Subjetividad y cultura

CONGRESO FLAPAG 2013: CLÍNICA DE LA DIFERENCIA E INTERCULTURALIDAD. MESA DE CIERRE

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Dra. Ana María Fernández (Arg.)

Dr. Mario Campuzano (Méx.)

Dr. Marcelo Viñar (Uru.)

 

Dr. Mario Campuzano: – El título de este Congreso sugiere muchas cosas, no solamente las diferencias de culturas entre las distintas regiones del mundo o los distintos países latinoamericanos, sino también las  diferencias de cultura de época, como la actual posmoderna; las diferencias de subculturas, como las tribus urbanas, etc.

Hoy en día los clínicos del psicoanálisis estamos preocupados por los efectos de la cultura posmoderna, en el sentido de las variantes que ha dado a las estructuras de carácter, dando un giro en la patología, en las características de las personas. Muchos de esos problemas representan un gran desafío a técnicas que fueron creadas para otro tipo de problemas, clásicos en el siglo XIX y principios del XX.

Esta oportunidad de que nos reunamos psicoanalistas grupales, psicoanalistas multi-personales de varios países latinoamericanos, es también una oportunidad para conocer y contrastar las semejanzas y diferencias en las formas de trabajo clínico y su conceptualización. Naturalmente todas estas prácticas clínicas y las teorías correspondientes están determinadas por las distintas influencias culturales, epocales, situacionales de cada lugar -no somos ajenos a nuestro entorno sino bastante dependientes de él-, y adquieren matices en cada lugar. Sin embargo, sí se nota una  difusión del modelo de las configuraciones vinculares entre los países latinoamericanos presentes en este Congreso. Realmente parece un enfoque bastante común, bastante compartido, y en este modelo se da énfasis a los determinantes actuales como encuentro, acontecimiento, azar, devenir, apuestas conjeturales más que enfoques deterministas, y un giro estructural lingüístico.

Lanzarse por ese camino es una aventura intelectual admirable, original, muy estimulante, que ha dominado todo este campo del psicoanálisis vincular en la zona sur con un enfoque constructivista y, como sucede con todas las construcciones originales, con un énfasis en su diferenciación singular. Esto da lugar a posturas dilemáticas y, en general en la evolución histórica, esas creaciones originales empiezan planteadas así para la mejor definición de sus posturas teóricas y clínicas, pero también con el tiempo se va diluyendo este acento en las diferencias y se van planteando más las semejanzas en relación al tronco común que nos une. ¿Qué pasará acá? No lo sabemos.

Toda esta situación compartida en el continente sudamericano contrasta con la que se da en Méjico. Digo Méjico porque en los países de habla inglesa como Estados Unidos y Canadá la situación es muy diferente donde en el psicoanálisis grupal domina un enfoque más bien ecléctico, con muchísima variación. Claro, el psicoanálisis norteamericano nació con el psicoanálisis en el grupo pero este enfoque está, en la actualidad, muy venido a menos. Domina más bien una tendencia ecléctica donde se ha vuelto muy popular un enfoque no psicoanalítico, el del psiquiatra existencialista Yalom, quien además se ha vuelto muy popular por su talento literario con sus novelas y cuentos.

Me parece que puede ser útil contrastar las diferencias de enfoque que tenemos en Méjico con las que dominan en el sur. En Méjico no se dio el giro estructural lingüístico, se siguió en la tradición kleiniana que partió de Argentina. Los primeros psicoanalistas en Méjico se formaron en Argentina, en Estados Unidos y en Europa. Aquellos que estuvieron en Argentina fueron influidos, fundamentalmente por Rodrigué, en el campo del psicoanálisis grupal, en el enfoque de la psicoterapia del grupo, del grupo como totalidad. Ese fue el modelo original con el que se fundó la AMPAG.

Este enfoque del grupo como totalidad se ha cuestionado por la limitación sobre las necesidades de los individuos que conforman los grupos, por lo cual  he propuesto el modelo vincular estratégico que, cuando menos en el enfoque vincular, hace un denominador común con el modelo dominante en el sur, aunque se diferencia en cuanto a las características propias del modelo.

En el modelo vincular estratégico se mantiene la pulsión individual como la fuerza impulsora de la vinculación en la agrupación, sin considerar dilemática la influencia social, epocal y situacional. Es decir, en ese dilema postmoderno entre el origen -como fuerza impulsora-  en las pulsiones individuales o en las influencias culturales y sociales, nosotros seguimos manteniendo como fuerza impulsora la de la pulsión, aunque sin despreciar ni escindir la gran importancia de las influencias sociales y culturales.

El modelo del grupo como totalidad, en la versión de la psicoterapia del grupo, mantenía como eje de los movimientos dinámicos en el grupo a la fantasía, fantasía inconsciente entendida en el sentido kleiniano. En este nuevo modelo, el vincular estratégico, se ha sustituido la importancia de la fantasía por la importancia de los objetos internos, sus relaciones de objeto y los afectos correspondientes, que dan lugar a movimientos transferenciales y de identificación que a veces son simétricos, a veces son complementarios, a veces son antagónicos y que crean oferta y demanda de vinculaciones en las situaciones grupales y multipersonales en general. El trabajo interpretativo, en este modelo, sigue siendo fundamental pero, a diferencia del grupo como totalidad, se adecua a la realidad de las múltiples transferencias que existen en los grupos y la interpretación apunta al lugar -sea el central, sean los laterales, sea el grupal, sea el societal- en donde se expresan los movimientos psíquicos de los integrantes. Esto es fundamental y ha permitido salir del monopolio de la transferencia central y de las interpretaciones totalizadoras. En este sentido, se interpreta no sólo el nivel transferencial -en este concepto de transferencias múltiples-, sino también el extratransferencial y el psicogenético. Este modelo que estoy describiendo es el propio de los grupos terapéuticos pero ese esquema básico se utiliza para el trabajo en psicoterapia de parejas y en psicoterapia individual, con las modificaciones determinadas por la singularidad de ese otro tipo de dispositivos. No es lo mismo una pareja, que es un grupo natural predeterminado, que el grupo de extraños con el que se conforman los grupos terapéuticos.

Por otra parte en la enseñanza -que es algo muy importante para nosotros-, hemos hecho desde hace  varios años énfasis en la práctica clínica. Para ello se han creado distintos dispositivos para garantizar no solamente la información sobre el inconsciente -a través de los seminarios-, no sólo la experiencia de la psicoterapia personal en grupo, que sería la información vivencial del inconsciente, sino que también se buscan dispositivos de enseñanza que permitan mejorar la capacidad de comprensión clínica, de operatoria clínica. En esa línea está la clásica supervisión de casos con la peculiaridad de que en AMPAG la formación es simultáneamente de psicoanálisis individual y de psicoanálisis grupal. La supervisión para los casos de terapia individual dura los cuatro años de la formación y la supervisión para los casos de grupos terapéuticos es sobre dos grupos de dos años de duración cada uno que, en general, se llevan a cabo en alguna de las clínicas de la asociación, clínicas abiertas al público. Ahí, los grupos de terapia están organizados, como suele suceder en toda institución abierta al público, sobre bases de tiempo y objetivos limitados para que no se produzca la saturación de servicios. Los grupos están planteados a dos años de duración con posibilidades de repetición. Consideramos que dos años era el tiempo adecuado para que los candidatos pudieran tener una experiencia de trabajo con un grupo terapéutico donde se pudieran ver los procesos -el inicio, la parte media, la terminación-, y que fuera una experiencia  cercana a los grupos de larga duración o de duración indefinida que son los propios de la práctica privada. Además, que fuese un tiempo razonable para que los coterapeutas expertos pudieran comprometerse. En ese caso, uno de los dos grupos exigidos puede trabajarse con un coterapeuta experto.

La parte práctica empieza desde el Seminario de técnicas grupales. Para la comprensión de la dinámica de los grupos se empieza con videograbaciones de grupos de admisión. La clínica hace una recepción grupal en vez de la clásica recepción individual, por una coherencia de método entre la recepción y la continuación del tratamiento en los grupos terapéuticos. En esos grupos de admisión se realiza el diagnóstico, fundamentalmente de “agrupabilidad” y sobre todo de “analizabilidad”, así como una cierta idea de la estructura de carácter que puedan tener las personas que demandan atención-, generalmente hay un promedio de tres sesiones antes de ser canalizados a los grupos terapéuticos definitivos, aquellos que mencionaba que tienen dos años de duración. Además de estas videograbaciones de los grupos de admisión, que son ya la entrada de dispositivos de enseñanza para los que están en los seminarios de técnica grupal, se ve en Cámara de Gesell el proceso de un grupo terapéutico breve, de 8 a 10 meses de duración. O sea que de los tres semestres de técnica grupal verbal -porque en la parte técnica utilizamos técnicas verbales o técnicas psicodramáticas, uno es la parte práctica con las videograbaciones del grupo de admisión y en los otros dos semestres hay esta visión, a través de la Cámara de Gesell, del proceso de un grupo terapéutico.

Este es un resumen muy breve de las maneras de trabajar, el modelo clínico y el modelo teórico que manejamos, y de los dispositivos que hemos ido desarrollando para la enseñanza. Desde que empecé a tener más relación con colegas de otros lugares y a participar de los congresos de FLAPAG, me ha resultado muy útil el contraste de posturas y las influencias que, cuando estamos aislados en una sola postura, tendemos a olvidar. Este quedarse no sólo en el pasado, sino considerar cada vez más la importancia de lo actual, yo creo que para nosotros los mejicanos resulta una influencia muy saludable. Tal vez esto que les acabo de contar también pueda darles a ustedes algún interés para ir matizando el modelo que vienen desarrollando y que han  configurado.

Lic. Elina Aguiar: – MC junto con otros colegas ha escrito un libro sobre el psicoanálisis en situaciones de catástrofe social -recordando aquel terremoto en Méjico-; porque no sólo consideran los aspectos originarios, sino que tienen mucha importancia los acontecimientos de hoy en día.

Dra. Ana María Fernández: – Yo me voy a referir a algunas cuestiones que he estado pensando alrededor de la clínica de lo que se ha llamado la diferencia sexual.

El siglo XXI, en el paso de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control, va afianzando particulares configuraciones existenciales, a las que suelo llamar existenciarios, que parecen transitar de la diferencia a las diversidades sexuales. Voy a aclarar que digo “parecen transitar” porque de todo lo que voy a decir, no tengo ninguna seguridad.

La cuestión moderna de la diferencia, su base epistémica, podría plantearse rápidamente diciendo que las lógicas culturales del capitalismo temprano tienen un andamiaje específico que ha hecho posible la desigualación de toda diferencia -por eso suelo hablar de las diferencias desigualadas- a través de tres naturalizaciones: la primera, “B es no A”, con lo cual la diferencia sólo puede ser pensada como negativa. La segunda, pensar la diferencia como el otro; esto está de moda pero tiene una gran trampa epistémica y política. La diferencia como el otro, donde sólo puede ser pensada como extranjería, alteridad y, por lo tanto, generalmente establecida como amenazante; será así necesario, a ese otro, inferiorizarlo, descalificarlo, discriminarlo. La tercera es la diferencia en el orden del ser. Ser diferente, se construye identidad – rasgo; las chicas dicen “soy anoréxica”, es decir que ese rasgo define todo su ser. A partir del rasgo distinguido como diferente, se construye identidad, es decir, se hace del rasgo, identidad. Éstas son, desde mi punto de vista y dicho rápidamente, las características principales del modo de pensar la relación diferencia-identidad en la modernidad temprana.

Esta base epistémica y sus consecuencias como la discriminación, la estigmatización, es lo que en la lógica del capitalismo tardío comienza a desoldarse. De allí que se hace necesario pensar el tránsito de la diferencia a las diversidades. Hablar de las diversidades -por ejemplo las diversidades sexuales – no es sólo una cuestión temática o que pueda resolverse sólo desde lo políticamente correcto. Sin duda, una voluntad de “políticamente correcto” es necesaria e imprescindible mas no suficiente. Implica la construcción de categorías de corte filosófico: “cómo pensar en vez de diferencia relacionada a identidad, diversidades o multiplicidades sin ningún centro identitario?”. Estas diversidades van a estar tensando la categoría diferencia. Éste es un problema epistémico, sin duda, pero que atravesará toda nuestra clínica en los abordajes de los padecimientos de las diversidades sexuales. Es decir que me interesa pensar la dimensión epistémica pero también poder pensar instrumentos en cada una de estas situaciones clínicas cuando alguien que se posiciona en algún lugar de las diversidades amorosas, sexuales, eróticas, viene a la consulta por algún padecimiento que no necesariamente es su posicionamiento sexual.

La velocidad en las transformaciones en las modalidades amatorias, eróticas, conyugales, parentales, y sus modos de subjetivación nos dejan ciertos desamparos conceptuales y categoriales para poder pensar, escuchar, intervenir por fuera de implicaciones heteronormativas. El orden sexual moderno ha entrado velozmente en proceso de desorganización, desoldamiento, insignificación, resignificación, etcétera. Ya no podemos mantener una categoría de la diferencia sexual absolutamente binaria, siempre jerárquica, y no sabemos aún cómo pensar las diversidades que desbordan esa modalidad binaria. Una vez más, nos encontramos aquí frente a un entramado de diversos anillados: clínico, conceptual, metapsicológico, epistémico, histórico-social, ético, político y sin duda la pregunta por la hospitalidad del dispositivo psicoanalítico, insiste.

Contamos con el importante aporte, entre otros, que realizó Michel Foucault a finales del siglo XX cuando planteo que la sexualidad es una construcción histórica y no una invariante. Si la sexualidad es una experiencia que se configura con ese nombre recién a partir del siglo XVIII, hoy, en franco proceso de transformación, también deberían serlo entonces las categorías y conceptos desde donde son pensadas las sexuaciones contemporáneas.

¿Cuántos de los rasgos que por ejemplo han permitido pensar las homosexualidades como perversiones, como estructuras perversas, se han debido a las condiciones de clandestinidad en que estos erotismos han tenido que desplegar sus prácticas sexuales y amorosas? ¿Qué transformaciones se producen en estas subjetivaciones por la salida cultural del clóset? Cuestión muy evidente en nuestra práctica clínica si comparamos analizantes “homosexuales” de 60, 70 años o más, que aún hoy disimulan su condición sexual en sus familias, con aquellos muy jóvenes de 18 o 20 años que no conciben ocultar nada. En el medio encontramos a los de 40, 50 años que exaltan la diferencia y es la generación que ha dado lugar a los movimientos y organizaciones gay, las luchas por la ampliación de derechos civiles, etcétera. Es interesante también cómo los más jóvenes no arman identidad-rasgo, no participan de los espacios sociales “homosexuales”, en general rechazan los boliches o las asociaciones de lucha y ampliación de derechos, porque consideran que estas actividades encierran en guetos. Sin embargo y sin ningún conflicto, participan con entusiasmo en las marchas del orgullo gay que han podido establecer las luchas del grupo etario anterior al que consideran lleno de guetos. La ventaja de atender en un consultorio hace 45 años es que uno ya forma parte de los procesos históricos y puede comparar las transformaciones en la consulta, en el modo de consultar, en el modo de hacer contrato. Yo siempre digo que no hay nada más socio-histórico que la clínica. O en el caso de las mujeres, donde hasta hace no más de 20 años, era frecuente encontrar mujeres que abandonaban luego de largo tiempo matrimonios heterosexuales, para establecer pareja con otra mujer. Mientras que hoy pareciera más frecuente el inicio de relaciones con otras mujeres desde la adolescencia. O consultas de muchachas autopercibidas como lesbianas que conviven con chicas que provenientes de relaciones hetero, no se perciben a sí mismas como homosexuales aun estando muy enamoradas de su pareja mujer. En general los y las más jóvenes, cuando establecen relaciones o encuentros con personas de su mismo sexo, no consideran muchos de ellos llamarse homo, y en muchos casos consideran que no hay nada que preguntarse al respecto y rechazan armar el rasgo-identidad.

No sólo van cambiando las prácticas e imaginarios sociales de hombres y mujeres respecto de las sexualidades, las propias nomenclaturas como heterosexual, homosexual, bisexual, se vuelven objeto de crítica por los propios involucrados e involucradas en tanto se desnaturalizan e interpelan los procesos de nominación que corresponden a las lógicas sexuales identitarias -esto es lo que entra en crisis- propias de las lógicas culturales del capitalismo temprano. Que yo mencione permanentemente “las lógicas culturales del capitalismo” es porque estoy haciendo referencia a cómo tanto en el capitalismo temprano como en el actual se establece un tipo particular y específico de alianzas entre mercado -o capitalismo, como quieran llamarlo-, patriarcado y Estado. Esta política de alianzas se reformula hoy en los países periféricos y centrales de modo diferente y desigual pero también con algunas insistencias que les son comunes.

¿Qué es lo que pareciera haber estallado con la visibilización de las llamadas diversidades sexuales? Pareciera que el orden sexual moderno y la configuración de identidades y nominaciones referidas a la sexualidad, es desbordado en este despliegue actual -uso despliegue en el sentido del juego, pliegue, a la Deleuze- de las diversidades que resisten tal clave identitaria en algunos casos. Ésta es la otra característica: todo coexiste. El otro refuerza su diferencia y aquí podemos observar una particular complejidad. Coexisten, sin aparente conflicto, existenciarios en clave identitaria que exaltan su diferencia, con existenciarios que rechazan toda captura identitaria y no aceptan que se los nomine y defina sólo por un rasgo, su condición sexuada.

El orden sexual moderno pensó y actuó las sexualidades en clave identitaria, es decir, que la modalidad que se configura en sus erotismos, define el ser. Soy hetero, homo o bisexual. Se dice que es una lógica binaria porque fija dos términos: hombre-mujer, heterosexual-homosexual. Pero no sólo es binaria sino también jerárquica: mujeres y homosexuales serán inferiores, peligrosos o enfermos respecto de los varones heterosexuales.

¿Por qué orden, orden sexual? ¿Qué es lo que ordena el mundo, la vida, las subjetivaciones, las prácticas y las identidades configurando una fuerte amalgama entre sexo biológico, género, deseo, prácticas y placeres sexuales? Todo eso debe estar ordenadito, junto lo que debe ir junto y separado lo que no corresponde. Un varón biológicamente hombre será de género masculino, deseará mujeres, sus prácticas eróticas serán activas, sentirá placer en explorar y penetrar. Una mujer biológicamente mujer será de género femenino, será deseada por varones, sus prácticas eróticas serán pasivas y sentirá placer en ser explorada y penetrada. Esto está en el corazón del imaginario. La combinación de sexo biológico, género, deseo, prácticas y placeres, define las identidades masculina y femenina. Esta clave identitaria basada en  modalidades de los erotismos implica armar, como decía, identidad a partir de un rasgo. En este caso el rasgo a partir del cual se constituye identidad, es la modalidad que adopten los procesos de sexuación.

La contracara de este orden sexual, pensada como anomalía y desigualada socialmente pero reconocida como existente, configuró la constitución de identidades homosexuales que en los varones compondrá varones afeminados y en el caso de las mujeres lesbianas, chicas varoniles. Mientras esto fuera así, nada amenazaba la lógica identitaria binario jerárquica y su orden sexual, con las necesarias desigualaciones y discriminaciones. Pero la cada vez mayor visibilización de travestis, transexuales, transgéneros, intersexos, y las transformaciones estéticas y políticas de quienes mantienen la identidad gay o lésbica, y aún de los existenciarios que se definen heterosexuales, van desbordando los estereotipos modernos de la sexualidad.

El desacople de la amalgama moderna de la sexualidad -sexo, género, deseo, prácticas, placeres- junto a los acelerados cambios dentro de los universos homosexuales, han traído estas diversidades, en un más allá de la diferencia, a la consulta y la escucha analítica. Ahora bien, para sostener su hospitalidad -digo hospitalidad en el sentido de Derridá “que no está”-, el dispositivo psicoanalítico tendrá que repensar muchas de las categorías y conceptos desde donde ha pensado tradicionalmente estas cuestiones. Nos encontramos frente a enormes desafíos no sólo de la creación de conceptos, sino que -vuelvo a reconocerlo- habrá que pensar situaciones existenciales que incluso nos cuesta imaginar.

¿Cómo abordamos -éste es un caso que estuvo en la televisión, no estoy comentando nada exótico- una pareja de una travestí (es decir, de varón a mujer) con otro travestí (de mujer a varón) que están esperando un hijo concebido por ellos? Es decir que quien está vestida de varón -biológicamente mujer-, llevará adelante el embarazo y luego del nacimiento oficiará de papá; y quien porta nombre y vestimenta de mujer -biológicamente hombre – oficiará de mamá. ¿Cómo pensar estas subjetividades nómades?, como las llama Rosi Braidotti, ¿con qué categorías?, ¿cómo posicionar la escucha?, ¿cómo sostener la hospitalidad de nuestro dispositivo? Recordemos que la hospitalidad no sólo implica una escucha que aloje, sino que por tal motivo pueda operar con intervenciones que permitan abordar eventuales padecimientos que produce la diferencia significada como extranjeridad. ¿Cómo repensar aquello que clásicamente se ha pensado como transferencia? ¿Cómo intervenir en estas cuestiones sin caer en ironizaciones travestidas de intervenciones interpretantes?

El psicoanálisis, más allá de las diferencias que presentan sus distintas corrientes, ha abierto visibilidad a aquello del orden fantasmático que se mueve en el trabajo clínico donde están incluidos los posicionamientos, en la otra escena, del propio analista. Como todos sabemos, esto ha sido una herramienta importantísima para el trabajo clínico. Sin embargo, es necesario ampliar hoy esta dimensión que aborda la interrogación de sí del propio analista. El juego de las transferencias recíprocas no agota aquello que se mueve inconscientemente en la dinámica de un análisis, donde el o la analista debe trabajar con estas realidades. Para ello estoy trabajando y he retomado una noción que no viene del psicoanálisis sino del análisis institucional de Lourau, que es la noción de implicación. Me parece que tenemos que trabajar, además de los juegos transferenciales, nuestra propia implicación. Es decir, ¿qué se juega en cada escucha de la propia diferencia del analista?, Diferencia de género, de clase, de edad, de opción sexual. Esto excede las resonancias fantasmáticas de su otra escena. Pensemos que hoy en día, no sólo tenemos que abordar condicionamientos gays y lésbicos, sino también todo el área trans. Lo transgénero donde una gama de experienciarios que se han organizado en sexuaciones que parecerían no sólo desbordar las modalidades binarias de la diferencia sexual propias de la modernidad, sino que remiten a modalidades de vida que no podemos ni siquiera imaginar. La indagación de la propia implicación no puede realizarse en soledad, sino que es necesario habilitar espacios que Fernando Ulloa llamaba de “comunidad clínica”.

En nuestras primeras indagaciones sobre estas cuestiones de las diversidades sexuales, hemos constatado en talleres psicodramáticos con jóvenes estudiantes de psicología, una preocupación por no quedar encerrados en los estereotipos sociales frente a las diversidades sexuales. Preocupación que, por el contrario, mayormente no hemos encontrado en las instituciones psicoanalíticas. Sin embargo, al abordar estas cuestiones pudimos registrar que junto a esta preocupación por lo políticamente correcto, se ponían de manifiesto líneas de sentido que de modos algunas veces metafóricos y otras más explícitos, ponían en visibilidad significaciones que aludían a lo monstruoso. Es decir que había una lógica que operaba en el plano de lo más manifiesto de lo políticamente correcto, y una lógica que operaba en la latencia de esos colectivos donde estaba insistiendo esta idea de lo monstruoso.

La cuestión de lo monstruoso suele existir en la clínica de diversos modos, aún en analizantes jóvenes que militan en organizaciones que exaltan orgullo gay. Si bien se avanza respecto de salidas del clóset y conquistas de derechos, es frecuente constatar en jóvenes gays que subjetivaron cuando niños desde un estilo homosexual afeminado, todo un trabajo de disciplinamiento y control de corporalidades y afectaciones para configurar identidades de homosexualidad viril. Muchas veces en los enlaces sexuales por Internet, se encuentran contactos que explícitamente señalan buscar un encuentro con gays no afeminados. Algunos hasta se sienten inhibidos de ir a bailar por temor a que en el movimiento corporal se ponga en evidencia lo afeminado que supieron reprimir.

En la clínica de parejas, con frecuencia advertimos que se ignora y por ende no se puede escuchar la especificidad de las particularidades de los vínculos eróticos entre personas del mismo sexo y dentro de ellas, las grandes diferencias entre las dinámicas gays, lésbicas y las llamadas heterosexuales. La conquista legal del matrimonio igualitario no debe confundir las dinámicas eróticas entre dos varones homosexuales viriles, o entre dos mujeres que no renuncian a un semblante femenino, o entre un varón y una travestí; no son similares a aquellas entre un varón y una mujer. Igualar en derechos exige a su vez sostener una escucha sumamente atenta a sus particularidades diferenciales muy específicas. Estas dinámicas eróticas, a su vez, despliegan también especificidades en el tipo de conflictos de pareja por los que suelen consultar. Por ejemplo, ¿cómo sostener acuerdos monogámicos entre dos varones, ambos sujetos activos de deseo? O ¿cómo desistir las capturas y fusiones especulares en los amores lésbicos? Estas cuestiones no son menores ya que traen importantes sufrimientos a quienes consultan. Allí, la indagación de la implicación de un o una analista llamado heterosexual, es imprescindible. En primer lugar, es necesario estar advertidos de hasta dónde tiene naturalizado su universo heterosexual como universal. De ser así no podrá advertir las particularidades sobre las que tendrá que trabajar. Posicionarse desde lo políticamente correcto es condición necesaria pero no suficiente. Si una pareja de personas del mismo sexo se esfuerza por ver que caen en su conyugalidad los estilos heterosexuales y se encuentra con un o una colega que también ha naturalizado ese tipo de pacto matrimonial, difícilmente podrá crear condiciones para que allí puedan pensarse eventuales invenciones y creatividades que partan de la especificidad erótica y cotidiana de ese vínculo en particular. A su vez, un analista homo o bisexual tendrá que indagar su implicación de modo tal, por ejemplo, que sus semejanzas no impidan abrir la necesaria interrogación.

En resumen, tomemos la cuestión de jóvenes grises que he hablado en otros lugares, el incremento de la violencia, abusos y crueldades, o la clínica de las diversidades sexuales, tenemos un interesantísimo trabajo por delante que tiene como objetivo fundamental sostener la hospitalidad del dispositivo. La idea es abrir la clínica a la crítica y esta idea ha partido de la necesidad de actualizar algunas cuestiones en función de los acelerados cambios históricos en las configuraciones de los lazos sociales, los vínculos afectivos y las subjetivaciones. Esta interrogación clínica implica no sólo actualizarnos, sino también poder abrir espacios donde pensar nuestras implicaciones y también establecer visibilidad a las cuestiones epistemológicas que exigen reformulación. Pensar nuevas categorías y conceptualizaciones que hoy están reformulando las dimensiones metapsicológicas. Esto habilita pensar la dimensión política de las subjetividades ya no como algo exterior al campo. Las relaciones de poder se describen en los procesos mismos de la configuración de los psiquismos, los vínculos, los erotismos. En tal sentido, me parece de suma importancia estratégica incorporar la crítica de la clínica, más allá de las necesarias especificidades unidisciplinarias, al campo de problemas de la subjetividad necesariamente transdisciplinario.

Lic. Elina Aguiar: -Subjetividades nómades, analizar nuestra propia implicación, crítica de la clínica. Menudo trabajo se nos impone. Les voy a presentar ahora al Dr. Marcelo Viñar. Les cuento que en la Facultad de Medicina de la Universidad la República se empezaba estudiando cadáveres y a él se le ocurrió empezar con la materia de psicología médica.

Dr. Marcelo Viñar: -No fue una idea mía cambiar los cadáveres por la entrevista psicológica (risas). Fue un movimiento colectivo que trabajó el claustro de la Facultad de Medicina durante casi una década, se llamaba “restituir la medicina al campo de la ciencia antropológica” y quién nos indicó el modo de transmitir la psicología médica fue un argentino, José Bleger, que nos dio un extenso bolillado. Teníamos una bolilla en psicología médica que duraba un largo semestre y tenía muchas horas. Era una entrevista: un binomio o trío de estudiantes tenía que entrevistar a alguien y había que decir quién era ese otro, y luego se trabajaba el protocolo en grupos de 30 o 40 muchachos a nivel operativo. Cuando estos estudiantes llegaban al hospital, los profesores de clínica nos indicaban que la fobia a mirar, tocar y hablar con los enfermos, se había modificado. Fue una cosa revolucionaria que la dictadura destruyó. Es un homenaje a José Bleger el recordar que él fue nuestro líder y maestro en los grupos operativos de la enseñanza para el manejo, para la estrategia grupal, que después fue un ejercicio que me salvó la vida en el exilio, porque yo en Francia como psiquiatra, no tenía nada de original. Ese hecho de lo que en inglés se llama “burnout”, el desgaste que provoca la transferencia masiva con lo psicótico, con el esquizofrénico grave en una clínica de convivencia y actividades; la trabajamos cotidianamente y yo no hubiera podido hacer eso que me salvó la vida en el exilio sino hubiera sido por la enseñanza de José Bleger.

Hecha esta aclaración voy empezar diciendo que ustedes ya se imaginan la alegría que tengo de estar acá. En contrapunto con esta satisfacción un enojo, una inquietud, un temblor frente al título del Congreso. Clínica de la diferencia e interculturalidad son referentes de una amplitud que en su desnudez es estremecedora. Yo me sentí como un navegante solitario en medio del océano sin saber adónde dirigirme. En esa desorientación, en ese extravío, pero domesticado y domado durante 50 años de trabajo por la asociación libre y la atención flotante (risas), me empezaron a brotar evocaciones -como reacción en respuesta al título propuesto- que les voy a contar. Les voy a contar por lo menos tres de ellas, las tres iniciales que me surgieron al tratar de sumergirme en el tema.

Una es la última página, que prácticamente les voy a leer, del libro de Roberto Antelme, La especie humana. En la última página relata su encuentro con un joven ruso. Imagínense si hay una soledad, una desolación más absoluta que una noche sin luz en un campo de concentración nazi, esperando diariamente la muerte. “Se apaga la luz, al lado mío hay una sombra y la brasa es de un pucho encendido. De rato en rato, alguna pitada ilumina una boca y una nariz como faro lejano. La brasa se aleja de la boca y avanza en la oscuridad, se me aproxima. No presto atención. Un golpe de codo en el brazo, el tizón se me acerca. Tomo el cigarrillo, le doy dos pitadas. La mano se lo lleva; digo gracias. Es la primera palabra. Yo estaba solo, no sabía que el otro existía. ¿Por qué ese cigarrillo venía hacia mí? No sé de quién viene. La brasa se enciende en otra pitada. Ahora estamos juntos, él y yo, fumando el mismo cigarro. Me pregunta ¿franzosen? Respondo sí. Habla suave; voz joven; no lo veo. (Pregunto la edad) 18, responde. Un silencio aspira su pitada. Le pregunto de dónde es. Responde dócilmente, en lo oscuro, como si me contara su vida. El cigarrillo se apaga. No lo he visto, mañana no lo reconoceré. La sombra de su cuerpo se inclina. En un rincón, unos ronquidos. Me inclino también. Nada existe sin el hombre que no veo. Mi mano se apoya en su hombro. Dice en voz baja “wir sind frei” (somos libres), se levanta, trata de verme, me aprieta la mano”.

La segunda evocación y asociación libre que me surgió fue la siguiente: cuando Bill Clinton, presidente liberal de la nación más poderosa del mundo, recibió el petitorio para suprimir el rezo obligatorio en la escuela. Clinton dijo “religión, la que ustedes quieran pero ateos, no”.

La tercera asociación del mismo momento, seguramente por continuidad porque era cuando los norteamericanos dudaban si bombardear o no, en las tragedias, en el genocidio de los kosovares, de los musulmanes por parte de las poblaciones cristianas evangelizadoras de Serbia.

Yo tomo estas tres ocurrencias, estas tres asociaciones que se me impusieron como reacción al tema, porque sólo después de asociar erráticamente, uno se pone a pensar. Me pregunto, les pregunto ¿cuál es la distancia o el intervalo, la diferencia entre la ocurrencia y el pensamiento? ¿Cuál es el lugar y la jerarquía que cada uno tiene en la mente? En términos más académicos, ¿cuál es la distancia entre el sujeto cartesiano y el sujeto freudiano? ¿Qué pasa entre esos momentos en que nos creemos timoneles y amos de nuestra mente y cuándo -como el paciente, el flaneur de Walter Benjamin- nos dejamos atrapar por las tentaciones que brotan de la realidad sensorial, o de la realidad interior, o de ambas cosas mezcladas. De esto, todos tenemos experiencia. Una experiencia vivencial directa durante toda la vida. La alternancia de estos dos modos de pensar.

Me puse a pensar por qué me habían brotado estas ocurrencias que les cuento. Tarea explicativa que viene en segundo término como trabajo de descondensación, abierta a senderos varios creados por mí mismo o por ustedes que hoy son mis interlocutores.

A cualquiera de ustedes, el mismo mandato, la misma consigna, el mismo disparador, le despertó un abanico asociativo, un cúmulo de sugerencias de direcciones mutuas. Yo creo que este disponer de la palabra, del pensamiento simbólico, la capacidad de usar objetos e ideas en ausencia de lo situacional inmediato -que Noam Chomsky considera como una diferencia esencial entre la inteligencia humana y la inteligencia animal, presumiendo que la inteligencia animal es siempre adaptativa y situacional-, esta diversidad es, a mi entender, el logro, la característica más definitoria de la condición humana. Mucho más que nuestro patrimonio genético, como nos enseñaron de medicina, la oposición del pulgar o la posición erecta. Este poder pensar, esta capacidad recursiva de nuestro pensamiento, de poder evocar y convocar situaciones diversas. Creo que esto es lo que nos define como especie. Los hombres no sólo viven en sociedad, los hombres construyen lo social para poder vivir. Esto es así desde los orígenes. Las abejas y las hormigas también viven en sociedad pero lo hacen con patrones de conducta fijos a lo largo de las generaciones y los siglos. La mutación civilizatoria a la que asistimos en los breves 45 años de nuestro ejercicio clínico, en nuestro efímero pasaje por la tierra; ya hemos asistido a organizaciones políticas, a convicciones, a ideales, a pasiones y a modalidades de amar radicalmente diferentes. Esta capacidad de cambio que la humanidad tiene, cada generación y cada movimiento, y cuando creemos aprehender un momento de comprensión, ya el pajarito se ha escapado y sale volando por otros lados.

Pensaba por qué había elegido estas tres asociaciones. Porque en la situación de soledad más extrema -que ejemplifiqué con el relato sobre el campo de concentración-, aún allí hay otro. Aún allí se busca al otro. La soledad absoluta no existe. Eso también me lo enseñó Bleger y yo me lo aprendí. Pensar en el hombre aislado es perderse lo humano. Estamos solos sólo para enfermar y para morir, para la gripe, para el cáncer. Pero para vivir y para todos los momentos siempre hay otro, un otro real o muchos otros reales, encarnados o abstractos, incluso alucinados. Usando una frase de Antonio Machado en sus Proverbios y cantares, “yo siempre estoy en constante diálogo con el hombre que siempre va conmigo”.

Hace poco, en una reunión, me enojé con alguien que decía “en la mente individual que es distinta de la mente social”. Yo pienso que la mente individual no existe. Parcialmente somos absolutamente originales pero a la vez, siempre estamos siendo hablados por nuestro entorno afectivo o por los códigos de nuestra época. Todos los textos que nos brindaron los colegas muestran cómo los cambios epocales de ahora se suceden a una velocidad inusitada. Ya no buscamos universales de verdades permanentes, sino que estamos en la conquista efímera de un estado alfa o un estado beta.  Como dice Stephen Gould “ya no buscamos las esencias ni las invariantes. La noción de esencia (la noción de buscar lo esencial: las tópicas freudianas, la teoría de las pulsiones, los fantasmas originarios) está remplazada por los algoritmos del cambio ”. Lo que buscamos investigar es este puente de inteligibilidad entre lo que era un antes y lo que viene como un después. Dice un colega uruguayo que trabajaba conmigo “la soledad, mientras podamos hablar de ella, no se alcanza. Si se llega a ella se enloquece y entonces, si se enloquece, ya no es posible hablar de la soledad”. Siempre hay otro, vivo o muerto, o Dios, o causas sagradas, sacrificiales o idealizadas, amores y disputas como requisitos para ser uno mismo. Hay ideales utópicos o sacrificiales con referencia a otros, quizá hay un perro, alguien a quien contarle la ausencia de otro, o una guitarra que al ser pulsada nos devuelva acordes que remitan a una ausencia del otro y lo haga existir. No hay entonces sujeto humano si no en relación. Para mí el psicoanálisis es uno. Yo no hago diferencias entre las instituciones, la IPA y los vinculares, no creo que haya un análisis individual y otro vincular. Yo creo en la unidad del procedimiento freudiano, en la singularidad de la búsqueda freudiana.

Respecto al último punto de interculturalidad y como para seguir la búsqueda, voy a hablar de los Grupos de Palabras con jóvenes marginados e infractores. Nosotros, un grupo de psicoanalistas preocupados por la proyección social del psicoanálisis, iniciamos una visita asidua y regular a los hogares de la institución que nuestro país se ocupa de los menores desamparados e infractores (INAU). Son cárceles que se recubren con el eufemismo de ser hogares sustitutos y, donde en lugar de la rehabilitación más o menos lograda, son lugares de confinamiento, de mazmorras medievales. El Grupo de Palabras no pretende una originalidad en su encuadre, simplemente llevamos el mismo encuadre del que somos portadores: llevar una libertad en la elección del tema, “hablen de lo que quieran”. Lo que sí es obligatorio y decisivo es la asiduidad, la continuidad de la experiencia y su suficiente duración. Como en el maternaje, como en la crianza del infants, la continuidad del cuidado, de la ternura, de la presencia del otro familiar y significativo, es lo crucial en la organización de estos grupos. Por supuesto que las ansiedades paranoides son lo primero que estalla en esos grupos: a qué vamos, por qué vamos, si somos buchones, si somos espías que vamos a confesar los delitos de ellos al poder judicial o a las autoridades de la institución. Tienen una primera etapa bastante prolongada en la que magnifican sus delitos y se presentan como héroes del hampa norteamericano. Pero cuando todo eso se va agotando y desgastando, detrás de esa conducta de héroes de película, brota en ellos la fragilidad, el dilema de los orígenes, la pregunta de por qué no tengo una mamá que me quiso. Yo y seguramente la mayoría de los aquí presentes, nos hemos beneficiado y hemos padecido la acción civilizadora de nuestras madres, padres y escuelas (risas). La situación de desolación y desamparo en que se han hecho las primeras etapas de organización psíquica de estos jóvenes -en América Latina los niños de la calle son cientos de miles o millones-, creando legalidades paralelas, creando códigos monstruosos pero que testimonian la necesidad de un nosotros de afiliación y pertenencia porque nadie se puede autoengendrar a sí mismo y eso es una fantasía de autosuficiencia.

Yo aprendí de una conferencia de Martin Heidegger que se llama Lenguaje técnico y lengua de tradición, que el lenguaje no sólo sirve para repertoriar al mundo, que hay un lenguaje operativo y situacional para repertoriar las cosas, pero hay un lenguaje que busca y apunta a la creación del otro significativo, a la creación de leyendas sagradas, a la creación de un espacio plural, de co-pertenencia humana, y que la necesidad de ser alguien para alguien es una necesidad tan básica en el ser humano como el alimento y el agua para el cuerpo carnal.

PREGUNTAS Y COMENTARIOS

Gilou García Reinoso: – Quería evocar a una persona de la que no se habló y me parece que está presente, Pichon-Riviere. Lo quería evocar de dos maneras. En primer lugar, él empezó trabajando con grupos de enfermeros en el hospicio, antes de hacer grupos terapéuticos. Eran grupos terapéuticos pero no se llamaban así. Él trabajaba los conflictos con los enfermeros del hospicio y me parece que de esto surgió una cantidad de derivaciones muy importantes e interesantes, por supuesto, con conflicto. En psicoanálisis la teoría del conflicto es básica, es troncal. No es la teoría de la armonía. Es la teoría del conflicto a desplegar, a resolver, derivar. Esto es lo que otros llaman “creación” pero nosotros preferimos llamarlo “transformación”: transformación de personas y transformación de los ámbitos en que se produce. Pichon-Rivierre, un hombre que desgraciadamente se retiró, se deterioró demasiado temprano, era un creativo, un subversivo y parece no haber podido manejarse con esa diferencia que es esencial pero al mismo tiempo es una amenaza y muchas veces es combatida. Creo que esto pasó con Pichon-Riviere desde adentro y desde afuera. Él, de alguna manera, fue marginado y creo que perdimos mucho con eso. Es un modelo, un ejemplo a no repetir. Soportar la diferencia, trabajar con la diferencia, desplegar la diferencia, notificar la diferencia. Yo pensaba que después hubo muchas divisiones pero a mí me gustaría llamarlas multiplicaciones. Siempre hay voces disonantes. La creación de la Asociación de Grupos, dentro del psicoanálisis, fue una. Nos decían que íbamos a destruir el psicoanálisis. Acá estamos y el psicoanálisis no ha sido destruido. Entonces, trabajemos con la diferencia. Retrabajemos y reformulemos nuestros conceptos.

MV: – A mí me gustaría que Ana explique un poco más la relación entre transferencia freudiana e implicación de Lourau. Me parece que ahí hay una veta de algo nuevo.

AMF: – Buscando cómo el dispositivo psicoanalítico debía, además de proporcionar conceptos, producir garantías. En relación a otras diferencias, como por ejemplo los pobres, contamos, cuando vamos al hospital, con un espíritu progresista que seguramente nos impedirá hacer cosas muy horribles en relación a la escucha de los padecimientos de las personas más excluidas de la sociedad. O por lo menos confiamos en eso. Pero a la hora de pensar lo monstruoso de la diversidad en las cuestiones del erotismo y la sexualidad, me pareció que el propio dispositivo psicoanalítico, para sostener hospitalidad, tenía que incorporar algún elemento y herramienta, instrumento para trabajar. Ahí empecé a pensar en esta idea de implicación que viene de los primeros tiempos de Lourau, entonces cuando tenemos este tipo de escucha de estilos de vida tan diferentes –o que imaginamos tan diferentes porque esta idea de que somos 100% heterosexuales es una construcción imaginaria que los heterosexuales hacemos de nosotros mismos-, podemos pensar qué aspecto ideológico heterosexual me mueve a esa escucha. Se arma un lío bárbaro porque las palabras han quedado chicas. Por otro lado, qué provocaciones produce la estética trans? A mí eso me impresiona mucho porque vienen de un modo donde no sabes si están en una cosa de seducción desde su aspecto femenino o desde su aspecto masculino. La idea sería: ¿cómo armamos grupos de clínica de la clínica, por llamarlo así, donde podamos trabajar entre nosotros nuestra propia implicación, o sea mi diferencia respecto de la diferencia del otro? Esto no se puede hacer en soledad. Se necesitan espacios colectivos.

MV: – El trabajo del psicoanálisis exportado, el trabajo del psicoanálisis extra-muros, no es por lo que el psicoanálisis puede dar al mundo -ojalá podamos dar algo-, es algo que necesitamos nosotros. No vamos a dar, vamos a recibir para no padecer eso a lo que nuestro oficio nos ha llevado muchas veces que es la homogeneidad, la evitación del extranjero, la evitación de la diferencia, la evitación de un mundo al que la sociedad tiende que es lo que el sociólogo uruguayo Gustavo Leal llama los GCU (gente como uno), la necesidad de nutrirse de la diferencia en el acto. Los psicoanalistas van al hospital no por lo que puedan darle al hospital. Eso sería una megalomanía. No vamos por caridad, vamos por necesidad imperiosa de enriquecernos.

MC: – Todo este tema del ser gregario que tan poéticamente nos trajo Marcelo me despertó una evocación. Hay quienes ven el origen del psicoanálisis en las lecturas que Freud hizo de las Novelas Ejemplares de Cervantes, especialmente esa novela corta que es El coloquio de los perros. Esos dos perros que dialogan entre sí y entonces ese diálogo se vuelve después el modelo del diálogo psicoanalítico; es un diálogo alucinado, no es un diálogo real. Es el diálogo de un enfermo hospitalizado que en su situación de enfermedad, alucina y tiene que alucinar un diálogo de un acompañamiento.

AMF: – Pensaba algo con respecto a lo que contó Marcelo de los Grupos de palabras. Vos decías que uno los requisitos era que los jóvenes no desaparecieran, que asistieran y yo creo que eso es lo que ellos necesitan, el garante, el garante de palabra, de estar, de permanecer y no huir. Me acordaba de una frase muy bella de Fernando Ulloa: “la ternura es la base ética del sujeto”; él decía que eso exigía reformulaciones metapsicológicas, en el sentido de su contraparte, la ausencia de ternura como base, la violencia, la desprotección, la exclusión social, exigían repensar nuestras propias categorías. Me acordaba de esto porque creo que estamos en un momento al que yo llamo de barbarización de los lazos sociales, donde va avanzando la inclemencia, el desamparo. Yo creo que ése es otro elemento y vamos a tener que ir construyendo herramientas útiles porque no podemos trabajar los abusos y crueldades del mismo modo que hemos trabajado históricamente en la escucha de neuróticos, etcétera. Hay una desprotección extrema de niños o adultos y creo que hay que intervenir de un modo mucho más activo y ese modo más activo también exige garantes de que no sea un acting. Son una serie de factores de esta modernidad tardía y en países como los latinoamericanos, donde la exclusión es tan terrible, se hace necesario que quienes pretendan trabajar no sólo con los sectores acomodados de la sociedad, tengan que armar nuevas herramientas o repensar lo ya existente. No se trata de tirar, se trata de ver cómo reciclamos y cómo podemos hacer ese despeje entre lo que sí es tal cual fue fundado, y aquello que hay que inventar, aquello que hay que reciclar. Por eso hablaba de la clínica de la clínica.

MV: – Se llama Grupo de palabras porque nuestra hipótesis es que el desamparo, que es fundacional de la condición humana y nos acompaña toda la vida, sólo se puede resolver con palabras o con actos, con el cuerpo. Los sectores marginados de la sociedad no hacen relatos como nosotros, no pueden darle una continuidad a esa función de descarga que la ternura requiere. Hablan con una especie de discontinuidad. El ajuste de lenguajes, el aprendizaje de un idioma común, el aprendizaje de la interculturalidad -no todos los argentinos y los uruguayos hablan el mismo idioma-y aprender a tener un lenguaje compartido con un joven delincuente, es muy pero muy difícil. Lograr el puente de un lenguaje común que usan los dos interlocutores, y ojalá el camino de encuentro haya sido del 50% de cada parte. Como decía Mariano Horenstein sobre una paciente que le reprochó en el hospital, cuando él buscaba este modo de acercamiento, “pero si vos estudiás para entendernos a nosotros y hablás de una manera que yo no te entiendo”. Creo que necesitamos salir de nuestro “encierro” y arriesgarnos a la intemperie.

GGR: – Por el año 55, 60 como mucho trabajábamos con dos grupos y en esa época se hacían grupos homogéneos. Era un grupo de hipertensos y un grupo de monjas. Después eso fue cambiando y se pensó que era mucho mejor que no fuera un grupo monosintomático -por decirlo así-, sino que hubiera variedad, que el grupo tenga existencia en sí y no sólo por una unidad de patología. Quería evocar esto porque la historia es también la historia de los conceptos y los conceptos se crean en la práctica. En el momento en que uno ve que la práctica choca con el concepto que uno trae, hay que reformular. Entonces se avanza y se profundiza y hay que animarse a abandonar, a dejar de lado. Quiero retomar una cosa que dijo AMF y me parece importante sobre la diferencia. La diferencia que puede ser amenazante. Eso que parece a veces una diferencia amenazante luego puede ser una diferencia productiva. Por eso prefiero hablar de multiplicaciones y no de divisiones. Creo que lo que es multiplicación se basa en una necesidad de división que es una diferenciación. La división no hay que pensar la como una mala palabra, hay que pensarla como diferenciación, multiplicación, extensión, profundización.

MC: – Me parece que la verdadera soledad, esa que siempre queremos evitar, aparece cuando no podemos comunicarnos con el otro. En ese sentido, Diana Singer decía que en la interculturalidad lo importante es la búsqueda de un lenguaje común para poder encarar las inevitables diferencias que, además, con frecuencia son no sólo amenazantes, sino profundamente estimulantes. Creo que así tendríamos que encarar nosotros las relaciones entre distintos países, y entre distintos enfoques. Es muy saludable la diferencia pero tenemos que hacer esfuerzos para lograr un lenguaje común que no nos aisle.

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