué puede significar el psicoanálisis al final del milenio? ¿Algo así como una profecía del fin del mundo, como ocurrió en la Edad Media hace mil años, sólo que en este caso, para este final de milenio se trataría de una profecía que se anticipó cientocinco años? Para que un anuncio surta efecto debe ser oportuno, y el del psicoanálisis tal vez ha sido inoportuno. Ha habido tiempo más que suficiente para restarle algún efecto auténticamente milenarista. Pese a que su creador lo denominó “peste” y a que reconoció en uno de sus escritos lo inconveniente de su creación, sin embargo a un poco menos de un lustro del final de nuestro milenio moderno, que no medieval, parecería ser que el psicoanálisis es un “coco” que ni a los niños espanta, quizá mucho menos a ellos que a ningún otro, pues proliferan más que nunca. Tal vez es así porque la obra de Freud tuvo “éxito” en América, me refiero a la Unión Americana, “éxito” que por cierto le disgustaba, se le hacía sospechoso[1]. Y tuvo razón, la “Disneylandia del consumo” como llamó Fuentes a la América del Norte [2], devora todo tipo de fantasmas o al menos los neutraliza, como ha ocurrido no sólo en el caso de Freud, sino en el de otros, como Marx y más recientemente Derrida con su deconstrucción convertida ahora en “método” en algunas universidades norteamericanas. Así lo Unheimlich -lo siniestro- freudiano, fue domesticado y transformado en psicología y en instrumento de adaptación. Del mismo modo como Derrida escribió hace poco una obra cuyo título en español es Espectros de Marx[3], habría que escribir otra que se denominara Espectros de Freud.

 En alguna asociación nacional, filial de la Internacional, hace ya mucho tiempo que se han celebrado las exequias de la obra freudiana, a la que se considera muerta y superada por las versiones anglosajonas del psicoanálisis. Freud con sus nociones de inconsciente, de represión y de pulsión de muerte es pieza de un museo londinense; su obra ya no puede causar un auténtico efecto milenarista. Sobre su tumba se erige una suerte de psicología y psiquiatría que le da alguna cabida a la psicoterapia verbal y que colabora activamente a la expansión de la industria farmacéutica, la cual ofrece exitosamente todo género de productos antidepresivos, tranquilizantes, antialucinantes y domesticantes.

 Pero ante esta remoción del psicoanálisis freudiano y su sustitución por otro más en consonancia con una sociedad enemiga de ideas que la inquieten y sobresalten, es decir, enemiga del ejercicio de pensar, habrá que recordar qué es lo que intentó poner en evidencia la obra escrita de Freud. Es decir, en qué pudo haber consistido el milenarismo psicoanalítico de haber sido más oportuno. Difícilmente habría sido el anuncio de que Cristo reinaría otros mil años, antes de que ocurriese el Juicio Final. Más bien habría tenido que ver con otra creencia también denominada milenarismo, la de que al cumplirse ei milenio acaecería el fin del mundo. ¿Qué mundo sería del que el psicoanálisis habría anunciado el fin con tanta anticipación? No sería por supuesto el mundo medieval, más bien sería el moderno. O quizá el de ambos. Pues ambos mundos, el medieval y el moderno han supuesto el predominio de la inteligencia ya sea divina o humana. Medievalidad y modernidad, con diferentes expresiones o modalidades, han preconizado sin discusión que la inteligencia, ya se llame espíritu o razón, filosofía, teología, ciencia o tecnología, domina el caos y hace posible al mundo como una campana pneumática que nos albergue y resguarde.

 Mas Freud tuvo la ocurrencia gracias a su técnica de investigación-proceso terapéutico-cuerpo-de-doctrina llamado psicoanálisis de descubrir las grietas de ese mundo. Y no me refiero al mundo como continente exterior sólo, sino sobre todo, como interioridad, Freud hizo ver que si el mundo como physis se nos escapa, también el mundo como psique. “No somos dueños de nuestra propia casa”[4]. ¿Cómo logró este hallazgo? Tratando de curar el malestar de los neuróticos, se topó con el “malestar en la cultura”. En lo que producen tales enfermos, para entretener sus deseos insaciables, los sueños, halló que estos tienen un centro, una cicatriz, un ombligo en donde los hilos del sentido se enmarañan haciendo imopsible desenredarlos; ese centro, es el no sentido. En La interpretación de los sueños, Capítulo VII, Freud afirma:

 Aun en los sueños mejor interpretados es preciso a menudo dejar un lugar en sombras, porque en la interpretación se observa que de ahí arranca una madeja de pensamientos oníricos que no se dejan desenredar, pero que tampoco han hecho otras contribuciones al contenido del sueño. Entonces ese es el ombligo del sueño (Nobel des Traums), el lugar en que él se asienta en lo no conocido[5].

 Como toda metáfora la palabra “ombligo” es una impertinencia semántica. En la traducción que estoy citando, al terminar las líneas precedentes aparece la llamada de una nota del editor, que remite a otra parte de La interpretación, y en ésta a su vez se envía a una nota a un pasaje del Capítulo II, en donde se halla el sueño paradigmático de Freud, el sueño de la inyección de Irma. La llamada de esta nota está precedida de la siguiente expresión, “Después la boca se abre bien; ella me contaría más cosas que Irma”. He aquí la nota:

 Sospecho que la interpretación de este fragmento no avanzó lo suficiente para desentrañar todo su sentido oculto. Si quisiera proseguir la comparación de las tres mujeres, me llevaría muy lejos. —Todo sueño tiene por lo menos un lugar en el cual es insondable, un ombligo por el que se conecta con lo no conocido[6].

 Debo confesar que la palabra ombligo referida al sueño me resulta insólita; como dije antes, se trata de una impertinencia semántica. Como toda palabra de esta índole me abre a un mar de sentido, a una polisemia, en la que es mucho más fácil naufragar que encontrar una interpretación satisfactoria o una explicación simplista. Dicha polisemia transita de cicatriz a medio y a centro, pasando por cordón. Referido al cuerpo, ombligo, es una especie de depresión inesperada que rompe la continuidad de la piel, es comparable a otros orificios que evidencian, como los cráteres de los volcanes, apagados o no, una dimensión en donde se juegan fuerzas primitivas que tienen que ver con la vida y la muerte, dimensión en donde es imposible encontrarnos. A este respecto, Lacan hace el comentario siguiente, que recae sobre la expresión “Después la boca se abre bien“, muy próxima a la palabra “ombligo”:

 Habiendo conseguido (Freud, dentro de su propio sueño) que la paciente abra la boca —justamente de esto se trata en la realidad, que no abre la boca— lo que Freud ve al fondo, esos cornetes recubiertos por una membrana blancuzca, es un espectáculo horroroso. Esta boca muestra todas las significaciones de equivalencia, todas las condensaciones que ustedes puedan imaginar. Todo se mezcla y asocia en esa imagen, desde la boca hasta el órgano sexual femenino, pasando por la nariz; muy poco tiempo antes o muy poco tiempo después Freud se hace operar, por Fliess u otro, de los cornetes nasales. Es un descubrimiento horrible: la carne que jamás se ve, el fondo de las cosas, el revés de la cara, del rostro, los secretatos por excelencia, la carne de la que todo sale, en lo más profundo del misterio, la carne sufriente, informe, cuya forma por sí misma provoca angustia. Visión de angustia, identificación de angustia, última revelación del eres esto: Eres esto, que es lo más lejano de ti lo más informe[7].

 Descubrimiento de tal alcance puso en evidencia el fin del mundo como clausura del sentido. De este modo el milenarismo del fin del mundo convendría a Freud[8].

 Hallar que los hilos del sentido se enredan en el no sentido es tanto como aceptar que la clausura logocéntrica[9] no es hermética, sino que presenta fisuras por donde lo irracional hace su aparición. No obstante, no hay por qué preocuparse demasiado ante tan radicalmente apocalíptica visión que ofrecen algunos pasajes de la textualidad freudiana; incluso las complicidades metafísicas y positivistas de otros pasajes “más constructivos”, soslayan la excesividad de los primeros. Además, lo agreste de todo texto fundacional, acaba por ser lijado, limado y pulido por una serie de textos posteriores que se le agregan formando una especie de palimpsesto. ¿No es esta acaso la mecánica del proceso onírico? Después de su eficaz operación, la cicatriz u ombligo del sueño o del texto —pues el sueño es finalmente un texto— desaparece debajo de todo género de ropajes. Y así es como han ido surgiendo una plétora de psicoanálisis ligth. Es como lo que ocurre respecto de algunas obras célebres de la literatura, por ejemplo, La guerra y la paz, de Tolstoi, muy hija de su época, “demasiado farragosa”, a juicio de lectores apresurados, que si finalmente se hacen un tiempo para leerla, mejor acudirán a un práctico digesto de la misma. ¿No acaso el manual de las neurosis de Fenichel[10] es más accesible, por voluminoso que sea que las Obras completas de Freud, que además ya hasta son “anacrónicas”? Y este pragmatismo, además, tiene la ventaja de borrar toda huella del milenarismo freudiano. Es así como el psicoanálisis ha devenido moral e institución y su origen creador y generador de creatividad —yo diría su aspecto poético— parece casi totalmente ignorado, sobre todo en nuestro medio psicoterapéutico y de la salud mental.

 Al estar leyendo el Anti-Edipo de Deleuze y Guattari[11], en esa parte en donde reducen el Edipo a ideología, se me vino a la mente aquello de que “la familia es el núcleo de la sociedad”. El asunto de la familia como piedra fundamental en que descansa el todo social, me remite a viejas ideas que datan de mi encuentro con el psicoanálisis. En esa época me hacía preguntas como éstas: ¿por qué en México no hay una producción filosófica como en Europa? ¿Por qué tenemos, en el mejor de los casos, que repetir las ideas de otros en lugar de gestar las nuestras? Actualmente, con respecto a estas interrogantes puedo balbucear algunas respuestas, pero no tengo de ninguna manera otras que me satisfagan un poco más. Ya adentrado en mi propio análisis se me ocurrió hacer una distinción entre productividad biológica y productividad cultural o productividad por la palabra, tomado este término en un sentido aristotélico, tal y como es empleado en La política, es decir, como el logos en la expresión zoon logón[12].

 Provisto de esta diferencia me miraba a mí mismo y a mi entorno y me contemplaba empeñado, con muchos otros, en una productividad en la línea de la perpetuación de ia especie y lo que de ella se deriva, particularmente en el campo de la educación y más en concreto en el terreno de la llamada enseñanza superior, muy acorde con un lema de lucha electoral que hace poco ha caído en el cementerio de las ilusiones, me refiero aquel que rezaba “Por el bienestar de la familia”. Empeñado en la tarea de hacer pasar a mis alumnos del bios al logos, cayeron en mis manos las Memorias de José Vasconcelos, reeditadas y afortunadamente desexpurgadas por Fondo de Cultura Económica. Me impresionó el pasaje en que al mirar a su pequeña nieta, se cuestiona qué sentido tenga reproducir más sufrimiento, al “perpetuar la cadena de la maldición”:

 Se disipa la pena, pero retorna, y ahora mismo, que escribo estas páginas viendo jugar a mi nietecito de año y medio, lloro por la abuela mía que es su tatarabuela, o sea, para la niña una extraña. Pero en mí se juntan todavía, como mañana se juntaran con ella, generaciones pretéritas cuya memoria mueve a llanto y proles del futuro cuyo destino incierto nos sobrecoge. Tiemblo por la aventura todavía intacta de la pequeñita y me preocupan las desdichas de sus hijos y los nietos que ella amará entrañablemente. Y atado así el lazo irrompible de las generaciones, me prolongo en el dolor sin término hacia atrás y hacia adelante, mirando con ojos viejos de los antepasados y con los ojos todavía sin abrir de los postreros, el horror y el esplendor inacabables. Sólo es dichoso el que rompe la cadena de la maldición[13].

 Una reflexión así me pareció sorprendente en un hombre del que se ha hecho el estereotipo del intelectual reaccionario y pro católico. Sin embargo, sus Memorias me lo revelaron como un individuo dolorosamente pensante, sumergido de lleno en contradicciones que no nos son del todo extrañas, cuando menos a mí. ¿Cómo se le ocurriría pensar que tener una nieta es perpetuar “la cadena de la maldición”, cuando lo que normalmente se suele afirmar es que un hijo es, bajo cualquier circunstancia y bajo todo punto de vista, una bendición? ¿Quién no ha escuchado aquello de que hay que tener todos los hijos que Dios nos dé?

 A más de uno se le podría ocurrir, aún desde el psicoanálisis llamado ortodoxo, que Vasconcelos fue muy seguramente un perverso. Porque desde un psicoanálisis pro-familia y pro-Edipo sin restricciones, la cosa es clara: el desarrollo de la libido a través de todas sus etapas debe (y subrayo la palabra) desembocar en la unión de los genitales para la consumación del amor por excelencia-el objetal-, para la conservación de la especie y casi me atrevo a decir que para “la mayor gloria de Dios”, como reza la divisa jesuítica. Que a propósito, en qué se distingue un psicoanálisis pro-Edipo no restringido, de una moral de tipo religioso. Pareciera ser que no en mucho. Aunque tal vez sí haya alguna diferencia, pero de matiz; en una moral religiosa, sobre todo del tipo católico, el matrimonio y la familia que de éste se desprenda, es para siempre; en un psicoanálisis pro-edípico y pro etapas del desarrollo ericcsoniano de la libido, si hay malestar matrimonial o familiar es recomendable, conveniente y saludable el cambio de pareja y de su escenario hasta que no cese dicho malestar. Pero en el fondo, en ambas tendencias, bastiones contra toda perversión, la propuesta es la misma: promoción de la productividad biológica, con mucho amor anaclítico, para así conjurar al demonio del narcisismo. Lo cual se vuelve patéticamente paradójico, pues las parejas adaptadas a este tren productivo no hacen otra cosa que repetir narcisísticamente su propia imagen. Astucias de la razón diría Hegel. ¿No será este un caso de compulsión a la repetición y, por ende, de pulsión de muerte, cuando literalmente el planeta se nos angosta y sin embargo lanzamos a otros, los más que se pueda, a su superficie con la ilusión de que el deseo hallará cumplimiento en un consumismo irrestricto? Este es el panorama al que Heidegger oponía su concepción del tiempo como historia y existencia, en lugar del tiempo como velocidad, momentaneidad y simultaneidad, un tiempo de predominio de la técnica y de la organización sin raíces del hombre medio, para el cual el boxeador pasa por un gran hombre:

 …la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares —entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué?—¿hacia dónde?—¿y después qué?[14]

 En este tiempo pareciera ser que el pensamiento ha agotado sus posibilidades como filosofía, ciencia y técnica. Y, sin embargo, se sigue abrigando, de una manera siniestra, una fe en el progreso en el tiempo o en una trascendencia fuera de él. El pensamiento que se juega en el claro que dejan las resquebrajaduras del ser, del sentido y del lenguaje, pareciera ser inconcebible e inadmisible[15]. El aferramiento al yo y a la conciencia lo imposibilita.

 Si la especie humana sobrevive, los hombres del futuro considerarán nuestra ilustrada época, me imagino, como un verdadero siglo de obscurantismo. Sin duda serán capaces de degustar la ironía de esta situación con más sentido del humor que nosotros. Se reirán de nosotros. Sabrán que lo que nosotros llamábamos esquizofrenia era una de las formas bajo las que —a menudo por mediación de gente por completo corriente— la luz empezó a aparecer a través de las fisuras de nuestros espíritus cerrados… La locura no es necesariamente un hundimiento (breakdown); también puede ser una abertura (breakthrough)… El individuo que realiza la experiencia trascendental de la pérdida del ego puede o no perder el equilibrio de diversas maneras. Entonces puede ser considerado como loco. Pero estar loco necesariamente no es estar enfermo, incluso si en nuestro mundo los dos términos se han vuelto complementarios …Desde el punto de partida de nuestra seudo salud mental, todo es equívoco. Esta salud no es una verdadera salud. La locura de los otros no es una verdadera locura. La locura de nuestros pacientes es un producto de la destrucción que nosotros les imponemos y que se imponen ellos mismos. Que nadie se imagine que nos encontramos ante la verdadera locura, o que nosotros estamos verdaderamente sanos de la mente. La locura con la que nos encontramos en nuestros enfermos es un disfraz grosero, una caricatura grotesca de lo que podría ser la curación natural de esta extraña integración. La verdadera salud mental implica de un modo o de otro la disolución del ego normal …[16]

 Esta afirmación de Laing con respecto a la salud mental si bien es aleccionadora, también, por otra parte, es fuente obligada de sospechas para los partidarios de un yo hipostasiado y sustantivado, por demás ajeno a la concepción pulsional freudiana. Tal vez por eso Nietzsche no sólo es un maestro de la sospecha, sino que su obra misma es sospechosa. Nadie quiere apostar a la locura, y aunque Freud permitió como ningún otro -salvo quizás los poetas- su comprensión, no obstante, en la obra freudiana puede pasar a segundo piano, ya que la locura se entiende más desde la perspectiva de la pulsión y de la sublimación de ésta, que desde el yo en la relación con sus objetos y con la idealización. Concebir, sin embargo, sólo desde este ángulo la obra freudiana, puede conducir a afirmar que de todos los destinos de pulsión que estudió Freud, la sublimación fue el menos trabajado, cuando en realidad toda ella está recorrida de principio a fin por esa temática y ella misma es un trabajo de sublimación. Debido a ello se ha desembocado en una vertiente moral, normativa y adaptativa del psicoanálisis que ha ganado terreno. Así la hipótesis freudiana del desarrollo de la libido es erigida en normalidad, pues, por una parte, permite la referencia a un arquetipo que salva de las imprecisones diagnósticas, aunque cierra paso a la indagación; y por otra, como toda posición dogmática, permite un ejercicio del poder.

 La creencia de que alguien tiene la clave del comportamiento humano, de su perfecto acabamiento y óptima resolución, convierte a su poseedor en autoridad y a los que lo siguen en observantes, lo cual no es más que una versión, entre muchas, de la dialéctica de amo y esclavo. El psicoanálisis, como escritura, de la que da testimonio la obra de Freud, apunta a que todo está por hacerse en cuanto a la comprensión de lo psíquico, a la vez que es escritura en la que algo se está haciendo, que es revisable, que permite desandar el camino y dejar senderos abiertos por explorar. Pero esto resulta demasiado angustiante y pone en tela de juicio a la autoridad y a la institución. Sin embargo, es esta escritura la que recoge la experiencia analítica, esa que se da en el escenario íntimo de cada sesión de análisis. Escenario o espacio, diría yo provocativamente, de poetización, que dista mucho de la imagen ordinaria de un consultorio o de un confesionario. El lugar donde Freud analizaba era ámbito suscitador de creatividad, y no para la estandarización controiadora del comportamiento. Aproximar al psicoanálisis a la poesía y a la creatividad no es arbitrario, es el resultado de leer atentamente el texto de Freud. Y para ilustrar con sólo un ejemplo este aserto, diré que en La interpretación de sueños, capítulo II, poco antes de que Freud exponga su sueño paradigmático, el de ia inyección de Irma, el mismo capítulo en donde se halla la nota en que menciona el ombligo del sueño, lugar en que los hilos del sueño se aposentan en el “no sentido”; ahí, donde formula la regla fundamental del psicoanálisis, la de la asociación libre, reclama como modelo o paradigma la carta de un poeta, Schiller.

 Muchas personas encuentran difícil adoptar la actitud aquí exigida hacia esas ocurrencias que al parecer “ascienden libremente”, con renuncia a la crítica que en otros casos se ejerce sobre ellas. Los “pensamientos involuntarios” suelen desatar la resistencia más violenta, que pretende impedir su emergencia. Ahora bien, si hemos de creer a nuestro gran poeta-filósofo, Friedrich Schiller, una actitud en todo semejante es también condición de la creación poética. (…).
…eso que Schiller llama “retiro de la guardia de las puertas del entendimiento” el estado de autoobservación en que se ha abolido la crítica, en modo alguno es difícil. La mayoría de mis pacientes lo consuman después de las primeras indicaciones; yo mismo puedo hacerlo a la perfección, sí me ayudo escribiendo mis ocurrencias. El monto de energía psíquica que así se quita a la actividad crítica, y con la cual puede elevarse la intensidad de la observación de sí, oscila considerablemente según el tema en que se ha de fijar la atención [17].

 Proponer a un paciente la regla fundamental, no es asunto de que se pliegue a un lecho de Procusto, sino es el comienzo incierto de un proceso de desenajenación y, tal vez, de liberación para crear, para crearse y recrearse en la angustiante, pero fascinante situación de estar inventando e inventándose al borde del abismo, en el fin del mundo.

Notas al pie

[1] Cfr. SYLVESTER VIERECK, George, “Freud, el padre del psicoanálisis”, Entrevista realizada a Sigmund Freud para ‘Glimpses of the great’ en 1930, El País Semanal, número 1,017, domingo 24 de marzo de 1996, Madrid, pp. 153-158.

[2] Cfr. FUENTES, Carlos, París, la revolución de mayo. Era, México, 1968.

[3] DERRIDA, Jacques, Espectros de Marx, Ediciones Trotta, Madrid, 1995.

[4] FREUD, Sigmund, Obras completas, volumen 17, “Una dificultad del psicoanálisis”, trad. J.L. Etchevery. Amorrotu, Buenos Aires, 1976

[5] Ibid., Op. cit. vol. 5, “La interpretación de los sueños”, p. 519.

[6] Op. cit, vol. 4, p. 132.

[7] El seminarlo de Jocques Locan, Libro II, El yo en teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica1954-1955, la. ed. castellana, trad. de I. Agoff, Ediciones Paidós, Barcelona, 1983. pp. 235, 236.

[8] Si se me permite proseguir con mi parangón del milenarismo freudiano con respecto a los milenarismos medievales, no sólo el milenarismo del fin del mundo convendría a Freud, sino también la inminencia del cumplimiento deJ otro, el final del reinado de Cristo y un juicio final en el que ya no estaría presente. ¿Qué no acaso Cristo es el prototipo o el paradigma del sentido, qué no acaso es el Logos, el Verbo o la Palabra subsistente?

[9] Cfr. DERRIDA, J., La escritura y la diferencia, “Freud y la escena de la escritura”, Anthropos, Barcelona, 1989, pp, 271 yss.

[10] FENICHEL, Otto, Teoría psicoanalítica de las neurosis, trad. M. Carlisky, Paidós, Barcelona, 1982.

[11] DELEUZE, G. y GUATTARI, F. El anti-Edipo, Capitalismo y esquizofrenia, trad. de F. Monge, Paidós, Barcelona, 1985.

[12] ARISTÓTELES, Política I, I, trad. A. Gómez Robledo, UNAM, México, 1963,

[13] VASCONCELOS, José, Ulises Criollo, segunda parte, Primera edición en Lecturas Mexicanas, FCE-SEP, México, 1983, p. 291.

[14] Cfr. HEIDEGGER, Martín, Introducción a la metafísica, trad. E. Estlú, Ed. Nova, Buenos Aires, 1966., p. 75.

[15] Cfr. Ibid., “El final de la filosofía y la tarea del pensar” en Sartre,Heidegger, Jaspers y otros: Kierkegaard vivo. trad. A.-P. Sánchez Pascual, Alianza Editorial, Madrid, 1968, pp. 125 y ss.

[16] LAING, Ronald, La Politique de l’expérience, citado por Deleuze y Guattari, Op. cit., p. 137.

[17] FREUD, Sigmund, Op. cit, vol. IV, pp. 124 y 125.

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