Subjetividad y cultura

Alianzas inconscientes, el tejido de la subjetividad: el caso de Edith

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Claudia Villanueva Kuri [1]

 

I.  Dentro del psicoanálisis contemporáneo se ha venido abriendo camino en forma creciente la idea de que el inconsciente y sus manifestaciones no pueden entenderse cabalmente sólo a partir de su apuntalamiento en zonas corporales como se considera en la teoría clásica-, sino que es necesario incluir la dimensión intersubjetiva -con el correspondiente apuntalamiento en vínculos y agrupaciones- para que tanto su estructuración como su funcionamiento se hagan inteligibles de un modo más nítido (Kaës, 2007). Es en esta problemática y polémica que se inscribe el presente artículo, el cual pretende mostrar cómo ciertos factores intersubjetivos, que inciden también en el ámbito de lo transgeneracional, han sido determinantes en la estructuración y el funcionamiento del inconsciente de una paciente y de su sintomatología.

 

II.  De acuerdo a la teoría de la intersubjetividad que formula René Kaës (2007), para que el ser humano pueda hacer vínculo, desde el origen de la vida psíquica, y también más adelante para formar una pareja, vivir en familia y en comunidad, existe como precondición el hecho de que cada individuo sea investido por e invista a los demás de modo electivo.  Se generan así identificaciones con un objeto y con un rasgo en común.  Esta precondición es necesaria para crear vínculo, sin embargo no es suficiente.  Para que los vínculos se mantengan es también necesario que entre los miembros de una pareja, familia o grupo se anuden y se sellen alianzas, algunas conscientes otras inconscientes, cuya función principal es estrechar y ligar los vínculos, fijar sus apuestas y términos e instalarlos en el tiempo.

Al psicoanálisis le interesan primordialmente las alianzas inconscientes.  Estas son definidas por Kaës (ídem) como una formación psíquica intersubjetiva construida por los sujetos del vínculo para establecer en la base del vínculo las investiduras narcisistas y objetales que necesitan, así como los procesos y las funciones psíquicas que requieren y que proceden de la represión, de la renegación, del rechazo y de la desmentida.

Una de las características de las alianzas inconscientes es que producen sus efectos más allá de los sujetos que las elaboraron y de las circunstancias y del momento que las hicieron necesarias.  De hecho, ellas constituyen la instancia y la materia de la transmisión de la vida psíquica entre generaciones.  Una vez elaboradas, las alianzas requieren de los sujetos que están anudados a ellas ciertas obligaciones, prohibiciones y sujeciones, pero a cambio de esto también distribuyen entre ellos beneficios y prometen gratificaciones.  Y son los contenidos de estas alianzas y las formas particulares que promueven para responder a los conflictos que se presentan en la dinámica del vínculo, lo que se va transmitiendo de generación en generación.

Sobre estos conceptos es que quisiera realizar el análisis de una paciente cuya dinámica intrapsíquica ha sido definida y está siendo constantemente delineada por las alianzas inconscientes que han conformado a su familia durante tres generaciones y que la precedieron, acaso inevitablemente, pero a las que ella se ha anudado de un modo activo, aunque inconsciente.  Lo que quisiera también mostrar es la manera en que la construcción de su subjetividad y la de su grupo familiar, tanto a nivel intra, como inter y transubjetivo,  se ha dado a través de una serie de alianzas inconscientes que han estado al servicio de un organizador grupal diádico, de corte materno,  que puede definirse a través del eje trabajo-dinero.

 

III.  Edith proviene de una familia de origen oriental de corte tradicionalista. A ella le tocó ser la mayor de un grupo de 6 hijos, papel que en este tipo de grupo social es rígido y está prefigurado desde el principio.  Como en muchas de estas familias, en la de Edith se esperaba que el primer hijo fuera hombre y, aunque nació mujer, ella vino a cumplir muchas de las funciones que se esperan del primogénito varón, más las que su condición de mujer abonaban al rol de hija mayor.  Estas circunstancias ayudaron a que se hiciera altamente operativa, por lo que tanto sus padres como sus hermanos con frecuencia esperaban que ella solucionara los problemas que la familia enfrentaba. Se hizo una profesionista eficaz y exitosa, con capacidad para ser independiente económicamente hablando.  Sin embargo, Edith siempre sintió que sus papás la utilizaban. Siendo ya un adulto, sus hermanos también mantenían relaciones utilitarias con ella y le hablaban sólo cuando la necesitaban afectiva o económicamente, lo cual le daba a ella pocas oportunidades para manifestar sus propios deseos, por lo que todos asumían implícitamente que ella no necesitaba nada.  La gratificación que ella tenía por cumplir con estas funciones era la de tener el control y ser la “salvadora” de sus familiares.

Su vida amorosa había estado también caracterizada por relaciones conflictivas y pragmáticas. A lo largo del tratamiento pudo por fin separarse lo suficiente de su familia de origen como para casarse y empezar una vida propia.  Y, aunque su relación es conflictiva, ha logrado ir construyendo una relación con su marido e hija mucho más diferenciada de la que tenía con sus hermanos y padres.

Pero casarse y tener hijos jamás ha sido garantía de una buena separación y diferenciación.  Basta ver las tres generaciones previas a la de Edith.  Los bisabuelos de Edith salieron de su país de origen dejando a mucha familia allá y tratando de escapar de la pobreza.  El abuelo de Edith, que es el hijo mayor de esta pareja de inmigrantes, nació y creció en México, siempre bajo la consigna de que tenía que sacar adelante económicamente a la familia.  Fue él, auspiciado por su padre, quien fundó la empresa que habría de ser la fuente de la riqueza familiar.  Logró el cometido de sacar a sus padres de la pobreza y de evitar que sus hermanos crecieran en ella.  Ya grande, se casó con una mujer dominante y con una gran presencia, con la que tenía una relación distante pero operativa.  Con ella tuvo 4 hijos, a los que difícilmente vio y con los que no se relacionó (el mayor de los cuales es justamente el padre de Edith).  A pesar de sus éxitos económicos y de la familia que había construido, cumplir con los cometidos de sus padres le salió muy caro al abuelo de Edith: la depresión crónica que desde su adolescencia había padecido acabó siendo atendida bajo internamiento en un hospital psiquiátrico, en el que le dieron TEC y en el que después de un tiempo murió.  La novela familiar dice que fue un suicidio, aunque éste es un secreto a voces no confirmado.  Ya desde esta generación, es claro que había que sacrificar al hijo mayor, al primogénito, para que la cohesión y la continuidad de la familia pudieran estar garantizadas.

La vida del padre de Edith, el primogénito de esta última pareja, estaba también prefigurada desde antes que naciera.  Desde su infancia, tuvo que empezar a trabajar en el negocio de su padre.  Cuando era adolescente, el padre le encargaba buena parte de los movimientos de la empresa y en el momento en que el padre cayó en franca depresión y posteriormente murió, el padre de Edith tuvo que hacerse cargo de su madre y hermanos, tomando casi plenamente el papel de su propio padre. El padre de Edith guió a su familia de origen y les proveyó de todo lo que necesitaban durante muchos años.  Esto lo hizo a costa de estar alejado de su esposa e hijos y de dejar de darles a estos últimos muchos de los satisfactores económicos que no escatimaba para su madre y hermanos.  Esto lo hacía también a costa de él mismo, pues en su afán de evitar que su madre y hermanos sufrieran por la ausencia del padre, él sofocó casi todos sus deseos y se convirtió en una persona que postergó su capacidad para disfrutar en aras de las prioridades de su madre y hermanos.  Para garantizar que esto lo pudiera seguir realizando, se casó con una mujer que al igual que él mantenía vínculos muy sólidos con su familia de origen y quien también sofocaba muchos de sus deseos, en su caso debido a que sentía una gran culpa frente a sus hermanos, quienes nunca alcanzaron la posición económica que ella obtuvo gracias a su marido.  Todo esto les salió caro tanto al padre como a la madre de Edith: el primero vive en una depresión crónica muy severa y la segunda vive muy amargada. En la casa de Edith nunca hubo espacio para el placer y el sacrificio por los demás era el valor prioritario.

En su calidad de primogénita, quien estaba originalmente destinada a sacrificarse para salvar al resto de la familia era Edith.  Sin embargo, aparte de la terapia, que inicio en un momento decisivo de su vida, hubo un elemento que surgió dentro del grupo y que también ayudó a que Edith pudiera distinguirse de su familia de origen: el hecho de que su hermano Mario, quien es el tercer hijo pero el primer varón, ya como adulto quisiera tomar la estafeta y hacerse del papel que desde hacía tiempo había ansiado: el del primogénito (ahora sí) varón. Al principio, a Edith  le costó trabajo ceder la estafeta, pues quería seguir ejerciendo el control, pero gracias al psicoanálisis logró renunciar a un papel que le había hecho posponer la construcción de su propia vida.

Aunque todavía ahora Mario la consulta con relativa frecuencia, lo cierto es que desde hace algunos años es él quien decide muchas cosas dentro de la familia y quien soluciona los problemas.  Esto se hizo más contundente a partir de que el papá se retirara del negocio debido a la depresión que sufre. Mario dirige ahora el negocio, del cual él también es socio, y es él el que le da dinero a su mamá y a los hermanos solteros que todavía dependen del papá (o de él porque a veces ese rol se confunde).  Mario se ha tomado muy en serio su papel de hijo mayor y aunque se queja de algunas cosas, disfruta ejerciendo el control.  Sin embargo, ha ido un poco más allá porque él quisiera eliminar todas las fallas y las imperfecciones que tiene su familia y por esto su afán de control es aún mayor que el que tenían su propio padre o Edith.  Padece de un trastorno obsesivo-compulsivo, sufre también de muchas enfermedades psicosomáticas y nunca se ha casado ni ha vivido con alguien fuera del núcleo familiar.

 

IV. Las alianzas conscientes e inconscientes que  podemos rastrear en la familia de Edith surgen desde la primera generación de la que tenemos conocimiento: el hecho de venir de un país lejano y con poco dinero obligó a los bisabuelos y al abuelo de Edith a aliarse  en torno a un ideal: el de no pasar hambre y el de tener con qué sobrevivir y sacar a los hijos adelante;  en otras palabras, se organizaron en torno al ideal del trabajo y del dinero.  Este elemento ha fungido como un ideal del yo en las tres generaciones posteriores.  Parecería que es ésta la primera alianza que organiza a la familia y que le permite cohesionarse como grupo y, a algunos de sus miembros, entre ellos Edith, ser altamente operativos.

Sin embargo, junto con esta alianza consciente (porque tener y conservar dinero siempre ha sido un ideal y un compromiso explícito –y por tanto consciente- de las tres generaciones de la familia), se conformaron otras muchas alianzas inconscientes.  Una de las más claras es que el hijo mayor se tenía que sacrificar para sacar adelante a la familia, pues sólo así podría cumplir con el cometido de trabajar y ganar dinero para que todo el grupo subsistiera. Esta alianza tiene la característica de ser alienante, según la terminología propuesta por Kaës (2009) pues en ella está presente la enajenación y la sumisión de un sujeto a otro(s).  Aunque los hijos mayores aceptaban en un primer momento la alianza alienante, pues así mantenían el vínculo, obtenían el control y se sentían gratificados por ser altamente operativos, en un segundo momento resultaba claro que el precio que habían tenido que pagar por mantener esta alianza los había alejado, es decir, alienado, de ellos mismos.  Construyeron así una subjetividad que priorizaba a la familia por sobre los sujetos, quedando estos últimos alienados del placer individual. Parecería además que esta alianza genera la producción de ciertos polos en conflicto que, hasta ahora, la familia ha sido incapaz de equilibrar: o se es leal a la familia de origen a expensas de la individualidad o se pierde el lugar de pertenencia en aras de esta última.  En otras palabras: no han sido capaces de encontrar un equilibrio entre la familia de origen y la propia subjetividad: o se prioriza la primera (lo que generalmente han hecho hasta ahora) o la segunda, pero no pueden hacer los ajustes necesarios para permitir cierta integración entre los diferentes amores e intereses.  Por eso Edith pospuso durante tanto tiempo la creación de su propia vida y por eso su abuelo se suicida, su padre muere psíquicamente y se aleja del grupo y por eso su hermano, quien funge ahora como el primogénito, renuncia a un psiquismo diferenciado y relativamente separado del resto de la familia.

Otra alianza inconsciente, también de carácter alienante, que podemos encontrar en esta familia es la de que todos tenían que investir mucho más al grupo de origen que al que formaban con su esposa(o) e hijos y esto parece repetirse intergeneracionalmente. Tanto el padre como la madre de Edith, así como algunos de los hermanos de los primeros, renunciaron al placer de vincularse con sus hijos para privilegiar el vínculo con los padres y hermanos. En la siguiente generación, la de Edith, también se ha privilegiado el vínculo hacia los hermanos y padres: Mario ha renunciado a distinguirse y a tener vida propia y Edith se debatió durante mucho tiempo con esta alianza inconsciente, pues estuvo a punto de renunciar a tener un marido y una hija propia por estar invistiendo libidinalmente sólo a sus propios hermanos y hermanas. Esta alianza, además, parece estar igual que la anterior al servicio del organizador original del grupo que es el formado por el eje trabajo-dinero como un ideal.  En efecto, en la medida en que el hijo mayor ganara dinero para el bienestar del resto del grupo y en la medida también en que ese dinero permaneciera en el núcleo familiar, el grupo seguiría subsistiendo.  Pero además, el hecho de que cada uno siguiera viviéndose como hijo y hermano y no asumiera su papel como padre o madre, les permitía seguir manteniendo a un nivel inconsciente la ilusión de “tener a mamá en casa”, esto es, el ideal de seguir unido a la madre y, en el caso de esta familia de inmigrantes el significado de esto es, posiblemente, el de seguir ilusoriamente cerca de la Madre Patria.

Esta alianza se asocia a otra que también podemos entender gracias al organizador primario de la familia.  Me refiero al pacto de negación común del duelo por la muerte o la separación, que tienen que ver, en el caso de la familia de Edith, con la separación de la Madre Patria, el suicidio del abuelo y la separación-aislamiento del padre.  Esta negación del duelo es mantenida por un pacto sellado en una comunidad de negación.  Dice Kaës (2009) que lo que sucede es que la negación de la muerte o la separación detiene el proceso del duelo, el que por lo tanto no puede ser elaborado, integrado y superado, sino que se queda enquistado e interfiere en la psique del infante y en la del resto de la familia.  Este duelo enquistado, congelado, es productor de deudas incosteables y causante de una incapacidad enorme para disfrutar la vida.  El efecto de negación familiar de experiencias de separación traumáticas repetidas por varias generaciones es el de la imposibilidad de que los miembros de la familia se separen sanamente y puedan disfrutar de la vida.  Quedan, más bien, sujetos, atados, enlazados a un vínculo depresivo.  La adhesión a vínculos depresivos en esta familia se puede rastrear en Edith, a quien le cuesta mucho trabajo disfrutar de la vida y, cuando lo hace, generalmente se encuentra en un estado hipomaníaco.  Se puede rastrear también en el abuelo  que se suicidó; en su padre, quien padece de una depresión crónica con rasgos psicóticos, en el hermano y en la madre de Edith, quien seguramente tendrá sus propios duelos no resueltos. Es muy posible que este fenómeno transgeneracional nos hable también de factores genéticos:  el que en dos o más generaciones aparezcan depresiones graves en edades semejantes puede apuntar a ello.  Sin embargo, esto no cambia el hecho de que la forma de lidiar con los deberes de la vida sí ha sido transmitida a través de las tres generaciones. Existe, además, una consigna para relegar el placer y priorizar el sacrificio por los demás.  Esta consigna es verbalizada y actuada;  lo que no se verbaliza es qué representa y por qué tendrían que ser así las cosas.  De eso, del dolor por la separación o la muerte no se habla;  sólo se actúa la depresión y se renuncia al placer. Es por ello que son incapaces de disfrutar: la sombra de la locura y el sentimiento de culpa por tratar de escapar a ésta siempre acaba sofocando el deseo.  Y esto acaba produciendo un conflicto que parece irresoluble a ojos de algunos de los miembros de la familia: el que se produce entre el polo del  placer y el del cumplimiento de los deberes, que para ellos parecen excluyentes.  Sobra decir que esta alianza cumple un papel importante en el organizador económico de la familia debido a que en la medida en que se sofoquen los placeres, es posible dedicarse más al trabajo y al ahorro.

Otra alianza inconsciente que podemos rastrear, ésta de carácter defensivo según la terminología de Kaës (2007), es la comunidad de negación que tiende a rechazar, negar, expulsar lo psicótico dentro del grupo y que se elabora en torno a la locura del abuelo, del padre y en cierta medida a la del hermano.  Ellos han pasado a ser los porta-síntoma del grupo familiar y sirven tanto de constante recordatorio del precio que se paga para mantener el bienestar del grupo como de lo que sucedería si se deshace el grupo o si se alejan de él. En torno a este hecho se formó una comunidad denegativa constituida por los hermanos y la madre del padre, por un lado y por Edith, sus hermanos y su madre, por el otro, que reniega de la enfermedad del padre y del hermano.  La recuerdan acaso en los momentos en que se agudiza.  Y una vez más, esta comunidad de negación está subsumida al organizador principal de la familia:  si se niega que el papel de los pilares de la productividad y la operatividad familiar genera un costo tan alto, entonces se puede seguir utilizando a los primogénitos para que cumplan el fin del organizador en torno al eje trabajo-dinero.  Pero, como dice Kaës (2007), los beneficios de las alianzas inconscientes deben ser juzgados según los costos psíquicos que ellas exigen de sus sujetos.  En este sentido, tenemos que decir que estas alianzas han hecho que los miembros del grupo paguen un costo muy alto, a pesar de que el beneficio económico haya sido también muy grande.

Ahora bien, esta comunidad de negación también fue elaborada en torno al hecho de que los padres no sólo se retiraban del negocio una vez cumplida su misión, sino que toda vez que entregaban la estafeta al hijo, también se recluían y se alejaban del grupo familiar. Tengo la impresión de que este fenómeno de retiro obedecía más a un mandato materno que a una lucha por el poder entre el padre y el hijo.  Dice René Kaës (2009), siguiendo a Fain, que esta comunidad de negación se genera a partir de que el infante y la madre comparten la negación de la existencia del deseo por el padre.  Aunque es percibida, la realidad es rechazada y ese factor constituye un gran fracaso en el proceso de simbolización, lo que impide cualquier acercamiento a la conciencia.  Así, la realidad negada no encuentra modo de existir.  En el caso de la familia de Edith se aplica muy bien esta teoría de que lo negado, lo rechazado, es que realmente sí tienen necesidad de padre y de todas las funciones que éste tendría que cumplir, entre ellas la de evitar que el infante y la madre perpetuaran una relación simbiótica. Y, sin embargo, todo esto sucedió porque parecería que existe un deseo materno de que el padre pase la estafeta al hijo para que así haya alguien que se encargue de darle continuidad al organizador original del grupo. Ahora bien, ¿cuál es el significado de toda esta dinámica? Muy posiblemente el de negar la separación de la madre, en específico de la Madre Patria y el de mantener la ilusión de la unión o reunión con ella. En este sentido, podemos decir que el organizador inicial de la familia tiene una dinámica diádica, entre la madre y el primogénito, más que triádica y tiene como función mantener la ilusión de unión o reunión con la Madre Patria. En otras palabras, el padre no deja el mando bajo una dinámica en la que exista rivalidad con el hijo, sino bajo un acto de expulsión que el organizador materno efectúa en él toda vez que ya cumplió con su misión.

 

IV.  Si bien no todo lo que le pasa intrapsíquicamente a Edith puede ser explicado a partir de las alianzas inconscientes que mantiene con su familia, sí existe un buen número de comportamientos y síntomas que no pueden ser entendidos si no es en referencia a los vínculos intersubjetivos que tiene con su familia y en especial a las alianzas conscientes e inconscientes a las que se anuda y con las que pacta.  Dice Kaës (ídem) que los síntomas no sólo tienen un aporte que viene de lo psíquico o lo somático; existe otro suplemento, que es el del vínculo intersubjetivo, y en especial el de las alianzas y los pactos que mantienen juntos a los sujetos del vínculo a través del síntoma y el sufrimiento de aquel que se vuelve porta-síntoma para él mismo y para los otros.  En el caso de Edith, este suplemento intersubjetivo claramente ha delineado su mundo intrapsíquico y lo ha llenado de obligaciones, sujeciones, prohibiciones y promesas de gratificación.  En este caso, el sujeto del inconsciente no puede comprenderse a partir de sus solas determinaciones intrapsíquicas, sino que hay que admitir que se forma conjuntamente en la intersubjetividad.

Ahora bien, lo que nos ha permitido ver este análisis, es también la construcción de la subjetividad de esta familia en sus tres dimensiones: la intrasubjetiva, la intersubjetiva y la transubjetiva.  Las alianzas inconscientes han sido el entramado que lo ha permitido. Pero, ¿qué hemos descubierto? En el presente caso hemos visto cómo las alianzas inconscientes se estructuran en función de un organizador materno, siendo el ideal dinero-trabajo el eje de éste. En relación a este organizador se conforma una dinámica de sucesión de funciones que encargaba a los primogénitos sacrificar la individualidad sobre lo familiar. La negación de la muerte y separación de la patria, así como la adhesión al papel de hijo/a, han constituido otras  formas de sostenimiento y  preservación de ese ideal familiar.

 

Bibliografía.

Kaës, René.

(1993).  El grupo y el sujeto del grupo.  Amorrortu Editores.  Buenos Aires,  2006.

(2007).    Un singular plural.  Amorrortu Editores.  Buenos Aires,  2010.

(2009).    Les alliances inconscientes. Ed. Dubos, París.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Psicoanalista individual y de grupo, miembro de AMPAG.

Una respuesta a “Alianzas inconscientes, el tejido de la subjetividad: el caso de Edith”

  1. Celia González Ibarra dice:

    Excelente trabajo, donde brevemente expuesto deja claro tanto el pensamiento de R. Kaes, sobre las alianzas inconscientes como el análisis del caso clínico que las devela amplia y reveladoramente.
    Muchas felicidades a mi querida maestra Claudia Villanueva Kuri.

    Celia González Ibarra.

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