Subjetividad y cultura

Imagen: pixabay.com

Comentario a la película “Snowden: el precio de la honestidad”

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Miguel Matraj

 

Esta nueva película (2016) de Oliver Stone continúa y confirma una línea ideológica trazada por este creador hace más de 35 años, comenzando con La Mano (1981), y que contiene películas del nivel de Nixon, The Doors, Nacido el 4 de Julio, Wall Street, JFK: Caso Abierto, Wall Sreet, el Dinero Nunca Duerme, etc. El cineasta, al igual que el personaje del film que nos ocupa, cree firmemente que la mejor manera de servir a su país y a la Humanidad es diciendo la verdad. Lo que implica moverse en un camino espinoso y peligroso. Así que en ésta, como en las anteriores obras de este cineasta, la denuncia de los canallas más poderosos y el develamiento de las mentiras más difundidas constituyen el trasfondo crítico que le da sentido a sus creaciones.

Oliver Stone siempre logra algo que pocos creadores (me vienen a la cabeza el psiquiatra F. Fannon, el dramaturgo B. Brecht y el cineasta G. Pontecorvo) han conseguido: un lenguaje simple y claro, que jamás renuncia a la profundidad, una semiótica tan precisa y comprensible que no requiere conocimientos ni explicaciones para acceder al sentido de la obra de arte. Un auténtico cine de masas, que no pretende ser didáctico ni plantear moralejas, sino que desnuda un fragmento de la realidad, y deja al espectador construir su propia explicación de la misma y realizar su propio juicio crítico.

Esta película, como lo dice al comienzo, es la “dramatización de hechos reales”. Esto significa que seguramente los diálogos son ficción, pero los conceptos vertidos corresponden exactamente a los argumentos que esos protagonistas de la macabra realidad descripta sostienen. El autor de este comentario osa suponer que si alguien pudiese tener acceso a un diálogo sincero (utopía casi psicótica) con alguno de los funcionarios acá dibujados, admitiría que su pensamiento y su escala de valores no fueron traicionados por la película. Más aún, que si tuvieran actualmente una responsabilidad como la que tuvieron entonces harían exactamente lo mismo… salvo el permitirle a un ser honesto el acceso al sistema de omisiones, mentiras y delitos que fueron la columna vertebral de su accionar.

El Sowden de carne y hueso parece una fabricación del guionista a los fines de la película. Pero así fue su vida real. Proviene de una familia muy integrada al stablishment conservador norteamericano. Su abuelo fue almirante, y se salva por casualidad del famoso ataque aéreo al Pentágono. El padre de nuestro protagonista fue un alto oficial del ejército. El propio Snowden vivió mucho tiempo convencido de las ideas reaccionarias de su familia, con la certeza de que el gobierno y la prensa siempre dicen la verdad, y que las instituciones que mejor defienden a su patria eran las militarizadas. Con un aspecto manso por fuera, su cerebro está siempre enfebrecido y requemado por dentro. Así, se enrola en las Fuerzas Especiales, de las cuáles es dado de baja por un problema de salud en sus piernas. De allí, y fiel a los conceptos que habían regido su existencia, se postula para la CIA, como experto en computación. Rápida y fácilmente descolló y fue asignado a una tarea encubierta en Ginebra. En esta ciudad de diplomáticos comienza su transformación, cuando descubre la falta de escrupulosidad de su agencia y de sus compañeros y jefes. Renuncia, por motivos de conciencia, pero el triunfo de Obama le hace creer que las modalidades sórdidas e ilegales llegarían a su fin con el nuevo presidente. Convencido, como estaba, que un político, más todavía un presidente de la nación, siempre dice la verdad, no advierte que esa afirmación del primer negro que llega a la presidencia era flor de un día, y que al anochecer se desgajaría. Lo que sigue, aunque conocido en sus generalidades, se detalla en el film en forma electrizante.

Oliver Stone entrelaza magistralmente dos historias: la de amor, intenso y apasionado, entre nuestro héroe y Lindsay, y la de la toma de conciencia y el acto épico de denunciar los manejos dictatoriales e ilegales que la organización de la inteligencia le permiten a un presidente y a los altos jefes de las fuerzas armadas. El contrapunto entre estas dos historias nutre al film de un ritmo tan vertiginoso como magnético.

Lindsay es el gran amor de la vida de Ed, amor fuerte y recíproco. Construir una pareja cuando hay cosas tan determinantes del proyecto de vida que no pueden ser compartidas, y que aparecen como órdenes que exigen obediencia y silencio, requiere de un cariño y una confianza que para la mayoría de los humanos se hace imposible de asimilar. Ambos lo logran, con altibajos y separaciones, algunas voluntarias y otras forzadas por las circunstancias. Un drama de vida en que frecuentemente el ansia de gozar debe reprimirse en lo más hondo de sus ardientes entrañas. Una voluntad de estar juntos que tiene reservas para no decaer en ningún momento, por fuertes que fuesen los obstáculos. El servicio de inteligencia le exige una vida mansa, sin frutos, sin objeto, donde alternan lujos y comodidades con una abnegación nutrida de impotencia. Y le inflige una tremenda hemiplejía simbólica: debe ser muy observador y aguzado cuando del enemigo se trata, pero muy ciego, sordo y mudo cuando descubre, o, peor aún, le demandan complicidad, en las horrendas transgresiones en que incurren sus superiores y la institución en su conjunto. De esta forma se contempla a sí mismo encaminando toda su energía a violar sus valores o a no hacer nada.

La transformación que experimenta Ed Snowden, quien entra al servicio de inteligencia plenamente convencido que estaba colaborando con un escudo protector contra el terrorismo, coraza destinada a salvar miles o millones de vidas, se produce a partir de lo que allí ve, asqueado por lo que allí ve. Explora mil formas de nublar su vista, pero de continuar mirando al cielo se le pondrían los ojos de vaca. A sus compañeros, absorbidos por un hoyo negro, los remordimientos se les escurrían hacia la indolencia, apoyados por un discurso oficial estereotipado, vaciado de toda sustancia, aunque enunciado con una gravedad casi episcopal. En su cabeza habían incorporado las certezas de estar sirviendo a su pueblo, valiéndose de la coartada ideológica que mentir es una transgresión, un pecado. Pero, en cambio, callarse es algo inerte, inofensivo. O peor todavía, algunos de ellos ostentaban una aguda lucidez en la cual los fines justifican los medios. O, incluso, frecuentemente los reemplazan. Advierte, paulatinamente, que lo verosímil desaparece al mismo tiempo que los amigos. Hay en la película algunos momentos –diálogos, imágenes- paradigmáticos de la ideología que subyace a la agencia y otros estamentos del gobierno. Como ejemplos, las palabras de Obama antes de asumir la presidencia, condenando lo que luego va a autorizar y promover. O la imagen, documental, del director de la CIA mintiéndole dolosamente al Senado. O la reflexión de su jefe máximo, un ideólogo lúcido pero entrampado en la basura, señalando que al ciudadano norteamericano no le importa la libertad sino la seguridad. En otro momento este mismo cuadro alto enuncia, como si fuese una revelación dogmática, que la privacidad deviene en seguridad y ésta en victoria. Así, en términos generales, como verdad absoluta que trasciende tiempo y espacio. Por supuesto, sin precisar a qué privacidad se refiere, ni, mucho menos, la victoria de quién. O la conversación con miembros de su equipo, durante una fiesta. Allí, su jefe inmediato asevera que algo no es ilegal si es ordenado por sus jefes. Ed le señala que en Nuremberg se juzgó y condenó a quienes se escudaron en haber recibido órdenes.

Ed Snowen queda atrapado en un pendular entre un juicio sin indulgencia en relación con su trabajo, y un supremo hastío de sí mismo. El corazón le corre por todo el pecho como un perro perseguido. Y el cerebro superanalítico que poseía le señalaba con cristalina transparencia que seguir los dictados de su conciencia significa pagar con sangre lo que sangre ha costado, aunque toda la sangre sea la suya.

Ed luchaba sin desmayo contra su vulnerabilidad. Su ejército, compuesto por un solo soldado, él mismo, debía enfrentar a la totalidad del stablishment. Este último no imagina que el tímido y pacífico programador de sistemas solucionaría su conflicto en forma inesperada y sorpresiva. Snowden, a diferencia de la liberal Lindsay cuando él la conoce, no es un hombre inclinado a criticar al gobierno, ni menos aún alguien cuyo cambio se deba a teorías o análisis leídos o emergentes de una actividad ideológica. Él requiere de hechos concretos, organolépticamente verificados, para poder cuestionar todo su andamiaje de creencias. Su metamorfosis es motorizada por la constante constatación de las mentiras y las consecuencias de las mismas para su pueblo y para el resto de la Humanidad. La contradicción interna es entre aceptar ciegamente el hollywoodense discurso oficial o ser congruente con sus principios. El primero es exculpatorio de toda responsabilidad, permite disfrutar de la condición de miembro de una institución militarizada, en la cual el acatamiento a las órdenes es un valor en sí mismo, y, por ende, una legitimación frente a su propia conciencia. El segundo es la honestidad personal y cívica de hacer conocer la verdad, guiado por la utopía de que los buenos líderes –si existieran- así como las masas exigirían un cambio radical en ciertas prácticas. La primera de las opciones se apoya en una serie de coartadas que travisten las canalladas en servicio sublime a la patria y al autodenominado mundo libre. Esos pilares de legitimación se complementan con el alto nivel de ingresos y la vida fácil que sus funcionarios llevan. La segunda opción expresa un acto de conciencia, cuyo alto precio Ed conoce a la perfección.

¿Qué es lo que Ed Snowden vio, y que le hizo cambiar su óptica de la CIA y del gobierno? En Ginebra constata que la CIA, inescrupulosamente apoyada por otras agencias del gobierno, es capaz de fabricar una situación para extorsionar a un banquero, aún a riesgo de que alguien muera. Esta comprobación lo lleva a renunciar por “motivos de conciencia”. La esperanza de un cambio al llegar Obama a la presidencia lo lleva a reingresar. Pero, posteriormente, va desglosando las relaciones perversas existentes entre las informaciones y la política. Y entra ésta y la industria militar. En Hawái, su último destino, comprueba que su agencia es capaz de asesinar, proveer de información a otras áreas para transgredir las leyes, y, lo que es peor –y más determinante para que tome la decisión que eligió- que el inmenso aparato electrónico de inteligencia usa al terrorismo como escaparate, pero en realidad sus objetivos son muy distintos. Antes de puntualizar estos últimos vale la pena señalar que el programa, inicialmente diseñado por el propio Snowden con otros fines, tiene la capacidad de escuchar todos los teléfonos fijos y celulares del planeta, de meterse en todas las computadoras y complementarse con otros métodos, como los drones. Y todo a nivel mundial, como un ejército de ectoplasmas silenciosos diseminados por todos los rincones.

Hay dos constataciones que penetran profundamente en la conciencia de Snowden. La primera que el programa para lo que menos se usa es para combatir agresores potenciales a su país, sino para obtener información personal, familiar, sexual, financiera y de otros tipos de cualquier funcionario o líder del planeta, con el objetivo de poderlo paralizar, neutralizar, extorsionar y transformar en un agente forzado. Este espionaje no respeta a los aliados más fieles, ni a aquéllos que comparten su ideología ni a los miembros de su propio gobierno. La segunda constatación –quizás la definitiva- es que comparando cuantitativamente la cantidad de información que el aparato de espionaje recolecta diariamente de todo el planeta, es su propio país, USA, el más espiado, seguido por los países de Europa considerados más cercanos. Le queda claro que los espiados no son sospechosos de ninguna actividad terrorista, ni siquiera contestataria del sistema. Nuestro protagonista se horroriza, no sólo por lo que este espionaje doméstico significa como invasión a la intimidad y violación de toda legalidad, sino porque es utilizado con fines de obtener poder, y, potencialmente, puede ser usado para transgredir los principios democráticos que le enseñaron y en los que siempre creyó. Y en la práctica, a instalar una dictadura encubierta.

Sin decirlo con palabras, sino describiendo la realidad, queda claro que la realidad del siglo XXI supera horrorosamente la ciencia ficción desplegada por G. Orwell cuando escribió 1984. Es que el novelista no podía imaginar la peligrosidad del desarrollo tecnológico. Ni menos aún podía imaginar la sagacidad con que los nuevos canallas ocultan y disfrazan sus prácticas de dominación.

Esta lógica que el fin justifica los medios –lógica que, dicho sea de paso, observamos en casi todas las películas y series occidentales- está tan enraizada en los sectores de poder, que se aplica en todos los terrenos y con todas las personas. Es así que los inventos internos de la CIA son robados por otros estamentos de la agencia, y luego promovidos como algo propio, con un desparpajado incremento del presupuesto. Los grupos internos de poder se disputan inventos y peligros, para obtener una mayor cuota de poder y un incremento del presupuesto a ellos asignados. No es de extrañar que las grandes empresas privadas participen protagónicamente de estas acciones encubiertas. No sólo la industria militar, sino muchas otras. En la película se subraya la alianza con la empresa Dell.

Esta película nos produce perplejidad y pavor. Lo primero porque exhibe la casi omnipotencia de los avances tecnológicos del aparato de escuchas, observaciones y control, dejándonos con la impresión que la vida privada está en proceso de extinción. El pavor porque los autores, los responsables y los directores de ese aparato ostentan una absoluta inescrupulosidad, aunada a la convicción de su impunidad. Pero la existencia de seres tan valientes como Snowden y Stone también nos despierta una profunda admiración, y nos realimenta nuestra esperanza en la preservación de lo más humano que tenemos los seres humanos.

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