Subjetividad y cultura

“Acerca de la tópica de la escisión”

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Miguel Matrajt

Christophe Dejours. Acerca de la tópica de la escisión, Le corps, d’abord, Payot, Paris, 2001

Este nuevo libro de C. Dejours mantiene las virtudes expositivas a las que nos tiene acostumbrados el autor. La claridad se une a la solidez de la argumentación: uno podrá estar o no de acuerdo con las tesis desarrolladas, pero éstas aparecen en forma cristalina, siempre expuestas a la interpelación y la crítica del lector. Por consiguiente, es un libro polémico, como lo son siempre las grandes obras.

En la introducción, Dejours señala que el texto que nos ocupa es una continuación de otro escrito en 1986 sobre el mismo: Le corps entre biologie et psychanalyse, Paris, Payot, cuyas conclusiones resume.

En este nuevo libro, el autor hace suyas las propuestas teóricas de Laplanche, mismas que desarrolla e imbrica con sus propias elaboraciones. El autor que nos ocupa aborda fenómenos tan disímiles e  interesantes como la evolución infantil, el sueño, la teoría de las pulsiones y cuadros como el cáncer, la narcolepsia, la epilepsia, la hipertensión arterial y el asma. Obviamente, este comentario no pretenderá ser un resumen de un libro pleno de ideas y que aborda múltiples temas del psicoanálisis, sino una invitación a su lectura así como el planteo de algunos interrogantes que surgieron en la mente de quién firma esta nota.

Dejours desarrolla centralmente dos ideas: la existencia de una tercer tópica, la de la escisión, y una serie de hipótesis acerca de la psicogénesis equilibrada (es el término elegido por nuestro autor) y los trastornos  psicopatológicos en función de esa tópica.

En el capítulo cuarto Dejours describe la tercera tópica, la tópica de la escisión. Comienza el capítulo por una revisión de los  modelos tópicos en Freud. Su hipótesis parte de consideraciones metapsicológicas sobre la perversión y sobre el proceso de clivaje del Yo. El autor cita a M. Klein, Winnicott, Kernberg, Kohut, señalando que todos ellos se refirieron a los procesos psicopatológicos no neuróticos, pero omitieron considerar la psicosomática. Nuestro autor sugiere la presencia de un sector de inconsciente que se forma “sin pasaje por el pensamiento…es la réplica a nivel tópico de zonas del cuerpo excluidas de la subversión libidinal y del cuerpo erótico”(p. 89). Lo denomina “inconsciente amencial” (p. 90), cuya forma principal de reacción sería la desorganización del Yo, la desunión crítica, la acción compulsiva sin pensamiento (p. 91), la violencia, el pasaje al acto, las perversiones y la somatización. El autor bosqueja una serie de esquemas para dar cuenta de las relaciones entre preconsciente e inconsciente reprimido, por un lado, y sistema consciente e inconsciente amencial por el otro. En medio de ambos, la línea de clivaje.

El inconsciente amencial (p. 200) no sería más natural que el inconsciente sexual: los dos se formarían al mismo tiempo, herederos de las relaciones entre el niño y el adulto, los dos tendrían su origen en el encuentro entre el cuerpo del niño y la sexualidad del adulto. Esta última puede funcionar como una seducción estructurante o como una proscripción atrofiante,  esto es como una detención del pensamiento. En estas conceptualizaciones, es central  la presencia del pensamiento de Laplanche y su teoría de la seducción.

 En sus esquemas señala las diferencias entre los estados de equilibrio (p. 93), de las no neurosis compensadas (“falso self”), de las neurosis compensadas (p. 94). Dejours señala, en este esquema, una zona de fragilidad, ubicada en el encuentro entre estos sistemas y la realidad. A propósito de ésta,  el autor  distingue lo Real de Lacan, la realidad material, y propone entender  la realidad como el encuentro con el Otro (p. 95). A partir de estos esquemas, el autor sugiere distintas formas de evolución infantil, que darían lugar a las distintas psicopatologías, en función del interjuego entre estos factores. Hay un resumen en la página 117.

Dejours destina una parte importante de su teorización al cuerpo, distinguiendo, como lo hizo todavía en el libro publicado en 1986, entre un cuerpo estudiado por la biología y el abordado por el psicoanálisis. Siguiendo una línea iniciada hace más de una década, sitúa sus aproximaciones en la corriente epistemológica de “monismo anomal” sugerida por Davidson, rechazando un “paralelismo biopsicológico” y  planteando que los fenómenos estudiados por la biología y por el psicoanálisis no son superponibles. Así, en el primer capítulo (La subversión libidinale), plantea que la “subversión (erótica) de la función (biológica) por la pulsión pasa por el órgano” (p. 16), para concluir (p. 21) que las “enfermedades psicosomáticas son el resultado de procesos psicopatológicos centrados en la desorganización de la economía erótica”. Profundizando en los fenómenos psicosomáticos, en el capítulo segundo (Le “choix de l’organe” en psychosomatique) señala la oposición entre los investigadores que sostienen que la “descompensación psicosomática…estaría orientada hacia un “blanco”… elegido de acuerdo a impulsos inconscientes” (pág. 23), y que esta descompensación sería el “testimonio de la falla en las posibilidades representativas y simbólicas” (p. 24) y aquéllos,  que postulan que el “síntoma psicosomático es tonto” (Michel M’Uzan). El autor que comentamos señala que actualmente todos los investigadores en psicosomática, incluyendo los seguidores de Lacan sostienen que en los síntomas psicosomáticos  hay “un déficit de sentido” (p. 25). La posición del autor oscila entre ambas (p. 26). En relación con la psicosomática Dejours se diferencia de la posición de Marty en tres puntos capitales: niega la existencia de la somatización (si se la entiende como una “progresión espacial que parte del psiquismo para llegar al órgano”), considera que toda pulsión es dirigida a otro (p. 27) y sostiene que las  pulsiones de vida y muerte son “dos especies radicalmente diferentes”. Es así que lo resume: “…la enfermedad psicosomática se localizará no al azar sino en su implicación con la función biológica excluida de la subversión libidinal” (p. 30).  “Son las tendencias hostiles las que juegan el rol principal… por la imposibilidad de poner en escena el drama intrapsíquico” (p. 32) “El proceso de mentalización parte del cuerpo, es inicialmente corporal” (p. 33)

El tercer capítulo está dedicado al sueño. Inicialmente Dejours hace una revisión de los conceptos freudianos, y los distingue del “dormir paradojal” estudiado por los biólogos.  Dejours concluye que “el sueño es un organizador psicosomático” (p. 58). Siguiendo a Laplanche afirma: “…durante el estado de vigilia no hay represión, sino puesta en latencia… el vehículo de la represión es el sueño” (p. 59 y 60). “el sueño no es solamente el testigo del inconsciente, sino también su constructor” (p. 62). Dejours señala una cierta ambigüedad en la obra de Freud en cuanto al objetivo de la represión: el afecto, la pulsión, la representación. Para nuestro autor, la represión se ejerce sobre el lazo que une dos representaciones, esto es sobre el pensamiento” (p. 63)

 El capítulo quinto es dedicado a la pulsión de muerte. La deuda teórica con Laplanche es muy evidente en relación a las pulsiones y a la psicogénesis. Nuestro  autor postula que las dos etapas de la conceptualización de Freud en relación a las pulsiones (autoconservación/sexuales y de vida y muerte)  son idénticas. Para Dejours la autoconservación es bivalente (p. 131): vehiculiza la muerte ante una amenaza y cede su energía a la pulsión de vida. En la página 180 Dejours hace una síntesis de la posición de Laplanche y señala sus diferencias con este autor (p. 182). Posteriormente (p. 187) incorpora  las posturas de Bowlby a sus propias teorías: la concepción del apego de este último es integrada al conjunto de teorizaciones. Dejours plantea también  una pulsión de dominio, cuya naturaleza no sería exclusivamente sexual.

Todos y cada uno de los conceptos vertidos en el libro son sujetos  a reflexión y a discusión. Todos y cada uno merecen un profundo análisis, cuya extensión supera un comentario, en tanto abarcan una enorme cantidad de facetas teóricas del psicoanálisis. Por lo tanto, sólo señalaremos algunos pocos puntos. Para empezar, Dejours adhiere a una posición epistemológica extrema: “… en psicoanálisis una teoría no se demuestra, sólo se argumenta” (p. 26). Esto nos sitúa, en el mejor de  los casos,  en una discusión entre lógicos, y, en el más habitual, en una discusión entre teólogos. Efectivamente, la pura argumentación crea círculos de adeptos (creyentes) e imposibilidades de verdadero diálogo entre disidentes. El autor que nos ocupa plantea en todo el libro una universalidad ilimitada a sus conceptos: las formas de psicogénesis y de psicopatología sugeridas son a-históricas, a-sociales, casi eternas e inmutables. Evolución y enfermedad son consecuencia del desarrollo infantil precoz, totalmente independientes de inserción social, no estando producidas por nada que no sea la relación con el  otro inmediato, esto es la familia. Esta posición, tan cara para el psicoanálisis convencional, es incompatible con otras teorías y prácticas del mismo Dejours: no hay que olvidar toda su trayectoria en el campo de las relaciones entre trabajo y subjetividad. Pero aún dentro de la novela familiar infantil, el libro no se detiene a analizar el conjunto de las relaciones familiares, ni siquiera el triángulo edípico, ni menos todavía lo que dicen las ciencias de frontera. Es una propuesta de evolución muy centrada en las vicisitudes no explicadas de un encuentro entre una tendencia evolutiva innata (¡¿?!) y las formas conductuales como el adulto (sin especificar quién) propone y responde la relación con el infante: “La edificación del cuerpo erótico es, ciertamente, una potencialidad inscrita en el patrimonio genético humano. Entre esta potencialidad y su realización hay, sin embargo, una distancia que no puede ser  franqueada sino gracias a las relaciones* que establece el infante con sus padres. El desarrollo del cuerpo erótico es la resultante de un diálogo acerca del cuerpo y de sus funciones que se apoya en los cuidados corporales prodigados por los padres, y cuyas etapas principales se juegan entre los tres y los cinco primeros años de vida” (p17) ¨

 


* La cursiva es del autor

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