Subjetividad y cultura

COMENTARIO LIBROS

Download PDF

Miguel Matrajt

Álvarez del Castillo, Rodolfo. Izquierda Freudiana, Plataforma Internacional. Carta Psicoanalítica Ediciones, Monterrey, 2012

Como miembro fundador de Plataforma Argentina es imposible describir el profundo impacto emocional que me produjo ver este libro. Leer sus páginas me evocó un período clave de mi vida, así como me puso a repensar uno de los desarrollos psicoanalíticos más coherentes éticamente. El agradecimiento hacia Rodolfo por su titánica labor trasciende lo personal: creo que el rescate de una etapa fundamental de las mejores utopías psicoanalíticas es no sólo un homenaje a la memoria de lo que no se debe olvidar, sino un estímulo a la innovación y al pensamiento crítico.

Para los que ya hayan leído algunos de mis comentarios a los libros de Rodolfo les resultará un lugar común el énfasis con  que destaco la enciclopédica tarea de búsqueda de documentos y testimonios. Pero en un mundo donde lo que abunda es la superficialidad en los análisis y la banalidad (impropiamente llamada “subjetividad”) en el abordaje de los datos (sobre todo cuando son históricos) descolla el tratamiento minucioso, riguroso y profundo que este investigador imprime a sus estudios.

El texto que comentamos abarca un impresionante abanico histórico de incursiones explícitas en la interacción entre algún psicoanálisis (de los múltiples que existen) y alguna forma de práctica de izquierda (¡¿?!). Rodolfo describe contextos y personajes, así como exhuma documentos que muchos pensábamos definitivamente perdidos, y con todo ello elabora una clara cartografía para ubicarse en el tema. El énfasis puesto en Plataforma se debe a que fue el primero de dos grupos (el otro, también argentino, fue el grupo Documento) que se separaron de la IPA por motivos exclusivamente ideológicos en toda la historia del psicoanálisis. Todas las demás escisiones se debieron a pleitos y/o intereses personales, a veces mal disfrazados de diferencias teóricas. De hecho, la IPA nos ofreció que constituyésemos otra asociación psicoanalítica, reconocida por la internacional, oferta que rechazamos respetuosa pero claramente, porque “idénticos motivos a los que nos llevaban a renunciar a la filial argentina nos separaban ideológicamente de la internacional”.

Dejo a los lectores el placer de navegar, de la mano  de su autor, por las andanzas narradas y analizadas en este libro. Como miembro fundador de Plataforma, y  a pesar de mi resquemor a dejarme arrastrar por las ansias protagónicas de mi ego,  me voy a permitir dar mi versión particular, sin duda cargada de distorsiones, acerca de dos temas torales: las diferencias entre Plataforma europea y argentina, y el final de nuestra utopía activa.

Europeos y argentinos, como cualquier otro hijo de vecino,  estábamos determinados, atravesados  e interpenetrados por nuestro espacio y nuestro tiempo. En otras palabras, por la ideología, los intereses de clase y de sector, por nuestra historia social,  por nuestra genealogía profesional y por los problemas y luchas concretas que llevábamos a cabo en nuestros países. Los europeos, particularmente los franceses e ingleses, arrastraban todavía una concepción profundamente  imperialista (varios europeos acababan de perder sus colonias, los españoles y portugueses todavía las conservaban)  y procuraban rápidamente asimilar y transitar al modelo norteamericano de neocolonialismo. El mayo francés del 68 hizo trastabillar algunas certidumbres de la moralina cotidiana, pero por poco tiempo y pocas consecuencias extrauniversitarias. Por la época de inicio de Plataforma los ingleses, antipsiquiatras incluidos, hacían una reverencia a su reina cuando aparecía en las pantallas de la televisión, ni digamos cuando la veían en carne y hueso. Nórdicos, holandeses y belgas defendían sus monarquías a capa y espada. Europa vivía un momento de esplendor económico, con una socialdemocracia exitosa en procurar un bienestar real inimiginado a la inmensa mayoría de sus habitantes, aunado a un desarrollo cultural y de las libertades individuales jamás visto anteriormente. Todas cosas que no estaban dispuestos a arriesgar, sino a maquillar con algunos toques reformistas a algunas instituciones.  Desde estas dos perspectivas se alimentaba un pacto subjetivo entre la culpa histórica por el colonialismo, la negación y el desprecio hacia el Tercer Mundo. Si USA había decretado el bloqueo a Cuba, no solamente los gobiernos lo respetaban, sino los intelectuales omitían el tema en cualquier discusión. Si el uranio (la tercera parte de la energía europea provenía del sector nuclear) dependía de Sudáfrica, ¡viva el apartheid!. Por supuesto que no todo era paz y prosperidad: existían guerrillas en España, Italia y Alemania, guerras de religión en Inglaterra y los tanques soviéticos aplastaron la primavera de Praga… pero de eso no se hablaba demasiado.

Argentina, gobernada por su enésima dictadura militar, estaba en un período de guerra revolucionaria. Varios grupos guerrilleros urbanos operaban y se consolidaban en las ciudades más importantes, así como varios sindicatos, incluyendo el de psiquiatras[1], se habían radicalizado y unido fuerzas con sectores populares. Para los europeos las formas contestatarias ante el stablishment psicoanalítico se reducían a reclamar mayor participación para los sectores de aprendices (candidatos)  y mayor democratización en las prácticas institucionales. Ninguna mención (o tibiamente discursiva) a la participación de los psicoanálisis en los problemas nacionales de salud pública y ni siquiera discursiva en relación a la intocable política nacional o internacional. Hubo, por supuesto, muchas y muy honrosas excepciones, como Sartre, Fannon o Basaglia, así como otras muy pueriles, como los antipsiquiatras británicos[2].

Para los psis argentinos el objetivo central era la transformación de la inserción social de los psicoanálisis, para lo cuál era menester una revisión profunda de sus postulados epistemológicos y teóricos, y una incorporación REAL[3] a las luchas políticas populares. La izquierda revolucionaria sudamericana, totalmente alejada de los partidos comunistas convencionales, consideraba que no había acción política significativa que no pasase por la lucha armada[4], y despreciaba, con una lógica casi racista, toda otra opción, calificada como racionalización pequeño burguesa. Es así que la colaboración e intercambio entre europeos y argentinos transitaba fecunda pero dificultosamente entre dos extremismos: el reformismo intrapsicoanalítico europeo y los postulados dogmáticos guevaristas sudamericanos. Hacían excepción los diálogos y cooperaciones con los compañeros suizos, quizás porque estaban encuadrados por una amistad personal profunda y duradera. Pero, en general, para los europeos era tema tabú hablar de imperialismo, neocolonialismo, intervenciones militares extraterritoriales, monarquías, eurocomunismo, complicidades apenas encubiertas o apoyos explícitos a dictaduras tercermundistas o los postulados dictados por la OTAN.

Y para los argentinos y el resto de los revolucionarios latinoamericanos era tema tabú hablar de opciones políticas no militares, transiciones o alianzas, así como incluir en sus propuestas a las etnias autóctonas, las experiencias regionales y el sincretismo cultural tan caro para vastos sectores latinoamericanos. El europeo, era un marxismo de salón. El nuestro, era un marxismo prohibido y perseguido: la sola mención de los conflictos internacionales, particularmente el apoyo a la revolución cubana, significaba, casi automáticamente, cuando menos  la pérdida del empleo. Pero nadie amordazó su boca ni edulcoró su pluma. De hecho casi todos perdimos nuestros trabajos (no el consultorio privado), la antigüedad, las prestaciones sociales, la carrera laboral (por ejemplo la hospitalaria o académica), las becas y los subsidios para investigación. Los intelectuales europeos, tan lúcidos para  visualizar multiplicidad de temas sociales, eran totalmente miopes para cuestionarse por qué sus respectivos gobiernos les pagasen altos sueldos y los protegiesen para que pudiesen investigar y escribir sus cuestionamientos comunitarios. Los intelectuales sudamericanos revolucionarios, tan preclaros para analizar la penetración de la  ideología hegemónica, no atinaban a identificar los postulados cristianos de sufrimiento y abnegación presentes en sus prácticas  cotidianas. Los izquierdistas europeos sostuvieron siempre, soslayando las implicaciones morales, que la disociación entre política interna y externa era fácticamente posible: se podía ser “socialista” en lo nacional e imperialista en lo internacional. En el último siglo las políticas externas de los países de Europa occidental fueron idénticas sin importar el partido que estuviese en el gobierno. Para los latinoamericanos esa contradicción era ilusoria. Un punto definitorio para identificar políticamente a un intelectual era su posición frente a los conflictos mundiales. Para nosotros, la afirmación del Che que transcribo a continuación, no era un slogan panfletario sino un axioma estructurante de nuestro quehacer: “La cualidad más valiosa de un revolucionario es sentir como propia cualquier injusticia hecha contra cualquier persona en cualquier parte del mundo”. Preciosa utopía, pero tan fuera de la realidad como la disociación europea. Ni el Che, ni Cuba, ni los países del entonces socialismo real… ni nosotros podíamos ser fácticamente coherentes. Luchábamos contra algunas injusticias, y fingíamos demencia frente a otras.

Creo, autocráticamente, que nosotros fuimos más prejuiciosos y cerrados que los europeos. A unos y otros, la realidad, que con un bofetón nos sentó en el suelo, nos hizo reflexionar autocráticamente. Los europeos reaccionaron antes y más a fondo que los sudamericanos. Comenzaron por una actitud  de apoyo solidario a los exiliados. A diez años del nacimiento de Plataforma ellos dieron un giro de 180 grados ante el triunfo sandinista. Los sudamericanos tardamos bastante más en entender y respetar sus posturas políticas y salirnos de nuestros dogmatismos.

En relación con el final de Plataforma Argentina (mucho más allá de la disolución formal que señala Rodolfo en su texto) cabe plantearse la evolución en dos carriles complementarios. El grupo se constituye en 1969 con puros candidatos, salvo Paz que era adherente y Pavlovsky que era titular. Los cuatro miembros didácticos que finalmente se incorporaron, coquetearon con nosotros y la Asociación Psicoanalítica durante dos años, hasta que llegó el momento de una obligada definición. Inmediatamente después de la renuncia a la APA y la IPA, el grupo produjo todavía muchas acciones significativas. Para empezar se instituyó un cambio de nombre: trabajadores de la salud mental. Eso no fue solamente un ropaje semántico, sino una profunda transformación conceptual. Se eliminaban así las cuestiones de poder ligadas a la pertenencia profesional (los médicos habían ostentado, tradicionalmente,  una mayor cuota de poder), poniendo en plano de igualdad a médicos, psicólogos, trabajadores sociales enfermeros y demás colegas de otras ciencias sociales. Por otro lado, la palabra “trabajador” procuraba emparejarnos valorativamente con los demás trabajadores. De hecho, a partir de ese momento las asambleas se volvieron multitudinarias y se realizaban en el local del sindicato de trabajadores gráficos, agrupación tradicionalmente enfrentada con el sindicalismo charro. En segundo lugar se sacaba la práctica específica de los hospitales psiquiátricos y consultorios privados[5] para llevarla masivamente a hospitales públicos y centros de salud. En tercer lugar se cancelaba definitivamente la obsoleta separación entre psiquiatras tradicionales y psicoanalistas, en  tanto se abrían todas las posturas teóricas y las prácticas específicas a la autocrítica intradisciplinaria y a la interpelación de las disciplinas de frontera, por entonces hegemónicamente las sociales, dado que las neurociencias estaban todavía en pañales. Aquí es donde podría entrar el segundo carril al que me refería antes: la imposibilidad real de construir asociaciones psicoanalíticas mejores, en tanto éstas estaban muy determinadas por ciertas características epistemológicas y metodológicas inmanentes a los psicoanálisis, pero prefiero dejar el tema para otra discusión.  En cuarto lugar se formularon objetivos mucho más abarcativos, esencialmente los programas de salud pública[6], de allí el nombre de trabajadores de la salud mental. Y,  lo más importante, se asumía que nuestra práctica específica debía integrarse a las luchas políticas más amplias. Todo esto se canalizó en múltiples vías de acción, siendo muy significativa la creación de una coordinadora de trabajadores de la salud mental, donde todos los profesionales anteriormente señalados estaban integrados en un plano de igualdad estatutaria. Esta coordinadora llegó a tener más de tres mil compañeros. Las tareas no se redujeron a la enseñanza del psicoanálisis, sino incursionaron en muchos otros campos. Por ejemplo, se constituyeron grupos de apoyo a los presos políticos, que iban a las cárceles a hacerles psicoterapia. Igualmente se atendieron numerosos militantes clandestinos, como fue desarrollado en el No. 28 de Subjetividad y Cultura. Se trabajó políticamente con varios sindicatos radicalizados, a veces sólo con secciones de los mismos, como un hospital o una fábrica. ¿Eran todos  los integrantes de la Coordinadora revolucionarios y militantes políticos?  Por supuesto que no, ni siquiera la gran mayoría. Predominaron los oportunistas: los que se encaramaron a nuevas cúpulas fácticas, (ya que no existían las jerarquías formales) y los que accedieron más fácilmente al conocimiento. Los primeros fueron ex candidatos de la APA que, en un santiamén, pasaron de ser los últimos eslabones en una cadena de poder a convertirse en titulares de  feudos y jefes de nuevas dinastías recién creadas por ellos, con todo lo que eso significaba en  narcisismo, prestigio e ingresos económicos. Los segundos, se travistieron de izquierda para obtener una formación profesional que antes les estaba vedada o sólo se les permitía entrar a altos costos financieros. Hubo también una serie de infiltrados de partidos políticos izquierdistas no revolucionarios que se acercaban a pescar nuevos afiliados. Y, desgraciadamente, hubo también un buen número de espías, delatores y traidores. Pero, más allá de las intenciones explícitas o secretas, Plataforma, la Federación de Psiquiatras y la Coordinadora estaban, cuando menos en la cabeza de la derecha represora, indisolublemente subordinadas al accionar de las organizaciones político-militares y sus agrupaciones populares. Por ende, ligadas a su destino. La derrota de todos se debió a muchos factores. El más importante fue, sin duda,  la abrumadora diferencia de fuerzas y la inescrupulosidad criminal de la derecha. Pero no se deben dejar de lado los múltiples  y garrafales errores que cometimos todos los participantes de la izquierda revolucionaria. Los psis. lo pagamos con la vida de decenas de compañeros y el exilio de casi todos los demás. Si mi memoria no me traiciona, sólo cuatro de los fundadores de Plataforma pudieron permanecer en Argentina.

Quizás a algún lector le parezca que mis reflexiones son demasiado duras. Creo que no se puede avanzar si se omite una autocrítica inmisericorde que nos permita transformarnos y a no repetir los errores. El análisis duro e implacable es la única vacuna para no caer en la negación, la autocomplacencia o la explicación simplista que la debacle se debió solamente a una correlación de fuerzas negativa.

Vuelvo a cuestionarme sobre la licitud de ocupar tanto espacio de este comentario en mi versión de los dos interrogantes señalados. Esgrimo, en mi defensa, el hecho que el libro de Rodolfo no es un texto de anécdotas ni chismes, sino una descripción y análisis profundos sobre las vicisitudes de un maridaje juzgado por muchos como imposible: los psicoanálisis y las luchas revolucionarias. En este sentido el libro que nos ocupa plantea una serie de interrogantes muy serios, y creo que le hago honor a su autor aportando mis respuestas a dos de ellos. El libro de Rodolfo suma, a sus múltiples virtudes una utopía que comparto: que todos los intentos fallidos por hacer del psicoanálisis también una herramienta de transformación del mundo no se pierdan en el olvido, sino que aporten, aunque sea por el esclarecimiento de sus errores, a alguna nueva opción que algún día florecerá.

 


[1] El autor de estas líneas fue el primer secretario general de ese gremio en su momento de transición a una militancia política.

[2] Como ejemplo, entre muchos: Cooper visita Argentina por primera vez en 1970, donde es cálidamente recibido. En una reunión en pequeño grupo (Baremblitt, Bauleo, Bleger, Kesselman, Langer,  Menendez, Pavlovsky, Paz, Rodrigué y un servidor), en plena discusión sobre las alternativas de acción política le pregunto que piensa de los Tupamaros. Me responde que la semana siguiente viajaría a Montevideo y esperaba hablar con ellos. Le inquiero si creía que los encontraría en una zona, como a los hippies en Carnaby Street en Londres. Estupefacto, me contesta afirmativamente, e inmediatamente advierte su desubicación en la realidad.

[3] Desde la fundación de Plataforma hasta finales de 1977 más de cuarenta psis. murieron, algunos en combate la mayoría en cámaras de tortura.

[4] Así se expresaba literalmente en el documento interno de fundación de Plataforma Argentina.

[5] Ya había habido experiencias pioneras desde hacía una década.

[6] Y para algunos, como un servidor, las relaciones entre trabajo,  subjetividad y salud mental.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Buscador

Números anteriores

  • No 32 Marzo 2017
  • No 31 Mayo 2016
  • No 30 Marzo 2015
  • Colabora con nosotros

    Subjetividad y Cultura acepta colaboraciones para sus diversas secciones: artículos, notas clínicas, comunicaciones breves, reseñas y comentarios de libros y películas, así como cartas de interés relacionados con el estudio de la subjetividad, la teoría y práctica del psicoanálisis, individual y grupal, en cualquiera de sus variantes y aplicaciones, especialmente si se correlacionan con el ámbito cultural y sociohistórico.



    Conoce los lineamientos dando clic aquí
    contacto@subjetividadycultura.org.mx