Subjetividad y cultura

COMENTARIO PELÍCULAS: LA COMPULSIÓN A HACER EL MAL

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Miguel Matrajt

 

 

Película: Hanna Arendt

Esta película aborda un tema fascinante: la vida de la filósofa Hanna Arendt en su momento más polémico, cuando enuncia su teoría de la banalización del mal. Esta teoría suscita un repudio generalizado, incluyendo a casi todos sus admiradores y seres cercanos. La directora, Margarethe Von Trota, nos presenta un film riguroso, que no cae jamás en concesiones comerciales, sino desarrolla el conflicto personal y la polémica ideológica-científica a través de una narrativa apoyada en documentales y plena de incursiones en el pasado de la pensadora, así como de esclarecedoras miradas introspectivas. El ritmo es muy ágil y el lenguaje cinematográfico es brillante. La realizadora consigue una magistral integración de las características y conflictos subjetivos de su protagonista, sus teorías, su red de relaciones interpersonales y el entorno social. Von Trota es secundada por un magnífico, elenco, del cual sobresale Bárbara Sukowa, la protagonista. Pero, dadas las características de nuestra revista, no nos detendremos en las múltiples virtudes de la película sino en los conceptos de la pensadora.

Hanna Arendt era una judía alemana de ideas progresistas que debió emigrar a Francia en 1933. Al momento de la guerra fue internada en un campo de “detención”, del que logra fugarse y exilarse en USA. En este país hace una destacada carrera como filósofa, tanto en la academia como a través de sus publicaciones, lo cual le confiere mucho prestigio y respeto. Si bien incursionó en varios terrenos, su libro sobre los totalitarismos le permite acceder a un renombre inusual.

Adolf Eichman fue un cuadro superior del nazismo, uno de los máximos organizadores del plan genocida de los campos de concentración. Tras la derrota alemana fue ayudado por el Vaticano, como muchos otros, a huir con un documento falso de la Cruz Roja, y se refugia, con identidad apócrifa, en Argentina.

En 1960 un comando del Mossad, el servicio secreto israelí, lo detecta y secuestra, trasladándolo a Israel para ser juzgado públicamente. El gobierno israelí contrata a uno de los más destacados abogados penalistas alemanes para su defensa, y abre la puerta de las audiencias —que además fueron filmadas en su integridad— a numerosos periodistas extranjeros. Hanna Arendt se ofrece a un diario neoyorkino para asistir y redactar una serie de artículos.

Nuestra heroína asiste regularmente a las audiencias y estudia sistemáticamente las grabaciones de las mismas, así como otros documentos presentados. Su aguda penetración y su profunda capacidad de reflexión la conducen a cuestionar las aproximaciones en boga, muy inspiradas en conceptos psicoanalíticos, que consideraban que los asesinos como Eichman estaban determinados por una patología individual que los llevaba a convertirse en monstruos. Hanna Arendt descubre que el indiciado no tenía ningún rasgo de patología sádica, sino que era un “don nadie”, en todo semejante a cualquier persona “normal”. Su criminalidad no debía buscarse en una posición ideológica —el antisemitismo—, ni en un trazo de su infancia, sino en su inserción en un sistema –una institución en el sentido institucionalista del término— que anulaba su capacidad de pensamiento crítico, su sentido de la justicia y la moral, y lo conducía a servir sumisamente las órdenes recibidas. Eichman no era un teórico del mal, como Goebbels; ni un inventor inescrupuloso de maldades, como Speer; ni un científico sádico, como Mengele, pero su mediocridad no era un atenuante: Eichman era tan culpable como aquéllos y  muchos otros.

Hanna Arendt levanta una tempestad de acusaciones, particularmente entre los que nunca leyeron sus escritos. Destacan la de ser antisemita, pro nazi  y defensora de Eichman. Nada más lejos de la realidad. Hanna Arendt, como el autor de este comentario, consideraba que el secuestro, el juicio, la condena y la ejecución de Eichman fueron actos de plena justicia. Ella, como yo, se alegró cuando llegó la noticia de que el genocida fue ahorcado. ¿Por qué no se defendió de las acusaciones, teniendo, como poseía, tantos argumentos y tantos espacios académicos y mediáticos para hacerlo? Su personalidad la traiciona. La protagonista de esta historia es soberbia y omnipotente. Considera que sus teorías son claras y que sus acusadores carecen de información y criterio para evaluarla. Hay un dejo de desprecio hacia ellos que torna los pocos diálogos al respecto en un juego agresivo y mordaz. Hanna Arendt era presuntuosa y omnipotente, pero para nada antisemita ni nazi. Los dos primeros son defectos personales que tornan desagradable la relación con quien los padece. Los dos últimos son crímenes de lesa humanidad. Una prueba más de lo injusto de las acusaciones es que varias instituciones israelíes actuales le dieron apoyo documental a esta película, cosa que jamás habría pasado si les hubiese quedado alguna duda.

Como lo aclara, parcial y extemporáneamente, al final de la película, ella distingue perfectamente explicar un acto de exculparlo. Agregamos nosotros que los roles de administración de justicia y de pensamiento científico o filosófico son totalmente distintos, pero en este caso debieron haber sido complementarios. El juzgador se debe centrar en la persona, en el criminal, con la explícita intención de castigarlo. La pensadora se abocó a analizar las causas del crimen, con la utopía activa que la comprensión de esas causas podría ayudar a evitar que se vuelvan a cometer esas atrocidades. Eichman tenía plena conciencia de lo que hacía, por consiguiente era responsable de sus actos. Ningún argumento concerniente a las causas que lo llevaron a la comisión del delito permite considerarlo inimputable ni constituir un factor atenuante. Para el tribunal poca importancia tienen las motivaciones, lo que vale es el asesinato cometido, y la horca fue el destino correcto. Para la pensadora acerca del mal la distinción entre un enfermo mental y un sistema que deshumaniza es crucial. Un juez juzga un crimen y castiga al comitente, no es su función analizar las causas ni el sistema. Para el tribunal la tarea concluyó con el deceso del reo. Para la pensadora la tarea de reflexionar acerca del mal y de las circunstancias sociales que lo producen se prolongó por el resto de sus días.

La Alemania durante el nazismo cometió un conjunto de crímenes contra la Humanidad como no existe antecedente en toda la Historia. Asesinatos individuales, genocidios, robo, saqueo, tortura, esclavitud, violaciones, ataque contra poblaciones civiles no participantes en las hostilidades, y muchos etcéteras. Todos crímenes igualmente condenables, aunque el Holocausto fuese el más paradigmático. Fueron cometidos por decenas —quizás centenas— de miles de criminales, en su propio territorio y en todos los territorios ocupados, fueron conocidos, aplaudidos y festejados (leyó bien, mi querido lector, ¡aplaudidos y festejados!) por muchos millones de alemanes, por no decir casi todos. Por supuesto hubo honrosas excepciones, que tampoco deben olvidarse sino ser recordadas con admiración. Esa criminalidad masiva, desatada, ilimitada, no puede ni debe olvidarse, y es menester hacer todo lo posible por evitar que se repita. Esa fue la tarea que se impuso Hanna Arendt con los pensamientos y conocimientos por ella elaborados. Desgraciadamente la realidad le dio la razón a Hanna Arendt: innumerables ejemplos en las guerras coloniales posteriores, en las intervenciones militares imperialistas, en las represiones salvajes, obedecieron a la misma lógica: la anulación del pensamiento crítico y su reemplazo por la imperdonable obediencia cómplice.

La película deja de lado el centro de su teoría. El objetivo de la cineasta no fue incursionar en problemas teóricos ni epistemológicos, sino zambullirse en el interior tormentoso de su protagonista. Pero estos tópicos constituyen una centralidad en nuestra revista. Muy sintéticamente, ¿cuál es el eje primordial de los aportes de Hanna Arendt en el análisis de la criminalidad, particularmente los crímenes de Estado? Quita el epicentro de la patología individual: no es necesario ser un psicótico, ni siquiera tener núcleos sádicos, para llegar a cometer atrocidades. El acento de su propuesta teórica es puesto en la organización social e institucional. Casi cualquier persona, incluida como engranaje ejecutor en un sistema, puede llegar a ser un torturador o un genocida. Hanna Arendt sostiene que hay sistemas que anulan la capacidad crítica de los sujetos, que llegan a visualizar la injusticia y la agresión como algo intrascendente, a lo que llamó la “banalización del mal”. La comisión de crímenes, a distinta escala, deviene algo “normal”, proceso que denominó “normopatía”. La distinción entre las demás aproximaciones teóricas, centradas en lo individual, y la suya, que subraya lo socioinstitucional, es fundamental. La prevención de los crímenes de lesa humanidad se desplaza a la comprensión y transformación de los sistemas sociales e institucionales.

Milgram, un psicólogo social norteamericano, leyó profunda y adecuadamente los aportes de Hanna Arendt, y decidió, a principios de los sesentas, demostrar sus aciertos con metodología experimental y cuantitativa. Aprovechando su prestigio personal y el de la universidad a la que pertenecía, convocó a estudiantes de esa entidad académica para que colaborasen libremente en un experimento de aprendizaje, sin dar mayores precisiones. Cada voluntario A era situado aislado en una cabina desde la cual podía operar un equipo que actuaba sobre otro voluntario B situado en otra cabina, y que podía ser visto directamente y escuchado a través del equipo de sonido. El voluntario A iba formulando una serie de preguntas que le habían proporcionado, y si la respuesta era incorrecta debía apretar un botón de su equipo que producía descargas eléctricas dolorosas en el voluntario B. Las instrucciones decían claramente que a medida que aumentaban los errores se incrementaba la intensidad de la descarga eléctrica, que llegaba a un dolor intenso y ponía incluso en riesgo la salud de B. Lo que A no sabía era que B no era un voluntario sino un actor, que no recibía ninguna descarga eléctrica, sino actuaba los supuestos efectos de las mismas, llegando a pedir o implorar que se suspendiese el experimento. Obviamente A dudaba, a veces preguntaba al profesor, que lo alentaba a proseguir sin dar mayores explicaciones, y hubo muy pocos sujetos que cuestionasen el sentido de  la investigación y se negasen a continuar. El objetivo de la investigación consistía en probar que alguien elegido al azar, con alto nivel de escolaridad, sin dependencia laboral o académica con el director de la investigación, obedecía órdenes inadecuadas, crueles y peligrosas para un tercero, aún sin saber más que la ambigua instrucción de que era un experimento de aprendizaje, sólo movido por el prestigio personal del investigador. Milgram publica su trabajo como La compulsión a hacer el mal, título que le “tomé prestado” para realizar este comentario. Unos años más tarde Baremblitt y yo, auxiliados por un nutrido grupo de colaboradores, recreamos una investigación semejante con médicos. Obviamente los aportes de Hanna Arendt fueron luego parcialmente relativizados, con la inclusión de algunos aspectos subjetivos que, si bien no desplazan el epicentro de la causalidad, lo complementan.

La película contiene un acierto más: el contraste, dentro de Hanna Arendt, entre el criminal Eichmann y su maestro idealizado y primer gran amor, el filósofo Martin Heidegger. Para este último lo que hace humanos a los humanos es su capacidad de pensar, que él eleva a la máxima virtud de los congéneres. Pero a pesar de poseerla en forma destacada se vuelve nazi, sin ninguna presión institucional para ello. Hanna Arendt no se engaña, y a pesar del dolor que le produce su constatación, condena y desprecia a su ex maestro y ex amante. Aunque nunca lo dice con palabras, es obvio que para ella, a diferencia de la administración de justicia, el filósofo era mucho más culpable que el asesino.

 

2 respuestas a “COMENTARIO PELÍCULAS: LA COMPULSIÓN A HACER EL MAL”

  1. Tony Gay dice:

    Cuando leía o escuchaba sobre actos criminales, sobre atrocidades sin límite, yo pensaba que quienes los cometían eran personas que padecían una grave enfermedad mental, o que por alguna circunstancia personal en sus vidas se habían vuelto “malas”.
    La lectura de este artículo, sobre la propuesta de Hanna Arendt acerca de la influencia del ambiente social y del tejido de las instituciones en la criminalidad, hizo dirigir mis pensamientos hacia lo que a diario sabemos sobre la violencia en México; y me hizo reflexionar y me aclaró cómo el estado de degradación moral de los grupos del crimen organizado, y de los grupos del Poder del Estado que los apoyan, han creado desde redes de sicarios adultos, hasta de niños asesinos.
    Y con desesperanza me pregunto si este tejido de TERROR se podrá deshacer alguna vez.

    • Mario dice:

      Estimado lector, compartimos la misma preocupación, no sólo son los problemas actuales, sino las secuelas que van a quedar, un saludo, Mario Campuzano.

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