Subjetividad y cultura

Algunas notas sobre la construcción de la subjetividad en Occidente

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Jorge Galeano Massera

Es obvio que un tema tan vasto sólo puede ser tratado de manera muy parcial en el espacio de un artículo. Sin embargo, no renuncio a esbozar ciertos modos en la concepción de algunos objetos privilegiado. Ellos marcan las cosmovisiones que diversas culturas hegemónicas han ido desarrollando a lo largo de la historia y su síntesis nos puede ayudar a ordenar antiguos y nuevos conocimientos.

 Las características ontológicas de estos objetos privilegiados, que trataremos de organizar como conjuntos plenos de sentido, exhiben las pautas dominantes para cada período histórico. Pero es necesario tener siempre presente que, tanto en el ámbito personal como en el social, la complejidad de las vivencias es inagotable en todo momento. Esos objetos, que trataremos de estructurar, son: el Mundo, la Divinidad, el Tiempo, el Hombre y la Sexualidad. Tal vez sea importante advertir que:

 a) Estas notas pertenecen al campo de la antropología filosófica y no de la psicología; y

 b) Más allá de una aparente secuencia cronológica, no se trata de sintetizar un desarrollo histórico sino de generar una conceptualización sincrónica para fines analíticos.

LA CONCEPCIÓN MÍTICA

 El mundo mítico, en todas las culturas vivas y muertas, parece tener un trasfondo común: en el pasado, los dioses crearon el mundo y al hombre. El tiempo ontológico es el pasado porque en el pasado se dieron los momentos fundacionales del orden cósmico o, muchas veces, de la secuencia de los órdenes cósmicos. Incluso el futuro de la creación, si está previsto en algún pensamiento mítico, fue establecido en el pasado.

 El tiempo sagrado está periodizado y el espacio, estratificado. El tiempo pasado es sagrado, es el tiempo de los dioses, que irrumpe como energía o como poder. El mundo de las cosas y de los hombres es un espacio intermedio entre el supramundo y el inframundo donde viven los dioses. Por encima y por debajo de la tierra y de los mares viven los dioses. Por las cimas de las montañas y de los árboles sagrados, por las grietas de la tierra y de las olas se llega a ellos. En estos lugares privilegiados se abren las puertas de supramundo y del inframundo, son lugares sagrados. Las pirámides y las torres de las iglesias son representaciones simbólicas de las montañas y de los árboles sagrados. Los cenotes son el equivalente cósmico de los “ombligos oraculares” griegos.

 El hombre del mito es algo creado, algo que pertenece -como la piedra, el árbol o el águila- al mundo como totalidad de la creación. Y el sentido de la totalidad es su propio sentido. Si el hombre tiene alguna prerrogativa frente a las demás cosas, ésta se debe a que puede adorar a los dioses. Las plegarias y los ritos sacrificiales, el agua y el fuego, la sangre y el vino, le sirven para agradar a los dioses, para pedir clemencia o auxilio.

 En algunos casos los ritos pueden ser sumamente peligrosos. Su poder llega a ser tan grande que no pide sino ordena a los dioses. Y ordenar a los dioses es arriesgarse a una horrenda venganza. Entre el rito del campesino que invoca y rito mágico del brujo que provoca se encuentra el rito del curandero que evoca el pasado. El chamán hace presente, aquí y ahora, el momento y el espacio primordial. Para curar una mordedura de serpiente, el chamán puede repetir los mitos de la creación del mundo, del hombre o de la serpiente. El chamán convoca las fuerzas de la creación para recrear un mundo donde el hombre no fue mordido por la serpiente o un hombre por cuyo cuerpo no corre el veneno de la serpiente, o para hacerse amo y señor de la serpiente y de su veneno.

 En la concepción mítica, lo profano está permanentemente atravesado por lo sagrado. La dimensión ritual de la sexualidad es un ejemplo de cómo la cotidianidad puede estar impregnada de manifestaciones de lo sagrado: las bacanales, el copular en los campos después de la siembra para excitar y fertilizar la tierra, el coito como inducción al vuelo divino del nahual, el orgasmo como camino de unión tántrica con los dioses. En las culturas míticas cada momento del desarrollo de la sexualidad humana, desde la genitalidad hasta los roles sociales del hombre y de la mujer, están ritualizados. El bautizo, la comunión, la fiesta de los quince años son elementos que perviven a un pasado mucho más intenso y complejo.

 En ese juego de olvidos, acumulaciones y recreaciones que es la historia de la humanidad, las cosmovisiones y las vivencias pueden retenerse por milenios. Para nuestro cristianismo contemporáneo el pasado no es inerte, se actualiza en la consagración. El vino y el pan, transformados en sangre y cuerpo de Cristo, como todos los demás sacramentos, “salvan los pecados del mundo”. El sacerdote, invocando el pasado, se transforma en El Señor de los Pecados.

LA CULTURA GRIEGA

 Lentamente, pero de manera constante y cada vez más acelerada, el invasor caucásico empieza a sedentarizarse, a establecer manufacturas, a conocer los mares y nuevas tierras. El desarrollo de su organización social le permite la colonización del entorno. En Asia Menor se instalan grupos humanos que tienen una nueva dimensión de las cosas: si los dioses crearon el universo y los héroes hicieron habitable el mundo, ellos son más que viles mortales, ellos están civilizando la tierra de los bárbaros.

 El hombre se descubre a sí mismo en el mundo y en su presente. Yo, miembro de mi polis y griego por cultura, aquí y ahora, junto a los míos, estoy surcando las aguas e imponiendo la civilización; yo, aquí y ahora, junto a los míos, estoy derrotando imperios y colonizando tierras salvajes; yo, aquí y ahora, junto a los míos, estoy creando objetos, instituciones y procesos. Yo soy el héroe del momento. El tiempo llega a ser lineal, el reloj[1] marca el transcurso del día, las Olimpiadas y las guerras de mi polis marcan los años. Mi tiempo más importante ya no es la vejez que trae sabiduría ni la muerte que me permite la unión con lo sagrado sino la madurez –el florecimiento-, la época de mi mayor capacidad para actuar.

 Esta nueva actitud tiene pautas discursivas específicas. En el mundo mítico, las ideas fundamentales son reveladas por las musas u otros dioses y las palabras se transmiten en el lenguaje sagrado: el verso. Anaximandro, por primera vez en el mundo griego, escribe algo trascendental en prosa y usando la primera persona del singular. Sin embargo, no podemos pensar que cuando Anaximandro dice “yo” tiene nuestra misma vivencia de individualismo postrenacentista. El “Yo” de los jónicos está todavía plenamente cargado de un “Nosotros” y de asombro ante la divinidad. Más allá de que el mundo profano empiece a ser visto como divino en sí mismo, como portentoso. Cuando Heráclito invita a contemplar lo sagrado en el fuego de su hogar, todavía nadie lo entiende y lo llaman “El Oscuro”.

 Y conforme avanza lo profano, Platón es un ejemplo de ello, los dioses son cada vez más una figura retórica de asombro y de admiración. Hasta alcanzar el desconcierto, cuando llega la decadencia de la civilización y de la cultura griega.

 El hombre de los albores del pensamiento filosófico griego es logos anthropos échon, es alguien capaz de entender el cosmos. El hombre está orgánicamente inmerso, no en la obra de los dioses sino en el cosmos como totalidad y el sentido de esta totalidad sigue siendo su propio sentido. Su relación con el cosmos permanece aún ecológica.

 La necesidad y el orden cósmico son divinos pero no necesariamente obra de los dioses. El universo existe desde siempre, los mismos dioses son productos del destino. El cosmos mismo nace y muere en la continuidad de un movimiento generado por el hecho de existir, por sus contradicciones inherentes.

 En el mundo de Anaximandro las cosas, los hombres y los propios dioses nacen y mueren en los grandes y pequeños ciclos de la necesidad. Un hombre que nace, crece y muere junto con las cosas y los dioses no puede sentirse individuo y espacio ontológico en el que se muestra el ser, como es el caso del hombre renacentista. Su voluntad de dominio no puede ser la de Amo y Señor de la Naturaleza. Todavía no tiene sueños de conquistador, está conociendo el mundo y no construyendo un mundo colonial. Todavía se asombra de que el mundo sea, de que sea la vida y la muerte sea.

 Ni siquiera el “Yo” del sofista Protágoras, que es la medida de todas las cosas, mide en el sentido matemático y ontológico cartesiano.

 Cuando Aristóteles lee a Anaximandro y a Heráclito ya no los entiende. Ha cambiando el discurso y el orden cósmico, ha cambiado la experiencia vital de la palabra y respecto a la palabra. Anaximandro y Heráclito dicen mucho con pocas palabras, la experiencia vital con el cosmos es más directa y intensa. Entre Aristóteles y el cosmos ya existen enormes y caudalosos ríos de palabras. Este filósofo marca una nueva etapa en la concepción del hombre. Aristóteles y sus discípulos clasifican formas de gobierno y palabras, minerales, vegetales y animales. Su primera clasificación del hombre, como animal, es baladí: bípede sin plumas. Cuenta la leyenda que al día siguiente le trajeron un “hombre”: un pollo desplumado. Su definición posterior es mucho más interesante: anthropos zoon politikon, el hombre como animal con una determinada organización social. Lo que define al hombre no es su “Yo” sino su vida comunitaria.

 Esta definición presenta dos grandes problemas. Es etnocéntrica, profundiza el abismo “racista” ya existente entre el bárbaro y el civilizado y nace arcaica. Su patrón macedonio, Felipe, y su discípulo, Alejandro, han destruido la polis y construido un imperio que, si bien no llega a consolidarse, abarca todas las parte más conocidas y no tan conocidas del mundo de aquella época. Sin embargo, es justo decirlo, el griego aún conserva un modo de vida y de organización social interna.

 La secularización de lo profano en el mundo grecorromano cambia la concepción de la sexualidad. Ésta tiene un sentido cada vez más personal. Yo decido con quién, cuándo y cómo. En el orgasmo ya no irrumpe lo sagrado sino el placer profano. La tradición cultural es guerrero-pastoril, son sociedades machistas en las cuales las mujeres son despreciadas. El pasado mítico de la transmisión del poder en el coito entre guerreros se transforma en homosexualidad.

 

LA CIVILIZACIÓN ROMANA

 En Roma, el tiempo ontológico sigue siendo el presente pero el mundo ya es una conquista. El hombre se siente más individualizado que en Grecia, en el hedonismo, en el poder y en la fama pero también en la náusea de una cultura que florece para la decadencia y que llega a hacer la apología del suicidio. Y, quisiera subrayarlo, el suicidio es una pauta social de exclusiva solución personal.

 Sin embargo, lo que predomina en Roma es aún la pertenencia. El hombre es un ciudadano. Pero no un ciudadano que vive en la polis griega, es el ciudadano de un Imperio. Las tensiones para solucionar estas nuevas y complejas relaciones políticas y administrativas llevan al desarrollo del derecho y a la concepción del hombre como persona jurídica. Gentes que habitan regiones muy lejanas, y que tienen las más diversas costumbres, se transforman en ciudadanos del imperio en general y muchas veces en ciudadanos romanos por decisión jurídica.

 El antiguo derecho griego parte de lo más simple, de dejar en manos del destino y del repudio social el castigo al infractor de las costumbres. Si yo asumo y decido mis actos, necesito un aparato político, ya no bastan la tradición y las costumbres que gobernaban mediante el ethos social. En Roma ya no basta la tradición, se está construyendo algo que antes no existía: un imperio mundial consolidado. El hombre romano es una entidad jurídica civil porque vive en la civitas, en la ciudad capital o en cualquier lugar del imperio. El hombre es ciudadano porque es civilizado. En algunos antiguos mapas romanos los limites externos del imperio llevaban la inscripción hic sunt leonis, aquí viven los leones, las fieras, las bestias, los hombres sin ley. Donde no impera el orden imperial romano impera la ley de la selva. El homo humanus se opone al homo barbarus, nosotros a los otros.

 El mundo romano, heredero de la decadencia griega, nunca fue capaz de darle un sentido profundo a la vida, nunca llegó a tener ni siquiera un pensamiento profano propio. Su filosofía la compra contratando o esclavizando a maestros griegos. Su poder y riqueza sólo eran comparables al vacío ideológico que lo caracterizó. El hartazgo de algunos, el hambre de muchos, las ambiciones personales y el crecimiento desmedido del Estado obligan más a la guerra permanente y a las miserias de la administración burocrática cotidiana que al desarrollo social y personal. Éstas fueron algunas de las fuentes de la infinita podredumbre ideológica del imperio.

 La decadencia grecorromana se caracteriza por la crisis del logos cósmico y la desintegración del orden endógeno. El estoicismo, el epicureismo y el eclecticismo griegos son las bases de la filosofía de la época. Además, en un imperio descomunal, se reproducen por doquier las más diversas sectas religiosas.

 Y no sólo los emperadores son divinos, sus amantes también pueden aspirar a la categoría de dioses y a que se erijan templos en su memoria. Las bacanales ya no se hacen en los campos sino en los salones. Había que vomitar para seguir comiendo, había que beber hasta vomitar, había que atragantar al imperio con incesantes conquistas, había que conquistar todo y a todos. En la guerra y en la cama. Cayo Julio, escritor y político, Triúnviro, Cónsul, Dictador Vitalicio y Emperador, César, militar tan intrépido como calculador, llega a ostentar, además, un título sorprendente: “El hombre de todas las mujeres, la mujer de todos los hombres”.

 En medio de la decadencia, del desconcierto generalizado, desde un rincón del Asia Menor, llega una nueva concepción del hombre, del mundo y del tiempo, llega un mensaje de salvación.

LA VISIÓN JUDEOCRISTIANA

 La tradición judeocristiana tiene dos tiempos ontológicos: un pasado de Génesis y el futuro profético de la llegada del Mesías y del Juicio Final. En el pasado, un único Dios creó todo lo que existe y al hombre, a su imagen y semejanza, para dominar sobre el conjunto de la creación. La humana creatura se separa del resto de la creación, su relación con el todo deja de ser ecológica. Tampoco está más cerca de Dios ya que el pecado original lo aleja, lo deja encerrado en su soledad, en su desamparo. El mundo es un Valle de Lágrimas. La humana creatura es un infeliz que provoca la ira y la misericordia de un creador que envía pestes, flagelos, iluminados y redentores.

 El presente es de adoración y lágrimas: yo, aquí y ahora, peco o hago méritos de virtud. Pero el sentido de mis actos, para los siglos de los siglos, está en un futuro de espantosos sufrimientos o de grata beatitud. Las tradiciones milenaristas sirven de puente entre un mundo presente demasiado humano y un futuro demasiado intangible: durante mil años, aquí en la tierra, de cuerpo y alma, viviremos en el reino de El Salvador, de La Divina Creatura.

 Los intereses creados llevan, en lo inmediato, a crucificar al Hijo de Dios. Pero muerto el Espíritu Encarnado, queda la palabra. La palabra, la angustia y la soledad: el que peca o se redime soy yo, por mis actos individuales o por la arbitrariedad de la misericordia divina. La palabra y la angustia despiertan una fe que mueve montañas e imperios. Ego credo ergo sum. La Roma que los crucificó y los arrojó a las fieras se convierte y sobrevive.

 Si bien el camino de la salvación es personal e intransferible, creer también me da una identidad social, me hace miembro de la ecclesia, una comunidad de fieles que trata de resolver sobre la conducta, la política y la moral.

 El cristianismo democratiza el elitismo del pueblo elegido pero genera otros abismos: el de los paganos que no creen en Dios, el de los judíos y musulmanes que creen en Dios pero no creen en Cristo, el de los herejes que creen en Dios y en Cristo pero no en la Iglesia. Entre la cruz y la guillotina, la hoguera.

 Una nueva concepción de la sexualidad impide hasta desear a la mujer de prójimo. El cuerpo humano adquiere una nueva dimensión: es el templo de El Señor. Si es el lugar del deseo, del pecado, habrá que martirizarlo. La lujuria masoquista de los cilicios y la reclusión en los conventos son el complemento del éxtasis místico, camino impaciente que no quiere esperar el Juicio Final para unirse con Dios. El camino ideal era ascético, del corazón, de la razón y de la tortura. Los placeres mundanos fueron reprimidos pero no suprimidos. La cama y la mesa tuvieron que esperar mil quinientos años para recobrar su derecho a la existencia.

 Entre las tensiones de un pasado de creación, un futuro de premio o castigo y la existencia en un Valle de Lágrimas, el interés grecorromano por el mundo decae irremediablemente. Sin embargo, durante el medievo nunca faltaron quienes pensaron que la contemplación de Dios también pasaba por el conocimiento de su obra, por el reconocimiento del mundo. Fueron los menos pero fueron.

LA REPRESENTACIÓN RENACENTISTA

 Cuando se resquebraja el mundo medieval, el hombre europeo redescubre su propia historia ‑pagana por cierto‑ gracias a que la cultura árabe conserva un acervo fundamental de la cultura griega y a que los miembros de las comunidades judía y mora de España se encargan de traducirlos.

 El renacentista rompe con su tiempo y con los horizontes geográficos y cósmicos, conquista el poder sobre otros hombres y, con la Reforma, pone en jaque el poder de la Iglesia sobre El Libro y sobre todos los hombres. El renacentista se afirma como “Yo”, como un “Yo” primordialmente individual. Pero con ese “Yo” se descubren también las culturas y los idiomas nacionales. Así, lo aristocrático y lo popular pueden ir tomados de la mano.

 Yo, aquí y ahora, fabrico máquinas, barcos y cañones; yo, aquí y ahora, construyo edificios de piedras y de conceptos; yo, aquí y ahora, construyo estados y revoluciono sociedades; yo, aquí y ahora, pinto mi mundo y cuadros del mundo; yo aquí y ahora, actúo en el drama cósmico y en la ópera del mundo; yo, aquí y ahora, aprendo a enseñar. El tiempo ontológico del Renacimiento es el presente y su espacio, aquí donde estoy yo. El “Yo” y no Dios es el espacio de fundamentación de un mundo que surge como pensamiento y como sentimiento, como funciones matemáticas y mecánicas, como física.

 En el Renacimiento, el pasado y el futuro cobran sentido ahora y aquí, en el presente. Y ese sentido se lo doy yo, para mí y para los demás, para los otros “yo” que me disputan el poder con las armas de la guerra y del conocimiento, de la astucia y del veneno. Y no se trata de redimir los pecados sino de disputar el presente. Esto genera sin duda angustia, inseguridad, pero también audacia y soberbia.

 La crisis del Medievo despierta ecos antiguos cuando se descubre un pasado de “ismos” grecorromanos perdidos: platonismo y aristotelismo, escepticismo, estoicismo y epicureismo. De la temprana percepción estática de la naturaleza se pasa al cultivo de las ciencias fisicomatemáticas y naturales.

 El descreimiento, la responsabilidad y el oro le abren paso a un placer que abarca tanto el sexo y la comida, como la palabra y una plástica que incluye hasta el cincelado de El Estado ‑ absolutista primero y liberal más tarde ‑ como obra de arte o utopía filosófica.

 E1 Animal Racionale cartesiano es un mamífero matemático capaz de manipular el pensamiento abstracto y analítico. El Homo Faber resalta otra faceta de ese mismo animal: su capacidad de manipular, con las poderosas manos de la técnica, todos los objetos. El hombre empieza a hacer realidad la voluntad divina de que fuera el Amo y Señor de la Naturaleza. Pero como los caminos de El Señor son inescrutables, también se hace Amo y Señor de quienes se dejen reducir a la servidumbre. El hombre se empieza a perfilar como El Gran Constructor y El Gran Destructor.

 El renacentista nunca fue pura Razón, entre los objetos que su arqueología rescata de las profundidades de la tierra se encuentran el sexo como placer personal y la fuerza de las pasiones. El deseo y la ambición lo caracterizan. Desear la mujer del prójimo se transforma casi en una obligación más.

 Si el griego fue un colonizador, el hombre del Renacimiento es un colonialista, un constructor de imperios coloniales. El renacentista fue un guerrero que en los campos del raciocinio conquista nuevos conocimientos, que en el campo de la industria conquista nuevos mercados y victorias técnicas, que en los campos de batalla conquista nuevos poderes y territorios.

LA MIRADA ILUSTRADA

 Con el pasaje al Enciclopedismo, el “Yo” deja de ser el fundante ontológico del mundo. En él, la razón abstracta surge como la potencia constructora del todo y como una facultad del “Yo”. La Razón Pura kantiana se despersonaliza, “Yo” ya no soy yo mismo.

 La institucionalización caracteriza la ilustración. Las hazañas de las conquistas de enormes territorios lleva nuevamente a la implantación de un indispensable aparato administrativo. El Estado ágil del príncipe, se transforma en un monstruo absolutista que termina liberal, pero igualmente teratológico, con el paso del tiempo. Si el hombre es el lobo del hombre, se necesita un contrato social para regular una barbarie que a todos amenaza. El Estado se despersonaliza en manos del aparato, incluso allí dónde gobierna El Déspota Ilustrado.

 Hasta la sexualidad termina por institucionaliza en el ideal burgués del matrimonio y la familia. El deseo y las pasiones ceden su lugar al orden y la armonía. El Amo y Señor del Hogar será un padre y marido ejemplar que contrae la sífilis en amoríos tan negados como mal vistos.

EL DEVANEO ROMÁNTICO

 La Ilustración alemana es profundamente estética, musical, literaria y plástica; y no política, científica y social como la inglesa o la francesa. En ella se da el primer quiebre del férreo dominio de la Razón: la reacción romántica ante el despotismo de una modernidad naciente. El romanticismo trata de unir los contrarios y de rescatar la ambigüedad, siente repulsión por el análisis mecánico y rinde culto a la totalidad, a la síntesis orgánica.

 Con el romanticismo se da un renacimiento del Medievo y de la religión. A la Razón se le opone el alma y lo irracional, se busca lo sugestivo y lo interno, se busca tocar el fondo de las emociones, despertar la intuición relampagueante, se busca la contemplación estática y estética. De La Razón se salta a La Idea. Los ideales de redimir el mundo se entretejen con miradas localistas y bucólicas que aquí o allá pueden dar lugar a lo trágico y a lo dramático, a lo bello y a lo sublime. Para el común de la elite y sus epígonos, el melodrama es una forma de vida. La tragedia es demasiado fuerte para ser bien vista.

 La visión fugaz de una pantorrilla pudo trastornar a un joven apasionado. El “amor imposible” se transforma en meta, desear a la mujer del prójimo vuelve a ser poco menos que un imperativo categórico. El rechazo o la pérdida pueden llevar al suicidio. Una de las formas “de moda” entre la juventud burguesa y pequeñoburguesa de la época fue entre sublime y afeminada: llenar el dormitorio de flores, al atardecer, para morir intoxicado por el monóxido de carbono. Una forma menos patética pero igualmente melodramática fue el cultivar la tuberculosis, una de las formas más eficaces de obtener la blanca transparencia que era signo indiscutible de belleza y distinción. Más de una joven de buena familia se murió de avitaminosis por no haberse expuesto nunca al sol.

 Entre la languidez, el pavoneo, el duelo y la muerte por un acto bizarro en el campo de batalla transcurre y termina la vida de algunas generaciones de varones ilustres y no tan ilustres.

LA MODERNIDAD

 A mediados del siglo XIX, cuando la Razón culmina en ciencia, la cosa pública queda en sus manos como socialismo científico o como racionalidad burocrática. Yo ya no soy el actor del drama de los hombres. El Pueblo, El Líder, La Democracia, La Administración, El Partido u otra abstracción por el estilo pasa a ser el sujeto de la historia. Sólo “El” o “Ellos” le dan sentido la vida. Yo voy siendo cada vez más arrinconado en esa lucha de titanes. Yo y tú, nosotros y vosotros. La idea misma de Dios es acosada hasta la muerte.

 Si la ciencia mata a Dios con su aparente capacidad de organizar racional y tecnológicamente el universo, la voluntad ya no necesita de Él. La fe en la voluntad del “Yo” también substituye la confianza perdida en las razones y sinrazones que se imponían. Yo soy el señor de mis actos, yo rompo con los códigos morales, sociales y religiosos, yo rompo las reglas para imponer la racionalidad científica o mí voluntad. Yo asumo mis deseos, mi voluntad de poder, yo quiero hacer consciente lo inconsciente, yo quiero ser amo en una generación de esclavos. Y si no puedo ser El Señor de las Bestias, quiero tener el poder de la masa, de la jauría o del rebaño, del lobo o del borrego.

 La desacralización del mundo -que va del Renacimiento a la época contemporánea, pasando por la Ilustración- conlleva una búsqueda de la libertad de decisión personal y la pérdida de la tutela de los padres, de la tradición y de las Iglesias. Predomina la idea del contrato, de la autonomía, de la capacidad de decisión personal.

 Por otro lado, el cientificismo imperante llega a reducir la sexualidad a un problema de puntos y fricciones. Una imagen fría e impersonal, pero “sana” y “adecuada” como bajo cualquier otra ideología que valga la pena ser tomada en cuenta como tal.

 Frente a la represión religiosa, la conquista y el sexo como deporte renacentista. Frente a la reglamentación científica, la promiscuidad carente de compromiso. Frente a la nada, todos contra todos. La decisión sobre el sexo que se asume parece muchas veces tener el mismo nivel de complejidad que la selección de una ropa de moda. Cambian los motivos, se repiten los sentimientos y las conductas. Desde la ciencia y desde la pérdida de criterios se llega a darle rienda suelta al sexo. No se establecen diferencias entre el órgano y las emociones y los pensamientos. La sexualidad se reduce a un problema de genitales, hoyos o protuberancias. Y con ellos se puede hacer cualquier cosa con quien sea, persona, objeto o animal. Cuando hay algún criterio es sobre lo que no se quiere, pero la búsqueda del impulso positivo propio queda muchas veces oscurecido por un mundo donde la libertad de opción no está acompañada de discernimiento.

 Cuando La Voluntad del Pueblo, e incluso la mía, se muestran como un camino de guerra, muerte y sufrimiento y no de libertad y creación, sólo queda el desconcierto, la postmodernidad.

 Como en tantos otros momentos de crisis social, emergen con mucha fuerza tres modelos de actitud frente al mundo, la vida y el mundo: el nihilismo, la ensoñación romántica y la soledad del estoico, del guerrero.

 El nihilismo de la filosofía de la podredumbre o del vacío de la postmodernidad, de la droga, de la irracionalidad, de la animalidad del animal, camino tanático que en este momento de sofisticación y sensibilidad intelectual no ha dejado de dar obras dignas.

 La ensoñación romántica es la improvisación guerrillera de una revolución liberadora que es incapaz de enfrentarse a las mezquinas necesidades del día a día; es construir un discurso sutil y penetrante que habla de acciones y de pasiones que no se viven; es la prolongación reciclada y actualizada del melodrama como forma de vida, son las religiones exóticas y la inconmovible intuición del buscador de una verdad interna que se escurre entre los pliegues del ombligo.

 La soledad del estoico está en el antihéroe cotidiano que lucha por tomar las riendas de su propia vida, está en el ciudadano que todavía cree en la defensa de la flor y de la fauna (que también los hay románticos); está en el ciudadano que todavía cree en la defensa de los derechos humanos, en la Cruz Roja, en Amnistía Internacional, en las Naciones Unidas, en la vida comunitaria y en la lucha cotidiana por la tolerancia.

 El elixir de la modernidad ya no da eterna juventud sino marginalidad, búsqueda de raíces y profecías. La más fuerte de las corrientes ideológicas laicas, el marxismo, se pudrió en la penumbra y explotó con estrépito. Cuando el hombre nuevo muere de cáncer, un nuevo individuo trata de renacer como un ave fénix estoica. En un mundo de sofistas, preferimos una vez más la opacidad y desconfiamos visceralmente de la transparencia, cantamos odas a la existencia pero tememos como nunca al mundo y preferimos la abstracción al realismo. En nuestro agotamiento, la comunicación y el consenso nos resultan dolorosamente ingenuos cuando no ardid de estafadores. Casi estamos aprendiendo a vivir en el desgarramiento constante.

 En la actualidad no creemos en el presente ni en el hombre ni en el mundo ni en la vida y mucho menos en 1a vida de los hombres en el mundo. Todo lo sólido se ha desvanecido en el aire. Todas las palabras son flatus vocis.

 Cuando las cuatro quintas partes de la humanidad se encuentran en la miseria a secas o en la miseria churrigueresca, cuando nadie cree en un progreso que es anhelo inalcanzable o realidad decepcionante, cuando nos declaramos incompetentes para ofrecer una cosmovisión laica que conmueva a los hombres, entonces sólo queda el fanatismo religioso como fuerza colectiva.

¿Quién soy, dónde estoy, qué tiempos son éstos?

 

 

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[1] Anaximandro, además de filósofo, es el autor del primer mapamundi del que se tenga noticia y es el inventor o el introductor del reloj de sol.

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