Subjetividad y cultura

ADELANTO: “Las huellas de la memoria”

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Enrique Carpintero y Alejandro Vainer. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los ’60 y ’70, Tomo I (1957-1969) / Tomo II (1970-1983).

La editorial Topía presentará en el mes de setiembre el primer tomo del libro Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los ’60 y ’70, cuya primera parte tendrá 410 páginas.

Según sus autores el inicio de esta investigación comenzó “un frío sábado del invierno de 1997 donde nos encontramos en el emblemático Café de San Juan y Boedo. Nos aunaban pasiones que compartíamos en el trabajo que realizamos en la revista Topía: el psicoanálisis, la práctica clínica, la actualidad de nuestra cultura, la necesidad de los grandes relatos, la importancia de los proyectos colectivos y su historia olvidada. Entonces tenía plena vigencia un nuevo individualismo y el supuesto ‘fin de la historia’. También dentro del psicoanálisis y la Salud Mental. Esa ilusión de progreso estaba plasmada en la imaginaria entrada en el primer mundo. El pasado parecía ser un desaparecido más.

En este sentido comenzamos a organizar un proyecto para contribuir a la aparición de una época fructífera del Psicoanálisis y la Salud Mental, como fueron las décadas de los ’60 y ’70. Un tiempo de construcciones, contradicciones y luchas que organizó nuestro campo tal como lo conocemos hoy. Un tiempo de encuentros y desencuentros. Un tiempo de pasiones alegres y de pasiones tristes. Por ello consideramos importante que este libro lo escribiéramos dos autores de distintas generaciones. Partiendo de una ideología que compartimos, los veinte años que nos separan permitieron reflexionar sobre las diferentes maneras en que el pasado nos atravesaba en la actualidad. Por estas razones, este no es un libro académico, sino político, que rescata la memoria de esos tiempos.

En este camino realizamos una larga serie de entrevistas con más de treinta protagonistas de la época conjuntamente con una exhaustiva revisión bibliográfica y documental cuyo resultado fue este texto”.

 A manera de adelanto publicamos su Introducción.

Si en tu corazón fui alguien, afronta el mundo áspero para contar mi historia.

W. Shakespeare

 

Pero la historia no se puede escribir sin preguntar

 H. G. Oesterheld

Este libro abarca un período de grandes transformaciones mundiales. Fue una época en la cual se organizó el campo de la Salud Mental en nuestro país, tal como lo conocemos en la actualidad. Recorrer las múltiples circunstancias de su desarrollo nos lleva a la necesidad de dar cuenta de un imaginario social y político que atravesó todas las polémicas y experiencias de ese encuentro fundante que se produjo entre el psicoanálisis y la Salud Mental. Éste fue un producto de toda una época.

En este sentido podemos decir que en los ‘60 predominaba el mito del héroe colectivo. Eran tiempos en que se trabajaba para construir una esperanza. La modernidad estaba en su máxima expresión. Esto implicaba la idea de que era posible cambiar el mundo tanto a nivel individual como social. Si bien para algunos se seguiría un progreso lineal de desarrollo, para otros era necesario y posible realizar una transformación del conjunto de las relaciones sociales, políticas y económicas. Sin embargo, en ambos significaba que se avanzaba hacia un progreso que llegaría inevitablemente.

La modernidad de los ‘60 arribó a la Argentina para transformar un imaginario social y simbólico tradicional. Aunque los sectores sociales que participaron no fueron la mayoría de la población, expresaban las ideas, fantasías y deseos de la época cuya significación producía transformaciones en la subjetividad. Mientras el país se debatía entre dictaduras militares y gobiernos civiles poco representativos, la rebeldía creativa encontraba diferentes formas de expresión para dar cuenta de las necesidades de ese momento histórico.

La subjetividad de esta época la podemos representar con el mito de Sísifo. Fue Albert Camus quien analizó el mito de Sísifo para destacar cómo lo absurdo y la dicha son inseparables y forman parte de la condición humana. Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar para siempre una roca hasta la cima de una montaña desde donde volvía a caer por su propio peso. Habían pensado que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Se le reprochaba a Sísifo haber revelado los secretos de los dioses. También haber encadenado a la Muerte y querer disfrutar de los placeres de la Tierra. Es por ello que su desprecio a los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio. Si este mito es trágico, lo es porque Sísifo tiene conciencia. De esta manera lo que debería constituir su tormento es al mismo tiempo su victoria. El mito nos enseña que no todo ha sido agotado. El destino es un asunto humano que debe ser arreglado entre humanos. La alegría silenciosa de Sísifo es porque su destino le pertenece. Lo importante es el esfuerzo por llegar a la cima. Lo importante es la lucha. En esa lucha vence a los dioses. Escribe Camus “… Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando… Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil.” En este camino absurdo Sísifo puede encontrar la dicha de comprobar que es posible construir un mundo sin dioses donde lo que importa es la pasión por la vida.

Sin embargo este imaginario social y simbólico que predominaba en los ‘60 debía encontrarse con el héroe colectivo. Era posible levantar la roca en grupo.

Una historieta publicada en nuestro país durante esos años refleja magistralmente esta creencia y esta pasión. En 1957 apareció en fascículos semanales El Eternauta escrito por H. G. Oesterheld y dibujado por Solano López. Su historia refería a un grupo que enfrenta en Buenos Aires una invasión extraterrestre. Ésta comenzaba con una especie de nieve fosforescente que mataba a todos lo seres vivientes. Si la nieve no tocaba, no mataba. Por eso sobrevivieron un pequeño grupo y otros pocos más. La invasión era llevada a cabo por sometidos. Los amos eran los “Ellos” que durante toda la historia no se veían. Estos eran seres irrepresentables y, por lo tanto, representantes del odio universal. En Oesterheld el Eros está significado por un sentimiento de solidaridad universal donde el héroe verdadero es un héroe colectivo, el grupo humano. El héroe grupal permitía avanzar para construir la esperanza. Es en este imaginario social y simbólico donde la cultura se constituía en un espacio-soporte de la muerte como pulsión que permitía los necesarios lazos sociales para vivir en comunidad.

Sin embargo, la inestabilidad política era una constante. Los diferentes gobiernos elegidos democráticamente eran desalojados al poco tiempo por dictaduras militares que imponían censuras y proscripciones políticas. Su resultado fue que comenzó a extenderse un amplio movimiento político y social que generó contradicciones imposibles de resolver desde las clases dominantes. Algunos sectores de izquierda creían que esas contradicciones debían decidirse a favor de los más necesitados a través de una revolución socialista. Otros veían en el peronismo una posibilidad de cambio al entender que el “pueblo peronista” era el sujeto de esa revolución. La situación mundial, y especialmente el triunfo de la revolución cubana, permitieron pensar que esto era posible.

En la primera parte, que denominamos “El encuentro fundante entre el Psicoanálisis y la Salud Mental (1957-1969)” se describe este clima de época.

Los ‘60 fueron un momento en que el psicoanálisis era un paradigma desde el cual se pudieron pensar las diversas experiencias que configuraron el campo y las reformas en Salud Mental. En 1957 la política desarrollista que proponía el llamado Estado de Bienestar permitió tres hechos fundantes: 1°) Se creaba el Instituto Nacional de Salud Mental. 2°) Con el antecedente de la carrera de Psicología de la Universidad de Rosario, se inauguraba la de la Universidad de Buenos Aires que, en muy pocos años, se transformó en una de las carreras de mayor cantidad de inscriptos y 3°) En el Policlínico de Lanús se instalaba uno de los primeros servicios de Psicopatología en un Hospital General.

De esta manera se intentaba dejar atrás el paradigma de la vieja psiquiatría manicomial en consonancia con las reformas que se daban en el mundo y la importancia que el psicoanálisis empezaba a tener en todos los ámbitos de la cultura. Fueron años de fundaciones. Esto llevó a instalar nuevos dispositivos de formación y de atención. Por ello, durante estos años, se crearon las primeras residencias de Salud Mental, las salas de internación en Hospitales Generales, los Hospitales de Día y las Comunidades Terapéuticas. A la vez se difundieron los tratamientos terapéuticos que mostraban la potencialidad de extender los límites del psicoanálisis: los tratamientos grupales, familiares e institucionales, el psicodrama, la psicología social, el psicoanálisis de niños y las escuelas para padres. También fueron los inicios de la psicofarmacología, que integrada al resto de los abordajes, enfrentaba a los sectores manicomiales. Asimismo los profesionales se agrupaban. Esto llevó a que se fundaran las asociaciones de psicólogos y de psiquiatras. Fueron tiempos de creaciones, desarrollos teóricos y perspectivas clínicas acordes con las profundas transformaciones sociales que se daban en nuestro país y en el mundo.

A fines de esa década todo cambió cualitativamente. El momento para nuestro país fue “el Cordobazo” en 1969. Entonces una política que permitiera la transformación social se había vuelto realidad. La revolución podía ser posible. El héroe colectivo tomaba las calles en la ciudad de Córdoba y se extendía por otras ciudades del país. En ese momento, comenzaron los ‘70. La discusión ya no era ni teórica ni ideológica sino política. Más bien, todo era político. Las grandes pasiones políticas movilizaban al colectivo social. El mito de Sísifo había trocado por el de Prometeo. Este titán fue quien desafió a los dioses formando con barro al primer hombre y robó el fuego a los dioses para animarlo. Pero, como acertadamente plantea Gastón Bachelard el “Complejo de Prometeo”, empuja a saber tanto como nuestros padres, más que nuestros padres, tanto como nuestros maestros, más que nuestros maestros. En este sentido comenzaron a surgir diferencias irreconciliables en cuanto a quién era el héroe prometeico que podía derrotar al poder. Algunos consideraban desde la izquierda que la salida política era con Perón. Otros sostenían que el peronismo era una variante de las clases dominantes por lo cual se hacía necesario construir una alternativa independiente de la clase obrera y el pueblo. La violencia también se había transformado en una protagonista fundamental y tenía un sentido político. Mientras unos proponían la violencia guerrillera otros se oponían afianzando la lucha política, sindical y social. El héroe prometeico tomaba la forma de un nosotros que tenía diferentes propuestas: foquistas, insurreccionales, populistas, etc. La respuesta desde el poder fue el inicio de una represión indiscriminada.

En la segunda parte, que denominamos “El estallido de las instituciones (1970-1983)”, describimos cómo estas contradicciones aparecieron en todos los órdenes de la sociedad y, por supuesto, en el campo del psicoanálisis y la Salud Mental. Por un lado, las rupturas que, en muchas ocasiones, llevaron a agravios personales. Por otro, la irrupción de nuevas experiencias y desarrollos teóricos.

En muchas instituciones se manifestaron divisiones cuyas causas estaban determinadas por las diferentes posiciones ideológicas y políticas. Fue entonces que se produjo la primera ruptura en la APA. Un conjunto de importantes psicoanalistas que se nuclearon alrededor de los grupos Plataforma y Documento renunciaron a la institución cuestionando su ideología hegemónica y, en consecuencia, oponiéndose a las características en que se organizaba la formación del candidato a psicoanalista. La mayoría de ellos, junto a la Asociación de Psiquiatras, de Psicólogos, de Psicopedagogos y de Asistentes Sociales formaron la Coordinadora de Trabajadores de la Salud Mental donde comenzó a funcionar el Centro de Docencia e Investigación. Allí se concentró la participación gremial y la formación de los “Trabajadores de Salud Mental”.

Pero también durante esos años se profundizaron nuevos encuentros entre el Psicoanálisis y la Salud Mental. Fue así como se consolidaron distintos abordajes grupales y comunitarios, tales como el psicodrama psicoanalítico y los laboratorios sociales. También fueron los tiempos de la Psiquiatría Social y de la Antipsiquiatría. Pero también se desarrollaron dispositivos específicos, tales como las psicoterapias breves y el trabajo corporal. También avanzaron los abordajes de pareja, familia e institucionales. Fueron momentos de prácticas y teorizaciones que se reflejaban en numerosas publicaciones y la creación de nuevas instituciones. Se rescataban los autores de la izquierda freudiana y de la Escuela de Frankfurt. Pero además, y sobre todo, se consolidaba el estructuralismo de Althusser y las teorías de Lacan que permitieron fundar la Escuela Freudiana de Buenos Aires. La formación de psicoanalistas ya no era patrimonio exclusivo de la APA.

Este período histórico que analizamos en esta segunda parte es uno de los más ricos, fecundos y apasionantes, pero también uno de los más complejos, violentos y polémicos de nuestra historia reciente. Hacia mediados de los ‘70 el asesinato de militantes y líderes políticos, sindicales, estudiantiles, profesionales y sociales, se volvía una constante por parte de organizaciones de derecha protegidas desde el Estado. Muchos eligieron el exilio ante la imposibilidad de enfrentar un poder cuya fuerza estaba en el secuestro y el asesinato. El héroe prometeico se enfrentaba a la nevada mortal anunciada en El Eternauta.

Con el golpe de 1976 se instalaba una dictadura militar que imponía un terrorismo de Estado. A través de una política de genocidio donde se hizo desaparecer la muerte. Los desaparecidos no tienen muerte. Su muerte es imposible de simbolizar. Esto impide la posibilidad de un mito. Por lo tanto reaparece en lo real a través del terror. Éste se inscribe en la subjetividad determinando la ruptura de los lazos de solidaridad en todos los niveles. En la cultura aparece en un imaginario social y simbólico que no permite la constitución de un espacio-soporte. Por el contrario, la pulsión de muerte se defusiona y libera en toda su intensidad.

El golpe de Estado no fue para terminar con la guerrilla. Ésta se encontraba prácticamente desmantelada. El golpe fue realizado fundamentalmente para llevar adelante una política sistemática de terrorismo de Estado, para secuestrar y hacer desaparecer a militantes y líderes políticos, sindicales y sociales, con el objetivo de imponer una economía basada en la concentración de la riqueza y la exclusión de la mayoría de la población, cuyas consecuencias llegan hasta la actualidad. Este poder mesiánico llevó a una guerra como la de las Malvinas, cuyo evidente fracaso permitió la posibilidad de instaurar un gobierno democrático.

En esta época, que analizamos en el último capítulo de la segunda parte, la destrucción de lo conseguido en el campo de la Salud Mental fue una constante. La fragmentación y la muerte circundaban llevando a separaciones y rupturas de instituciones y de grupos. Muchos “Trabajadores de la Salud Mental” desaparecieron, como el Secretario Gremial de la Federación Argentina de Psiquiatras y la Presidenta de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. Otros tantos tuvieron que exiliarse y desde el exterior continuaron desarrollando sus actividades y denunciando el genocidio realizado por la dictadura militar. En nuestro país las instituciones se encerraron y aislaron. Mientras la gran mayoría callaba y se refugiaba en el aislamiento de los pequeños grupos, algunos resistían políticamente realizando diversas actividades para salvar todo lo que se podía, tal como destacamos en el texto. Sin embargo, es necesario señalar que fue una época donde el silencio se transformó en una constante individual, social e institucional. Pero no debemos confundir el silencio producido por el terror, cuya sensación es la imposibilidad de enfrentar al poder, con el silencio de la complicidad.

No hubo que esperar mucho tiempo para que nuevamente Sísifo comenzara a aparecer en la figura de “Las madres de Plaza de Mayo”. Éstas con sus rondas en la plaza comenzaron a levantar y subir la roca. Sísifo a través de “las locas” de Plaza de Mayo levantaban la consigna de “aparición con vida”, lo cual significaba decirle al terrorismo de Estado que, “si nos sacan la muerte de nuestros hijos, nosotras seguiremos luchando para que aparezcan vivos rescatando sus ideales por la construcción de un mundo más justo.”

Debemos reconocer que en esas épocas quedaron solas, muy pocos las acompañaron. El terror y la destrucción inundaron la sociedad en una herida que aún sigue abierta. Una de sus consecuencias fue el cono de sombra en el que entraron muchas producciones y experiencias de los años anteriores, a través de implantar la idea de que el pasado debía tener un “punto final” para mirar al futuro dictado por el poder. También en psicoanálisis y en Salud Mental. Por el contrario, para nosotros el camino es otro. Por ello la necesidad de escribir este libro desde un pensamiento crítico que permita revisar este pasado reciente.

Bien sabemos como psicoanalistas, que sin una elaboración de la propia historia, es imposible un futuro. Y la posibilidad de un futuro tiene sus raíces en el pasado que nos determina. Pero debemos tener en cuenta, como plantea Walter Benjamín, que: “La historia es objeto de construcción cuyo marco no es el tiempo homogéneo y vacío, sino un ámbito lleno de ‘tiempo actual’”. En este sentido, es la actualidad de nuestro tiempo la que hace necesario encontrar las huellas de la memoria¨

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